El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 6 de septiembre de 2008
Caían a escasa velocidad los últimos años sesenta, aquella década que daría fin al siglo XIX en 1968 y lo digo en serio porque fue durante los años setenta cuando se le dio el hachazo final al romanticismo que se había prolongado mediante las vanguardias del siglo XX. La posvanguardia arrasó lo que quedaba de modernidad, pero el enemigo mortal de los minimal y de los conceptuales eran Pollock y Rothko, no Siqueiros. En España llevábamos retraso. Aquí la vanguardia apenas contaba y lo dominante era, por el lado del poder un clasicismo de opereta que cantaba a la dulce Galicia, a Montserrat o a los rudos vascones, como ahora, y por el lado de la oposición el realismo socialista. Cuando en 1968 se publicó mi primer libro, cayó dentro de aquel saco de poetas que un despistadísimo Castellet bautizaría como los "nueve novísimos", mero plagio de la edición italiana del mismo nombre y que no era sino la posmodernidad del tercer mundo. Algunas cosas prohibidas, como el cine de Hollywood (plataforma de la propaganda imperialista yanqui) o el rock and roll (medio de alienación que financiaba la CIA para debilitar a las masas revolucionarias) entraron en la poesía española gracias a aquellos desaprensivos de los que yo formé parte casi inadvertidamente.
Todo había comenzado pocos años atrás, cuando estudiaba Ciencias Políticas en Madrid con profesores de fuste como Antonio Elorza o José Antonio Maravall. Eran tiempos heroicos en los que, por ejemplo, expulsamos de las aulas a Fraga Iribarne. El grupo de amigos de Políticas, entre quienes figuraban sin saberlo los futuros gobernadores civiles de Felipe González, estaba relacionado con otro de Filosofía en el que (¡cuán asombroso es todo!) nadie haría carrera administrativa, pero sí personal. Los jefes eran Fernando Savater y Antonio Escohotado, gente que ha tenido que trabajar para abrirse camino gracias a su talento.
Tras las clases, solíamos reunirnos para comer, cenar o tomar copas en las tascas del barrio de Salamanca que era entonces un lugar cutre, de estudiantes, funcionarios y horterillas. Había gente allí de mucho escribir y beber, como Antonio Martínez Sarrión, aficionados al cine americano como Vicente Molina Foix, y de vez en cuando aparecía y se mezclaba a la concurrencia un argentino delicioso, Marcos Ricardo Barnatán. Lo de "Marcos Ricardo", tan apretadamente bonaerense, nos tenía encantados, pero es que además tanto él como su mujer, chiquita, vivaracha, traían consigo algo que por entonces comenzaba a desencajar la paleolítica literatura nacional, a saber, el poderoso aliento de Borges, de Sabato, de Onetti, de Cortázar, de Girondo, desconocidos escritores en lengua española. Bien es cierto que a Barnatán no sólo le respetábamos por ser la voz de América, sino, sobre todo, por la célebre anécdota de Borges titulada "Muchos años más tarde, consultando un manual especializado", historia que duraba entre media hora o tres cuartos según el público, cumbre del anecdotario universal. A veces, oyéndola por cuarta o quinta vez, creí morir asfixiado de la risa. Eso sí, sólo Barnatán puede contarla, nadie más. Deberíamos grabarla en DVD antes de que sea tarde.
Un día, este Marcos Ricardo nuestro se me aproximó con característica timidez y susurró educadamente que deseaba iniciar una colección de poesía y que si me importaba abrirla con un libro inédito. Todos mis libros eran entonces inéditos, pero le aseguré que buscaría algo que aún no se hubiera editado. Reuní a toda velocidad cuanto había pergeñado hasta entonces, evitando los poemas no sólo muy malos sino incluso los pésimos, y así fue como se editó mi primer libro. En la sinagoga de mi corazón siempre arderá una vela por Marcos Ricardo, de quien hace décadas que no sé nada y a quien saludo desde aquí efusivamente. Hola Marcos, sos un as, besos para tu chica.
Artículo publicado en: "El Cultural", El Mundo, 4 de septiembre de 2008, (este artículo corresponde a una serie sobre el primer libro publicado por algunos escritores españoles).
