No mucho más tarde hube de constatar nuevamente por Internet otra frase del futuro presidente socialista de España. Esta vez había dicho que para acabar con el dinero negro "habría que prohibir los billetes de 500 euros". Pregunté por aquí y por allá y todo el mundo aseveró que en efecto Rubalcaba había soltado esta frase, aunque nadie, ni siquiera sus más leales partidarios, entendía el sentido. ¿Habría que ir recogiéndolos de uno en uno y casa por casa? ¿O simplemente se anulaban por decreto en el continente? Una vez más, ¿qué cree Rubalcaba que es el dinero? ¿Una "cosa"? ¿Algo que se limpia con detergente y que se pone encima del piano? ¿Algo que se saca a pasear o se guarda en un armario?
Tras esta segunda declaración de Rubalcaba comprendí que, o bien el PSOE está persuadido de que sus posibles votantes son lelos, o bien estamos ya ante la candidatura de un Beppe Grillo a la española, o sea, a lo Paco Martínez Soria, lo cual, sin duda, puede traer mucho rendimiento en las próximas elecciones, pero entonces quizás el PSOE debería presentar a Leire Pajín, que hace mejor de característica. El PSOE cree que va a ganar algún voto entre la juventud soltando bravuconadas de patio de colegio, pero solo consigue ir perdiendo a los que ya llegaron a la edad de la razón.
No obstante, el goteo de chifladuras que vienen teniendo lugar en los últimos meses está a punto de convertirse en una plaga. Todo empezó cuando el presidente de los catalanes, Artur Mas, dijo que convocaba elecciones para conseguir una mayoría aplastante, brutal, terminante, heroica. Algo que permitiera poner a Cataluña en el concierto de las más grandes naciones con equipo de fútbol. Tras comprobar que había perdido un montón de escaños y que los resultados eran un desastre, saludó al público barretina en mano y se felicitó del éxito obtenido por el chiste. Fue como si a partir de ese momento la política española se entregara a la Banda del Empastre.
Con una izquierda perfectamente lobotomizada y una derecha que solo vive para conservar los privilegios de los cientos de miles de parásitos que impiden cualquier acción eficaz de la Administración, especialmente en el terreno de las grandes compañías, quedaba la posibilidad de tirarse al monte, pero tampoco. La extrema izquierda se divide entre los que imitan el modelo argentino y venezolano, lo cual es elegir una ejemplaridad política perfectamente hidrocefálica, y los que defienden el derecho de los alcaldes a robar en supermercados y están dejando Andalucía en los huesos. Elegir entre Verstrynge y el alcalde de Marinaleda no es tarea fácil ni siquiera para la prensa deportiva.
Para mejorar y clarificar esta situación los medios de comunicación han asumido como propias las majaderías de un partido o de otro. Para defenderse, los lectores, si pueden, se refugian en la patafísica, o sea en una señora que se filmó a sí misma en agitada masturbación y fue defendida por las derechas e izquierdas apelando al "derecho a la intimidad". No recuerdo yo que apelaran tanto a ese derecho cuando se difundió otro vídeo, el de un probo director de diario, más imaginativo y menos pornográfico que el de la concejala. Tampoco he observado que apelen al derecho de los votantes a que sus elegidos no sean tan memos como para filmarse a sí mismos haciendo el ridículo.
Sigue siendo entretenido observar cómo unos y otros se llaman constantemente "fascistas" y "nazis", solo para que el insultado aparezca en TV sollozando por los judíos. "¡Ah, qué sacrilegio! ¡Comparar con los genocidas alemanes a unos energúmenos que asaltan viviendas privadas!". La izquierda, siempre tan compasiva con los judíos, mientras no vivan en Israel. O bien, por el otro lado, "¡Ah, qué sacrilegio! ¡Comparar a unos dignos parlamentarios españoles que salen a dos millones de pesetas mensuales, con los criminales y asesinos del común!". Como dice el refrán, "lo cortés no quita lo donoso", de manera que cabe perfectamente que sean lo uno y lo otro todos juntos, pero no por las razones que aducen, sino por la torpeza y sumisión que manifiestan ante sus jefes, que es lo que caracteriza a los partidos totalitarios.
De modo que hemos tocado fondo. Algo lo hacía suponer cuando el Gobierno decidió que entre los recortes imprescindibles estaba también el que deja sin piernas a eso que suele llamarse "cultura" y que es justamente lo que les falta a los políticos en general y lo único que debería cuidarse en este país que, como todo el mundo sabe, ha sido domesticado, pero no civilizado. ¿Qué importancia pueden tener las escuelas, la universidad, los museos, la lectura, el cine, las bibliotecas o la ciencia para una gente que se pasa el día insultando a los del bando contrario y manteniendo bien calentito el sillón? Nuestro presidente lo dejó cegadoramente claro cuando le regaló al Papa actual, el señor Francisco, una camiseta del equipo de fútbol español. Es verdad que también le regaló un facsímil (otro, en el Vaticano ya no caben), pero era para disimular.
No puede caber mejor confesión de intensidad anímica y comprensión de los misterios de la fe. La altura alcanzada por el Gobierno español en materia espiritual quedó simbolizada con espléndida nobleza en aquella imagen del señor Francisco mirando perplejo la camiseta roja como si fuera un ornitorrinco. No vale ni siquiera la excusa de que el señor Francisco es argentino y ahora la política argentina dicta nuestro comportamiento. No. Ese regalo es lo más colosal que ha recibido papa alguno y recuerda a la estatua de Don Quijote que el rey Juan Carlos entregó a los astronautas norteamericanos para que lo llevaran consigo en el cohete. En este último caso, por fortuna, la idea no era suya.
Ante semejante estado de cosas, posiblemente lo mejor sea aguantar los dos años que quedan para las elecciones mirando vídeos de políticos españoles masturbándose y en las próximas elecciones dar nuestro voto, sea a Rosa Díez, sea a Ciutadans si uno tiene la manía de vivir en Cataluña. No porque vayan a sacarnos de este manicomio, sino para observar si el asunto es congénito y también ellos hacen lo mismo.
La así llamada "crisis económica" ha servido para convencernos de que nuestra clase dirigente no solo es incapaz de resolver problemas monstruosos como el del paro, sino que también es incapaz de resolver un crucigrama un poco grande. Evidentemente, ya estoy oyendo a unos cuantos políticos, muchos de ellos amigos míos, que se quejan de esta generalización arbitraria (¿y facha?). De acuerdo, este artículo es injusto con muchos políticos. Juro conocer a más de una docena perfectamente honrada, trabajadora y con una verdadera necesidad de sacar a este país del atolladero.
