Una vez más la ejemplar editorial Acantilado rescata un título de alta tensión para hacernos felices. Se trata de "Los náufragos del Batavia" relato absorbente de un singular escritor, Simon Leys, de quien Acantilado ya había publicado el exquisito "La felicidad de los pececillos".
Ahora nos cuenta la historia de un naufragio verdadero que tuvo lugar en 1629 en las costas inexploradas y mortales que forman una barrera de arrecifes coralinos en el sur de Australia. Este episodio fue uno de los más terroríficos de la muy accidentada y bien documentada historia marítima del barroco, pero yo creo que lo más cautivador del breve relato de Leys es su mirada intelectual. Sobre este naufragio ya había publicado Lumen el definitivo estudio de Mike Dash, modelo de trabajo histórico cabalmente documentado y bien escrito. A Leys no le mueve la voluntad histórica, sino la curiosidad por una nube de perversión que se fue cerniendo sobre los cientos de supervivientes hacinados en los islotes coralinos y que estalló en una tormenta de atrocidades por causa de un personaje digno de Dostoievsky, el siniestro Jeronimus Cornelisz.
Suele despacharse este individuo con la etiqueta de "psicópata", pero es tan solo un velo que encubre el auténtico enigma del personaje. No quiero narrar el terror que desató con gran eficacia Cornelisz entre los pobres náufragos porque castraría al librito de su componente emocional. No obstante, me interesa remarcar que para Leys la posible enfermedad mental del criminal no justifica dos evidencias capitales: su capacidad organizativa y eficacia indudable, así como el atractivo que ejercía sobre la pobre gente. En este sentido Leys presenta a Cornelisz a la manera de un arcaico precedente de modernos tiranos como Hitler y Stalin. Buena parte del montaje criminal de Cornelisz en los islotes del atolón es similar a la KGB y sus consecuencias conforman una primitiva Auschwitz.
Dicho con mayor impudor: cree Leys que el mal, la malignidad, los individuos malvados, esa potencia negativa convertida, desde Freud, en una enfermedad o como mucho en una "desviación", no sólo es una constante perfectamente habitual de nuestra existencia, sino que asombrosamente obtiene un seguimiento alucinado por parte de las masas cuando las circunstancias invitan a la histeria. ¿Cómo pueden poblaciones enteras caer subyugadas por el encantamiento de genocidas como Stalin, Hitler, Mao o Fidel? El pequeño experimento del Batavia ofrece algunas claves sobre la sumisión y el mal.
No es caprichoso que en nuestros más antiguos relatos aparezca siempre un Dios del Mal a quien nunca faltan ejércitos de seguidores. Algo que, en principio, parece que la evolución genética, por lo menos, debería haber corregido. ¿Qué clase de suicidio busca el individuo que se deja arrastrar por la belleza del mal? Y sobre todo, ¿cómo es ello posible y en qué consiste esa seducción?
La explicación "psicopática" sólo retrasa la pregunta. ¿Por qué llamamos de ese modo a algunos individuos con extraordinaria capacidad de dominio y fuerte voluntad, que se deleitan en la destrucción de sus semejantes con las más diversas excusas? ¿Qué hemos explicado cuando le damos ese calificativo a Himmler o a De Juana Chaos que encargaba ostras y champán cuando ETA asesinaba a alguien? ¿Y a sus adictos, los que llevan su foto como si fuera la de la novia? ¿Psicópatas? La palabra "malvados" me parece más digna de consideración y plena de sentido. O el antiguo y hermoso apelativo de "mala entraña". Cornelisz era un malvado difícil de olvidar porque, de hecho, forma parte de nuestra vida cotidiana.
[Publicado el 31/10/2011 a las 09:00]
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En otro de sus muy bellos libros, la editorial Elba ha publicado un escrito de Michael Peppiatt cuyo título, "El taller de Giacometti", describe con toda exactitud su contenido.
El artista suizo no sólo es uno de los más seguros inmortales del siglo XX, sino además un tipo estupendo. Basta verle en la foto que hace de frontispicio. Era bajito, un tanto corcovado, con la cara hecha a puñetazos, más feo que Picio y maravillosamente hermoso. Más hermoso y más alto que Perceval y que Orlando.
Tras su llegada a París se instaló muy pronto en el taller del que ya no se movería en el resto de su vida, un agujero de veinte metros cuadrados, sin agua ni calefacción, pero de altos muros que auspiciaban una especie de terracilla donde dormía envuelto en trapos su hermano Diego. Ni la más alta influencia pudo arrancarle de aquel lugar, y mucho menos cuando, años más tarde, era un artista famoso y había ganado millones. Nadie sabe qué se ha hecho de aquella fortuna, porque a Giacometti, como al Santo Padre (en palabras del secretario de la reina Isabel II), no había modo de adivinar en qué se les iba el dinero.
En aquel lugar donde al principio tropezaba constantemente con la silla (una), la mesa (otra), la escultura (dos o tres), un caballete, el orinal, la frasca de vino, y otros menesteres imprescindibles para la creación artística, poco a poco fue construyendo sus piezas y llegó un momento en que él mismo se sorprendía porque cabía perfectamente el coloso de tres metros dando un paso adelante. Llegó a creer que el taller se ensanchaba y crecía al mismo ritmo que su energía artística, como si él fuera un pianista y el taller la orquesta. Se diría que el edificio había sido construido con un material que se expandía por estímulo espiritual.