[Publicado el 04/9/2008 a las 14:45]
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Dificultades para contar cuentos

Como sus fanáticos lectores saben de sobra, Henry James fue un novelista de aristócratas perversos e ingenuas millonarias. Figuraban, cada cual, a la vieja Europa y los juveniles EEUU como dos órdenes morales adversos. Las cándidas millonarias de Boston ignoraban las fosas de corrupción que daban lustre a un conde italiano o a un lord inglés y caían en sus simas como corderillas. Esto explica el éxito de películas como La copa de oro o Las alas de la paloma, adaptadas de sus novelas más herméticas.
Sin embargo, James también escribió un novelón, titulado La princesa Casamassima, sobre un asunto entonces tempestivo: el terrorismo nihilista. Dada la escasa familiaridad de James con el socialismo asesino, los terroristas de su novela son estupendos: una bellísima princesa siciliana y el hijo bastardo del mayor título de la cámara de los Lores. Algo así como escribir una novela de toreros con protagonista japonés.
Me maravilla la desvergüenza de los grandes clásicos, su seguridad, su aplomo. Hay novelas de Baroja en las que un grupo de haraganes que se reúne todos los días en una tasca madrileña decide irse a Rusia para cambiar de aires. El siguiente capítulo comienza con los mismos discutiendo de política en un café de Moscú. Baroja le da un toque realista poniéndolos a todos en camiseta de felpa, jersey de nudos y gorrilla de lana.
Ese desparpajo sería hoy imposible. Sin un conocimiento de primera mano de los escenarios y los personajes, no hay quien coloque una línea. La gente se sabe el íntegro registro psicológico y hasta los más recónditos rincones del globo, de Mogadiscio a Ulan Bator, gracias a la tele y a los seriales de enfermeras. Ya no se puede dar gato por liebre.
De ahí que para narrar algo imaginativo y turbador haya que recurrir a los tiranosaurios, el código de la Magdala, los brujos impúberes, las pitonisas caldeas, o las momias. El espacio está ya tan domesticado como un colosal Benidorm. Sólo en el tiempo, esa jungla inacabable, quedan pozas salvajes en donde la fantasía puede retozar y darse un chombo.
Artículo publicado en: El Periódico, 30 de agosto de 2008.
[Publicado el 01/9/2008 a las 10:06]
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La cámara de los loros: la crisis

Cuando llegaron al pueblo todo el mundo lo vio con simpatía, menos las palomas. Los recién llegados ponían una nota de color con aquella cabeza suya de color rojo sangre que en ocasiones alzaba una cresta agresiva y el cuerpo verde esmeralda tan brillante. Fueron divisados por vez primera en un muro de la vieja iglesia, una ermita del siglo XIII que es lo más notable del lugar. Allí, en los huecos de la devastada piedra, hicieron su guarida o algo semejante, el caso es que estaban siempre colgados al exterior, chillando y armando bulla, pero era una estampa alegre y daba excusa para pegar la hebra cuando lo del clima ya aburría.
No todos estaban conformes con la instalación de las cotorras, las cacatúas, los loros, o lo que fuera aquella animalia tropical, en el pueblo. Algunos vernáculos se quejaban de que tras la invasión de veraneantes capitalinos ahora irrumpían también las cotorras, esas aves que hace una decena de años tomaron por asalto las palmeras de la Plaza Real y hoy se las oye por todo Barcelona. Allí donde se instalan expulsan a las palomas y dominan el territorio con su griterío y sus vuelos vertiginosos. Los nidos de palmera son grandes bolsas finamente trenzadas que cuelgan sobre el vacío y hacen muy bonito. En el pueblo, sin embargo, los nativos maldecían la reproducción de las bestias y establecían contactos discretos con el palomar, el cual andaba revuelto. Las palomas del país ocupan los campanarios, nunca los muros, pero ahora se las veía muy irritadas por la presencia de las vistosas cotorras, como si les fastidiara su misma existencia, o temieran la llegada de tantos hijos y parientes que acabaran por quedarse con toda la iglesia. Sin embargo, ni las palomas ni los nativos se atrevían a mover un dedo, disciplinados por la corrección política.