Pues para ellos y con ellos también escribo este exagerado artículo, porque si quieren mantener la dignidad que aún les reconocemos, no pueden dejar pasar más payasadas. Creo que la ciudadanía ya ha soportado bastante. No basta con comentarlo en reuniones y en privado. La próxima vez que un jefe suyo, o un cargo público de su partido, haga el ganso, por favor, pónganse ustedes en pie y díganselo a sus electores, júrenles que no van a votar a ese mamarracho. Recuerden que más vale una vez rojo que ciento amarillo.
[Publicado el 06/5/2013 a las 12:45]
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Durante un par de días me dediqué a constatar que en efecto ésta era la primera edición en español de El absoluto literario, de Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy, según anuncia el editor (Eterna Cadencia, Buenos Aires). Al parecer han circulado algunas traducciones privadas (de Emilio Bernini, por ejemplo), pero nunca antes se había editado completo este tratado, uno de los más influyentes en la actual filosofía del arte.
El caso es que apareció originalmente en 1978 (Seuil), hace pues treinta y cinco años, pero todavía nadie se había atrevido con él en España. Me parece sorprendente. Lacoue (muerto en 2007) y Nancy pertenecían a una generación que no sólo se había alejado del aún poderoso estructuralismo, sino que desconfiaba de los post-estructuralistas, de modo que tomaron un camino propio a la sombra de Heidegger. La producción de ambos filósofos ha sido abundante y de notable interés. Sin embargo, este trabajo que ahora se edita en español es, a mi modo de ver, su mejor contribución.
En ella analizan y antologan uno de los momentos más fascinantes de la modernidad. Como ellos mismos dicen, se trata de un episodio efímero (pongamos que de 1798 a 1803), un grupo de gente cambiante (aunque siempre dirigidos por los hermanos Schlegel) y una revista de la que sólo se editaron seis números (Athenaeum). He dicho antes que es un momento de la modernidad, aunque en todos los manuales aparece como un momento del romanticismo e incluso del primer romanticismo (el frühromantik). Ciertamente es un prototipo de romanticismo, pero en una acepción de la palabra que, a mi modo de ver, debería incluir un vastísimo proyecto que sólo acaba hacia 1960. Si se acepta esta noción, el grupo aquí estudiado fue de los primeros en poner las bases de la modernidad: "Se trata, de hecho, y no es exagerado decirlo, del primer grupo de "vanguardia" de la historia" (p.27).
El invento de este grupo, al que podemos llamar "del Athenaeum", es nada menos que la literatura en cuanto tal. Hasta ese momento no había tal cosa como una literatura en el sentido de un arte absoluto de la palabra escrita. Había, eso sí, un arte de la poesía, otro del drama, algo (poco) de la novela, y así sucesivamente. El grupo del Athenaeum unifica la totalidad del arte de la palabra y propone una primera teoría de la literatura como absoluto. Asombrosamente, en esa teoría la prosa toma el lugar de la más alta poesía y la literatura queda fundida en la filosofía en tanto que dos modos (literarios) de expresar el mundo en su verdad más recóndita. Esto es el "absoluto literario".
Así lo expone Friedrich Schlegel en su Conversación sobre la poesía: "Todo arte y toda ciencia que actúan mediante la palabra, cuando se ejercen como arte por sí mismas, y cuando alcanzan su cima más alta, aparecen como poesía" (p.380). No es sólo un ataque contra la secular teoría de los géneros y sus forzosos paragones, es también la negación de toda la filología hasta ese momento y la propuesta de una historia de la literatura tan audaz que ni siquiera es posible escribirla en nuestros días.
El grupo estaba compuesto por dos dictadores, los hermanos Schlegel, y un conjunto variable de afiliados (Novalis, Wackenroder, Brentano, von Arnim) que se reunían, se expulsaban, se excluían o formaban secesiones, como es habitual en cualquier movimiento de vanguardia. En su proximidad giraba una nube de mujeres poco típicas de su época, sexualmente emancipadas, con una notable formación filosófica y aguda percepción artística. Son Sophie Tieck, Bettina von Arnim, Carolina Michaelis o Dorothea Mendelssohn-Veit. Todas acabaron casadas con alguno de los participantes del grupo.
Había también una relación externa, pero intensa, con personajes de extraordinaria importancia como Hölderlin, Schelling, Hegel, Schleiermacher o Goethe. Este último los detestaba, pero a él se unirían los Schlegel cuando la edad los volviera rapaces y la invasión napoleónica pusiera en marcha el nacionalismo germano.
No sólo inventaron la literatura tal y como la entendemos ahora. También transformaron la recepción de la herencia griega. A veces parece que la palabra "romanticismo" sólo puede usarse para asuntos empalagosos, pero es un enorme error. El romanticismo fue un movimiento revolucionario y salvaje que sacó de la quietud marmórea, del estatismo idealista, a los neoclásicos y a los kantianos. La Grecia que aparece tras la crítica de los románticos del Athenaeum ya no tiene nada que ver con "la belleza", la "serenidad" o "la perfección", es la Grecia arcaica, infernal, enigmática, siniestra que años más tarde Nietzsche expondrá magistralmente en su seminal Origen de la tragedia.
La traducción es meritoria, aunque con imperfecciones inevitables dada la oscuridad del propio texto (téngase en cuenta que la mitad del libro es una antología de escritos de los Schlegel, Schelling y Novalis), lo que las hace excusables. Sólo he pillado un error grave, pero que puede corregirse con facilidad: la pg.22 da como fechas del Sturm und Drang 1870-1880. Son, evidentemente, 1770-1780. Contando con estas mínimas mancillas, el libro es imprescindible para cualquier interesado por la teoría del arte y aún por la teoría de la teoría.
[Publicado el 08/4/2013 a las 09:00]
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Todo el episodio es grotesco y nos arranca una de esas carcajadas seguidas de mucha tos que suenan a cascajo y desesperación. El asunto comienza con unos aspirantes a maestros que a duras penas podrían llevar las cuentas de un figón con tiza sobre barra. Una vez constatan los examinadores (a quienes ya me gustaría examinar) que no pasa el examen ni el veinte por ciento, deciden publicar algunos de los disparates más atroces para que la población en general se haga una idea del nivel educativo del país.