Es muy posible, además, que así fuera. Los lugares sagrados son espacios desconcertantes, caprichosos y generalmente baratos. Aparecen en donde menos se piensa, es inútil buscarlos porque sólo es posible encontrarlos, no se perciben a simple vista ya que su naturaleza sacra sólo se muestra mediante el sacrificio, que es lo propio de los espacios sagrados, si no, se llamarían de otra manera.
Cuando Giacometti entró en el taller, seguro que era un agujero maloliente y mezquino. Fue su sacrificio, terco, dramático, su ígnea voluntad de arrancarle al vacío una figura humana y más que humana, lo que iría transformando el agujero en un lugar sagrado. Naturalmente, una vez entró en funcionamiento lo sagrado, no hubo quien le arrancara de allí, más bien al contrario, por el estudio pasó todo el mundo, desde el suntuoso Picasso hasta la zorzal Anette, entraban siendo individuos de escasa calidad y salían refulgiendo como el oro.
En una ocasión disputé con un amigo la escandalosa y augusta diferencia de dos lugares sagrados tan opuestos como significativos. Uno era el Monte Sinaí y el otro el Oráculo de Delfos. En el primero sólo había carrasca, derrumbe, pedruscos y un puñado de huesos de cabra. En el otro, fuente con charco, gruta de ninfas, frondosas encinas y lo mejor de la sociedad helena paseando en peplo de gala. En el primero y por la típica indecisión hebrea, el cliente, Moisés, tuvo que volver a subir para que le rehicieran el producto porque las Tablas se le rompieron nada más pisar el valle. En el segundo, muy al modo griego, la dispensación de oráculos estaba perfectamente organizada y al entrar se podía leer un cartelón escrito en aquella lengua tan bonita en donde se especificaban los diferentes precios del oráculo, si era cantado, recitado, en verso, si era en prosa, si se prefería esculpido en mármol de Paros, etc.
Un agujero maloliente, un collado reseco y yermo, un mercadillo... Y sin embargo, sobre los tres había descendido la divinidad tras aceptar el sacrificio por escaso que fuera su valor ya que las divinidades no atienden a nuestra manía de poner precio a las cosas, sino al deseo, tan sólo al deseo. Y mucho desearon Giacometti, Moisés y las mozas de Atenas que acudían con su borrego sacrificial a preguntar a Apolo si las iba a amar un hoplita muy hombre que les había guiñado un ojo mientras aspiraba una ramita de romero en las últimas celebraciones eleusinas.
Es el deseo y sólo el deseo, unido al sacrificio y sólo al sacrificio, lo que hace descender a las divinidades y convertir modestos lugares en templos perdurables. Todavía hoy sigue sucediendo.
[Publicado el 17/10/2011 a las 09:50]
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Sobre la división de impotencias
En estas lides los adversarios parecen detestarse y sin embargo sabemos que sólo se desprecian. No pueden ir más allá. Están atrapados por las mismas fullerías, manejos sucios y usos gangsteriles en los que se ha convertido la democracia mediática. Incluso en lo más enconado de la batalla no pueden dejar de mentir, ni confesar lo que saben. Finalmente son conscientes de que deben protegerse unos a otros si las cosas vienen mal dadas; derechas, izquierdas, rancios o novedosos nacionalistas, todos están impregnados por el aceite de la subvención que engrasa voluntades, doblega resistencias y aniquila ideas.
De no ser así resultaría insoportable que atacaran a la sanidad y la educación, es decir a nuestro patrimonio, el de los ciudadanos, y dejaran exquisitamente indemne su propio patrimonio, el de los políticos, del que no han suprimido ni un euro. Cálculos rigurosos demuestran que tan solo con la supresión del senado, máquina ornamental y ostentosa nacida del miedo, así como de las diputaciones, redoblamiento barroco y carísimo de la incompetencia, podría dejarse en paz sanidad y educación e incluso incrementar su presupuesto. Sin embargo, senado y diputaciones son lujosos balnearios para profesionales en aparcamiento, jubilación, uso residual o de conveniencia. Por no hablar de los expulsados al Parlamento Europeo. De todo ello no veremos ahorrar ni medio euro. En esa omertá no hay derechas ni izquierdas, nacionales o provinciales, todos luchan por mantener sus puestos de trabajo, en el caso de que semejante labor se considere trabajo.
En parte se entiende por la reunión en la democracia mediática de dinámicas que antes actuaban por separado. Una cosa era la acción de gobierno y otra su recepción. Mientras el periodismo fue autónomo y mantuvo su función, la acción ejecutiva, legislativa y judicial tenían una cierta corrección en los países libres, pero esta es una figura arcaica. La tecnificación ha unido el poder político con el económico y el mediático, del mismo modo que ha reunido en uno sólo el poder ejecutivo y el judicial.
La desaparición de espacios libres para la crítica, o lo que es igual, la seguridad de que toda la "crítica" actual es unidireccional y clientelar, conduce al repliegue de la ciudadanía que ve de año en año crecer el poder económico del consorcio político a costa de instituciones civiles fundamentales, de tal manera que si algún profesional del consorcio jura proteger a "los débiles", se sabe con certeza que no habla de nuestros débiles sino de los suyos. La paradoja es que el alimento del consorcio son los ciudadanos, los cuales están cada día más escuálidos.
