El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 6 de septiembre de 2008
En Lille se exhibe un cuadro en el que una dama se mira en el espejo sostenido por la muerte.
Apenas una hora de tren separa la Gare du Nord parisina de la ciudad de Lille, codiciada fortaleza septentrional de los estados mayores europeos desde la edad media. Los habitantes de este curioso centro urbano han sufrido todas las invasiones imaginables. Su posición estratégica (origen de su riqueza) lo hace imprescindible para cualquier asalto sobre Francia. Es también ineludible vigía de los movimientos que puedan llegar desde el Reino Unido al continente. Y la puerta que abre los tesoros almacenados en sólidos armarios e historiadas arquetas de los Países Bajos.
La ciudad es muy sugestiva para quienes hemos vivido años en Barcelona porque guarda con ella curiosas analogías, aunque tengan destinos desiguales: la una, arrasada guerra tras guerra desde los carolingios; la otra, apenas tocada por dos bombazos. A mediados del siglo XX ambas eran aún centros industriales rebozados de hollín, vencidos por la suciedad, el caos urbano, el desorden civil y la mala vida, hasta hacerlas infames para sus propios habitantes aunque pintorescas para el esteta extranjero.
Los ciudadanos de Lille odiaban los pocos edificios antiguos que aún quedaban en pie, casi todos del siglo XIX, de un modernismo pretencioso. Las guerras del duque de Borgoña, las de religión, la espada del archiduque de Austria, la pica del emperador Carlos, el sitio de Luis XIV y la tardía incorporación a la corona de Francia así como dos guerras mundiales, no habían dejado en pie ni un buzón de correos.
Stéphane Lebecq, profesor de Historia Medieval en la Universidad de Lille, lo cuenta con desgarro: cuando era niño, hacia 1960, sentía vergüenza cada vez que regresaba a su ciudad después de un verano pasado en Holanda o en Bretaña, lugares limpios, educados, adornados por monumentos intactos desde la antigüedad. En contraste, Lille era un lazareto de ladrillo rodeado por un venenoso parque industrial. Su opulenta burguesía vivía en una de las peores ciudades europeas.
Y de pronto, hacia los años 70 del siglo pasado, comienza la milagrosa recuperación de una villa medio muerta. De consuno, políticos, financieros, industriales, funcionarios y periodistas, el conjunto de poderes que construyen sociedades, se pusieron de acuerdo como solo sucede una vez cada dos siglos y sometieron al agonizante a una cura intensiva. Mediante el esfuerzo local y el apoyo central, los lugareños conseguirían la victoria definitiva en el 2004, tras situar a su ciudad como capital de la cultura europea y dar el último empujón a la tarea emprendida 30 años antes. Es una historia idéntica a la de los Juegos Olímpicos de Barcelona.
La misma política de renacimiento urbano la ha puesto en práctica Turín, otro centro industrial riquísimo, pero degradado, expoliado, leproso. Hasta el momento, el éxito ha sido notable: Turín es hoy una joya barroca. Estas curas de reanimación, sin embargo, requieren cirugía plástica muy agresiva y no se puede evitar que las ciudades resucitadas tengan un aire de familia, como esas señoras de la basura televisiva con sus labios inflados, sus pómulos mongoloides, sus pechos cerámicos y ese rictus que denuncia una insaciable frustración. De todos modos, mejor están ahora que cuando eran sucias lagartonas de greña pegada y brazos en jarras.
La actual Lille es amable, coloreada en ocre, calabaza y añil, salpicada de terrazas y con una abigarrada vida callejera en el centro peatonal. Acude mucho turista inglés, belga y holandés, lo que llena de satisfacción a los nativos y de comercios lujosos las calles. Tiene además un museo sensacional, el segundo de Francia, en donde (¡por fin hemos llegado!) figura un goya supremo.
Como si de una alegoría de la ciudad se tratara, Goya ha pintado una vanitas, género clásico en el que una dama se mira en el espejo sin percatarse de que se lo sostiene la muerte. La dama goyesca, sin embargo, es una vieja desdentada de ojos pitarrosos cuya nariz le roza la barbilla. En armonía, el espejo lo aguanta una gitana de rostro devorado por un bubón. Pero el detalle supremo es que Cronos, dios del tiempo que siempre figura en las vanitas para recordarnos que es él quien nos degüella a traición, en lugar de la clásica guadaña esgrime un escobón de cocina con el que se dispone a desnucar a la vieja coqueta. Detalle castizo, brutal, rotundo.
