El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 18 de junio de 2013

 Blog de Félix de Azúa

Vuelta a empezar

Cuando recibí el libro me asaltó un vértigo helador: han pasado ya dos años, pensé. Dos años tan inasibles y silenciosos como si fueran en realidad fantasmas de año. Así que decidí tomar, a la manera de Andrés Trapiello, una escrupulosa nota del tiempo fugitivo antes de que se evapore. Con este fin, una vez leído el libro, le di una cita en el Hispano a su autor. Voy a imitarle de un modo rudimentario.

En este volumen, titulado Miseria y compañía, vivimos con él sus habituales rutinas y sorpresas, descubrimientos y disgustos, olmos mojados de lluvia y secos alcornoques. Hay, sin embargo, una diferencia de peso, un viaje por Italia que ocupa un espacio o quizás un tiempo formidable, cosa infrecuente. Como sabemos que a pesar de todo estamos leyendo una novela, sospechamos que tras la apabullante felicidad del viaje va a caer una desdicha. Es una treta típica de muchos directores de cine que anuncian la llegada del drama mediante la lluvia. Si empieza a llover a cántaros sin venir a cuento, es que la chica va a descubrir el cadáver de su novio, o la van a secuestrar, o su marido se ha suicidado. Así es, en efecto, tras el viaje a Italia el protagonista de Trapiello, o sea el propio Trapiello, sufre un doloroso percance que no desvelo.

No hay, sin embargo, equilibrio entre la mucha felicidad del viaje y el soportable dolor del accidente. Por eso le he dado cita, para comentar tal detalle de la novela, o del río de novelas, van 18, que solo concluirán con la muerte de Trapiello, Dios le conceda conocer a las novias de sus bisnietos. Quizás deberíamos empezar a pensar a quién le dejará en herencia la conclusión del volumen sobre el que esté trabajando en la hora fatal. "Aquella tarde, con afilada cuchilla la Parca etcétera".

Llega Trapiello al Hispano, lugar sereno que invita a conversaciones de boisserie, pedimos unos cafés o refrescos, y se lo suelto de un trabucazo. Lo estaba esperando. Es lo que me gusta de los escritores de raza, que son como los buenos mecánicos, tú les dices que hay un ruidito inquietante, un chis chas al arrancar, y sin mirar el motor te dice el mecánico: eso es de la juntaculata.

Lo sé, afirma Trapiello, hay una desproporción entre una cosa y la otra, entre la felicidad avasalladora de la familia visitando villas palladianas por el Brenta y la desgracia que luego me retiene inválido durante meses, pero es que mi ambición es describir los momentos de gozo, de placer, con la misma intensidad que los de dolor y desdicha. La maldad y la desgracia siempre son atractivas, su contrario no tiene cartel. "Todas las familias felices son iguales", como recordarás. Muy pocos se atreven a combatir el monopolio de la maldad, a dar espacio a la jovialidad y al lado luminoso de sus vidas.

Nos liamos luego a recordar escritores que hayan permitido que la felicidad contamine sus páginas. Todos los que se nos ocurren usan el mismo recurso que Trapiello, si hay varias páginas de felicidad ofuscante agárrate porque viene el infortunio supremo, como en Scott Fitzgerald. O bien, si aparece el momento venturoso ha de ser porque ya ha desaparecido, se ha esfumado en la nada para no volver, que es la gracia de Esplendor en la hierba, pero el recuerdo de la dicha generalmente se debe a que estamos en plena desdicha.

Este es un asunto peliagudo. Podríamos incluso asegurar que los antiguos no vivían esta escisión. La Iliada solo relata tajos, decapitaciones, aplastamientos, heridas y matanzas, pero es un libro inmensamente gozoso. Lo mismo podría decirse de los trovadores que cantan a la guerra en el Medievo provenzal. Y a pesar de todos los horrores de las tragedias de Shakespeare hay en ellas un indudable frenesí vital contagioso. ¿Qué nos ha sucedido para que resulte tan difícil darle interés literario a la dicha, al júbilo, al furor de vivir? ¿Por qué es tan aburrida para los modernos la afirmación y el homenaje? Todavía Diderot y Lawrence Sterne podían expresar con toda naturalidad y gran belleza el puro gozo sin sombra de horror que lo compense.

Nos quedamos durante un rato cabizbajos y contrariados. Me arrepentí de haber llevado el tema a un encuentro de media tarde, sin copas, en una atmósfera silenciosa, de velatorio. Ambos, repentinamente, dimos con una solución transitoria, esto es, una nueva cita para seguir royendo el asunto, pero esta vez de noche y con copas. Llega el verano, hay terrazas, los cielos se cubren de estrellas, los vodkas con tónica sudan un forro de perlas resbaladizas, pasea la gente cogida del brazo.

He aquí que, tras el momento sombrío, volvía a aparecer la célebre promesa de felicidad, que es como se suele definir a la obra de arte. La burda imitación de Trapiello podía concluir.

 

Artículo publicado en Jot Down.

[Publicado el 11/6/2013 a las 11:19]

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La madre de la literatura

Hablamos como podemos y sobre todo como nos enseñan en casa, si acaso tenemos casa. El aprendizaje suele ser suelto y zoológico, pura imitación. Otra cosa es lo que escribimos. La lengua de la literatura apenas tiene relación con la lengua que se habla, es el resultado de una técnica esforzada y compleja, así que no parece raro que vaya desapareciendo, sustituida por una prosa que se arrastra por la tierra como las lombrices, pero con menos gracia. Escribir literariamente es una tarea extenuante y hermosa. Los literatos actuales tienden, razonablemente, a una escritura masificada.

    Suele decirse que la moderna literatura europea nace a finales del renacimiento y su impulso decisivo es la Biblia en sus traducciones a lenguas vernáculas. Adaptar el gran estilo bíblico a una expresión comprensible en lengua llana fue una tarea monumental. Ahora que por fin se está traduciendo al castellano la versión de los Setenta, la célebre Septuaginta de Alejandría, podemos dedicar diez minutos a pensar en este particular: que en España, a diferencia de Inglaterra, Alemania o algunos lugares de Italia, no hemos tenido un texto bíblico como modelo literario.

    El primero que concibió el alcance inmenso que podía tener una traducción de la Biblia al idioma común y corriente fue, famosamente, Lutero. En 1522 aparece un modo de escribir que rápidamente se convertiría en lo propiamente literario del ámbito germánico. Lutero estuvo atento al habla de la calle e incluso se dice que iba por los mercados anotando expresiones como un profesor Higgins teutón. Lo cierto es que el idioma alemán no existía, sino un sinfín de dialectos muchas veces incomprensibles los unos para los otros. En este sentido puede decirse que Lutero inventa el alemán literario al ingeniar una síntesis de gran belleza. Su influencia sobre Herder, Lessing, Goethe o Nietzsche, proclamada por ellos mismos, llega hasta las jeremiadas bíblicas de Bernhard.

    Lo mismo sucede con la Biblia en tierras inglesas y aún con mayor fuerza. La primera traducción de intensa influencia es la de Tyndale, comenzada, por emulación, a partir de la edición de Lutero. Sólo pudo acabar el Nuevo Testamento y parte del Antiguo, pero sus discípulos la completaron y está en la base de la llamada Biblia de Ginebra editada en 1560. Era la primera en usar el texto hebreo en lugar del griego, pero el lenguaje mismo, el lenguaje literario de la Biblia de Ginebra, contiene un ochenta por ciento de Tyndale según Harold Bloom.