Giorgio Agamben, filósofo que vive en Italia, donde el gangsterismo democrático es incluso más denso que aquí, sitúa en su posición crítica este agujero negro que engulle galaxias éticas, en un reciente libro traducido al español, Desnudez (Anagrama). Su descripción ignora pulsiones ad hominem como la codicia o la mediocridad y se remonta al doble poder instaurado por los monoteísmos.
Tanto en el cristianismo como en el judaísmo y el Islam, hay una separación tajante entre la Creación y la Redención. Si la primera es obra de Dios, la segunda es obra de sus Profetas, es decir, de los encargados de interpretar la obra divina y darle sentido. Cuando se acaban los profetas vivientes (Jesucristo es el último del cristianismo) comienza la actividad de los hermeneutas: la Torá judía, la teología cristiana y los intérpretes islámicos posteriores a su máximo profeta, Muhammad.
Esta doble función es inseparable, pero diferenciada. Sin la Redención quedaría la Creación como un monstruoso capricho de alguna divinidad malvada (que Descartes soñó) la cual habría procurado el mayor dolor posible a sus propias criaturas. La Redención es justamente la explicación de por qué la Creación no es una trampa sádica, sino un delicado mecanismo de salvación que profetas y filósofos se esfuerzan en significar. Así que la parte creativa del Padre se encomienda, para su Redención, al Hijo.
La separación de funciones toma un aspecto distinto cuando Platón la expone como razón de ser de las dos actividades humanas: las poiéticas y las epistémicas; las del arte y las de la ciencia; las obras poéticas (que incluyen todas las técnicas) y las filosóficas o críticas; la creación y su sentido. La producción de novedades, así como su inmediata interpretación o salvación filosófica, colaboraron en la representación de un mundo inteligible hasta la edad moderna. Cree Agamben que esta separación entre lo creativo y lo interpretativo se vino abajo con la modernidad. Filosofía y crítica, herederas de la obra profética de salvación de un lado, y arte y tecnología, herederas de la obra angélica de creación de otro, se con-funden. A partir de ese momento, en la modernidad los creadores proponen, en realidad, críticas, mientras que los filósofos producen creaciones.
La pretensión poética de tanto filósofo cuya obra parece obsesionada por la invención de un estilo artístico más aún que de un juicio recto; la pretensión crítica de tanto artista que expone sus obras como juicios morales, filosóficos, ideológicos o benevolentes, confunde los dos órdenes en uno que no cumple ni con la creación angélica ni con la interpretación salvadora del sentido. Hasta aquí, brutalmente resumido y en esqueleto, el ensayo de Agamben.
En su traslado a la política, se diría que la actividad técnica y productiva, fuera ésta la fundación de ciudades y sociedades justas, la redacción de leyes, su ejecución o la aplicación jurídica de las mismas que luego debía ser interpretada, explicada y criticada por los medios libres, se han fundido enteramente en un acto único. El conglomerado resultante es una máquina colosal que se autoalimenta sin finalidad ni propósito. Un monstruo sin cerebro que no sabe a dónde ir y que sólo lucha por permanecer. De ahí que los más culpables miembros del consorcio se apunten a cualquier profeta que tome por asalto la plaza pública y afirme con voz amenazadora que estamos condenados por nuestros pecados y que debemos arrepentirnos. Frente a ellos tiemblan ministros y escribas, porque su función clásica, la de producir una sociedad ecuanime, ya no figura entre los intereses del partido... y la gente se ha percatado. En consecuencia, aplauden a los profetas y dicen ser como ellos.
Ante estos fenómenos de ira popular, de inmediato la filosofía y la crítica encarnadas en los medios de difusión masiva consultan con el fragmento de consorcio que representan, a fin de tomar posición contra algo que de hecho forma parte de ellas mismas. El ciudadano sabe con toda certeza lo que va a juzgar cada uno de los profetas mediáticos a la mañana siguiente de cualquier suceso político. El aparato se autoalimenta y proseguirá su autodeglución hasta que no quede ni un gramo de sentido y la sociedad se haya devorado a sí misma por completo.
¿Podemos escapar a esta ameba monstruosa que todo lo iguala y a la que todo le es indiferente excepto la conservación de sus privilegios? Por ahora el restablecimiento de las diferencias y el regreso a la democracia parece empresa quimérica. Nada dice sobre ello Agamben sino que sólo ve sentido en el pasado, aunque no es un pasado histórico sino el pasado perpetuamente presente de la obra ya concluida.
Si bien la diferenciación crítica individual parece una fantasía, Agamben habla, en otra parte del libro, sobre el individuo intempestivo o inactual, el único auténtico contemporáneo. Es una discreta indicación, quizás sobre sí mismo. Ciertamente en algunos momentos de extremada corrupción pública parece irremediable el exilio interior de eremitas y anacoretas, como en la agonía romana. Me temo, sin embargo, que en estos tiempos incluso ellos recibirían la visita del inspector de Hacienda.
[Publicado el 10/10/2011 a las 09:00]
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Un empresario (Dorribo) acusa a un ministro (Blanco) y a otros dos políticos de cobrar elevados sobornos. La cita fue en una gasolinera. Han dimitido dos de los tres.