Hasta que el otro día las cotorras tomaron posesión de un muro en la masía del turismo rural y al apuntar el sol despertaron a la cada vez más escasa clientela con sus gritos y sus bailes. Desde entonces nadie las ha vuelto a ver. Las palomas zurean ufanas.
Artículo publicado en: El Periódico, 23 de agosto de 2008.
[Publicado el 25/8/2008 a las 10:48]
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El presidente de Georgia, Mijail Saakashvili (segundo por la izquierda), en una visita al Ejército.
Aunque los años y la experiencia deberían hacernos más comprensible el mundo y más pasaderos a los humanos, la verdad suele ser la contraria. Cuanto más años vivimos más extraña se nos hace la vida de esos animales dotados de lenguaje. En particular, los animales dotados de lenguaje que ocupan cargos públicos.
El presidente de Georgia se levanta un día muy amostazado con su provincia de Osetia del Sur, paraje que se empeña en amargarle los desayunos berreando canciones de encendido amor hacia Rusia. El presidente odia a Rusia, de modo que, harto de tanta chirigota, no se le ocurre mejor cosa que bombardear a los camorristas. De inmediato la Rusia de los sicarios, los gángsteres y las mafias más desalmadas del planeta, le devuelve la castaña y lo deja para el arrastre. Era bonito de ver por TV cómo las homéricas tropas del formidable presidente de Georgia huían espantadas al grito de: "¡Qué vienen los rusos!" Pero, ¿a quién creía ese señor que estaba desafiando con su espada de palo? ¿Tan estúpido es el presidente de Georgia? ¿Ni siquiera ha visto películas del Oeste? Si uno encañona a ciento diez pistoleros cuando está solo en el Salón tiene muchas posibilidades de no leer el periódico que informará sobre el tiroteo.
Que un país como Georgia goce de un presidente notablemente lelo puede parecer algo que sucede en zonas del planeta alejadas de la civilización y de los precios de Telefónica, pero no es así. Pareja estupidez desató la guerra de Irak, aunque fuera a la inversa. En aquella notable ocasión vimos cómo ciento diez pistoleros armados con misiles se cargaron a un cuatrero que sólo contaba con un rebaño de camellos. Aquellos cerebros ignoraban que los camellos eran suicidas cargados de dinamita hasta la joroba.
Los presidentes son cada vez más beocios e ignoran asuntos elementales que los bachilleres de hace cincuenta años se sabían de memoria. Bien es verdad que aquellos niños habían leído libros, ni que fuera por obligación. Los presidentes actuales, o no han leído ninguno, o el que han leído es de Suso de Toro.
Artículo publicado en: El Periódico, 16 de agosto de 2008.
[Publicado el 18/8/2008 a las 11:04]
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Ayer volví a pecar y leí un cuento escrito por una joven tan lejana como su nombre, Chimamanda Ngozi Adichie, la historia de quien pudo ser su abuela en algún lugar del sur de Nigeria.
Me asombra que la literatura pueda infiltrarnos en almas por completo ajenas y nos deje vivir allí dentro. Es como si tomáramos el domicilio de unos nativos de otro espacio. No hay baños, ni cocinas, ni alcobas, sino la sala de las fiestas y la sala de los llantos, el cuarto de la tierra y el del agua, el lugar de la soledad y el de la reunión. Entonces constatas que nuestra alma es un invento de artífice desconocido. El célebre demiurgo, el gran arquitecto, no es sino el océano de signos y palabras que nos da forma, o mejor, en el que nadamos sin saber que estamos sumergidos. Yo me he visto a mí mismo desde el alma de una abuela subnigeriana y he constatado que soy raro.