    La Biblia de Ginebra tuvo una gran difusión y es la que leyeron Shakespeare, Milton, Spenser o Donne, pero era de ideología puritana de manera que el rey Jacobo I encargó una nueva versión para uso de la Iglesia de Inglaterra. Es la célebre King James, que se completa en 1611. Esta será la Biblia común de ingleses y americanos, una obra maestra traducida del texto hebreo (el Antiguo Testamento) y del griego (el Nuevo). Escritores como Melville o Faulkner serían inconcebibles de no contar con esta fuente siempre conspicua. Autores de muy distinta musicalidad, como Dickens, Joyce o Jane Austen, son también hijos de tan asombrosa obra de arte literario.

    En España, como es nuestro frecuente destino, eso no fue posible porque la prohibición de leer la Biblia se prolongó hasta el siglo XIX. Y aún podríamos añadir que ni siquiera en el siglo XX es una lectura literaria común, excepto entre los mejores, como Juan Benet y Sánchez Ferlosio, lectores admirados de la Biblia del Oso, nuestra traducción renacentista. El siglo XXI ya no necesitará que nadie la lea. Hemos llegado a otro mundo y no está en éste.

    La historia de la Biblia del Oso y de su autor, Casiodoro de Reina, es una novela fascinante. Sorprende que no haya dado pie a una serie televisiva en los periodos medianamente liberales que hemos tenido en ese ente. Casiodoro de Reina era un monje del monasterio de San Isidoro, próximo al centro urbano de Sevilla, en donde burbujeaba la Reforma luterana con auténtico vigor. En consecuencia, él y otros doce monjes se vieron obligados a huir en 1557 al saber que la Inquisición se estaba interesando seriamente en sus ideas y trabajos. Bien hicieron, porque de los cien que no pudieron escapar cuarenta murieron en la hoguera.

    Se instaló primero en Ginebra, pero la intransigencia calvinista le hastiaba y las ejecuciones le repugnaban. Se exilió, entonces, a Londres donde llegó a ser nombrado pastor con parroquia y pensión. Sin embargo, las relaciones diplomáticas con España habían dado un siniestro poder a los espías de la Inquisición, así que hubo de huir nuevamente en 1563. Su efigie había sido quemada en Sevilla un año antes y su cabeza tenía precio. Buscó entonces refugio en Fráncfort, donde vivía su suegro. El resto de sus días los pasará en constante trasiego entre esta ciudad, Basilea y Estrasburgo.

    La Biblia del Oso, así llamada por la ilustración de portada, un oso en trance de arañar con sus garras un panal, aparece en 1569 y es una de las más bellas y perfectas del conjunto europeo. Tiene la peculiaridad de que, aun siendo obra de un creyente protestante, contiene el entero canon católico. Su nombre es la transcripción icónica del impresor, Samuel Biener (Apiarius), y juega con el oso de Berna y las abejas del apellido. Cipriano de Valera, otro de los monjes que huyó de Sevilla junto a Reina, editó en 1602 una segunda edición con algunas alteraciones y esa es la biblia de los protestantes hispanos así como la de los literatos de arte mayor.

    Al igual que los casos alemán, italiano o inglés, la escritura de Reina es un fabuloso ejemplo de la lengua común castellana de su siglo, empleada con suma elegancia literaria. Si la King James suele compararse con Shakespeare (aparece cuando se estrena The Tempest), Reina puede hacerlo con Cervantes cuyo Quijote data de 1605. Así lo juzga Menéndez Pelayo: "(Casiodoro de Reina es) el escritor a quien debió nuestro idioma igual servicio que el italiano a Diodati". La frase (citada por González Ruiz en su inencontrable edición de 1987) parece un sacacorchos, pero se entiende: Reina inventa el castellano literario de la calle, por así decirlo, como Giovanni Diodati inventó el italiano en su traducción de 1607, obra maestra de la lengua de su país.

    No obstante, la frase de Menéndez Pelayo es extraordinaria porque, habiendo podido ejercer la influencia que las traducciones bíblicas tuvieron en Inglaterra o Alemania, en España esto no fue posible. Muy poca gente leyó la traducción de Reina en nuestro país. Podía costarle la vida. Todavía en 1835, cuando George Borrow recorre España intentando vender biblias protestantes, su vida pende de un hilo. Hay que leer sus aventuras en La Biblia en España (hay una muy notable traducción de Manuel Azaña), para darse cuenta de lo que debió de soportar. Casi hemos de ponernos en Unamuno para divisar la influencia de la Biblia del Oso en algún escritor de altura.

    Pero entonces, si no se produjo un efecto similar al del resto de Europa, una lectura doméstica del texto que originara un estilo literario, ¿cómo explicarse la aparición en España de una literatura en lengua vulgar, pero de gran elevación estilística? Comprendo que cometo una imprudencia al dar mi opinión de un modo tan abrupto, pero tengo para mí que el Quijote de Cervantes, cuya primera parte se edita en 1605 y la segunda en 1615, cumple exactamente con las condiciones exigidas en ese momento de fundación literaria en lenguas vernáculas europeas. Sus trescientas citas de las Sagradas Escrituras confirman un extenso conocimiento del texto bíblico, aunque no se ha podido establecer qué traducción llegó a sus manos.

    Puede sonar como una frivolidad de aficionado, pero ¿no podría ser el Quijote nuestra particular Biblia y de ahí su enorme éxito, no sólo en España sino también en Inglaterra y Alemania? Una Biblia laica, sin subida nobleza, pero mucha sagacidad, sin grandeza quizás, pero con cálida fraternidad, sin heroísmo, pero con esa simpatía que se da en los países pobres hacia los pequeños, los desvalidos, los chiflados. Una Biblia aún más popular que la elegante traducción de Casiodoro de Reina para un público algo más bajo, más vulgar que el lector protestante norteño. Un libro que expresa igual o mayor desengaño que el que pueda leerse en el Eclesiastés, igual o mayor fervor amoroso que en el Cantar de los Cantares. Una Biblia descreída e irónica. Una Biblia para un país sin Biblia.

[Publicado el 27/5/2013 a las 09:43]

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Pregón para la Feria del Libro Viejo 2013

En abril de este año leí el pregón de la Feria del libro antiguo y de ocasión. Fue una ceremonia simpática y amistosa de un sector que me ha dado múltiples ocasiones de placer a lo largo de decenas de años. Incluyo el texto como homenaje a estos libreros.

 

***

 

Es una tradición de estos pregones dar un apunte sobre la actividad personal en la rebusca libresca. Pues bien, todavía conservo el que, creo yo, debió de ser el primer libro de mi vida comprado en una librería de ocasión. Es un diccionario francés-español editado por la casa Garnier de París en fecha desconocida, seguramente a finales del XIX. Lo compró mi madre para ayudarme con la asignatura de Lengua Francesa que comenzaba a impartirse en tercero de bachillerato. No sé cómo se denomina ahora el tercero de bachillerato, el caso es que yo tenía doce años y corría el de 1956. Así que este librito y yo llevamos juntos nada menos que cincuenta y siete años. Hace ya muchísimo tiempo que no lo consulto, pero no he podido desprenderme de él. Algunos libros viejos guardan entre sus páginas una parte insoslayable de nuestra vida. En el caso del diccionario, mi juramento de sangre con la literatura francesa.