Bueno, no era necesario. Hace veinte años que los profesores, no de primaría sino de universidad, venimos diciendo que habría que publicar los exámenes de los actuales universitarios para que la población se percatara del grado de analfabetismo que hemos alcanzado con tanto esfuerzo y solidaridad. Seguramente sería inútil porque a la población no sólo no le parecería una monstruosidad sino que incluso a lo mejor se maravillaba de lo mucho que saben los universitarios. El caso es que las propias autoridades administrativas, rectores y demás personal imprescindible, siempre han prohibido la divulgación del genocidio educativo que ha tenido lugar en España en los últimos veinte años, por lo menos.
Ea, pues tenían toda la razón los burócratas: una vez publicados los resultados, de inmediato los sindicatos de la educación, principales causantes del subdesarrollo pedagógico hispano, han saltado como un resorte, se han indignado, amostazado, enrabiado y amenazan y denuncian. Dicen que publicar esos horrores significa humillar a los profesores y maestros. En realidad, como es lógico, los que humillan a profesores y maestros son esos aspirantes beocios convencidos de que su ignorancia es un mérito para llegar a profesor en España, pero los sindicatos es que son muy sensibles.
A los sindicatos parece como si les gustara, como si prefirieran ese tipo de maestro totalmente en blanco, sin el menor conocimiento, con el cerebro lobotomizado. Es posible que así se lo parezca porque ellos, los que amenazan y denuncian, se sienten hermanados con los analfabetos eufóricos. Porque si no, no se comprende que los sindicatos de la educación (insisto, de la educación) quieran humillar a profesores y maestros exigiendo la ocultación de los inútiles, de los pícaros, los majaderos, los enchufados, los atontados, las nulidades a quienes se precipitan a proteger.
¿Pero qué idea de la educación ha acabado por imponer esta falsa izquierda obsesionada por defender sus intereses burocráticos, sus chanchullos, sus subvenciones, sus privilegios, y a la que estar en el último lugar de la comunidad europea en educación les parece haber alcanzado el mayor premio de su carrera?
Seguramente mantienen la misma opinión, en verdad surrealista, que una tal Teresa la cual, en sus mensajes electrónicos, escribió que enseñar los ríos españoles a los estudiantes es puro franquismo. Y que lo que habría que enseñarles es lo de "las fosas". Textual. Posiblemente alguien debió decirle a esta buena mujer que lo de las fosas era hablar con excesiva claridad sobre el nivel intelectual del partido y entonces borró esa parte. Pues bien, la tal Teresa ha sido ministra de vivienda de Zapatero. Voy a repetirlo: ministra de Zapatero. Que Zapatero nombrara ministros (y ministras, claro, como dice Santiago) con semejante dotación intelectual lo dice todo sobre este esperpento de país.
Porque estamos hablando de lo que se supone que es la izquierda, aquella ideología que impulsaba el estudio, la cultura y la enseñanza de calidad a quienes más lo necesitan, que protegía al trabajador y ayudaba al talentoso persiguiendo al mentecato. Que veía en la enseñanza el instrumento de superación esencial de los explotados, sin el cual no hay izquierda que valga.
En consecuencia, una de dos, o sindicatos y ex ministros (o ex ministras) se han pasado a la derecha extrema, o están dispuestos a hundir este país con tal de mantenerse con los sueldos que tan generosamente les pagamos.
Artículo publicado en Jot Down.
[Publicado el 02/4/2013 a las 12:47]
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Ya había yo observado que casi todas las madres suben en brazos a sus hijos hasta los botones del ascensor para que los pulsen, acción que puede llevarse un tiempo con el consiguiente cabreo de los que esperan. Lo mismo con los timbres del interfono en algunos domicilios: "Anda, toca, a ver si te contesta alguien". Y que muchos niños (por ejemplo, la niña pequeñísima de la que hablo) cogen los teléfonos de sus padres, simulan marcar un número, y se ponen el aparato en la oreja. Como la niña pequeñísima no sabe hablar, suelta una retahíla de polisílabos, nanananana pacapocopuyapocopata. Veo a los niños actuales extremadamente adheridos al botón universal, por ejemplo en los ordenadores de sus padres, a los que se encaraman y toquetean el teclado hasta que en la pantalla aparecen ventanas inverosímiles o el aparato se apaga con un mugido de agonía.
Observando la conducta infantil de un modo científico, me pregunté el otro día cuál había sido mi primer botón. Pregunta que luego he repetido a mis amigos. Nadie lo recuerda, o mejor dicho, han de hacer un esfuerzo para recordarlo. Si son menores de cuarenta años, algunos tienen presente una televisión de juguete que les regalaron y en la que aparecía Pluto cuando se apretaba etcétera, o incluso un animalito mecánico que oficiaba cuando se le daba al botón. Es el caso de un oso panda que la niña pequeña hace cantar dándole a un botón que descubrió ipso facto, el primer día de tenerlo entre sus manos. "Soy un panda juguetón del balón soy el campeón..." canta el oso ante los horrorizados padres. La niña se contonea. Le gusta la música.
Yo diría que el primer botón consciente que recuerdo fue el de una radio alemana marca Nordmende, de pilas de petaca (ya casi inencontrables), que me regalaron cuando aprobé el primero de bachillerato en su totalidad de una tacada, y que aún conservo a pesar de las burlas que provoca. Eran botones protuberantes, con coronas finales de color rojo sangre. Al apretarlos soltaban un sonoro "clac", como si partieran nueces. Para mí lo de los botones tenía entonces un carácter transcendental y los teléfonos eran de dial, o sea, con agujeros en lugar de botones. Había muy pocos botones que sirvieran para algo en aquellos años infelices. Ahora, en cambio, todo viene a resumirse en un botón.
Como en aquella película de Paco Martínez Soria que comentaba admirado cómo en la ciudad le dabas un pellizco a la pared y se encendían las luces, así también ahora los niños apenas se percatan de que toda su vida, todos sus actos, el placer, el trabajo, la salud, el dolor y el ardor, dependen de un botón. En realidad de muchos botones. Uno de los cuales por cierto, sólo puede pulsarlo el presidente de los EEUU y lo lleva en un maletín.
Artículo publicado en Jot Down.
[Publicado el 21/3/2013 a las 09:00]
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Entrevista a Manuel Arroyo, fundador de Turner

Félix de Azúa y Manuel Arroyo en diciembre de 2012. Foto: Gutiérrez
Tuve la oportunidad de conversar con Manuel Arroyo en torno a emboscamientos vitales, pasiones y fobias; construyendo una retrospectiva en breves pero definitorios trazos de quien fuera hombre clave en la reciente historia cultural de nuestro país. Aquí la entrevista que apareció en publicación de la editorial Turner, Turner 8P.