Confío en que el destino de las ciudades remozadas no sea morir descogotadas como conejas, pero es cierto que para mantener el tipo no basta con la cirugía. Al poco la carne se amanteca, la piel se hace pellejo, los senos se desinflan, las comisuras de la boca toman un rictus amargo. Al simulacro quirúrgico se le ha de inyectar sangre fresca, pero con cuidado: en Lille, los novedosos apósitos arquitectónicos de Koolhaas, de Nouvel, de Portzamparc añaden un muro de vidrio espectacular y dramático, como esas descomunales gafas ahumadas tras las que se ocultan las operadas para distraer del derrumbe. Como en el espejo de Goya, en lugar de disimular la cirugía, el escandaloso cristal la hace más pública y conspicua. Porque lo cierto es que ahora ese, y no el operado, es el actual centro de Lille donde hormiguea la población y no el turismo. Es su rostro auténtico, su verdad.
Artículo publicado en: El Periódico, 27 de marzo de 2007
[Publicado el 29/3/2007 a las 13:11]
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Perdonen la insistencia, pero me parece insensato el maniqueísmo que infecta, cada vez más, la política española. El potente imán del odio atrae todas las diversidades posibles hacia una polaridad inevitable. Individualmente, los españoles parecemos capaces de tener ideas propias y diferenciarnos según nuestro criterio personal, pero la suma colectiva solo da para dos bandos excluyentes y agresivos.
Puede aducirse que lo mismo sucede en Francia con la escisión entre izquierdas y derechas, pero el sistema francés es presidencialista y a dos vueltas, de modo que la polarización es justo lo que se busca. Malraux añadía otro dato más significativo para nosotros: en sus memorias recuerda la cólera de De Gaulle cuando le cayó la responsabilidad de restaurar la democracia, al constatar la mezquindad de los jefes de partido. Los años pasados en Gran Bretaña le habían familiarizado con el sistema anglosajón en el que los políticos son servidores públicos y trabajan por el bienestar de todos los ciudadanos. De Gaulle ignoraba, dice Malraux, "que nuestra democracia es un combate entre partidos y que Francia solo juega un papel subordinado".
Algo así puede decirse de la situación española. La democracia ha ido resbalando hacia un mero choque entre partidos cada uno de los cuales lucha por su beneficio y menosprecia a los ciudadanos. Eso explica que puedan permitirse insensateces como la mentira sistemática sobre un atentado con cientos de muertos como hace el PP (no importa la verdad, sino la victoria del partido), pero también una negociación con terroristas sin antes obtener un acuerdo de Estado con la oposición (lo que la hace peligrosísima porque no parece buscar la pacificación, sino la reelección de Zapatero). En ambos casos los partidos no trabajan por el bienestar de la nación, sino por el suyo propio y el de su clientela.
El resultado es lamentable: quizá todos sean de izquierdas o de derechas, categorías metafísicas, pero se diría que ninguno es demó- crata porque el odio destruye el fundamento de la libertad, que es la razón.
Artículo publicado en: El Periódico, 24 de marzo de 2007
[Publicado el 26/3/2007 a las 09:24]
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Lo nuevo es cada vez más antiguo
La coincidencia de elecciones en España y Francia durante el mes de mayo puede hacer invisible una de las imágenes más simpáticas de la política europea: el inesperado ascenso de François Bayrou, cada vez más apoyado por la gente según todos los sondeos. Los expertos subrayan que es la primera vez que se da semejante fenómeno.
En Francia nunca se había desafiado la bipolaridad derecha/izquierda en unas presidenciales. Sin embargo, el candidato Bayrou la ha roto y le pisa los talones a la aspirante socialista, la muy inteligente Ségolène Royal.
Da lo mismo que Bayrou "sea" de derechas o de izquierdas. Incluso la prensa orgánica de la izquierda, como el diario Liberation, admite que ese no es el punto a considerar. Lo en verdad notable es que Bayrou atrae justamente porque quiere romper una oferta reducida a derechas e izquierdas, ambas muy bien coordinadas en el reparto de beneficios. El discurso de Bayrou es el de un insumiso.
Ciertamente la derecha contiende contra la izquierda, dice Bayrou, pero eso no significa que las cosas vayan a cambiar, gane quien gane.
El triunfo de cualquiera de ambas industrias del voto dejará las cosas exactamente como están, después de repartirse por enésima vez los beneficios inherentes a la victoria: mayor cuota funcionarial para los clientes del partido, intervención en los grandes negocios de estado, beneficios inmensos en el reparto de apoyos empresariales y subvenciones a los poderosos, etcétera. La vida del ciudadano apenas variará, salvo en el detalle.
Ante esta situación, que, por cierto, es la misma en Portugal, en Italia, en Grecia o en España, el candidato Bayrou repite sin descanso una frase sensacional: "No os prometo nada". A la que hay que añadir: "Quiero cambiarlo todo".
¿Puede ganar? Imposible. Los patronos de la derecha y la izquierda, el aparatchik, la gran máquina de los medios, el sistema en pleno apoya a los conservadores de derechas e izquierdas. Nadie da un céntimo por aquellos que quieren "cambiarlo todo".
Aunque nunca se sabe...