La reacción usual es tratar de adaptarse al otro, digerirlo y asimilarlo. Lo tengo por un ideal propio de sociedades satisfechas de sí mismas. Me temo que oculta la exigencia de que todos seamos iguales. A pesar de ello, se entiende la disposición: es terrible que haya gente diferente a uno mismo, sobre todo en países tan gregarios como los nuestros. Los europeos hemos impuesto un alma cristiana, científica y técnica a todos los pueblos del planeta. Y también un modelo de libertad basado en el número, la proporción, el cálculo estadístico al que llamamos democracia. Los pueblos del África subnigeriana no participaban de esta concepción matemática de la libertad, lo cual no impide que vivieran con la misma emoción que nosotros el momento de tomar decisiones libres. En este cuento, el madurado día en que la viuda Nwambgba decide entregar a su hijo a los misioneros católicos para que le enseñen inglés, lengua que da poder. Decisión libre que trae consigo, al cabo de muchos años, el regreso de su nieta desde una universidad británica al poblado, con la intención de cambiar su nombre, Grace, por el de Afamefuna y de ese modo recuperar un alma momificada en los libros de antropología.
Artículo publicado en: El Periódico, 9 de agosto de 2008
Enlace de interés: Lista de diez libros que cambiaron la vida a 100 escritores en español (El País Semanal, 10 de agosto de 2008)
[Publicado el 11/8/2008 a las 12:09]
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Ventajas de estar fuera de circulación

Como es de rigor cuando comienza la canícula, hay que tratar de subrayar su singularidad. En todo momento la atención que requiere el clima es asunto primordial si uno vive un poco alerta. Ha bastado un siglo para que, de sangrienta batalla sindical, las vacaciones pagadas pasaran a ser un eficaz modo de seguir trabajando y de contribuir al producto nacional bruto. Eso que solemos llamar "capitalismo", pero que seguramente es algo así como el mítico "estado de naturaleza", resulta incompatible con el ocio.
El ocio verdadero es no hacer absolutamente nada excepto aquello que es inconciliable con la actividad laboral habitual. De modo que, por ejemplo, a mí y a los cientos de miles de profesores universitarios o de instituto, deberían prohibirnos la lectura durante las vacaciones. Tendríamos que dedicarnos a conducir un tractor, desmontar un motor de explosión, practicar el tiro olímpico o apuntarnos a un grupo de buzos. Los periodistas no deberían leer periódicos, los deportistas habrían de estudiar a Kant, los ministros tomar el metro o un tren de cercanías, los policías podrían intentar algún hurto sencillo, los curas sin duda practicar nudismo, y así sucesivamente.
Pura retórica. Estoy persuadido de que las vacaciones sirven para todo lo contrario, o sea, para redoblar la actividad laboral.
El profesor se lleva de vacaciones un montón de libros, el periodista aprovecha para destripar la prensa nacional y provincial, los deportistas no pueden abandonar su entrenamiento sino que aún lo suben de grado y los ejecutivos analizan enormes dosieres sobre los costes de despido. Los únicos que no hacen nada son los que ya normalmente no hacen nada.
Ayer, sin ir más lejos, volví a caer en el célebre Sombrero de Tres Picos de Alarcón y hoy tengo mucho remordimiento. Sobre todo porque lo seguí con la pieza homónima de Falla, una preciosa suite de danzas dirigida por el insuperable Argenta, y así se me fue el día. ¡Cuando pienso que en el tiempo de leer y escuchar esa joya habría podido yo segar cien metros cuadrados de centeno!
Artículo publicado en: El Periódico, 2 de agosto de 2008
[Publicado el 04/8/2008 a las 10:43]
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Cuando nacemos no sólo nos vemos poseídos por una lengua que será ya para siempre nuestra jaula intangible, algo así como el sistema táctil del pensamiento, las manos y los dedos del cerebro, sino que de un modo aún más inocente nos vemos tomados por un escenario de signos visibles que también nos impone de por vida una mirada incorregible, un punto de fuga sin el cual somos enteramente ciegos. Si le pregunto a mi propia experiencia, el objeto visible más insólito que dominaba la segunda mitad del siglo XX en España, era el crucifijo y la galaxia de signos menores a él añadidos.
No es que el crucifijo haya desaparecido de la España del siglo XXI, ni mucho menos, pero su presencia ya no tiene la magia significativa que tenía hace cincuenta años y ese es un cambio que sin duda pasará inadvertido a los jóvenes nacidos en un registro visual diferente del nuestro. El crucifijo no era tan sólo la representación de una ejecución, la estremecedora estampa de un hombre inocente ajusticiado por el poder político y la razón de Estado, imagen turbadora que durante quince siglos dominó la visibilidad occidental. El crucifijo era, también, el símbolo de una opresión que se cernía sobre nosotros con un colosal aparato de ejecutores, funcionarios, técnicos, intelectuales, medios de difusión, turiferarios y enemigos.