-Félix de Azúa: ¿Qué hace un editor como tú escondido en un bosque como el tuyo? Hay una figura política a la que Jünger llama "el emboscado", no sé si te sientes aludido.
-Manuel Arroyo: ¿Dónde esconderse mejor? Lo de "el emboscado" me gusta. Pero Jünger, ese invento francés, no me llama la atención. En los mapas de Iberdrola figuro como Ermitaño Número 7. Lo siento más acertado. No conozco a los otros ermitaños, pero ser el número siete me parece significativo. Es una estimación objetiva de quien me da la luz y lo acepto con gusto.
Un editor como yo se pasa la vida soñando con una biblioteca en medio del bosque. Los pasillos de la Feria de Frankfurt, que para otros son el paraíso, para mí fueron algo apasionante y ajeno. Nunca fui pájaro de Feria, gracias a Dios nunca tuve un best seller, no compré números en esa lotería. Tanto como en el bosque, habito en la lectura. De eso se trataba y lo supe desde el principio. Por eso la escapada. Emboscarse pues, ya mucho antes de los tiempos que corren, era el secreto deseo. Leer y leer, sin orden ni concierto. Editar por eso y para eso.
-Dices que Jünger es un invento francés, algo que no puedo negar. Hace ya muchos años te hiciste famoso gracias a un libelo titulado Contra los franceses, que se agotó de inmediato. Los aficionados se lo arrancaban de las manos. Nunca he leído un ataque más feroz e inteligente a la que pretende ser patria de la inteligencia. Hoy es inencontrable. Como era anónimo, al cabo de pocos días todos sabíamos que lo habías escrito tú. ¿Has cambiado de opinión o sigues siendo galófobo? ¿Y no será el típico resentimiento de un anglófilo, ya que tú eres medio inglés, porque los franceses son más guapos y elegantes, y sus mujeres más listas que las de las Islas?
-Lo del libelo es para mí asunto delicado. Más que galófobo soy, como español, un acomplejado con causa. ¿No podría leerse ese libelo que me ha hecho pasar tantas vergüenzas como un sarcasmo sobre el complejo de los españoles? Tal vez el fallo estuvo en mí, no supe dar con el tono. De los franceses casi lo único que no me gusta es su incapacidad o su desdén para pensar sin teoría. Pero ahí están, en cualquier disciplina. Una cosa es escribir libelos y otra ser tonto. Sigo leyendo a algunos franceses con pasión. En gran parte para eso escribí el libelo. Con ser medio inglés tengo suficiente, no me hace falta ejercer de anglófilo. Incluido en lo inglés, tengo casi un cuarto de irlandés. De eso sí me gustaría presumir, por si algo se me pega. Ciertamente las mujeres francesas son más guapas. Pero los ingleses son más apuestos, a pesar de las feas dentaduras (siglos de té indio y azúcar caribeño). A alguna francesa le he caído simpático y, pasando a lo concreto, mi madre era una belleza. Por ese lado, no hay rencores. Pero sí quiero decirte una cosa: ¡Gibraltar no será nunca español!
-Aunque nuestro país sea un desastre y esté siempre más cerca de Goya que de Velázquez, ¿qué echas de menos cuando estás en Berlín? Quiero decir que, a pesar de todo, no te has ido absolutamente. ¿Encuentras algún consuelo, todavía, en esta tierra?
-Claro que sí, aquí están las personas y las cosas que me importan, y de ellas no puedo irme, ni quiero.
Soy incapaz de sentir nostalgia. En la Historia de la Melancolía de Jackson, que publiqué hace años, hay un capítulo donde la describe maravillosamente. Me dijiste que ibas a leerlo. Hazlo porque es apasionante y serás el primero en España. Yo tenía la esperanza de encontrar un lector, siquiera uno, como tú.
Echo de menos la biblioteca, claro está. También la cama, dos mesas, una butaca. La casa de Berlín está casi vacía. Los techos son de cuatro metros así que no hay donde mirar si no es al cielo o a un cementerio judío que tengo al otro lado del patio. Por la fachada principal cuando me asomo veo una fila interminable de puérperas empujando carritos con recién nacidos, indistinguibles unos de otros. Pero hay librerías y conciertos, museos y gente bien educada. Los niños no lloran y los perros no ladran. Da gusto vivir entre alemanes.
A Velázquez lo veo más portugués que español. Parece que se hubiese propuesto pintar el aire. Goya sí nos dejó retratados. Pero no concibo uno sin el otro. El Prado, eso sí que es un consuelo. En la meseta mirar al cielo es el consuelo más socorrido y efectivo. Y a las personas, siempre que sea de una en una. Esta mañana me ha llegado la factura mensual del aéreo (móvil?): 7,16 euros. Me ha confirmado que hablo poco.
Hablando de Goya, te habrás fijado en cuanto se parece nuestro actual monarca a Carlos IV, especialmente en el retrato de familia que cuelga en El Prado. La misma gallardía, la misma expresión inteligente. Uno cazaba ciervos en El Escorial y el otro, osos y elefantes, en África o en Rusia. En eso han evolucionado.
Y la Infanta Cristina, ¿no es el vivo retrato de la reina María Luisa? Tal vez nos pase lo mismo a nosotros, habernos convertido en caricatura de unos mamarrachos.
Nos queda el consuelo, no sé si la ventaja, de que a nuestros antepasados no los pintase Goya. Tampoco Macarrón. Quiero pensar que en nuestro caso hemos tenido una evolución inversa o por lo menos con
una cierta dignidad.
-No era muy malintencionada, pero pensaba que un hombre como tú que ha montado excelentes editoriales como Turner, pero también colecciones supremas, como la Biblioteca Castro, que ha sido apoderado de toreros y cantadoras de rancheras, que ha conocido el corazón del poder, que ha vivido en América durante años, que ha sido inmobiliario, marchante, trotamundos y, en fin, que es un culo de mal asiento, ¿cómo es que se aparta de todo y como un Rancé con Internet se pone al margen entre fresnos y vacas? Lo digo con cierta envidia, claro.
-Todo eso que dices y mucho más tuve que hacer para sacar adelante a la familia. No sabes la de necios que he soportado y la coba que he tenido que dar. Aunque nunca mandé a necios ni obedecí a pícaros, como diría mi querido autor Arturo Soria. Y eso que un amigo mío me anunciaba y reprochaba que nunca iba a hacer fortuna porque no sabía adular a los ricos. Mi vocación era pasar desapercibido, como me aconsejaba mi abuela Turner. Eso sí que hubiese sido un lujo. Me lo permito ahora que ya tengo a mis hijas criadas. De hecho una de ellas acaba de cumplir cuarenta y dos años. Son tantos que a veces pienso que es casi de mi edad.