Artículo publicado en: El Periódico, 17 de marzo de 2007
[Publicado el 19/3/2007 a las 09:27]
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La escena que se me impone cuando pienso en ellos es la de Edmond, una vez huérfano o viudo de Jules (falta una palabra para esa estación del parentesco) y consciente de lo poco que le quedaba de vida, sentado ante la lumbre de su casa, en Auteuil, el blando rostro iluminado por las llamas y el cuerpo fundido en la oscuridad. Sostiene en una mano el haz de cabellos de su madre; en la otra, los de su hermana muerta casi niña. Con un gesto seco arroja ambos despojos al fuego "para evitar la profanación que espera a las reliquias íntimas que dejan los solteros".
La anotación figura en el más célebre y menos leído de los diarios íntimos, el que escribieron a partir de 1851 los hermanos Edmond y Jules de Goncourt, primero a dos manos, y luego, tras la muerte del más joven, durante veinte años, por la sola mano de Edmond. En este monumental documento se pavonea entera la segunda mitad del ochocientos, cincuenta años que refundaron el mundo hasta hacerlo irreconocible a los supervivientes. Un proceso que no deja de tener sus semejanzas con el que comenzó a finales del siglo XX y que está remodelando a una velocidad vertiginosa nuestro mundo actual.
Los Goncourt son la pareja fraternal más extravagante de la historia de la literatura. Durante su juventud, y debido a la diferencia de edad (Edmond había nacido en 1822 y Jules nueve años más tarde), cada uno de ellos acudió a colegios e institutos diversos, pero a partir de la muerte de la madre y en los siguientes veintidós años no se separaron ni un minuto. Miento: dos veces se ausentó Jules, aunque menos de cuarenta y ocho horas. En el diario aparece una anotación sobre tan horrible suceso: "Hoy quizás he comprendido lo que es el amor, si acaso existe. Quítesele el aspecto carnal, el contacto sexual, y eso es lo que hay entre nosotros; (...) eso supongo que es el amor: el desballestamiento y la desintegración por la ausencia".
Lo más sorprendente es esa primera persona que escribe el diario. Los expertos atribuyen a Jules la gestión artística del texto, y a Edmond, la parte documental e histórica. Puede ser, pero debo decir que, leído página a página, no se advierte la menor diferencia de mano, sobre todo una vez muerto Jules. Esta fusión inconcebible se llevó a cabo, como es lógico, mediante la obsesiva renuncia a toda influencia femenina. Ambos hermanos, asiduos clientes de innumerables burdeles cuyas ofertas reseñan escrupulosamente en el diario, se mantuvieron alejados de cualquier tentación matrimonial y elaboraron uno de los discursos más misóginos que se conocen. En una sociedad donde las hijas de la burguesía no osaban usar su genitalia fuera del matrimonio y con un régimen severo de herencias que arruinaba a los segundones, infinidad de solteros vivieron toda su vida acomodados a la prostitución.
Con esto, sin embargo, no basta para entender tan inquietante relación fraterna. Los Goncourt fueron, además, hijos siameses de una madre, la Literatura, que por aquellos años había usurpado el trono de la divinidad. Sin una fe inconmovible en la gloria literaria, en la eternidad de la obra de arte escrita, en la trascendental tarea del escritor como santo, guerrero y mártir, habría sido imposible soportar lo que hubieron de aguantar. Estaban persuadidos de que escribir era la actividad adecuada para quienes, habiendo perdido la fe en una Providencia que premia y castiga, quisieran sin embargo salvar el alma.
No eran los únicos: eso creían también sus amigos Flaubert, Gautier, Sainte-Beuve, Zola, Daudet, Turgueniev, Maupassant, con quienes se reunían constantemente. Todos ellos se sentían llamados a una tarea sagrada, casi siempre coronada por el martirio. A una de sus más célebres reuniones la bautizaron "la de los autores abucheados", porque todos ellos habían fracasado en el teatro, que era lo que entonces daba fama y dinero, como hoy el cine. Ninguno, excepto Zola, alcanzó la riqueza. Todos acabaron sus días de modo lamentable y en los aledaños de la derelicción.
En la actualidad, esa fe en la obra de arte escrita es algo que no podemos comprender de ningún modo. La fe en la vida eterna o en la gloria mediante el recurso a una religiosidad torcida, se ha trasladado a terrenos tan insensatos como la política o la beneficencia. En aquella segunda mitad del XIX, en cambio, la política era una actividad despreciada por la gente de bien. Los Goncourt vivieron la mutación de un mundo que en el año de su nacimiento, 1822, apenas estaba arrancándose al orden antiguo y a las diferencias naturales (por la sangre en el nacimiento, por las estaciones en el trabajo, por las energías terrestres, por el horario solar, por el transporte animal en la vida corriente) y que en el último año de su vida, 1896, había penetrado de lleno en la modernidad, en la antinaturaleza, la tecnificación, el control administrativo de las masas, los medios de formación de opinión pública, las máquinas, el deporte, el turismo...