    Desde aquel año de 1956, las librerías de viejo nunca me han abandonado. He comprado cientos de libros viejos en aquellos inolvidables comercios de la calle Aribau de Barcelona que no habían cambiado desde la construcción misma del Ensanche. En ellos solían despachar caballeros que entonces me parecían ancianos y que no debían de tener ni los cincuenta. Siempre estaban inclinados sobre ejemplares maltrechos, pasando páginas delicadamente, excepto algún que otro caso de sabio chiflado, como aquel señor Castro que llevaba veinte años escribiendo una cosmografía en la que demostraba, mediante la matemática y la geometría (eran sus palabras), que el sol giraba en torno a la tierra. Gastaba el peluquín más barato e inverosímil que he visto en mi vida. Era de cartón y medio pintado.

    Las visitas a librerías de viejo solía yo hacerlas casi siempre en compañía, aunque sé que hay cazadores que sólo actúan en solitario por miedo de que el compañero aviste la pieza antes que él. En mi caso la compañía era importante porque tan satisfactorio era encontrar algo raro, o gracioso o interesante o curioso o portentoso, como comentarlo con el camarada. He tenido siempre en muy alta estima las inacabables conversaciones, disputas y  desencuentros sobre libros. Especialmente sobre los no leídos. Son las mejores.

    Durante años mi compañero de librerías fue Paco Ferrer Lerín, uno de los mejores poetas vivos de la actualidad. Era un caso patológico porque Paco no podía leer más que libros de viejo. No tenía ni un solo libro nuevo. Y no era por ahorrar o porque la pobreza le obligara a ello, sino porque sólo le gustaba un tipo de libro que resultaba inútil buscarlo en librerías normales. Tenía verdadera pasión por Guido da Verona, un discípulo de D'Anunzio aún más absurdo que el maestro. Había sido muy publicado en el primer tercio de siglo en España y no era difícil de encontrar en los montones de libros a una peseta. Sólo leía poesía francesa, inglesa o alemana en traducciones argentinas. Conocía perfectamente el francés y el inglés, pero le emocionaba mucho más la traducción argentina. Entre los clásicos sólo le vi leer las Odas de Ossian, que como todo el mundo sabe, son una falsificación. Ir con Paco de librerías era como ir con André Breton al mercado de las pulgas. Era asistir a un acto creativo. De pronto sacaba de un montón, entusiasmado y sosteniéndolo como un conejo muerto, una "Historia del plátano". Lo compraba sin regatear.

    No vaya a creerse que en aquellas librerías sólo se encontraba lo antiguo y lo saldado. También era uno de los depósitos clandestinos donde podían comprarse libros prohibidos. Es casi imposible convencer a los actuales adolescentes de que entonces estaba prohibido leer, por ejemplo, a Albert Camus. Uno de los principales problemas de la política, tanto la de entonces como la actual, es que resulta de todo punto increíble, no por su maldad, su violencia o su talante represivo, sino por su completa estupidez. La estupidez es una de las potencias humanas más difíciles de explicar.

    Los que teníamos manía galófila, en aquellos años sesenta y setenta comprábamos los libros de Camus, de Sartre o de Gide en las librerías de viejo. Y de vez en cuando, confundidos los libreros por nuestro interés, sacaban de los depósitos más recónditos unos ejemplares deslumbrantes que sólo podíamos comprar ahorrando durante meses, como el disparatado La Rome des Borgia, de Guillaume Apollinaire en la edición de la Bibliothèque des curieux de 1913. Les leo cómo se anuncia la reedición actual: "Protagonistas de este libro son el papa libertino Alejandro, entregado a los placeres mas abyectos en el Vaticano, el asesino y verdugo César Borgia, y la hermosa envenenadora Lucrecia". Irresistible.

    El caso es que puedo confesar y confieso que he sido muy feliz en las librerías de viejo y que he pasado un sinnúmero de horas simplemente hojeando ejemplares y paseando por diez o doce librerías como quien pasea por los pasillos del zoco de Estambul curioseando y manoseando. De modo que en este cambio de era siento una extraña sensación, como si hablara de algo que pertenece a la edad media. Y sin embargo, creo yo que es todo lo contrario. El libro de viejo es el libro del futuro. Trataré de explicarlo muy resumidamente.

    Aun cuando todavía no tiene una clientela mayoritaria, el libro electrónico no hace sino avanzar cada vez más deprisa, como les advertía el poeta Caballero Bonald el año pasado. Sin embargo, me parece que no son los lectores quienes piden a gritos leer en esas pantallas, sino los propios editores quienes tienen urgencia por dar ese paso, del mismo modo que son los directores de diarios los que están haciendo crecer de modo exponencial la consulta por Internet gracias a unos periódicos digitales cada vez más completos y mejor hechos. Aunque se quejen, tengo para mí que les fascina el nuevo soporte y les hace sentir más jóvenes y modernos. Ellos dicen que no tienen más remedio que lanzar la edición digital y que cada día ha de ser mejor porque la competencia es muy grande, etcétera. Lo cierto es que les encanta. Son como esos ciclistas que no pueden resistir la tentación de ponerse un nuevo casco en forma de melón rebanado, no porque sea mejor, sino porque es nuevo.

    Suponiendo que la tendencia crezca (y serán los editores quienes la hagan crecer), en unos cuantos decenios podríamos estar realmente ante la desaparición del libro de papel. El propio Juan Luis Cebrián ha asegurado en público que a los diarios de papel les queda apenas una decena de años de vida. Démosle al libro tres decenas. Cuatro. ¡Qué más da! El horizonte que dibujan los expertos es el mismo: se acabó el soporte papel.

    Si nos ponemos en el escenario de ciencia ficción (cada vez menos ficticio y más científico) de que desaparezca la impresión sobre papel, entonces no cabe la menor duda de que los libros, tal y como los hemos conocido, leído, amado y almacenado, los libros en papel, sólo se podrán comprar en las librerías de viejo.

    De manera que todo aquel que haya acudido a esta Feria y se encuentre en las proximidades de este podio escuchando a un humilde bibliópata, que es como nos llama Trapiello, entérese de algo sensacional: está asistiendo a una Feria con un futuro glorioso y a un negocio puntero. Aquí no se vende el pasado, aquí se está anunciando un futuro que sólo se puede llamar de una manera: el monopolio del libro de papel.

    Felicidades pues a todos los queridos libreros de viejo y celebren con júbilo encontrarse en la punta de lanza del comercio actual, con las mayores expectativas de crecimiento económico.

    Muchas gracias.

[Publicado el 20/5/2013 a las 11:50]

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Sobre lo insoportable

Me parece extraordinario que el jefe de un partido europeo con ambiciones de gobierno dijera que él era "un anticapitalista radical". Al principio, cuando me lo comentaron, no podía creerlo. Luego lo comprobé en Internet, aunque no es el mejor lugar para adquirir seguridades. En efecto, al parecer Rubalcaba dijo ser un anticapitalista radical, como Kim Il Sung, pero luego matizó que se refería "al capitalismo especulativo". Y eso acabó de hundirme en el desconcierto porque no creo yo que por el momento haya otro capitalismo que el especulativo. De modo que, o bien Rubalcaba no sabe lo que quiere decir la palabra "capitalismo", o bien pertenece a una etapa arcaica del capitalismo, digamos que a la fisiocracia, y sigue creyendo que la riqueza son las fincas rústicas.