En mi oficina decían que yo hacía jornada intensiva, de once a dos, que era el tiempo que pasaba con ellos cuando no estaba de viaje. De eso sí que estoy orgulloso. A un caballero no se le debe notar que trabaja. Y si todo eso que dices, y aún más, hice en seco, como decía el otro, ¿qué no hiciera en mojado? Esa metáfora de "culo de mal asiento" es castiza y expresiva pero no me parece elegante. Simplemente vive bien el que vive apartado, como decía un francés que tú debes conocer bien. Y si además tengo Internet para hablar con los amigos, ¿qué más quiero? Pues sí, quiero más, como gritaba la Llorona.
También me ocupo en no ser menos de lo que parezco. Eso dice uno que va vestido de mendigo en King Lear. Y en lo concreto: superar una infección por una picadura de araña. En mi cama nadie más me pica. Ni falta que me hacía. Leo y releo el primer tomo de la Recherche. Como a ratos largos me quedo dormido, cuando despierto no distingo entre lo que he soñado y lo que estaba leyendo. Me parece la novela más quijotesca del mundo, mucho más que las de los ingleses, quizá porque ellos entendieron menos o de otra forma su ironía. Prefieren lo cómico y la parodia.
***
Por otro lado, aquí se puede leer una entrevista a Félix de Azúa publicada en De Verdad Digital
[Publicado el 06/3/2013 a las 10:45]
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El desconcierto que están causando los múltiples latrocinios, timos, estafas y desvalijamientos por obra de la parte más noble de nuestra sociedad ilustra sobre el respeto que aún se le tenía a eso que suele llamarse "la clase dirigente". Me recuerda a los sentimientos que despierta la palabra "artista" cuando se pronuncia en público. Basta con que alguien hable de los artistas o diga de sí mismo que es un artista para que se generalice una sensación confortable y cálida entre la audiencia. Una sonrisa aflora a sus labios y se acomodan en la butaca.
El populus ama a los artistas y a otros representantes religiosos que le garantizan que la vida merece la pena, pues esa es la función popular del arte. Si no hubiera tal cosa como el arte, ¿qué sentido tendría nuestra vida, una vez desaparecida la religión? En ese mismo territorio se mueve la anguila política. El político tiene también el destino eclesiástico de asegurar la paz y la justicia. Desdichadamente (y en eso se parece cada día más al artista) su función apaciguadora, su función curativa y confesora, es cada día menos convincente.
En los últimos meses ha habido una verdadera avalancha de latrocinios cometidos por políticos o por familiares de políticos o por gente que se supone que respeta la política como acción dirigida a moralizar y ordenar a la sociedad. Ética y razón son las dos piernas del político profesional, pero en estos meses se las ha amputado él mismo, se ha dado un inmenso hachazo. Nuestros políticos se agitan ahora como anguilas porque han perdido las piernas. Son troncos balbuceantes que abren y cierran la boca a la manera de los peces que se asfixian por falta de oxígeno en un charco de barro.
Y sin embargo no había razón para creer en ellos, tenerles confianza o esperar una medicación contra el desasosiego y la ruina. Son empleados de una empresa gigantesca cuyos beneficios se obtienen mediante una ajustada sustracción de los bienes estatales. Los partidos políticos españoles viven de robar el dinero de sus votantes y eso ha sido siempre así. Podríamos dulcificarlo y decir que es lo que les pagamos en negro para que funcionen como partidos, aunque sea un simulacro. Ahora bien, si queremos partidos, en todo caso debemos sobreponernos y seguir adelante como si trabajaran para nosotros.
Recuerdo una conversación con Duran Farrell, el difunto empresario que trajo el gas a España, en la que me decía escandalizado el dinero que le estaba exigiendo el partido político entonces en el poder. Esa fue la primera vez que oí la expresión "impuesto revolucionario" fuera del contexto de ETA. De esto hace más de veinte años y el gobierno era socialista. Oso decirlo porque venía conmigo otra persona (gran tipo, por otra parte) que lo puede confirmar. Siempre ha sido así, siempre han robado o siempre les hemos pagado en negro, si lo prefieren. A todos ellos. Desde el principio.
El escándalo sólo se levanta cuando el personaje religioso aparece públicamente como alguien demasiado parecido a nosotros, un pobre pecador. El párroco que se beneficia a la sobrina, el obispo que ayuda a los pederastas, la monja que comercia con recién nacidos, el canónigo que vende la virgen antigua o se queda el dinero de los pobres, todos ellos son pecadores como nosotros. El creyente entonces ve vacilar su fe y a poco que se le caliente el espíritu acabará siendo un ateo furioso y tiempo más tarde, cuando las circunstancias lo favorezcan, quemará iglesias y fusilará al clero.
El ateísmo, en política, es la desafección y puede conducir a un régimen totalitario con suma facilidad. Españoles e italianos hemos tenido los dos regímenes fascistas más tranquilos y populares de Europa. No somos muy distintos de los italianos, sólo bastante más ignorantes. Ellos se las arreglan mejor con sus ladrones y con sus asesinos, son más inteligentes, son más cultos. Recuerden que fueron los servicios secretos italianos, infiltrados en Ordine Nuovo, los responsables de la matanza de Bolonia en 1980. Y que algunos cuerpos de seguridad organizaban atentados para distraer a los medios de comunicación del contrabando de petróleo que habían montado ellos mismos. Cada vez que entraba en puerto un carguero patibulario, asesinaban a alguien de portada.
¡Aún nos queda mucho que aprender!
Artículo publicado en Jot Down.
***
La revista la Voz del Beatriz del IES Beatriz Galindo ha publicado una entrevista a Félix de Azúa realizada por Louis Malthet López-Ballesteros, aquí el link al texto.
[Publicado el 26/2/2013 a las 17:18]
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Abrumado, como todo quisque, por la miseria de la vida oficial, procuro escapar de la oscuridad como puedo. Que el Dos Mil Trece nos permita recobrar una luminosidad que a pesar del empeño de las fuerzas oscuras sigue iluminando más allá del velo de tinieblas, ese fue mi deseo de fin de año.