Vivir en el centro del maëlstrom produce una quietud estática engañosa (la mística del arte, por ejemplo, o las ideologías totalitarias que alucinan un mundo virginal), pero ofrece una visión confusa de los acontecimientos, los cuales giran a enorme velocidad alrededor del estático sin llegar a afectarle. Esa es la impresión que produce el diario de los Goncourt: lo saben todo, lo anotan todo, pero todo lo ven como algo que pasa ante sus ojos a inconcebible velocidad y que está tocado por la muerte dado su distintivo carácter efímero. No es de extrañar, por lo tanto, que expresen todos los lugares comunes del pensamiento estático: el rechazo frontal de la democracia que ven formarse a su alrededor como una nube de langostas, cada una de ellas armada con un voto en las mandíbulas, el antisemitismo agresivo, la misoginia histérica, el sarcasmo y el resentimiento ante el éxito de los modernos, sea en la revista musical o en el folletín.
Con suma delectación, Edmond va registrando cada signo de lo que juzga inequívoca decadencia, sin percatarse de que para la mayoría puede ser todo lo contrario. Algunos de sus síntomas son sensacionales. Una vieja regente de prostíbulo le comenta en una noche de tedio que antaño debía vigilar atentamente para que los clientes no repitieran el coito con disimulo y sin salir. En la actualidad, añade desdeñosa, "l'homme ne redouble pas".
Como todos aquellos que se ven atrapados por una transformación mundial armados sólo con vetustas ideas (en nuestros días, las de mayo del 68), los Goncourt también se refugiaron en un paraíso artificial. No fueron las drogas y el alcohol de Baudelaire (a quien consideraban "une mouche à merde"), ni el terror nihilista, ni el nacionalismo turulato, sino el sueño de un Antiguo Régimen que nunca existió. Cuando estaban totalmente desprestigiadas y muy baratas, Edmond comenzó a comprar piezas artísticas del siglo XVIII de las que llegó a reunir una notable colección. La primera compra, a los dieciséis años, fue una acuarela de Boucher, lo que da idea de la dignidad del legado. Y eso le salvó la vida: poder refugiarse en un mundo onírico, vagar por aquel museo que dispuso en su casa de Auteuil a la muerte del hermano y en los veinte años posteriores, hacer del pasado su ansiado futuro.
Allí, entre ebanistería de Boule, dibujos de Watteau, acuarelas de Fragonard, aguadas de Robert o encuadernaciones que habían pertenecido a la Pompadour, encontraba solaz aquel ¿huérfano, viudo de hermano?, a cuyo alrededor estaba reventando el monstruoso y potentísimo volcán de la energía, la técnica y las masas. Por allí paseaba, tomando de vez en cuando en sus manos un grabado de Hokusai o una tabaquera del último Capeto. Y allí, sentado junto al fuego, exhausto, derrotado y ojimuerto, me viene siempre a la memoria con un haz de cabellos blancos en una mano y otro de rubios cabellos en la izquierda, segundos antes de entregar al fuego la única caricia del mundo femenino que había podido aceptar.
Artículo publicado en: El País, 9 de marzo de 2007
[Publicado el 15/3/2007 a las 14:16]
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La memoria histórica por fin realizada
Al principio pudo parecer que los españoles nos adaptábamos al sistema democrático recién estrenado como si lo hubiéramos inventado nosotros. Parecía, por ejemplo, que flotábamos por encima del cinismo italiano, el cual divide a la sociedad entre una partitocracia cleptómana y una sociedad civil que vive al margen del Estado. Parecía también que execrábamos la hipocresía francesa cuyas pomposas maneras y fina urbanidad a duras penas logra mitigar el hedor de las cloacas ministeriales rebosantes de crímenes, estafas y corrupciones. Parecía, sin duda, que rechazábamos el despiadado pragmatismo inglés que separa tajantemente a los poderosos de los débiles sin caer jamás en la beneficencia.
Pues era un espejismo. Somos peores que todos ellos. Los españoles hemos carecido de educación democrática desde que se inventó tan bonito sistema hace 300 años. En los últimos siglos solo hemos conocido dictaduras militares y religiosas, de modo que carecemos de formación y cultura civiles. En lo que a democracia toca, estamos más o menos entre Turquía y Serbia. Seguimos siendo la frontera africana de Europa.
Bien es verdad que el modelo idealizado de una República que estuvo adornada desde el primer día con feroces asesinatos cometidos a derecha e izquierda pudo hacer creer a algún ingenuo (o beocio) que enlazábamos con un periodo de exquisita democracia española. Por desgracia, el modelo de la República, en efecto, se está repitiendo en la actualidad, pero sin idealismo ninguno: tal y como era de verdad. He aquí de nuevo a los políticos narrados por Azaña, amostazados, resentidos, apopléticos y casi analfabetos, divididos otra vez en rojos y azules, catolicones y comecuras, fachas y bolcheviques.