No mucho más tarde hube de constatar nuevamente por Internet otra frase del futuro presidente socialista de España. Esta vez había dicho que para acabar con el dinero negro "habría que prohibir los billetes de 500 euros". Pregunté por aquí y por allá y todo el mundo aseveró que en efecto Rubalcaba había soltado esta frase, aunque nadie, ni siquiera sus más leales partidarios, entendía el sentido. ¿Habría que ir recogiéndolos de uno en uno y casa por casa? ¿O simplemente se anulaban por decreto en el continente? Una vez más, ¿qué cree Rubalcaba que es el dinero? ¿Una "cosa"? ¿Algo que se limpia con detergente y que se pone encima del piano? ¿Algo que se saca a pasear o se guarda en un armario?

Tras esta segunda declaración de Rubalcaba comprendí que, o bien el PSOE está persuadido de que sus posibles votantes son lelos, o bien estamos ya ante la candidatura de un Beppe Grillo a la española, o sea, a lo Paco Martínez Soria, lo cual, sin duda, puede traer mucho rendimiento en las próximas elecciones, pero entonces quizás el PSOE debería presentar a Leire Pajín, que hace mejor de característica. El PSOE cree que va a ganar algún voto entre la juventud soltando bravuconadas de patio de colegio, pero solo consigue ir perdiendo a los que ya llegaron a la edad de la razón.

No obstante, el goteo de chifladuras que vienen teniendo lugar en los últimos meses está a punto de convertirse en una plaga. Todo empezó cuando el presidente de los catalanes, Artur Mas, dijo que convocaba elecciones para conseguir una mayoría aplastante, brutal, terminante, heroica. Algo que permitiera poner a Cataluña en el concierto de las más grandes naciones con equipo de fútbol. Tras comprobar que había perdido un montón de escaños y que los resultados eran un desastre, saludó al público barretina en mano y se felicitó del éxito obtenido por el chiste. Fue como si a partir de ese momento la política española se entregara a la Banda del Empastre.

Con una izquierda perfectamente lobotomizada y una derecha que solo vive para conservar los privilegios de los cientos de miles de parásitos que impiden cualquier acción eficaz de la Administración, especialmente en el terreno de las grandes compañías, quedaba la posibilidad de tirarse al monte, pero tampoco. La extrema izquierda se divide entre los que imitan el modelo argentino y venezolano, lo cual es elegir una ejemplaridad política perfectamente hidrocefálica, y los que defienden el derecho de los alcaldes a robar en supermercados y están dejando Andalucía en los huesos. Elegir entre Verstrynge y el alcalde de Marinaleda no es tarea fácil ni siquiera para la prensa deportiva.

Para mejorar y clarificar esta situación los medios de comunicación han asumido como propias las majaderías de un partido o de otro. Para defenderse, los lectores, si pueden, se refugian en la patafísica, o sea en una señora que se filmó a sí misma en agitada masturbación y fue defendida por las derechas e izquierdas apelando al "derecho a la intimidad". No recuerdo yo que apelaran tanto a ese derecho cuando se difundió otro vídeo, el de un probo director de diario, más imaginativo y menos pornográfico que el de la concejala. Tampoco he observado que apelen al derecho de los votantes a que sus elegidos no sean tan memos como para filmarse a sí mismos haciendo el ridículo.

Sigue siendo entretenido observar cómo unos y otros se llaman constantemente "fascistas" y "nazis", solo para que el insultado aparezca en TV sollozando por los judíos. "¡Ah, qué sacrilegio! ¡Comparar con los genocidas alemanes a unos energúmenos que asaltan viviendas privadas!". La izquierda, siempre tan compasiva con los judíos, mientras no vivan en Israel. O bien, por el otro lado, "¡Ah, qué sacrilegio! ¡Comparar a unos dignos parlamentarios españoles que salen a dos millones de pesetas mensuales, con los criminales y asesinos del común!". Como dice el refrán, "lo cortés no quita lo donoso", de manera que cabe perfectamente que sean lo uno y lo otro todos juntos, pero no por las razones que aducen, sino por la torpeza y sumisión que manifiestan ante sus jefes, que es lo que caracteriza a los partidos totalitarios.

De modo que hemos tocado fondo. Algo lo hacía suponer cuando el Gobierno decidió que entre los recortes imprescindibles estaba también el que deja sin piernas a eso que suele llamarse "cultura" y que es justamente lo que les falta a los políticos en general y lo único que debería cuidarse en este país que, como todo el mundo sabe, ha sido domesticado, pero no civilizado. ¿Qué importancia pueden tener las escuelas, la universidad, los museos, la lectura, el cine, las bibliotecas o la ciencia para una gente que se pasa el día insultando a los del bando contrario y manteniendo bien calentito el sillón? Nuestro presidente lo dejó cegadoramente claro cuando le regaló al Papa actual, el señor Francisco, una camiseta del equipo de fútbol español. Es verdad que también le regaló un facsímil (otro, en el Vaticano ya no caben), pero era para disimular.

 No puede caber mejor confesión de intensidad anímica y comprensión de los misterios de la fe. La altura alcanzada por el Gobierno español en materia espiritual quedó simbolizada con espléndida nobleza en aquella imagen del señor Francisco mirando perplejo la camiseta roja como si fuera un ornitorrinco. No vale ni siquiera la excusa de que el señor Francisco es argentino y ahora la política argentina dicta nuestro comportamiento. No. Ese regalo es lo más colosal que ha recibido papa alguno y recuerda a la estatua de Don Quijote que el rey Juan Carlos entregó a los astronautas norteamericanos para que lo llevaran consigo en el cohete. En este último caso, por fortuna, la idea no era suya.

Ante semejante estado de cosas, posiblemente lo mejor sea aguantar los dos años que quedan para las elecciones mirando vídeos de políticos españoles masturbándose y en las próximas elecciones dar nuestro voto, sea a Rosa Díez, sea a Ciutadans si uno tiene la manía de vivir en Cataluña. No porque vayan a sacarnos de este manicomio, sino para observar si el asunto es congénito y también ellos hacen lo mismo.

La así llamada "crisis económica" ha servido para convencernos de que nuestra clase dirigente no solo es incapaz de resolver problemas monstruosos como el del paro, sino que también es incapaz de resolver un crucigrama un poco grande. Evidentemente, ya estoy oyendo a unos cuantos políticos, muchos de ellos amigos míos, que se quejan de esta generalización arbitraria (¿y facha?). De acuerdo, este artículo es injusto con muchos políticos. Juro conocer a más de una docena perfectamente honrada, trabajadora y con una verdadera necesidad de sacar a este país del atolladero.

Pues para ellos y con ellos también escribo este exagerado artículo, porque si quieren mantener la dignidad que aún les reconocemos, no pueden dejar pasar más payasadas. Creo que la ciudadanía ya ha soportado bastante. No basta con comentarlo en reuniones y en privado. La próxima vez que un jefe suyo, o un cargo público de su partido, haga el ganso, por favor, pónganse ustedes en pie y díganselo a sus electores, júrenles que no van a votar a ese mamarracho. Recuerden que más vale una vez rojo que ciento amarillo.