El Presidente del Banco de España (Fernández Ordóñez) autorizó a los directivos de cajas reflotadas con nuestro dinero que se llevaran cientos de millones a sus casas. Vienen retratados en la prensa.
La Institución Ferial de Extremadura (Quintana) investigada por blanqueo de capitales, desaparición de efectivos y facturas falsas.
El consejero de empleo de la Junta de Andalucía (Viera) investigado por la trama de los ERE fraudulentos, desvío de fondos de reptiles y subvenciones a empresas con familiares del consejero en nómina.
Las instituciones penitenciarias discuten si es legal ponerle una pulsera telemática al jefe de la trama Gürtel (Correa).
Un informe del Parlamento vasco descubre que hay un despilfarro de 400 millones en las diputaciones por duplicación de funciones, innecesarias incluso para los vascos.
La televisión nacionalista catalana gastó dos mil millones entre 2007 y 2009, que es el equivalente de lo ahora recortado en sanidad y educación. Viene a salir a quirófano por presentador.
Podría seguir poniendo ejemplos, claro, estos son los de un sólo día y un periódico que trabaja para uno de los varios negociados políticos. Seguro que en los diarios de las otras bandas se expone algo similar, pero protagonizado por los competidores. Ayer decía algún informativo, citando fuentes de la policía, que en España hay instaladas casi quinientas organizaciones mafiosas. De algo vivirán.
Es asombrosa la confluencia del consorcio político, el financiero, el mediático y el mafioso. No hace tantos años cada uno trabajaba por su cuenta, aunque procuraba no molestar a sus semejantes para no ser molestado. Ahora todos trabajan mezclados y apretados como en un funeral islamista, en desorden y con la más grosera chapucería, ya que el dinero circulante se ha reducido considerablemente y los nervios andan muy alterados. Las cabecitas que afloran en la charca pública se multiplican como ranas en celo. Emergen sólo las más necesitadas de ayuda. Hay miles boqueando por debajo, aguantando la respiración con ojos desorbitados.
La confluencia tosca, caótica de los cuatro poderes, cada cual más aterrorizado por la ruina inminente, es sin duda el elemento más interesante de la democracia mediática española sometida a restricción de crédito. Como en un laboratorio, podemos observar ahora el comportamiento del predador en condiciones de penuria.
Veremos lo que queda de la democracia, no tras las elecciones, sino cuando los perdedores lancen su ataque final, desesperado, tratando de conservar un puñado de euros.
[Publicado el 06/10/2011 a las 10:32]
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La semana pasada mi colega y sin embargo amigo Rafael Argullol escribió un estupendo artículo sobre la permanente convicción de la casta política española de que los votantes sólo merecemos mentiras. Y hoy mismo se han vuelto a enganchar con el asunto mis respetados Santiago González y Arcadi Espada por un quítame allá esas verosimilitudes. Todo está en la red, de modo que pueden constatarlo. Hermoso horizonte aquel en el que todavía nos ocupamos de estas cosas con fervor, a pesar de la victoria abrumadora de la resignación relativista.
Y para añadir apostilla a la apostilla, he aquí otra cita:
"Una pareja joven caminaba media manzana delante de mi. El sol había asomado, radiante, después de un chaparrón y los árboles estaban lustrosos y empapados. De improviso, por pura exuberancia, supongo, el chico dio un salto y agarró una rama; una cortina de agua luminosa cayó, torrencial, sobre ellos y los dos rompieron a reír y salieron corriendo. La muchacha se sacudía el agua del pelo y del vestido como si estuviera algo disgustada, pero no era así. Fue algo hermoso de ver, como salido de una leyenda. No sé por qué he pensado en eso ahora si no es, quizá, porque en momentos así es fácil creer que el agua se creó principalmente para bendecir y sólo secundariamente para cultivar verduras o para hacer la colada".
Quien así se expresa es un predicador americano amenazado de muerte, pero podría ser Kant. Algunas experiencias y juicios no pertenecen al orden de lo útil, de lo rentable, de lo conveniente y de lo mensurable sino a un orden en el que la verdad tiene poco que decir, aunque quizás la verosimilitud sea más pertinente. Sin embargo, el sentido al que se aproxima esa experiencia y su correspondiente juicio es seguramente de una ordenanza más extensa y, por así decirlo, de mayor relevancia para nuestra supervivencia que el de la utilidad, aunque no podría jurarlo.
En todo caso, aunque los feudales de cada provincia se agredan por causa del agua, ¿no es posible pensar que hay un agua anterior y más verdadera? ¿Aquella que responde de todos los sentidos posteriores, derivados y ancilares de la palabra "agua"? ¿Su fundamento primero, el agua que dio nombre al agua antes de convertirse en H2O? Comprendo que es un poco benjaminiano, pero no por eso debe desecharse por completo tal posibilidad, ¿verdad? Es verosímil.
El fragmento pertenece a una de las más sorprendentes novelas publicadas en los últimos meses en España, Gilead, de Marilynne Robinson, muy bien traducida por Montserrat Gurguí y Hernán Sabaté para Galaxia Gutenberg. En una lectura superficial puede parecer un libro para creyentes, pero es, sobre todo, un libro para ateos. Para ateos no momificados, se entiende.