Para la gente de mi edad el crucifijo estaba irremediablemente unido a la imagen dominante (un símbolo, sin duda, pero tan ubicuo como el crucifijo mismo) del Caudillo, cuyo porte físico era tan inadecuado como el del crucifijo para la vida que deseábamos. Si el Cristo era una figura incoherente, desatinada, en nuestro juvenil deseo de tener aventuras, amantes y dinero, la figura del Caudillo, aquel inverosímil gallego, chocaba frontalmente con las aspiraciones a una vida heroica y a las pomposas ideas que se agitan en el cerebro infantil, cuyo ámbito es tan amplio y se encuentra tan vacío como una basílica sin fieles, lo que produce una engañosa sensación de libertad.
El conglomerado de imágenes que unen como un archipiélago navegable las efigies del Crucificado, del Caudillo, de sus funcionarios y ejecutores, la profusión de uniformes que lucían en las fotos, la marea de iconos menores asociados a los anteriores, todo ello formaba un jeroglífico en el que piezas en forma de Virgen María se acoplaban con otras de Supermán, o cuadros de Murillo proyectaban su pía sombra sobre las torsiones picassianas tan similares a los dibujos animados de Hanna & Barbera. Aquella fue nuestra cárcel visual de nacimiento, la que nos ha tenido presos hasta hoy y en cuyo interior, lo queramos o no, moriremos. Porque incluso quienes con el mayor esfuerzo y diligencia se afanaron por escapar de la prisión visual y lingüística, jamás podrán pertenecer a la generación siguiente, para la cual ninguna de esas imágenes tiene ya la misma magia.
Si ahora nos apartamos del uso personal y subimos algunos escalones, no encontramos nada distinto: también lo que llamamos "etapas históricas" son espaciosos conjuntos humanos que viven sumergidos en mares de signos mediante los cuales son fáciles de distinguir. Es el caso, ya que hablamos de crucifijos, de la imaginería visual cristiana que define a la civilización occidental, en contraste con la islámica o la budista, por ejemplo. También, por supuesto, las diferencias que podemos establecer entre conglomerados secundarios como la imaginería bizantina (tan presente en los novelistas rusos) y la evangelista de los escritores negros americanos, los primeros marcados por el relumbre de las teselas doradas y los segundos por la pastoral del bautismo fluvial. El estudio de esas nubes de signos nos dice más sobre quienes vivían en ellas inmersos que toda la documentación política, económica y científica que podamos reunir sobre la época.
Y no es un misterio que esas nubes pasan. Los signos se transforman más lentamente que la vida de los humanos. Serán menester muchos siglos para que el crucifijo pierda la potencia mágica que tuvo en sus inicios y pueda formar parte de conjuntos neutros o decorativos como una comedia musical en la que el crucificado es un vocalista sobre una pasarela de moda masculina. Los signos cambian tan lentamente como los fondos marinos o el perfil de las montañas arañadas por la erosión de los glaciares. Apenas si da tiempo en la vida de un humano para percatarse de una docena de cambios profundos. En nuestro caso, el cuerpo de las mujeres (torturado por la pornografía entonces y por la publicidad ahora) o las estampas de reuniones masivas como signos amenos y dignos de encomio, cuando antes eran señal inequívoca de lo detestable y de la maldad.
El misterio extremo viene cuando esa nube de imágenes que define un modo de vida se transfigura de golpe o en un lapso muy breve. Cuando Afrodita, Hermes y Júpiter dan paso al crucificado en apenas dos siglos. Cuando de las estatuas ecuestres se pasa a la fotografía urbana en apenas cien años. Estos cambios súbitos suponen una mutación caótica de los grupos humanos y denuncian un cataclismo que, sin embargo, sus protagonistas no pueden considerar, sumergidos como están en la nube de sus sueños lingüísticos y visuales.