Y así como en la muy idealizada República, al cabo de tanta majadería, ineficacia y crueldad acabó emergiendo como único vencedor el general Franco, así también el desprecio de los políticos españoles hacia sus electores, como entonces, está creando un único vencedor, el último vástago del franquismo y su heredero: ETA.
Artículo publicado en: El Periódico, 10 de marzo de 2007
[Publicado el 12/3/2007 a las 08:56]
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La opinión pública nunca se equivoca
Todos sabemos que ya no hay verdad ni mentira: todo es el puro resultado de las fuerzas en juego
Si no recuerdo mal, el primero en advertir de los cambios que se avecinaban en las sociedades tecnológicas fue Nietzsche. Hacia 1870 ya comprendió que el concepto clásico de verdad iba a sufrir una transformación revolucionaria. En uno de sus textos más explosivos, titulado muy adecuadamente Sobre verdad y mentira en un sentido extramoral, expresaba su sospecha de que en el futuro la verdad no la iba a decidir el análisis lógico, científico, racional o simplemente sensato, sino una potencia que comenzaba a formarse: la opinión pública.
Si ustedes ahora dibujan en su imaginación el gigantesco aparato que decide sobre las verdades y mentiras cotidianas, se encontrarán con un monstruo que ha crecido desmesuradamente en los últimos cien años. Pongamos, por ejemplo, el asunto del atentado de Atocha. Habrán observado el conjunto fenomenal de fuerzas que están decidiendo sobre esa verdad o mentira. De ahí que García Calvo llame a los medios de comunicación "medios formativos", y no informativos, porque su función no es informar, sino formar opinión.
UNA VEZ ese aparato formativo termine su trabajo, la decisión final quedará en manos de los jueces, pero los jueces son discretos mecanismos de otra máquina gigantesca, el poder judicial, el cual está, a su vez, deformado por la presión de la opinión pública, es decir, de los medios de formación de masas, los cuales están dirigidos por los poderes económicos y sus correas de transmisión, los partidos. Así, sabemos con toda exactitud qué juez es de derechas, de izquierdas, progresista, conservador o comunista, y también sabemos que según se desplacen esas fuerzas surgirá una verdad u otra vomitada por la fenomenal maquinaria.
En consecuencia, todos sabemos que no hay ya verdad ni mentira. Todos sabemos que, como anunció Nietzsche, la verdad y la mentira hay que tomarlas en un sentido extramoral, es decir, libre de toda justicia, lógica, sentido común y honradez. La verdad es el puro resultado de las fuerzas en juego. Es pura opinión pública.
Esta constatación ha llevado a algunos pensadores a ampliar el ámbito de lo opinable hasta la ciencia misma. Famosamente, el difunto Foucault creía que las verdades científicas también eran un resultado del juego de fuerzas fácticas, y por lo tanto eran opinables y construidas por los poderes económicos. Esa es la justificación teórica del multiculturalismo, una de las ideologías más reaccionarias jamás conocidas y que propone la igualdad de verdad entre la física cuántica y los mitos de los mandingas. Ambos, dicen los relativistas, "tienen igual derecho" a una "verdad" que sostenga sus tejidos sociales.
Aunque en los últimos diez años se ha abierto la batalla para restablecer una verdad científica separada de la opinión pública, el caso es que las otras verdades, las sociales, han caído en el descrédito. Todos aceptamos, por ejemplo, que la historia la escriben los vencedores y que las llamadas verdades históricas no son sino disfraces ideológicos del poder efectivo en cada lugar. Los franquistas escribieron su historia, los nacionalistas están escribiendo la suya y en el futuro se escribirá otra historia distinta en cada lugar según sean los vencedores.
Lo fascinante de esa opinión pública que cristaliza en el sólido llamado lo políticamente correcto es su capacidad de convencimiento y cohesión social, heredada de las religiones. Así, todos hemos comprobado que en Catalunya cualquier conflicto donde aparezca, aunque sea del modo más tangencial, una relación con el PP, de inmediato es considerado políticamente incorrecto. Leí el otro día un informe en el que se hablaba del ciudadano cuyo piso fue ocupado por unos chilenos. Según parece, ha trascendido que actuó aconsejado por una diputada del PP, la cual, muy sagazmente, le recomendó que acudiera a los medios de formación de masas para crear opinión pública, y así lo hizo. Ahora, por el mero hecho de que la iniciativa surgiera de un partido apestado, parece mermar el derecho del ciudadano a recuperar su piso y ya se le acusa de especulador. Acabará por haber expulsado violentamente a unos humildes chilenos, etcétera. Pura opinión pública.