[Publicado el 26/9/2011 a las 19:17]
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Estás tratando de resolver un problema matemático y te esfuerzas para poner en orden los algoritmos de manera que te conduzcan a la solución, pero el resultado que obtienes es falso, no coincide con lo que buscas. Vuelves a mirar los números y las letras tratando de localizar el error. De pronto un Coseno salta de un quebrado a otro, de arriba pasa abajo, los guarismos bailan un cha-cha-cha y todo se ordena. Sientes algo así como la visión inmediata de que aquello es verdadero, está completo y no le falta ni le sobra nada, es perfecto. Apenas ha cambiado un mínimo detalle, pero ahora todo tiene sentido y te complace, ha desaparecido la inquietud.
No es una emoción distinta de la que te asalta cuando ves a la mujer que amas, una visión que al instante te libera de toda zozobra, y seguramente es la misma que reflejan las palabras de Yahvé cuando al acabar cada jornada de la Creación, viendo lo que ha conseguido afirma: "Está bien". La aprobación placentera no es sino lo mismo que dice el ebanista al terminar la cresta de una sillería con un suspiro de "muy bien", el músico cuando elimina una parte del clarinete y dice "ahora sí", o el pintor que añade una sombra azul debajo de la raya verde y afirma "esto es". Mínimos cambios que pueden parecer triviales a quien no está metido en harina, y que para el autor son decisivos porque le apaciguan y llenan de satisfacción. "Dios está en el detalle" decía Aby Warburg cuando se hundía en la locura.
El problema matemático es comprobable. Todo lo otro no lo es. Sin embargo la sensación de plenitud es la misma y lleva a una confusión entre bueno, bello y verdadero que fatalmente acaba por condenar a las sensaciones como algo frívolo y engañoso. Las sensaciones son indignas porque nacen igualmente robustas de lo constatable o falsable y de lo incomprobable e ilusorio. Por lo tanto, no pueden ser garantía de ninguna verdad.
Son condenables, pero ineludibles:
"De pronto me sentí perfecto, completo, las ideas caían sobre mi como la nieve, bajo el impacto de la posesión divina me tomó un frenesí coribántico y al instante ignoré todo lo demás, el lugar, la gente, el pasado, el presente, yo mismo, todo lo que se había dicho, todo lo que se había escrito. Así vinieron a mi la expresión, las ideas y el deleite de la vida, la visión acerada y una deslumbrante claridad cristalina en todos los objetos, como la que pueden disponer los ojos en su más exigente capacidad"
Así describe Filón de Alejandría la emoción de concebir una frase perfecta, en su tratado sobre el viaje de Abraham de Ur a Canaán. Así debía de sentirse Rimbaud cuando escribía las Iluminaciones.
Dicho en contrario, si no te sobrecoge esa sensación, lo que estás haciendo puede que no sea verdadero y no valga un adarme, puede que sea simplemente correcto, bonito, popular, elegante o provechoso. También puede suceder que ya no la ames.
[Publicado el 19/9/2011 a las 10:30]
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Como ampliación a la entrada anterior, adjunto el breve texto que publicó El País el pasado domingo sobre la próxima guerra carlista.
***
Fama tienen los nacionalistas catalanes de ser políticos astutos y esquinados. Resultan graciosas las palabras que a ellos les dedica Azaña en sus memorias porque parecen escritas antes de ayer. No han cambiado ni de peinado.
En el asunto de la resolución constitucional el interés del gobierno catalán estriba en llevarlo al terreno metafísico de los derechos de las lenguas, como si Cataluña fuera un lugar poblado por diccionarios y no por ciudadanos. Con ello quiere evitar el conflicto verdadero que es el siguiente: ¿deben los políticos catalanes someterse a los tribunales españoles? Esa es la cuestión y no otra.
Yo diría que los nacionalistas (término que en la actualidad incluye a los socialistas del PSC para perplejidad de la gente sensata) no creen que deban obedecer las sentencias de los tribunales españoles y de hecho nunca las han obedecido en materia de enseñanza. De ahí la frase de Artur Mas, tan categórica, de que los jueces españoles "le están tocando las narices". No hay que ser un lince para adivinar que cuando los nacionalistas hablan entre ellos sobre los jueces españoles se refieren a unos empleados que bien podrían trabajar para la corona noruega.
Me parece prudente no hacerse ilusiones. Los nacionalistas actúan ya como si fueran un estado independiente y en ello tienen una deuda notable con el actual presidente de gobierno. La verdad es que si yo perteneciera al círculo de poder y de intereses de los nacionalistas haría lo mismo. ¿Quién me va a detener? Si digo a todo que sí y hago luego lo que me viene en gana y nunca ha habido consecuencias, como hasta ahora, ¿las va a haber mañana? Si digo, como vengo diciendo, que las resoluciones de la justicia española son para mí como las de la justicia belga, ¿me van a enviar a la guardia civil?
Yo diría que en este asunto la administración española ha perdido todo poder sobre Cataluña y también toda autoridad. Más sencillamente, la administración española, de hecho, tiene en Cataluña una vida ancilar. No hay que engañarse: a nadie importa, dentro de ambas jerarquías, en qué lengua hablan los súbditos. Lo importante en una democracia tan imperfecta como la nuestra es quién manda sobre esos súbditos, quien es el amo, de quién son esos súbditos. Y en este particular las cosas están cada vez más claras.