 

[Publicado el 06/5/2013 a las 12:45]

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En el origen de la vanguardia

Durante un par de días me dediqué a constatar que en efecto ésta era la primera edición en español de El absoluto literario, de Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy, según anuncia el editor (Eterna Cadencia, Buenos Aires). Al parecer han circulado algunas traducciones privadas (de Emilio Bernini, por ejemplo), pero nunca antes se había editado completo este tratado, uno de los más influyentes en la actual filosofía del arte.

    El caso es que apareció originalmente en 1978 (Seuil), hace pues treinta y cinco años, pero todavía nadie se había atrevido con él en España. Me parece sorprendente. Lacoue (muerto en 2007) y Nancy pertenecían a una generación que no sólo se había alejado del aún poderoso estructuralismo, sino que desconfiaba de los post-estructuralistas, de modo que tomaron un camino propio a la sombra de Heidegger. La producción de ambos filósofos ha sido abundante y de notable interés. Sin embargo, este trabajo que ahora se edita en español es, a mi modo de ver, su mejor contribución.

    En ella analizan y antologan uno de los momentos más fascinantes de la modernidad. Como ellos mismos dicen, se trata de un episodio efímero (pongamos que de 1798 a 1803), un grupo de gente cambiante (aunque siempre dirigidos por los hermanos Schlegel) y una revista de la que sólo se editaron seis números (Athenaeum). He dicho antes que es un momento de la modernidad, aunque en todos los manuales aparece como un momento del romanticismo e incluso del primer romanticismo (el frühromantik). Ciertamente es un prototipo de romanticismo, pero en una acepción de la palabra que, a mi modo de ver, debería incluir un vastísimo proyecto que sólo acaba hacia 1960. Si se acepta esta noción, el grupo aquí estudiado fue de los primeros en poner las bases de la modernidad: "Se trata, de hecho, y no es exagerado decirlo, del primer grupo de "vanguardia" de la historia" (p.27).

    El invento de este grupo, al que podemos llamar "del Athenaeum", es nada menos que la literatura en cuanto tal. Hasta ese momento no había tal cosa como una literatura en el sentido de un arte absoluto de la palabra escrita. Había, eso sí, un arte de la poesía, otro del drama, algo (poco) de la novela, y así sucesivamente. El grupo del Athenaeum unifica la totalidad del arte de la palabra y propone una primera teoría de la literatura como absoluto. Asombrosamente, en esa teoría la prosa toma el lugar de la más alta poesía y la literatura queda fundida en la filosofía en tanto que dos modos (literarios) de expresar el mundo en su verdad más recóndita. Esto es el "absoluto literario".

    Así lo expone Friedrich Schlegel en su Conversación sobre la poesía: "Todo arte y toda ciencia que actúan mediante la palabra, cuando se ejercen como arte por sí mismas, y cuando alcanzan su cima más alta, aparecen como poesía" (p.380). No es sólo un ataque contra la secular teoría de los géneros y sus forzosos paragones, es también la negación de toda la filología hasta ese momento y la propuesta de una historia de la literatura tan audaz que ni siquiera es posible escribirla en nuestros días.

    El grupo estaba compuesto por dos dictadores, los hermanos Schlegel, y un conjunto variable de afiliados (Novalis, Wackenroder, Brentano, von Arnim) que se reunían, se expulsaban, se excluían o formaban secesiones, como es habitual en cualquier movimiento de vanguardia. En su proximidad giraba una nube de mujeres poco típicas de su época, sexualmente emancipadas, con una notable formación filosófica y aguda percepción artística. Son Sophie Tieck, Bettina von Arnim, Carolina Michaelis o Dorothea Mendelssohn-Veit. Todas acabaron casadas con alguno de los participantes del grupo.

    Había también una relación externa, pero intensa, con personajes de extraordinaria importancia como Hölderlin, Schelling, Hegel, Schleiermacher o Goethe. Este último los detestaba, pero a él se unirían los Schlegel cuando la edad los volviera rapaces y la invasión napoleónica pusiera en marcha el nacionalismo germano.

    No sólo inventaron la literatura tal y como la entendemos ahora. También transformaron la recepción de la herencia griega. A veces parece que la palabra "romanticismo" sólo puede usarse para asuntos empalagosos, pero es un enorme error. El romanticismo fue un movimiento revolucionario y salvaje que sacó de la quietud marmórea, del estatismo idealista, a los neoclásicos y a los kantianos. La Grecia que aparece tras la crítica de los románticos del Athenaeum ya no tiene nada que ver con "la belleza", la "serenidad" o "la perfección", es la Grecia arcaica, infernal, enigmática, siniestra que años más tarde Nietzsche expondrá magistralmente en su seminal Origen de la tragedia.

    La traducción es meritoria, aunque con imperfecciones inevitables dada la oscuridad del propio texto (téngase en cuenta que la mitad del libro es una antología de escritos de los Schlegel, Schelling y Novalis), lo que las hace excusables. Sólo he pillado un error grave, pero que puede corregirse con facilidad: la pg.22 da como fechas del Sturm und Drang 1870-1880. Son, evidentemente, 1770-1780. Contando con estas mínimas mancillas, el libro es imprescindible para cualquier interesado por la teoría del arte y aún por la teoría de la teoría.

[Publicado el 08/4/2013 a las 09:00]

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Ni la O con un canuto

Todo el episodio es grotesco y nos arranca una de esas carcajadas seguidas de mucha tos que suenan a cascajo y desesperación. El asunto comienza con unos aspirantes a maestros que a duras penas podrían llevar las cuentas de un figón con tiza sobre barra. Una vez constatan los examinadores (a quienes ya me gustaría examinar) que no pasa el examen ni el veinte por ciento, deciden publicar algunos de los disparates más atroces para que la población en general se haga una idea del nivel educativo del país.

    Bueno, no era necesario. Hace veinte años que los profesores, no de primaría sino de universidad, venimos diciendo que habría que publicar los exámenes de los actuales universitarios para que la población se percatara del grado de analfabetismo que hemos alcanzado con tanto esfuerzo y solidaridad. Seguramente sería inútil porque a la población no sólo no le parecería una monstruosidad sino que incluso a lo mejor se maravillaba de lo mucho que saben los universitarios. El caso es que las propias autoridades administrativas, rectores y demás personal imprescindible, siempre han prohibido la divulgación del genocidio educativo que ha tenido lugar en España en los últimos veinte años, por lo menos.

Ea, pues tenían toda la razón los burócratas: una vez publicados los resultados, de inmediato los sindicatos de la educación, principales causantes del subdesarrollo pedagógico hispano, han saltado como un resorte, se han indignado, amostazado, enrabiado y amenazan y denuncian. Dicen que publicar esos horrores significa humillar a los profesores y maestros. En realidad, como es lógico, los que humillan a profesores y maestros son esos aspirantes beocios convencidos de que su ignorancia es un mérito para llegar a profesor en España, pero los sindicatos es que son muy sensibles.

A los sindicatos parece como si les gustara, como si prefirieran ese tipo de maestro totalmente en blanco, sin el menor conocimiento, con el cerebro lobotomizado. Es posible que así se lo parezca porque ellos, los que amenazan y denuncian, se sienten hermanados con los analfabetos eufóricos. Porque si no, no se comprende que los sindicatos de la educación (insisto, de la educación) quieran humillar a profesores y maestros exigiendo la ocultación de los inútiles, de los pícaros, los majaderos, los enchufados, los atontados, las nulidades a quienes se precipitan a proteger.