Y ES QUE, así como ya no creemos en ninguna verdad y sabemos que somos meros peones en la batalla de los poderes reales, no podemos impedir tenerle miedo a lo políticamente incorrecto, porque fuera del claustro protegido por la opinión pública es muy fácil ser destruidos con el aplauso de la mayoría. Eso hace que nuestras sociedades sean enfermizamente sumisas. Y que con un Gobierno que dice ser de izquierdas se hayan dado las mayores cifras de beneficios en los bancos, en los grandes consorcios, en las multinacionales más despiadadas, en las compañías más explotadoras. Y que sea ese mismo Gobierno de izquierdas el que ha conseguido que la más humilde vivienda sea un lujo o que los consumidores carezcan de la menor defensa frente a monstruos como Renfe, las telefónicas, Iberia o las restantes compañías, cuya ineficacia tercermundista es compatible con el más alto nivel de beneficios de Europa.
Gracias a una opinión pública perfectamente sumisa tenemos el Gobierno de izquierdas más ultracapitalista de Europa. ¿Verdad o mentira?
Artículo publicado en: El Periódico, 5 de marzo de 2007
[Publicado el 05/3/2007 a las 11:35]
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Los parisinos están nerviosos. La primavera ha llegado con un mes de adelanto, algo inadmisible en este país de protocolos implacables. Las elecciones están al caer y cada día la guillotina se precipita sobre algún candidato. Hoy es un sospechoso piso de Sarkozy lo que salpica de sangre la mañana.
Sin embargo, la prensa francesa es muy profesional; toma partido, pero no es sectaria. En consecuencia, hoy los diarios abren con la crisis de la compañía Airbus. Cierran cuatro factorías. Despiden a 10.000 empleados. Es una catástrofe para la población pobre. Merece la primera plana.
¡Alto! ¡Sapristi! ¿No era ese el lugar adonde quería ir a trabajar Pasqual Maragall, según declaró al abandonar la Generalitat catalana? ¿A Airbus, nada menos? ¡Vaya ojo! El contraste con los sólidos, eficaces, aplomados profesionales franceses es tan poderoso que me sube una cálida ola de simpatía y afecto hacia los políticos españoles: son tan fantasiosos, tan mediterráneos, tan rematadamente ajenos a la realidad... Lo nuestro no es política, es poesía lírica.
Artículo publicado en: El Periódico, 3 de marzo de 2007
[Publicado el 03/3/2007 a las 14:20]
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Uno de los pocos directores de orquesta que nuestra cantera ha dado al mundo es Josep Pons, actual batuta de la Orquesta Nacional de España. Antes de conquistar ese podio fundó una de las formaciones musicales más notables de la música actual: la Orquesta del Teatre Lliure. Por desgracia tuvieron un gran impacto en Europa, se interesaron por ellos músicos serios de países civilizados, grabaron discos elogiados por la crítica internacional, ganaron premios… y eso supuso su inmediata destrucción por parte de las autoridades catalanas.
En una interesante entrevista concedida el miércoles pasado al diario de la burguesía barcelonesa, decía Pons:
“Barcelona está cada vez más cerrada en sí misma en lo cultural; sólo se conoce e importa lo que pasa aquí. Se presta poca atención a lo que ocurre fuera, sobre todo en el resto de España, y, al tiempo, lo que sucede aquí tiene cada vez menos trascendencia, menos repercusión exterior. Barcelona ha perdido irradiación cultural”.
Os lo vengo diciendo desde hace muchos años. El amor a lo regional no debería eliminar el interés por lo universal. A menos de que no sea amor, sino lucha de las cabezas de ganado por un rincón en el abrevadero. ¡Es tan pequeñito! Y cada vez será más pequeñito, porque cada vez son más las cabezas que se rompen la crisma por un trago. En vista de lo cual, las mejores cabezas se largan en busca de abrevaderos más cómodos. Y a fe que los encuentran al instante, porque sólo los audaces, los menos sumisos y mediocres, renuncian a la limosna, la pereza y el enchufe.
Hace unos días se anunciaba el paso de Ferran Mascarell a la empresa privada. Hasta sus peores enemigos han reconocido que con él se va la única persona que tenía alguna idea del significado de la palabra “cultura” en el poder catalán, o sea en el PSC-ER-IC. Una testuz muy necesitada le dio tamaño cabezazo que lo dejó a la intemperie. Sin duda, Mascarell encontrará de inmediato un lugar más adecuado para su talento que ese abrevadero en el que han convertido la cultura de nuestro país. Y las testuces, tan contentas.
Artículo publicado en: El Periódico, 24 de febrero de 2007
[Publicado el 26/2/2007 a las 10:08]
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Un abrazo para un futuro perfecto
Me ha emocionado la escena. Me he sentido conmovido por esos dos emigrantes perfectamente integrados en la sociedad catalana, que se funden en un solo cuerpo y muestran su íntima solidaridad.