[Publicado el 12/9/2011 a las 09:07]
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Ante la próxima guerra carlista
Cada vez que a alguien se le ocurre decir que en Cataluña se habla el español por lo menos tanto como cualquier otra lengua, el establecimiento acomodado de aquella comunidad se ajusta la faja y corre a por el trabuco. ¿Es por ignorancia? ¿Por fanatismo? No, qué va, es porque la realidad siempre ha sido el peor enemigo de Cataluña.
En todos los lugares más o menos normales la gente habla la lengua del que manda, además de la otra. El inglés de la India, de Kenya, de las islas caribeñas, herencia del colonizador, ha dado alguno de los mejores narradores de nuestro tiempo y muy buenos negocios. Los colonizados no eran tontos y sabían que la lengua del que manda es la que da dinero y expansión. De hecho, sigue dando dinero y expansión.
En Cataluña, sin embargo, no está claro quién manda y de ahí la caótica sociedad que ha emergido en los últimos decenios desde que Pujol y Maragall decidieron sintetizar nacionalismo y socialismo diluyendo la izquierda en la derecha. Siempre que la nación está por encima de la sociedad se impone un orden para-fascista, o sea, irreal. Hace poco me enviaron un discurso que el jefe de los socialistas catalanes, Obiols, pronunció en 1994. Acusaba a Pujol de obligar a los hijos de los obreros a arrodillarse lingüísticamente ante los patronos catalanes. ¡Vaya cambio! Todo se transformó cuando Zapatero y el primer tripartito dieron un golpe de estado contra la Constitución que ha pasado sin pena ni gloria.
A partir de aquel momento allí nadie sabe quién manda. O mejor dicho, hay dos amos para una sociedad bipolar. Uno de los amos obliga a los niños a hablar la lengua del poder y los padres de los niños se resignan porque ya les gustaría que sus hijos fueran funcionarios. El otro amo parece que no exista, pero está fantasmalmente presente y se llama España. Cada año convoca oposiciones en lugares tan exóticos como Sevilla u Orense. Todo el esfuerzo del amo catalán consiste en que nadie se dé por enterado. Para el amo catalán sólo existen las oposiciones catalanas y el Barcelona CF. Lo demás es mero enemigo extranjero, sucio invasor, y tienes que odiarlo si quieres recibir alguna subvención. Evidentemente la gente con recursos, como el presidente Montilla, envía a sus hijos a colegios alemanes o americanos y se cuida mucho de caer en la encerrona de los pobres. En cuanto a los empresarios, con el inglés van que arden.
Este divertido entretenimiento en el cual dos marionetas se pegan con un palo en un escenario irreal da mucha risa, pero es catastrófico. El retroceso de la comunidad catalana en todos los órdenes es portentoso, pero nunca jamás nadie lo expondrá en cifras y si lo hiciera sería lapidado por los medios catalanes, todos ellos siervos del amo catalán. La escisión en sectores cada vez más enfrentados está sumamente soterrada y silenciada, pero sigue zapando la trinchera.
Hay sin embargo algo que puede simplificar la situación. A medida que se ahonda la ruina económica, menos importancia tiene el teatrito de los dos amos, lo cual se traduce en una separación cada vez mayor entre los de la soberanía y la gente que aún trabaja. Bien es verdad que todo puede terminar como el rosario de la aurora si a cualquier subvencionado le da por disparar el trabuco, pero lo más probable es que al carecer de dinero con que pagar el servicio y la munición, el secesionismo aparque momentáneamente la tercera guerra carlista. ¿O es la cuarta?
Si se ve incapaz de mantener sentada a la clientela del teatrito, el amo catalán puede preferir el trabuco, pero es más probable que por una vez se vea obligado a aceptar el mundo real. La clientela del teatrito es ya muy escasa: el Estatut lo votó un 30% de la población catalana. Aunque también es cierto que los poderosos suelen tener suficiente con sus mutuas presencias y pendencias, como las grandes damas en los bailes de capitanía. Eso sí, con los del trabuco a la puerta vigilando la entrada.
[Publicado el 07/9/2011 a las 09:41]
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No hará muchos meses que comentaba aquella sorprendente escena en la que una cámara montada sobre la grúa recorre desde la altura el círculo de espectadores que miran alelados el baile de Esmeralda en torno a la hoguera, a las puertas de Notre-Dame, y que de pronto se detiene en un rostro oculto entre la multitud para, de seguido, con una aproximación violenta, descubrirnos la exasperada mueca de lujuria, ira y locura que identifica de inmediato al satánico perseguidor de la gitanilla. El espectador sufre un violento escalofrío de terror.
Y también un escalofrío de admiración porque la escena no es de Hitchcock sino de Victor Hugo y se encuentra tal cual la cuento en Notre-Dame de Paris. ¿Fue semejante truco narrativo copiado luego por algunos cineastas con lecturas? ¿O es un telescopage instintivo en cualquier narrador, sea cual sea su soporte, celulosa o celuloide?