Hoy la miseria era un nuevo latrocinio de nuestros representantes, tan gigantesco como los anteriores e igualmente cínico. Oponiéndole resistencia he recordado una cantata de Bach, la BWV 39, que comienza diciendo: "Comparte tu pan con aquellos que tienen hambre". Una buena ocasión para oírla de nuevo.
En tiempos de Bach no podían darse latrocinios como los nuestros simplemente porque la posesión era cosa de unos pocos. Muy pocos. Y en general de uno, del señor que a veces era un guerrero y otras un obispo, o ambas cosas a la vez. Sin embargo en aquellos tiempos la podredumbre moral estaba mejor construida, tenía otra calidad. Al malvado se le despreciaba y temía, pero nadie lo ponía como modelo. Y, sobre todo, el malvado era una rareza, un condenado en vida. Los nuestros son gente de primera portada de revista, gente estupenda.
La coral de Bach continúa diciendo "Lleva a los pobres a tu casa, viste a quienes vayan desnudos, y no te escondas de tu propia carne". Este final es inquietante, und entzeuch dich nicht von deinem Fleisch. ¿Qué nos dice el poeta? ¿Qué aceptemos nuestro cuerpo como constatación de que somos mortales? ¿Qué ese cuerpo nuestro es igual al de quienes van desnudos temblando en el invierno? ¿Nos está diciendo que la riqueza no ha de servir para esconder nuestra debilidad, nuestra fragilidad? "Una hoja somos, en otoño, colgada de la rama", decía Ungaretti, y por mucho que nos escondamos un poco de viento nos derribará.
Pero si tratamos a nuestro prójimo con generosidad, si lo consideramos nuestro igual, entonces, dice la coral: "Tu luz brillará como la aurora, la curación no tardará en llegar, la justicia te precederá y la Gloria del Señor será tu recompensa". La luminosidad de los justos que hoy nos parece una leyenda es, sin embargo, indudable y muchos la hemos visto en momentos decisivos cuando la bondad de un acto ajeno nos ha deslumbrado.
No es preciso ser creyente, no es necesario atarse a ninguna promesa para oír estas palabras de Bach con perfecta seriedad. Es cierto que todo conspira en contra, pero si nos esforzamos por considerar a los demás como simples mortales, tan frágiles como nosotros, es posible que divisemos cierta luminosidad en alguno de ellos.
Se trata de cambiar el primer pensamiento que nos asalta frente al malvado ("¡Querría verte muerto!"), por el segundo ("¡Pero si sólo va a durar un puñado de inviernos...!"). Y desviar la mirada del siniestro para dirigirla hacia el justo. ¿Qué no se le ve? Alguno ha de haber.
Y si no, siempre nos quedarán los niños.
Artículo publicado en Jot Down.
[Publicado el 07/2/2013 a las 10:50]
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El monólogo de la madre del sacrificado es muy sorprendente. Como es lógico, María no podía ser cristiana, pero su rechazo de las instituciones judías, del poder rabínico, pero también de los seguidores de su hijo, la empujan hasta "el otro Templo" de modo que, con el escaso dinero que le queda, compra una estatuilla de Artemis que le sostiene el ánimo. Una María pagana es algo digno de consideración, aunque es cierto que estaba viviendo sus últimos años en Éfeso, vigilada y mantenida por unos pocos discípulos de su hijo, cuyo fanatismo la exaspera. Ella sabe que alguno de los discípulos está escribiendo mentiras sobre lo que sucedió en Jerusalén y que la odian porque ella sabe la verdad, razón por la cual procede a contarnos lo que realmente sucedió.
Lo más conmovedor es que María vive atormentada por la última escena que vivió con su hijo y que nadie excepto ella va a contar. Aun cuando los signos del amor entre ambos son indudables, María expone su desconcierto ante el cambio repentino del hijo, cuando se convierte en predicador público, factor de milagros o hechicero que resucita a Lázaro (una de las figuras más escalofriantes del relato), sin que ella entienda absolutamente nada de lo que está proponiendo. Esta incomprensión llega hasta su raíz cuando, en la última disputa con sus protectores (o secuestradores), María pregunta por la razón de tan espantoso sacrificio. "Ha sido para salvar al mundo y para darnos la vida eterna", responden los discípulos. "¿A todo el mundo?", pregunta la anciana. "Sí, a todo el mundo", responden. "No merecía la pena", concluye María.Esta incomprensión radical está ligada al espanto con el que hubo de asistir a la crucifixión de su hijo, a la atmósfera siniestra y amenazante que soportó en el Gólgota, y al terror que acabó por hacerla huir del escenario. Contra lo que luego contarán los evangelistas, contra la imaginería cristiana posterior, María no recogió en su regazo el cuerpo del hijo muerto. No lavó el cadáver, como repite una y otra vez, obsesionada por su traición, sino que escapó antes de que Jesús entregara su espíritu.
Tóibín muestra una emocionante comprensión de la culpabilidad de María. Entiende que es una pobre mujer, ignorante y dolorida, a la que ha sucedido algo desmesurado, pero la desmesura no consiste en que su hijo resucite muertos o transforme el agua en vino, sino en que muriera sin el auxilio de su madre.Esta es la tragedia de María: ella se ve a sí misma como una madre que ha abandonado a su hijo cuando más la necesitaba. Por eso en un momento de desesperación grita: "¡Si el agua puede volverse vino y los muertos regresar a la vida, entonces yo quiero que el tiempo retroceda!". No sabemos a quién se lo está pidiendo, ¿a su hijo, a Artemis?, pero exige un milagro que le permita reparar la traición, la cobardía, y acoger en sus brazos al hijo muerto.
Tóibín cree en la posibilidad de que este fabuloso monólogo se ponga en escena a pesar de su duración. ¿Aguantaría un espectador actual las tres o cuatro horas que puede llegar a durar, con un solo personaje en escena? Tengo entendido que su primera opción era Vanessa Redgrave, pero que la actriz hubo de rechazarlo porque se veía incapaz de memorizar un texto tan extenso. Finalmente será Fiona Shaw quien estrenará la pieza en Broadway esta primavera. También sé que hay una opción en castellano. Ojalá podamos asistir a un drama que, entre otras virtudes, sobresale por su audacia, algo realmente infrecuente en lo que llevamos de siglo.
Yo querría ver ese final. Antes de que los focos se apaguen, María nos confía que está dirigiendo sus palabras "a las sombras de los dioses" y que lo hace sonriendo, smiling as I say them. Ella, que está rogando a los dioses que el mundo retroceda para poder reparar su traición, lo hace sonriendo, como una suplicante de Sófocles. La madre del Salvador transformada en heroína griega. Me parece una de las escenas más difíciles de la historia del teatro. Ojalá podamos aplaudirla.