¡Quién pudiera saber si una tal transformación se está produciendo de nuevo en estos años! No el sosegado baile de las nubes, sino el catastrófico cambio de escenario por liquidación de existencias. No podemos saberlo porque los anteriores estamos casi ciegos y los que ya comienzan a ver lo apenas visible aún no saben hablar.
Artículo publicado en: El Periódico, 25 de julio de 2008.
[Publicado el 31/7/2008 a las 12:30]
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Vuelve a casa, vuelveee, por caridad

Cuando lo oí por la radio era muy temprano, me estaba afeitando, y creí haberme equivocado de emisora. Pensé que se trataba de un programa humorístico. Tardé en comprender que no era otra de esas burlas cansinas con las que llenan el tiempo muerto los medios de persuasión, sino que la frase era verdadera y había sido pronunciada por el jefe de los socialistas catalanes, por el más grande socialista de todo Cataluña, para entendernos. Más tarde volví a oírla y esa vez me fijé más en la segunda frase. De momento, sin embargo, estaba yo dándole vueltas a la primera.
La primera frase era "Te queremos mucho José Luis". Una frase cariñosa y seductora, una frase doméstica y con suave aroma a tía solterona. Ahora bien, dicha por el más grande socialista que han logrado producir los catalanes y dirigida al socialista absoluto, al presidente de todos los socialistas españoles, me pareció algo soberbio y augusto. Jamás, durante mi triste juventud izquierdista, había yo oído nada semejante en un camarada. Es más, frases similares eran tenidas por sentimentalismo pequeño burgués, algo más bien del Opus Dei o de los sindicalistas verticales. Ahora por fin el amor entraba en el discurso socialista. Aquel lugar severo, de una racionalidad rigurosa, desnudo de emociones y entregado al análisis de las condiciones objetivas, se ha humanizado. Los socialistas ya no son individuos que consideran la política como una ciencia, ahora son un grupo de parientes, de creyentes, de romeros, atados por relaciones amorosas. ¡Qué inmenso alivio!
Pero aún me quedaba lo mejor. La segunda frase era algo que yo no creí poder escuchar jamás en boca de un hombre de izquierdas: "¡Pero amamos más a Cataluña!" Debo confesar que rompí a llorar. Tantos años oyendo ese tipo de frases en boca de los caudillos españoles, africanos y latinoamericanos, ¡y ahora por fin la oía en boca de un socialista más o menos europeo! Ya nunca nadie podrá acusar a la izquierda de combatir más por la lucha de clases que por la nación. ¡La izquierda ya es como los de aquí de toda la vida!
Artículo publicado en: El Periódico, 26 de julio de 2008.
[Publicado el 28/7/2008 a las 10:39]
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Barcelona, tres de julio del año 2025

Al oír el chirrido del frenazo me volví alarmado, pero era el Ferrari propulsado por energía láctea de Jaume Destrals, un amigo de la infancia. Subió a la nube artificial y se vino hacia mí luciendo una sonrisa gloriosa: "¡Ya lo habrás visto! ¡Estoy pagando veinte veces más que tú!". En efecto, el nuevo gobierno de extrema derecha había publicado las declaraciones de Hacienda para poner de manifiesto la alta aportación de las empresas y la muy escasa de los labriegos, pescadores, artesanos, obreros manuales y funcionarios, población a extinguir. Jaume, dueño de una cadena de hoteles y otra de prostíbulos, fulguraba: "¡Y a cambio recibo lo mismo que tú! ¿Cuánto me cuesta la autopista, cuánto me cuesta un sello? ¡Lo mismo que a ti, pero tú pagas veinte veces menos que yo!".
Le agradecí su solidaridad y traté de escapar a tanto entusiasmo, pero no iba a ser fácil. Desde el colegio le había estado yo sermoneando con mi marxismo prehistórico y ahora se tomaba la revancha. Insistió:
"¿Y mi barrio? Durante años he visto cómo el dinero del Ayuntamiento se iba a los barrios pobres. Los han saneado, urbanizado, modernizado. ¡Tienen incluso bibliotecas y colegios! Pero en Pedralbes, donde vivimos quienes más aportamos, ¡ni un monumento a Cambó, nada, no han hecho absolutamente nada! ¿Te parece justo? Los que más pagamos para el bienestar común somos los que menos recibimos a cambio. ¿Quieres un habano?"