Veinte horas antes, me había yo temido lo peor. Cuando el camerunés se encaró con los chicos de la prensa y lanzó aquello de "si tiene cojones, que me lo diga a la cara", creí estar viendo una película de Robert de Niro sobre jugadores de baloncesto, aprendices de pistolero o pequeños traficantes; en fin, la panoplia de los héroes actuales. Y pensé: en la próxima escena, un desgraciado accidente lo va a dejar sin rodilla. O bien: va a sufrir un insólito secuestro y no podrá llegar a la final. O bien: la policía va a pillarle con una menor y no jugará nunca más.
Nada de eso ha sucedido. El desafío del inmigrante ha sido debatido, seguramente, por las dos poderosas familias y han decidido echar tierra sobre el asunto en lugar de echarla sobre el inmigrante. Por esta vez, pase, parecen haber pactado. Que se abracen. El guardaespaldas ha dado la orden de que se abracen. La prensa ha sido convocada. Los inmigrantes se han abrazado.
Sin embargo, no creo yo que esto se repita. La primera vez pilla a los padrinos por sorpresa y deben reaccionar al instante sin calcular las consecuencias. Ahora ya deben de estar cavilando qué hacer con el próximo inmigrante que se les suba a las barbas.
Porque una cosa es el escándalo en espacios tan iluminados como los estadios de béisbol, y otra muy distinta que la insurgencia tenga lugar en oscuros rincones del barrio viejo barcelonés, en los alpendres agropecuarios de Lérida, en campamentos clandestinos de las montañas de Gerona, en el reseco almendral tarraconense. Allí la insurgencia se paga muy cara. Allí si alguno de estos cameruneses o brasileños comete la imprudencia de gritar "si tiene cojones que me lo diga a la cara", se ha buscado la vida. Porque, en efecto, tiene cojones. Y se lo dice a la cara. O a la espalda, da lo mismo, porque a partir de ese momento el insurgente ya no tiene ni cara ni espalda.
[Publicado el 19/2/2007 a las 11:09]
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Recuerdo perfectamente con qué ferocidad despreciábamos a Adolfo Suárez. El plural se refiere a la izquierda de aquellos años. Ni siquiera le odiábamos, era demasiado insignificante. Un burócrata que sólo suscitaba el sarcasmo, un trepador cuyas contradicciones podían facilitar la insurrección proletaria. Es cierto que le había votado una mayoría de la población, pero ya se sabe: los españoles son franquistas, borregos, rancios. Supongo que eso es lo que piensan de Zapatero muchos nacionalistas.
Luego pasamos a despreciar a González. Algunos habían sido compañeros suyos en la Universidad de Sevilla: un chisgarabís, un pelmazo del que huía la gente. Los sarcasmos contra Suárez se hicieron más virulentos contra González. Basta con releer lo que escribían las grandes plumas de la izquierda sobre la entrada de España en la OTAN.
Ahora, cuando el país va regresando inexorablemente al Ruedo Ibérico, nos percatamos de que Suárez y González fueron una bendición inmerecida para una casta intelectual fatua y microcéfala. Un par de políticos inteligentes, prudentes, hábiles, que nos libraron de nosotros mismos. Si hubieran triunfado los míos, por ejemplo, Cataluña habría sido una república popular maoísta. Nunca se lo agradeceré suficientemente a Suárez y González.
Éramos jóvenes y en ese periodo amorfo llamado "juventud", que en España dura hasta los cuarenta años, está permitido ser un majadero y que sin embargo te haga caso la prensa. Pero ahora, cuando se reproduce el viejo estilo del rencor y el resentimiento, ya nadie es joven, ni siquiera los jóvenes son jóvenes. Los "jóvenes" nacionalistas vascos patean las tumbas de los asesinados por sus padres. Han nacido viejos.
El mes pasado, escribía Muñoz Molina en estas mismas páginas su desaliento ante el delirio en el que ha caído la casta dirigente. Era el grito espantado de alguien que, por vivir fuera, se percata de lo asombrosamente inútil que llega a ser la elite española. El delirio de la oposición, perpetuamente encadenada a sus tráficos vaticanos, a su ética momificada, ese espíritu de bronca tan compatible con la codicia. El delirio de los periféricos, reduciendo sus fortalezas regionales a siniestras aldeas endogámicas cada vez más hormigonadas. El delirio del actual gobierno, convencido de poder dialogar con los nacionalistas, desde los más presentables hasta ETA, y proponiendo alianzas con el Islam. Vaya panorama.
Hace unos días tuve ocasión de hablar con una persona excepcional. Ha conocido la esclavitud verdadera, la de las mujeres que se pudren en los países islámicos. Ha vivido en Somalia, Etiopía, Arabia Saudita, Kenya... Sabe que en este momento no hay mayor injusticia que el islamismo explotador de una mitad de la población condenada por su sexo. La miseria del proletariado en la época de Marx era un privilegio comparada con la miseria de millones de esclavas (laborales, familiares, sexuales) que se ocupan de la totalidad del trabajo de la aldea mientras los hombres se dedican a pavonearse rifle en mano y a rezar. No podía concebir que alguien como Zapatero, con mando en un país europeo, hablara de "alianza de civilizaciones". ¿Qué civilizaciones? Si a sus hijas les hubieran cortado el clítoris y cosido los labios externos quizás no fuera tan frívolo.