[Publicado el 21/1/2013 a las 10:45]
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En cierta ocasión, de haraganeo por Ribadesella, entré en las fascinantes cuevas de Tito Bustillo, uno de los lugares más misteriosos de Europa. A lo largo del recorrido permitido, que viene a ser como de un kilómetro, las gigantescas estalactitas forman un bosque pétreo cuyas sombras producen efectos siniestros y fantasmales. En una de ellas nuestro guía señaló unas muescas del fuste.
Aunque nadie sabe absolutamente nada sobre la vida y costumbres de nuestros abuelos hace decenas de miles de años, algunos elementos nos permiten deducir ciertas prácticas arcaicas. En este caso, es probable que los trogloditas usaran unos instrumentos de percusión, seguramente de madera, para producir algunos sonidos golpeando la columna calcárea rítmicamente. Uno los imagina graves y prolongados, como de una gigantesca campana, recorriendo la totalidad de la enorme cueva y provocando el pasmo de la horda establecida en la entrada, único lugar donde se han encontrado restos de habitación. Esa debía de ser una de las formas, entre miles, de la perpetua indagación de los mortales sobre su situación en el cosmos.
Desde el inicio de nuestro recorrido como simios erectos, los humanos hemos buscado algún modo de dar sentido a lo que percibíamos y nos rodeaba. Lo he dicho a la manera moderna para que se advierta la diferencia. Lo que hacían los antiguos no era "dar sentido" (¡como si pudiéramos dar sentido a algo!), era más bien preguntar directamente a las fuerzas externas con el fin de obtener una respuesta familiar o por lo menos no destructiva. No buscaban nada, no investigaban, no experimentaban. Todo eso es moderno. Dirigían sus preguntas al exterior, al mundo, al firmamento, a los animales y plantas, a los meteoros, a los dioses y ensayaban diversas formas de preguntar: halagar, regalar, complacer, augurar abriendo animales en canal o leyendo los reflejos del agua y el vuelo de las grullas, ordenando los circuitos astrales... y escuchando atentamente los sonidos y tratando de dominarlos. De entre todas las formas de apelar a los poderes desconocidos, la de los sonidos era la principal.
Por esta razón una obra monumental como el "Diccionario de música, mitología, magia y religión", mil ochocientas páginas que ha escrito Ramón Andrés él solito y publicado la editorial más prestigiosa del momento, Acantilado, tiene una extraordinaria coherencia. Es cierto, la música, la magia, los mitos y la religión fueron juntos prácticamente hasta el siglo XVIII. ¡Todo varió de dirección a finales de ese siglo, como si la humanidad decidiera (o fuera decidida a) elegir un nuevo camino a ciegas! Es un fenómeno del que aún no tenemos ni una sola idea consistente.
Ramón Andrés es un sabio que ha publicado trabajos imprescindibles para cualquier aficionado a la música seria, pero en este descomunal diccionario ha reunido y concentrado todo su inagotable saber. Una sabiduría, por otra parte, determinada por el oído. En una ocasión, viajaba yo con él, camino de Pamplona, y al pasar por unos campos trigueros que empezaban a verdear detuvo la marcha y se acercó al sembrado. Vi que se acuclillaba y prestaba atención. Estaba escuchando cómo crecía la yerba. Ya imagino la sonrisa escéptica del lector, pero qué le vamos a hacer, él oye más que nosotros. "Este año mocea bastante más aguda que el año pasado", me dijo con una vocecilla apagada, cenicienta, que apenas utiliza porque es todo oídos, antes de volver a poner el coche en marcha.
Naturalmente el diccionario es para ser leído a trozos y por entradas. Yo me abalancé sobre "Melancolía" (estaba entonces trabajando sobre pintura melancólica) y devoré veinte páginas magistrales. La estrecha relación entre la música y la melancolía, hija del padre Saturno, es del dominio común, pero Andrés sabe cosas que muy poca gente conoce. Por eso, dejarse llevar por la voluptuosidad de las entradas, "Abedul" (magnífica), "Treno" (sí, viene Stravinsky), "Herrero" (los del flamenco saben perfectamente cómo suena un yunque), pero también, ¿por qué no?, "Jentyenirti" o "Lemminkaïnen", procura el mismo placer que una de esas schubertiadas en las que no sabes si la próxima canción será de risa o de llanto.
Meterse en esta aventura una vez al día es una buena gimnasia para el intelecto, pero también un manantial de sugerencias para la fiesta: "¡Cielos, voy a escuchar de inmediato el "Kulervo" de Sibelius!", se dice uno tras leer la última entrada mencionada. He aquí una ocasión de oro para regresar al más celebrado incesto de los hiperbóreos.
No me ha parecido que los diarios de nuestro bendito país le hayan dedicado el lugar que merece a esta magna obra de toda una vida, así que me adelanto a decirles que es un perfecto regalo de navidad, siempre que el regalado sea persona de morro fino. Y que no grite al hablar.
Artículo publicado en Jot Down.
[Publicado el 28/12/2012 a las 11:05]
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Hace ya bastantes años caí yo en una reunión de conocidos, convocada por alguien que estrenaba casa. Era una mansión extravagante, levantada en el interior de un patio de manzana próximo a la Plaza de Cataluña. Una ilegalidad sonrojante, pero del siglo XIX, cuando el desarrollo del Ensanche barcelonés facilitó toda suerte de negocios sucios muy bien explicados por Mendoza en La ciudad de los prodigios. El dueño de la mansión mostraba ufano sus salones y un cine entero que había instalado en la parte superior, lo que algún día fueron buhardillas. Entre los presentes había viejos amigos de la época antifranquista, convertidos ahora en promotores inmobiliarios, consejeros de la Generalitat, agentes de publicidad, diputados, concejales, o simples profesionales, pero casi todos giraban alrededor del ayuntamiento de Barcelona como abejorros en torno a una flor suculenta. Eran los tiempos del triunfo absoluto de los socialistas catalanes, justo después de los Juegos Olímpicos. Como en tiempos de François Guizot, al oír el grito de Enrichissez-vous! lanzado por Felipe González (¿o fue Solchaga?), aquellos antiguos revolucionarios habían seguido mostrando una férrea obediencia a la autoridad.