Hace unos días me encontré con otra de estas escenas míticas. El narrador quiere introducir un personaje femenino y hacerlo coincidir con el héroe en circunstancias favorables e interesantes, de manera que desboca al caballo que tira de la calesita, pone a la bellísima muchacha a dar gritos con la rubia melena al viento y presenta a nuestro héroe cabalgando al galope para salvar a la joven. El carricoche, desvencijado, está a punto de precipitarse por un barranco y el enloquecido caballo da grandes salto junto al precipicio. Ya casi caen, pero el coche queda atorado en el mismo borde, balanceándose sobre el vacío. Llega el héroe y con gran riesgo de su vida extiende un brazo hasta agarrar a la dama por la muñeca y mediante un sobrehumano esfuerzo la alza hasta dejarla extendida en la tierra, salva y desmayada. Magnífica escena.
Pero no es de John Ford, sino de Pérez Galdós en La batalla de los Arapiles, otro de esos inmensos episodios nacionales en los que asistimos boquiabiertos a lo más extraordinario junto con lo más abyecto de la literatura en español. Hay páginas que me parecen iguales sino superiores a Tolstoy, y otras cuyo sentimentalismo populachero chapotea más abajo todavía que el Dickens de Little Dorritt, una concesión a la clientela romántica en el peor sentido, de escaso cerebro y alma simplona, para la que don Benito escribía con perfecto cinismo.
Bien, pero, ¿quién inventó la escena? Lo cierto es que no recuerdo el arquetipo ni en Walter Scott ni en Alejandro Dumas. Galdós lo escribe en 1875, ¿lo habría leído en algún precursor? Cabe pensar que haya algo parecido en la literatura clásica, aunque sólo me viene a las mientes la carrera de carros de la Ilíada en la que aquel muchacho, Antíloco, hijo de Nestor, simula que va a chocar por impericia y cuando su contrincante se aparta, le supera y vence la carrera como cualquier marrullero actual tipo Hamilton.
No sé cuándo ni dónde nace la escena del despeñamiento de la bella, pero en Galdós está descrita con tanta perfección que parece genuina. Aunque dado que, según tengo entendido y por extraño que pueda parecer, John Ford no había leído a Galdós, siempre es posible que se trate una vez más de uno de esos topoi escondidos en nuestra más profunda memoria biológica. Todos alguna vez hemos salvado a la amada de precipitarse en el vacío. Por ejemplo, en el nuestro.
[Publicado el 30/8/2011 a las 09:00]
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Hoy sopla de nuevo el viento del sur. Durante unos días, casi una semana, aquí la vida ha sido soportable gracias a una temperatura europea. Hoy ha entrado el siroco y hemos regresado a nuestra indiscutible identidad, la de africanos levemente domesticados. El viento abrasador trae efluvios de cactus y esqueleto, de camello pestañero y mozas que se juntan en el pozo para comparar sus cántaros; perladas por el sudor del agua, ostentan las ondulaciones ante el extranjero que se aproxima para abrevar la caravana. Allí los patriarcas de Israel elegían esposa, aquilatada según su capacidad para darles aquella descendencia que, en obediencia de Yahvé, cubriría la haz de la Tierra.
El viento africano sopla en nuestra plaza y seca de golpe las verduras de los huertos como rozadas por los cintajos de Madame Lamort cuyo tocado llegó a entrever Baudelaire antes de caer fulminado por un ictus. El desierto avanza y devora todo lo que de fresco y vivaz nos quedaba. Tan triste como ver una noble berenjena perder su tersura, palidecer el tornasol episcopal de su piel hasta convertirse en una vejiga hueca, es observar cómo se abrasan los dineros y las haciendas, los puñaditos de monedas, los paquetes de tiesos billetes, sometidos al soplo infernal de la ruina. Es el viento que achicharra los bonos de la deuda, la prima de riesgo, los enteros bursátiles, elementos todos de retorta alquimista, bonos, primas, enteros. Hay que cubrirse con un cucurucho para mentarlos.
Porque puede parecer que esta devastación se debe a algo llamado cobardemente "economía" o incluso con mayor afectación "mercados". Nadie sabrá decirnos quiénes son ni dónde están los mercados. Juran que hay unas gentes (algunos diarios las dibujan como tipos gordos con puro y gafas de sol) cuya riqueza aumenta gracias a nuestra ruina, como si no aumentara también con nuestra ganancia. Nadie sabe su nombre, ni dónde viven, ni para qué amontonan sus caudales. Se parecen sospechosamente a Satán.
No es posible creer ni una sola palabra de quienes invocan "mercados" y "capitales"; son saduceos que de tanto admirar a los poderosos los toman por amos del Destino. Afirmar que son "los mercados" o "el capitalismo" o "los poderosos" quienes producen el viento infernal que agosta campos, sembrados, viñas, higueras y ahorros es usar con mucha molicie un cerebro enclenque. Y sobre todo es una petulancia propia de aquellos que quieren creerse inocentes y así se proclaman. ¡No he sido yo!, protestan. ¡Han sido los mercados!