Suárez dialogó con gente que le despreciaba, pero que estaba deseando salir de la cloaca. Es cierto que los comunistas seguían persuadidos de que no había nación en la tierra que pudiera compararse con la URSS (¡la de Breznev!), y que nuestros jefes hablaban en verso sobre Rumania y sobre la portentosa inteligencia de Ceacescu. Estos majaderos, sin embargo, ya no creían en sus propias mentiras y por lo tanto se podía dialogar con ellos. Suárez lo hizo y consiguió que entraran en el orden democrático al que juzgaban un modo de explotación más peligroso que el fascismo. Suárez dialogó porque lo que tenía delante era un fantasma que al oír el primer ring de monedas se esfumó como Drácula y se dedicó a proteger a las focas.
No es ese el caso de ETA, ni el de los islamistas que con tanta precisión describe una y otra vez Antonio ElorzaNi siquiera es el caso del PNV. Quizás Esquerra Republicana esté más cerca de la lucidez: por lo menos ya se les ha producido una escisión y eso indica que puede haber pensamiento incluso en una nevera. Ley de oro desde Maquiavelo es que no puedes dialogar con quien está persuadido de que tú eres débil y él es fuerte. Que Alá está de tu parte, o que están contigo Dios y las cajas de ahorro vascongadas más algún sindicato para que el amo no esté solo.
Nuestro presidente dice que hay que dialogar con los opresores. Parece que no haya dialogado en su vida con alguien que le toma por bobo. La quiebra de esos diálogos imposibles conduce a callejones sin salida. Los callejones sin salida generan frustración. La frustración es la madre del resentimiento. Hemos regresado a la política del resentimiento, la continuación del franquismo. El gobierno no piensa en los ciudadanos, el gobierno sólo piensa contra la oposición. Un gobierno que le tiene tal pavor a la oposición como para no abrir la boca sin mencionarla (¡mamá, mamá, mira lo que ha hecho Rajoy!), es un gobierno de una debilidad incompatible con cualquier diálogo. La consecuencia ha sido el fracaso del "proceso de paz", mal planteado desde su bautismo con esos términos episcopales.
¡Qué nostalgia de Suárez y González! El uno y el otro hubieron de vérselas con enemigos mucho más peligrosos que los que lidia Zapatero. Suárez con los franquistas, es decir, con la totalidad del poder económico, o sea el poder madrileño, vasco y catalán que era el único que había. González, con sus propias huestes, cabras locas, conspiradores del ochocientos. Ambos, con una ETA que en aquel momento no sólo era infinitamente más fuerte, sino que recibía el apoyo de toda la izquierda del país. Y sin embargo pudieron imponer su diálogo, es decir, meter en vereda a los inválidos morales en menos que canta un gallo.
¿Por qué entonces Zapatero no puede con unos adversarios desdentados como los del PP, y una ETA a la que ya sólo apoyan los caseríos y ni siquiera todo el PNV? Porque no logra convencer de su poder, es decir, el poder del Estado. Y cuando el Estado muestra su debilidad, el rencor, el resentimiento y el oportunismo ocupan la escena.
Si alguien desea conocer el desarrollo de una conciencia política racional y no visceral, lea la estremecedora autobiografía de Ayaan Hirsi Ali (Mi vida, mi libertad). Verá cómo la inteligencia unida al coraje puede vencer a la esclavitud en las condiciones más opresoras. Ayaan Hirsi es en verdad una revolución viviente porque dice aquello que todo el mundo sabe, lo evidente. Aquello que los islamistas ocultan, niegan, disimulan, disfrazan, porque amenaza el dominio que ejercen sobre la mitad de la población. Y lo dice sin rencor, sin odio, sin resentimiento hacia sus torturadores. Sabe que no hay posibilidad de diálogo, ni alianza que valga, hasta que millones de mujeres se persuadan de su poder. Por eso dialoga con las oprimidas, no con sus opresores. Será lento, pero no hay otro camino.
Aplíquese el cuento aquel que desee dialogar. Haga como Ayaan Hirsi, apueste por lo evidente sin rencor ni resentimiento. Utilice el poder del Estado para ayudar a los ciudadanos oprimidos, no para sumirlos en una mayor opresión dialogando con sus opresores. Y olvídese de la oposición. Está ahí para evitar el monólogo gubernamental.
Artículo publicado en: El País, 12 de febrero de 2007
[Publicado el 14/2/2007 a las 10:19]
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Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
Ensayo
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
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D. Pozo: No estoy seguro que si...
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