¿Pero qué idea de la educación ha acabado por imponer esta falsa izquierda obsesionada por defender sus intereses burocráticos, sus chanchullos, sus subvenciones, sus privilegios, y a la que estar en el último lugar de la comunidad europea en educación les parece haber alcanzado el mayor premio de su carrera?

Seguramente mantienen la misma opinión, en verdad surrealista, que una tal Teresa la cual, en sus mensajes electrónicos, escribió que enseñar los ríos españoles a los estudiantes es puro franquismo. Y que lo que habría que enseñarles es lo de "las fosas". Textual. Posiblemente alguien debió decirle a esta buena mujer que lo de las fosas era hablar con excesiva claridad sobre el nivel intelectual del partido y entonces borró esa parte. Pues bien, la tal Teresa ha sido ministra de vivienda de Zapatero. Voy a repetirlo: ministra de Zapatero. Que Zapatero nombrara ministros (y ministras, claro, como dice Santiago) con semejante dotación intelectual lo dice todo sobre este esperpento de país.

Porque estamos hablando de lo que se supone que es la izquierda, aquella ideología que impulsaba el estudio, la cultura y la enseñanza de calidad a quienes más lo necesitan, que protegía al trabajador y ayudaba al talentoso persiguiendo al mentecato. Que veía en la enseñanza el instrumento de superación esencial de los explotados, sin el cual no hay izquierda que valga.

En consecuencia, una de dos, o sindicatos y ex ministros (o ex ministras) se han pasado a la derecha extrema, o están dispuestos a hundir este país con tal de mantenerse con los sueldos que tan generosamente les pagamos.

Artículo publicado en Jot Down.

[Publicado el 02/4/2013 a las 12:47]

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Una vida pendiente del botón

La niña es muy pequeña, tiene catorce meses, sin embargo muestra ya una gran afición por la música. Su favorito es "El Moldava", de Smetana. Como ha visto a sus padres poner una y otra vez discos en el aparato y tiene notables dotes de observación, sabe cómo encender la cadena. Cuando le vienen ganas de oír a su músico favorito, ella misma se acerca al amplificador y aprieta el botón de encendido. Luego se pone de puntillas, sube la mano hasta el lector de CD y pulsa el botón correspondiente. En cuanto ve que las luces brillan, se vuelve hacia su padre o hacia su madre o hacia ambos y les mira con un gesto de extraordinaria seriedad, pero imperioso. Su padre, su madre o ambos, se precipitan a poner "El Moldava".

    Ya había yo observado que casi todas las madres suben en brazos a sus hijos hasta los botones del ascensor para que los pulsen, acción que puede llevarse un tiempo con el consiguiente cabreo de los que esperan. Lo mismo con los timbres del interfono en algunos domicilios: "Anda, toca, a ver si te contesta alguien". Y que muchos niños (por ejemplo, la niña pequeñísima de la que hablo) cogen los teléfonos de sus padres, simulan marcar un número, y se ponen el aparato en la oreja. Como la niña pequeñísima no sabe hablar, suelta una retahíla de polisílabos, nanananana pacapocopuyapocopata. Veo a los niños actuales extremadamente adheridos al botón universal, por ejemplo en los ordenadores de sus padres, a los que se encaraman y toquetean el teclado hasta que en la pantalla aparecen ventanas inverosímiles o el aparato se apaga con un mugido de agonía.

    Observando la conducta infantil de un modo científico, me pregunté el otro día cuál había sido mi primer botón. Pregunta que luego he repetido a mis amigos. Nadie lo recuerda, o mejor dicho, han de hacer un esfuerzo para recordarlo. Si son menores de cuarenta años, algunos tienen presente una televisión de juguete que les regalaron y en la que aparecía Pluto cuando se apretaba etcétera, o incluso un animalito mecánico que oficiaba cuando se le daba al botón. Es el caso de un oso panda que la niña pequeña hace cantar dándole a un botón que descubrió ipso facto, el primer día de tenerlo entre sus manos. "Soy un panda juguetón del balón soy el campeón..." canta el oso ante los horrorizados padres. La niña se contonea. Le gusta la música.

    Yo diría que el primer botón consciente que recuerdo fue el de una radio alemana marca Nordmende, de pilas de petaca (ya casi inencontrables), que me regalaron cuando aprobé el primero de bachillerato en su totalidad de una tacada, y que aún conservo a pesar de las burlas que provoca. Eran botones protuberantes, con coronas finales de color rojo sangre. Al apretarlos soltaban un sonoro "clac", como si partieran nueces. Para mí lo de los botones tenía entonces un carácter transcendental y los teléfonos eran de dial, o sea, con agujeros en lugar de botones. Había muy pocos botones que sirvieran para algo en aquellos años infelices. Ahora, en cambio, todo viene a resumirse en un botón.

    Como en aquella película de Paco Martínez Soria que comentaba admirado cómo en la ciudad le dabas un pellizco a la pared y se encendían las luces, así también ahora los niños apenas se percatan de que toda su vida, todos sus actos, el placer, el trabajo, la salud, el dolor y el ardor, dependen de un botón. En realidad de muchos botones. Uno de los cuales por cierto, sólo puede pulsarlo el presidente de los EEUU y lo lleva en un maletín.

 

Artículo publicado en Jot Down.

[Publicado el 21/3/2013 a las 09:00]

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Entrevista a Manuel Arroyo, fundador de Turner

imagen descriptiva

Félix de Azúa y Manuel Arroyo en diciembre de 2012. Foto: Gutiérrez

Tuve la oportunidad de conversar con Manuel Arroyo en torno a emboscamientos vitales, pasiones y fobias; construyendo una retrospectiva en breves pero definitorios trazos de quien fuera hombre clave en la reciente historia cultural de nuestro país. Aquí la entrevista que apareció en publicación de la editorial Turner, Turner 8P.

 

-Félix de Azúa: ¿Qué hace un editor como tú escondido en un bosque como el tuyo? Hay una figura política a la que Jünger llama "el emboscado", no sé si te sientes aludido.

-Manuel Arroyo: ¿Dónde esconderse mejor? Lo de "el emboscado" me gusta. Pero Jünger, ese invento francés, no me llama la atención. En los mapas de Iberdrola figuro como Ermitaño Número 7. Lo siento más acertado. No conozco a los otros ermitaños, pero ser el número siete me parece significativo. Es una estimación objetiva de quien me da la luz y lo acepto con gusto.

 

Un editor como yo se pasa la vida soñando con una biblioteca en medio del bosque. Los pasillos de la Feria de Frankfurt, que para otros son el paraíso, para mí fueron algo apasionante y ajeno. Nunca fui pájaro de Feria, gracias a Dios nunca tuve un best seller, no compré números en esa lotería. Tanto como en el bosque, habito en la lectura. De eso se trataba y lo supe desde el principio. Por eso la escapada. Emboscarse pues, ya mucho antes de los tiempos que corren, era el secreto deseo. Leer y leer, sin orden ni concierto. Editar por eso y para eso.