Acepté el cigarro y de nuevo le di las gracias humildemente por su largueza, su desprendimiento, su generosidad, su capacidad de sacrificio, le dije cómo admiraba el método científico que utilizaba para hacer trabajar a los demás por muy poco dinero y así contribuir más solidariamente a Hacienda. Luego, avergonzado, traté de escapar. No hubo modo. Se acercó para encenderme el puro con su teléfono biónico y me guiñó un ojo.
"Y eso que sólo declaro una parte ridícula. Si hiciera una declaración verdadera, besarías la tierra que piso". Plegó la nube, volvió al Ferrari y salió disparado agitando el puro. Me sentí asquerosamente egoísta...
Artículo publicado en: El Periódico, 19 de julio de 2008.
[Publicado el 21/7/2008 a las 09:58]
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Han pasado veinte años. El héroe se ha perdido mil veces por el laberinto de los mares. Ha conocido el canto que muda a los humanos en peleles sin alma ni cerebro, pero ha logrado huir de las Sirenas. Ha compartido lecho con la gentil Calipso, la más bella reina de todas las islas. Antes de clavar una estaca en su único ojo, ha visto cómo un cíclope devoraba a sus compañeros. Ha sido cautivado por Circe, poderosa hechicera. Le han acosado las potencias celestes guiadas por Zeus y por el arcaico Poseidón cubierto de algas, conchas y corales. Secretamente le ayudaba Atenea a urdir trampas y armar máquinas, pero ahora la diosa de espíritu ígneo debe asistirle una última vez porque Ulises va a matar a los cien pretendientes que acosan a su esposa.
Llega a Ítaca con el cabello cano, disfrazado de mendigo, envuelto en harapos. Hiede a senectud y miseria. Así pasa inadvertido y puede tramar con esmero su venganza. Los cien pretendientes son crueles guerreros y él está solo. Tiene la complicidad de su hijo Telémaco, pero es un muchacho. Nadie más sabe que el amo está en palacio. Nadie le reconoce, ni siquiera su mujer, Penélope. Y entonces tiene lugar una de las escenas más sublimes de la literatura universal.
Durante esos veinte años, el perro de Ulises, un mastín llamado Argos, ha ido envejeciendo. Incluso para una bestia fuerte y membruda veinte años son muchos, pero además ha sido torturado por los pretendientes, le han apaleado, le han impedido comer y beber, le han atado con sogas, le han echado de la ciudad.
Ahora agoniza sobre un montón de estiércol a las puertas de Ítaca. Cuando el mendigo va a cruzar el umbral, Argos menea la cola y con un supremo esfuerzo alza la cabeza para saludar a su amo: sólo él le reconoce. Luego muere. La cólera de Ulises entra en Ítaca.
Esta es una historia inmortal. Nos la sabemos de memoria, pero amamos oírla de nuevo. Me la ha vuelto a contar Pietro Citati en su deslumbrante Ulises y la Odisea (G Gutenberg) y me ha conmovido como si no la hubiera oído nunca. Lo inmortal nace todos los días.
Artículo publicado en: El Periódico, 12 de julio de 2008.
[Publicado el 14/7/2008 a las 10:13]
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Félix de Azúa nació en Barcelona. Licenciado y doctorado en Filosofía, profesor de Estética y colaborador habitual del diario El País, fue conocido gracias a su inclusión en la antología Nueve novísimos poetas españoles. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su parcela ensayística es amplia y destacada: Baudelaire, Lecturas compulsivas, Diccionario de las Artes, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas y Esplendor y nada. Los libros recientes son Ovejas negras, La pasión domesticada y Abierto a todas horas. Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
Ensayo
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
06/9/2008 04:18
Publicado por: valrey
05/9/2008 18:34
D. Pozo: No estoy seguro que si...
Publicado por: Tipo Material
05/9/2008 16:52
Publicado por: me
05/9/2008 13:50
Propuesta de texto de solapa...
Publicado por: harto
05/9/2008 13:16
Publicado por: El Pozo y el Numa
05/9/2008 13:15
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