Las fuerzas que producen elevación y derrumbe no las lleva nadie de un ronzal o no serían tan poderosas; nadie puede torcerlas porque nadie las orienta, así como nadie enciende los volcanes o abre la tierra con temblores siniestros. La maquinaria hipertécnica está por encima de nuestros mezquinos deseos. Negociemos un acuerdo. Estas fuerzas pueden parecerse a nosotros mismos proyectados hacia afuera en forma de colosos destructivos ante los que quedamos petrificados. También el paranoico cree verse a sí mismo bajar por la calle y saludar de un sombrerazo al cruzarse consigo. Fantasmas producidos por una culpa recóndita, la de creer que hay "razones" para lo que pasa y para lo que es, como si la vida de la especie o el cosmos mismo atendiera a razones humanas y diera explicaciones. Digámoslo con mayor brevedad. Pasó ya el tiempo de la riqueza inmerecida y ahora llega el tiempo de la pobreza que nos corresponde. Todo lo demás es petulancia y perseguir viento. Ni nos habíamos ganado la riqueza anterior, ni ahora sabremos qué hacer con la pobreza.
El viento del desierto nos coloca en nuestro lugar antiguo, el que hemos ya vivido un sinnúmero de veces. Quienes tenemos una edad juiciosa no hemos olvidado que hace treinta años los autobuses vomitaban nubes de humo negro, el teléfono a duras penas conectaba, los comercios eran raquíticos y los precios colosales; acudir a la seguridad social era una humillación que había que llevar con modestia a riesgo de caer mal y que te dejaran morir en un pasillo; acercarse a una ventanilla era topar con la venganza del parásito; había que esconderse para leer libros, los periódicos eran sarnosos, los mozos corrían riendo como idiotas delante de un toro, pero aún les gustaba más apedrear a los desdichados que se atravesaban en su borrachera; en fin, el mundo arcaico y quizás barroco, que es el nuestro y siempre lo ha sido, regresa hoy empujado por un viento abrasador.
Ahora veremos de nuevo a los profetas salir de debajo de las piedras como escorpiones armados con un palo, escupiendo el veneno que mejor se vende entre los pobres, el odio. También volverán los frailes entusiasmados por el clima de desesperación y nihilismo blandiendo un crucifijo navajero; veremos a las turbas de creyentes que se reúnen en plazas y foros para celebrar juntos su inutilidad y arrojar el resentimiento contra los policías, sus hermanos.
Hace unos días andaba yo escuchando la misa grande de Bach interpretada por un grupo de gentes iluminadas y sublimes que venían de Escocia, lugar muy puesto en Longino. Cuando sonaba en su metálico esplendor el Gloria cayó un ángel de las bóvedas aún tiznadas por el hollín de la guerra civil, o así lo veía yo en aquella vieja iglesia catalana. Empuñaba la espada flamígera con la que expulsó a nuestros primeros padres de un jardín ameno. Nosotros, los hijos de Caín, seremos siempre expulsados de todos los paraísos, el de la infancia encantada, el del ardor adolescente, el de la esperanza juvenil, el de la digna lucha de los adultos, el de la templanza y la justicia de los mayores, el de la sabiduría de los ancianos. Siempre expulsados, siempre a nuestras espaldas la verja se cerrará como aquella Puerta de la Ley que estaba destinada a cada uno de nosotros, pero que nunca pudimos franquear.
No siempre, sin embargo, no siempre. De vez en cuando, cíclicamente y con perfidia, se nos vuelven a abrir las puertas del Edén y vivimos por sorpresa un breve lapso de vida verdadera, como la que el otro día abrió el ángel caído de la bóveda. De pronto, sin aviso ni mérito, mientras suena la música nos sentimos a la sombra de los frutales y acariciamos al sumiso cordero, antes de que el ángel decapite a los escoceses. Si no fuera por esa experiencia del Edén no sabríamos lo que es la expulsión y el castigo, de modo que siempre, inevitablemente, regresamos a algún Paraíso, admiramos a las doncellas que regalan el agua de sus rotundos cántaros, oímos voces celestiales y vemos crecer la mies. Sólo para ser de nuevo expulsados, ensordecidos, castigados y ver cómo se agosta la labranza. Hay un tiempo para amar y un tiempo para morir.
Ahora sopla un viento que llega de África, ahora es el tiempo del desierto, el exilio y el crimen, pero una voz nos dice: trabajad y parid, no reneguéis del sudor y del dolor, del sacrificio y la perpetuación, porque son nuestras armas y son poderosas; con ellas se empuja la rueda del tiempo cuya demora supone la aniquilación. No os detengáis para llorar y mirar hacia atrás porque ya luego volverá, forzosamente, el Jardín y de nuevo olvidareis vuestra culpa. Ni te quejes ahora, dice, ni luego te ufanes de algo que hoy no te mereces, pero antes tampoco. Empuja la rueda del tiempo y deja de lamentarte.
[Publicado el 22/8/2011 a las 09:30]
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Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas , Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horas y Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010). Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.
Ensayo
Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
10/2/2012 11:36
Pues habrá que llamar a Clint...
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Publicado por: ¿Es el mismo?
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09/2/2012 11:58
Publicado por: Tipo Material
09/2/2012 11:51
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Publicado por: si se van fuera los chorizos, en España no quedaría ni dios
09/2/2012 08:47
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Publicado por: miguel
08/2/2012 23:24
O sea, Félix, que a pesar de lo...
Publicado por: juliano el afósfata
08/2/2012 21:45
dice el escohotado que un pastor...
Publicado por: a.
08/2/2012 20:41
No más que para empezar: que...
Publicado por: el emmental
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