Fui a dar a una mesa con gente de mi promoción universitaria a la que conocía más íntimamente porque aún no hacía muchos años que todos pasábamos el verano en tres o cuatro pueblos de la costa, recorridos incansablemente de fiesta en fiesta con el 600 de algún colega. Comenzaban a prosperar los negocios y promociones brutales de los Pujol&Co que iban a lanzar la montaña, el románico y la butifarra como alternativa nacionalista a los corruptos izquierdistas de playa, discípulos de Coderch y monocultistas de la gamba de Palamós, pero aún no eran mayoría.
Salió a colación la reciente costumbre de los adolescentes que se reunían a emborracharse por centenares (ahora son miles), práctica que parece ya adoptada como "bien cultural autonómico" con el nombre de botellón en las diversas comunidades y regiones, pero que entonces sólo despuntaba. Se me ocurrió decir que una política francesa, comunista de cierto prestigio y casada con un célebre escritor, tras visitar la ciudad con mucha curiosidad se había quedado perlática al ver los botellones de Madrid y Barcelona. "Están ustedes elevando la peor juventud de Europa", dijo con un claro galicismo. Se alzaron aquella noche muchas voces para tacharla de reaccionaria, de francesa reprimida, de menopáusica, de estar casada con el mayor imbécil que había luchado con el Che y otras grandezas. El más furioso era un señor delgadito de aspecto insignificante que aullaba sobre los derechos de la juventud a "pasárselo bien" y a rechazar a sus padres, todos ellos reaccionarios y franquistas.
Luego supe que era el marido de una concejala de la parte más elegante del partido, que controlaba los bares clandestinos de la zona baja. Gracias a él las discotecas atronaban sin que nadie pudiera hacer nada contra ellas. Se había enriquecido alquilando con hombres de paja gigantescos alpendres del extrarradio que abrían para macrofiestas sin permiso municipal ni el menor sistema de seguridad. Fue entonces cuando por primera vez me percaté de la enorme cantidad de dinero que las hienas de la noche iban a recaudar en estrecha relación con las mafias locales. Luego he ido viendo que esa gigantesca escupidera de oro se sostiene sobre tres patas: las mafias que trafican con alcohol y drogas (suelen, además, adjudicarse la "seguridad"), los así llamados empresarios de la noche (dueños de locales que en su mayor parte no son suyos) y la conexión municipal. Si falla una de estas tres patas, el negocio no funciona. Se necesitan entre sí como líquenes parasitarios.
No estoy diciendo que la muerte de cinco pobres muchachas hace una semana sea debida a las tres patas antes mencionadas ni a la rampante criminalidad madrileña, pero que las tres patas andaban metidas en el negocio de las dieciséis mil criaturas encerradas en aquella ratonera, no puede dudarse. Equipos de seguridad que no actúan o que se van a tomar un café cuando se produce la avalancha. Un segundo cuerpo de seguridad (igualmente pagado a alguien por alguien) que sólo se ocupa del exterior, pero que en realidad no se ocupa de nada. Venta de entradas sin control alguno. Edificio municipal sin las menores garantías de evacuación. Inspectores inexistentes. Médicos zarzueleros que vienen a salir a uno por cada ocho mil personas. En fin, el conjunto de chapuzas que acabó con la vida de esas cinco muchachas habría sido imposible si alguien hubiese creído que podía tener alguna responsabilidad. Pero no. Todos eran irresponsables, sea porque estaban protegidos, sea porque les importaba una higa, ya que sabían que no iba a pasarles nada. Y lo cierto es que seguramente no les pasará nada. Los jóvenes tienen derecho a divertirse y los mayores a ganar dinero chupándoles la sangre. Luego dejan el cadáver tirado en una cuneta.
Muchas veces, cuando cruzas la ciudad y observas los grupos, nutridos y jaraneros, de borrachos vociferantes, los portales convertidos en urinarios, las peleas y vomitorios que en algún momento llegarán hasta los informativos de la tele, pero sólo como ilustración de lo bien que se lo pasan los chavales, uno se pregunta cuánto dinero debe de estar haciendo alguien para quien la vida de las gentes (las que arman bulla y las que no pueden dormir) es como la vida de las gallinas para el granjero. Un inconveniente con el que hay que contar. A veces se mueren, y no es bueno para el negocio, pero tampoco nos vamos a arruinar cuidándolas, ¿verdad? Dos bombillas y a vivir.
Quizás algún día, cuando vuelva a existir el periodismo, a alguien se le ocurra seguir la senda (por otra parte facilísima de trazar) que lleva del mafioso al munícipe y de éste al "emprendedor". Porque los tres se necesitan, los tres se protegen, los tres se encubren, tienen el mismo despacho de abogados y sólo alguien externo puede señalarlos cuando pasean por la calle. De los tres, el que más repugnancia produce es el topo introducido en el ayuntamiento. No tiene que hacer absolutamente nada. Sólo controlar los papeles: que entren los que han de entrar, que no salgan los que no han de salir. Y vigilar el matasellos cubierto de telarañas junto a los dos mil expedientes amontonados.
Me pregunto cuánto dinero, qué cantidad exacta, habrán dejado como beneficio estas cinco vidas. Y a quién corresponde cada parte.
[Publicado el 17/12/2012 a las 09:00]
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Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas , Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horas y Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010). Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.
La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.
Ensayo
Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.
La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.
Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.
Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.
La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.
Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.
Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.
Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.
Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.
Venecia (1990). Planeta, Barcelona.
El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.
La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.
Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.
Novelas y prosa literaria
Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.
Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.
Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.
Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.
Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.
Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.
Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.
Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.
Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.
Última lección (1981). Legasa, Madrid.
Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.
Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.
Relatos
"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.
"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.
"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.
"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.
"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.
"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.
El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.
Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.
"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.
"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.
Poesía
Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.
Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.
Farra (1983). Hiperion, Madrid.
Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.
Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.
Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.
Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.
Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.
El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.
Cepo para nutria (1968). Madrid
1987 Premio Anagrama de Novela.
2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".
2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.
2011 Premio González-Ruano de Periodismo
18/5/2013 21:41
Oiga, ¿cómo es eso de tener cada...
Publicado por: Pillo
15/5/2013 00:42
Publicado por: Martin
09/5/2013 22:48
Yo mientras tanto estoy cogiendo...
Publicado por: d
08/5/2013 19:52
Publicado por: Pillo
08/5/2013 14:36
Publicado por: blas paredes
08/5/2013 12:14
Publicado por: P
08/5/2013 11:29
Bueno, M., sólo dije que me...
Publicado por: m.
08/5/2013 08:51
Publicado por: M.
08/5/2013 02:57
Publicado por: gerges
07/5/2013 19:50
Cuanto más conozco a la gente,...
Publicado por: diogenio
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