 

-Dices que Jünger es un invento francés, algo que no puedo negar. Hace ya muchos años te hiciste famoso gracias a un libelo titulado Contra los franceses, que se agotó de inmediato. Los aficionados se lo arrancaban de las manos. Nunca he leído un ataque más feroz e inteligente a la que pretende ser patria de la inteligencia. Hoy es inencontrable. Como era anónimo, al cabo de pocos días todos sabíamos que lo habías escrito tú. ¿Has cambiado de opinión o sigues siendo galófobo? ¿Y no será el típico resentimiento de un anglófilo, ya que tú eres medio inglés, porque los franceses son más guapos y elegantes, y sus mujeres más listas que las de las Islas?

 

-Lo del libelo es para mí asunto delicado. Más que galófobo soy, como español, un acomplejado con causa. ¿No podría leerse ese libelo que me ha hecho pasar tantas vergüenzas como un sarcasmo sobre el complejo de los españoles? Tal vez el fallo estuvo en mí, no supe dar con el tono. De los franceses casi lo único que no me gusta es su incapacidad o su desdén para pensar sin teoría. Pero ahí están, en cualquier disciplina. Una cosa es escribir libelos y otra ser tonto. Sigo leyendo a algunos franceses con pasión. En gran parte para eso escribí el libelo. Con ser medio inglés tengo suficiente, no me hace falta ejercer de anglófilo. Incluido en lo inglés, tengo casi un cuarto de irlandés. De eso sí me gustaría presumir, por si algo se me pega. Ciertamente las mujeres francesas son más guapas. Pero los ingleses son más apuestos, a pesar de las feas dentaduras (siglos de té indio y azúcar caribeño). A alguna francesa le he caído simpático y, pasando a lo concreto, mi madre era una belleza. Por ese lado, no hay rencores. Pero sí quiero decirte una cosa: ¡Gibraltar no será nunca español!

 

-Aunque nuestro país sea un desastre y esté siempre más cerca de Goya que de Velázquez, ¿qué echas de menos cuando estás en Berlín? Quiero decir que, a pesar de todo, no te has ido absolutamente. ¿Encuentras algún consuelo, todavía, en esta tierra?

 

-Claro que sí, aquí están las personas y las cosas que me importan, y de ellas no puedo irme, ni quiero.

 

Soy incapaz de sentir nostalgia. En la Historia de la Melancolía de Jackson, que publiqué hace años, hay un capítulo donde la describe maravillosamente. Me dijiste que ibas a leerlo. Hazlo porque es apasionante y serás el primero en España. Yo tenía la esperanza de encontrar un lector, siquiera uno, como tú.

 

Echo de menos la biblioteca, claro está. También la cama, dos mesas, una butaca. La casa de Berlín está casi vacía. Los techos son de cuatro metros así que no hay donde mirar si no es al cielo o a un cementerio judío que tengo al otro lado del patio. Por la fachada principal cuando me asomo veo una fila interminable de puérperas empujando carritos con recién nacidos, indistinguibles unos de otros. Pero hay librerías y conciertos, museos y gente bien educada. Los niños no lloran y los perros no ladran. Da gusto vivir entre alemanes.

 

A Velázquez lo veo más portugués que español. Parece que se hubiese propuesto pintar el aire. Goya sí nos dejó retratados. Pero no concibo uno sin el otro. El Prado, eso sí que es un consuelo. En la meseta mirar al cielo es el consuelo más socorrido y efectivo. Y a las personas, siempre que sea de una en una. Esta mañana me ha llegado la factura mensual del aéreo (móvil?): 7,16 euros. Me ha confirmado que hablo poco.

 

Hablando de Goya, te habrás fijado en cuanto se parece nuestro actual monarca a Carlos IV, especialmente en el retrato de familia que cuelga en El Prado. La misma gallardía, la misma expresión inteligente. Uno cazaba ciervos en El Escorial y el otro, osos y elefantes, en África o en Rusia. En eso han evolucionado.

 

 Y la Infanta Cristina, ¿no es el vivo retrato de la reina María Luisa? Tal vez nos pase lo mismo a nosotros, habernos convertido en caricatura de unos mamarrachos.

 

Nos queda el consuelo, no sé si la ventaja, de que a nuestros antepasados no los pintase Goya. Tampoco Macarrón. Quiero pensar que en nuestro caso hemos tenido una evolución inversa o por lo menos con

una cierta dignidad.

 

-No era muy malintencionada, pero pensaba que un hombre como tú que ha montado excelentes editoriales como Turner, pero también colecciones supremas, como la Biblioteca Castro, que ha sido apoderado de toreros y cantadoras de rancheras, que ha conocido el corazón del poder, que ha vivido en América durante años, que ha sido inmobiliario, marchante, trotamundos y, en fin, que es un culo de mal asiento, ¿cómo es que se aparta de todo y como un Rancé con Internet se pone al margen entre fresnos y vacas? Lo digo con cierta envidia, claro.

 

-Todo eso que dices y mucho más tuve que hacer para sacar adelante a la familia. No sabes la de necios que he soportado y la coba que he tenido que dar. Aunque nunca mandé a necios ni obedecí a pícaros, como diría mi querido autor Arturo Soria. Y eso que un amigo mío me anunciaba y reprochaba que nunca iba a hacer fortuna porque no sabía adular a los ricos. Mi vocación era pasar desapercibido, como me aconsejaba mi abuela Turner. Eso sí que hubiese sido un lujo. Me lo permito ahora que ya tengo a mis hijas criadas. De hecho una de ellas acaba de cumplir cuarenta y dos años. Son tantos que a veces pienso que es casi de mi edad.

 

En mi oficina decían que yo hacía jornada intensiva, de once a dos, que era el tiempo que pasaba con ellos cuando no estaba de viaje. De eso sí que estoy orgulloso. A un caballero no se le debe notar que trabaja. Y si todo eso que dices, y aún más, hice en seco, como decía el otro, ¿qué no hiciera en mojado? Esa metáfora de "culo de mal asiento" es castiza y expresiva pero no me parece elegante. Simplemente vive bien el que vive apartado, como decía un francés que tú debes conocer bien. Y si además tengo Internet para hablar con los amigos, ¿qué más quiero? Pues sí, quiero más, como gritaba la Llorona.

 

También me ocupo en no ser menos de lo que parezco. Eso dice uno que va vestido de mendigo en King Lear. Y en lo concreto: superar una infección por una picadura de araña. En mi cama nadie más me pica. Ni falta que me hacía. Leo y releo el primer tomo de la Recherche. Como a ratos largos me quedo dormido, cuando despierto no distingo entre lo que he soñado y lo que estaba leyendo. Me parece la novela más quijotesca del mundo, mucho más que las de los ingleses, quizá porque ellos entendieron menos o de otra forma su ironía. Prefieren lo cómico y la parodia.

 

 

***

Por otro lado, aquí se puede leer una entrevista a Félix de Azúa publicada en De Verdad Digital


Ficheros asociados:

[Publicado el 06/3/2013 a las 10:45]

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Restos religiosos

El desconcierto que están causando los múltiples latrocinios, timos, estafas y desvalijamientos por obra de la parte más noble de nuestra sociedad ilustra sobre el respeto que aún se le tenía a eso que suele llamarse "la clase dirigente". Me recuerda a los sentimientos que despierta la palabra "artista" cuando se pronuncia en público. Basta con que alguien hable de los artistas o diga de sí mismo que es un artista para que se generalice una sensación confortable y cálida entre la audiencia. Una sonrisa aflora a sus labios y se acomodan en la butaca.

    El populus ama a los artistas y a otros representantes religiosos que le garantizan que la vida merece la pena, pues esa es la función popular del arte. Si no hubiera tal cosa como el arte, ¿qué sentido tendría nuestra vida, una vez desaparecida la religión? En ese mismo territorio se mueve la anguila política. El político tiene también el destino eclesiástico de asegurar la paz y la justicia. Desdichadamente (y en eso se parece cada día más al artista) su función apaciguadora, su función curativa y confesora, es cada día menos convincente.

    En los últimos meses ha habido una verdadera avalancha de latrocinios cometidos por políticos o por familiares de políticos o por gente que se supone que respeta la política como acción dirigida a moralizar y ordenar a la sociedad. Ética y razón son las dos piernas del político profesional, pero en estos meses se las ha amputado él mismo, se ha dado un inmenso hachazo. Nuestros políticos se agitan ahora como anguilas porque han perdido las piernas. Son troncos balbuceantes que abren y cierran la boca a la manera de los peces que se asfixian por falta de oxígeno en un charco de barro.

    Y sin embargo no había razón para creer en ellos, tenerles confianza o esperar una medicación contra el desasosiego y la ruina. Son empleados de una empresa gigantesca cuyos beneficios se obtienen mediante una ajustada sustracción de los bienes estatales. Los partidos políticos españoles viven de robar el dinero de sus votantes y eso ha sido siempre así. Podríamos dulcificarlo y decir que es lo que les pagamos en negro para que funcionen como partidos, aunque sea un simulacro. Ahora bien, si queremos partidos, en todo caso debemos sobreponernos y seguir adelante como si trabajaran para nosotros.

    Recuerdo una conversación con Duran Farrell, el difunto empresario que trajo el gas a España, en la que me decía escandalizado el dinero que le estaba exigiendo el partido político entonces en el poder. Esa fue la primera vez que oí la expresión "impuesto revolucionario" fuera del contexto de ETA. De esto hace más de veinte años y el gobierno era socialista. Oso decirlo porque venía conmigo otra persona (gran tipo, por otra parte) que lo puede confirmar. Siempre ha sido así, siempre han robado o siempre les hemos pagado en negro, si lo prefieren. A todos ellos. Desde el principio.

    El escándalo sólo se levanta cuando el personaje religioso aparece públicamente como alguien demasiado parecido a nosotros, un pobre pecador. El párroco que se beneficia a la sobrina, el obispo que ayuda a los pederastas, la monja que comercia con recién nacidos, el canónigo que vende la virgen antigua o se queda el dinero de los pobres, todos ellos son pecadores como nosotros. El creyente entonces ve vacilar su fe y a poco que se le caliente el espíritu acabará siendo un ateo furioso y tiempo más tarde, cuando las circunstancias lo favorezcan, quemará iglesias y fusilará al clero.

    El ateísmo, en política, es la desafección y puede conducir a un régimen totalitario con suma facilidad. Españoles e italianos hemos tenido los dos regímenes fascistas más tranquilos y populares de Europa. No somos muy distintos de los italianos, sólo bastante más ignorantes. Ellos se las arreglan mejor con sus ladrones y con sus asesinos, son más inteligentes, son más cultos. Recuerden que fueron los servicios secretos italianos, infiltrados en Ordine Nuovo, los responsables de la matanza de Bolonia en 1980. Y que algunos cuerpos de seguridad organizaban atentados para distraer a los medios de comunicación del contrabando de petróleo que habían montado ellos mismos. Cada vez que entraba en puerto un carguero patibulario, asesinaban a alguien de portada.

¡Aún nos queda mucho que aprender!

 

Artículo publicado en Jot Down.

 

***

 

La revista la Voz del Beatriz del IES Beatriz Galindo ha publicado una entrevista a Félix de Azúa realizada por Louis Malthet López-Ballesteros, aquí el link al texto.

[Publicado el 26/2/2013 a las 17:18]

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Primera alabanza del año

Abrumado, como todo quisque, por la miseria de la vida oficial, procuro escapar de la oscuridad como puedo. Que el Dos Mil Trece nos permita recobrar una luminosidad que a pesar del empeño de las fuerzas oscuras sigue iluminando más allá del velo de tinieblas, ese fue mi deseo de fin de año.
Hoy la miseria era un nuevo latrocinio de nuestros representantes, tan gigantesco como los anteriores e igualmente cínico. Oponiéndole resistencia he recordado una cantata de Bach, la BWV 39, que comienza diciendo: "Comparte tu pan con aquellos que tienen hambre". Una buena ocasión para oírla de nuevo.
En tiempos de Bach no podían darse latrocinios como los nuestros simplemente porque la posesión era cosa de unos pocos. Muy pocos. Y en general de uno, del señor que a veces era un guerrero y otras un obispo, o ambas cosas a la vez. Sin embargo en aquellos tiempos la podredumbre moral estaba mejor construida, tenía otra calidad. Al malvado se le despreciaba y temía, pero nadie lo ponía como modelo. Y, sobre todo, el malvado era una rareza, un condenado en vida. Los nuestros son gente de primera portada de revista, gente estupenda.
La coral de Bach continúa diciendo "Lleva a los pobres a tu casa, viste a quienes vayan desnudos, y no te escondas de tu propia carne". Este final es inquietante, und entzeuch dich nicht von deinem Fleisch. ¿Qué nos dice el poeta? ¿Qué aceptemos nuestro cuerpo como constatación de que somos mortales? ¿Qué ese cuerpo nuestro es igual al de quienes van desnudos temblando en el invierno? ¿Nos está diciendo que la riqueza no ha de servir para esconder nuestra debilidad, nuestra fragilidad? "Una hoja somos, en otoño, colgada de la rama", decía Ungaretti, y por mucho que nos escondamos un poco de viento nos derribará.
Pero si tratamos a nuestro prójimo con generosidad, si lo consideramos nuestro igual, entonces, dice la coral: "Tu luz brillará como la aurora, la curación no tardará en llegar, la justicia te precederá y la Gloria del Señor será tu recompensa". La luminosidad de los justos que hoy nos parece una leyenda es, sin embargo, indudable y muchos la hemos visto en momentos decisivos cuando la bondad de un acto ajeno nos ha deslumbrado.
No es preciso ser creyente, no es necesario atarse a ninguna promesa para oír estas palabras de Bach con perfecta seriedad. Es cierto que todo conspira en contra, pero si nos esforzamos por considerar a los demás como simples mortales, tan frágiles como nosotros, es posible que divisemos cierta luminosidad en alguno de ellos.
Se trata de cambiar el primer pensamiento que nos asalta frente al malvado ("¡Querría verte muerto!"), por el segundo ("¡Pero si sólo va a durar un puñado de inviernos...!"). Y desviar la mirada del siniestro para dirigirla hacia el justo. ¿Qué no se le ve? Alguno ha de haber.
Y si no, siempre nos quedarán los niños.

Artículo publicado en Jot Down

[Publicado el 07/2/2013 a las 10:50]

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Foto autor

Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas , Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horas y Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010). Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.

 

 

 

 

 

Ensayo

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

 

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