PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 25 de octubre de 2014

 Blog de Félix de Azúa

Algunas ricuras

No sólo ha decaído el ballet con tutú, también el arte de ser millonario. Los ricos actuales no están a la altura de su responsabilidad. Ese Miguel Blesa empeñado en hacerse el hombre con una escopeta, esos mafiosos rusos, los tristísimos Agnelli, los sórdidos jeques... No, no, para ricos, los de antes.

    Cuando la reina Victoria visitó Waddesdon Manor se quedó de un aire. Ustedes creen no conocer la mansión de Ferdinand de Rothschild, pero la conocen. La han visto en múltiples películas y series de TV. La última, Downton Abbey. La colosal macedonia de falso renacimiento, falso gótico y falso normando constituye uno de los más colosales horrores de la arquitectura inglesa y un monumento inolvidable. Todo es falso, pero la verdad es que tiene un aspecto imponente. El barón no sólo construyó la cumbre del kitsch sino que fue el primero en electrificarla. La reina Victoria se quedó absorta ante una gran araña de cristal con bombillas y estuvo diez minutos dándole al interruptor, como un crío. Clic clac clic clac.

    Esto es lo que hace simpáticos a los millonarios antiguos, que algo dejaron. Waddesdon recibe cada año cuatrocientos mil visitantes. Y las fabulosas colecciones de pintura, escultura y objetos preciosos están ahora a la vista de todo el mundo en los museos ingleses. Si el señor barón se hubiera dedicado a los restaurantes bulliciosos, los coches para narcos, los hoteles con grifería de oro, como hizo la cuadrilla de Bankia, habría sosegado su vanidad, pero nosotros no visitaríamos esas cosas que tanto ayudan a pasar la muerte, los palacios, las pinturas, las esculturas y así sucesivamente.

    Uno de los invitados a Waddesdon Manor, en la época en que lo habitaban los Rothschild, cuenta que el ritual era imponente. Por la mañana entraba el mayordomo, corría las cortinas y comenzaba el interrogatorio. "¿Desayuno, señor?". "Sí, gracias, Archibald". "¿Té, café, chocolate?". "El té me parece bien, Archibald". "¿Assam, Souchong, Ceylan?". "Assam, gracias". "¿Solo, con leche, con limón?". "Con leche, Archibald".  "¿Jersey, Hereford, Brevicorn?". Estas cosas hacían simpáticos a los ricos.

    Precisamente porque no inspiran simpatía, los ricos actuales generan un rencor, un resentimiento sulfúrico. Si esos tipos de Bankia, tan romos como mi cuñado, son millonarios, entonces se lo merecen tanto como mi cuñado. Así piensa uno que tiene un cuñado romo. Y si no, primo o sobrino. Los ricos actuales convocan toda suerte de hostilidades, hasta el punto de que hay partidos que tienen en su programa la pura y simple supresión de los ricos y las masas acuden ilusionadas al exterminio.

    El otro día, en la presentación del excelente libro de Fernando Savater, ¡No te prives! (Ariel), contó el polígrafo una anécdota notable. Un dirigente comunista (hoy sería chavista) le comentó a Olof Palme que el programa de su partido era acabar con todos los ricos de su país. "¡Qué curioso!, dijo Palme. El nuestro es el contrario: queremos acabar con los pobres".

    Seguramente por eso le asesinaron.

 

Artículo publicado en El País. 

[Publicado el 16/10/2014 a las 11:02]

[Enlace permanente] [5 comentarios]

Compartir:

Soportar el mundo o escribirlo

Tiempo atrás muchos profesionales eran, además, buenos literatos. La más sonada es la carrera militar de Garcilaso, caso pasmoso, pero aún en el siglo XX hubo buenos poetas que practicaron la medicina (Gottfried Benn), narradores que ejercían de químicos (Primo Levi), o ingenieros novelistas (Benet). En todos ellos (y también en Garcilaso) la profesión permea las letras. Hay tabla de los elementos en Levi, cartografía noble en Benet, mesa forense en Benn.

    Posiblemente la práctica mundana es excusable para el buen ejercicio de la literatura y por esta razón la mayor parte de los escritores modernos son funcionarios, profesores o empleados al modo de Kafka. El suyo es un conocimiento del mundo de componente seca, más de celulosa que de músculo. Busca uno narraciones de un leñador o de un ovejero trashumante. Caprichos de la última edad.

    Así que me ha ilusionado ver en librería dos piezas de sendos hombres de ley. Juez el uno, fiscal el otro. El primero, Miguel Ángel del Arco Torres, es hoy juez en Granada, pero en este primer volumen de recuerdos, titulado La Audiencia va de caza, cuenta su experiencia bajo el franquismo y la primera transición en un pueblo andaluz. Es tan deprimente como cabe exigir, y además de la prosa austera, severa, de quien ha manejado toda la vida una jerga granítica, vive uno la terrible abyección de aquel mundo jurídico poblado por mercenarios y sádicos. No todos: nuestro juez se enfrentó al Tribunal Supremo cuando éste quería distraer la estafa de los ERE andaluces, no los de ahora, sino los de entonces, que el caciquismo andaluz tiene ya muchos años. Meterse en ese mundo sórdido, de una tóxica deshonestidad, se soporta gracias al gran corazón del escritor y a su probidad, porque no se dejó vencer por el ambiente putrefacto de jueces y abogados franquistas o simplemente malévolos, ni por sus promesas de ascenso.

    En contraste completo, Una habitación en Europa, de Avelino Fierro, recoge la pasión literaria de un fiscal de menores que seguramente se ve sometido a la misma atmósfera asfixiante del Poder Judicial español, en permanente y escandaloso tráfico. Sin embargo, quizás porque defender los derechos de los débiles y amparar a criaturas solitarias y errabundas produce mayor satisfacción que juzgar según las leyes españolas a los adultos, Avelino Fierro dibuja un mundo limpio, terso, prístino, a veces triste. Debe decirse en su descargo que es leonés y por lo tanto lo de la lengua literaria le viene de fábrica. El suyo es un libro para leer cada noche, echando la mano hacia la mesita y diciéndose, "a ver qué alegría me da hoy el señor fiscal". Una excursión por los montes leoneses bien regados en primavera, un poema de Milosz, una visita a Cracovia. Algo de la sutil mirada infantil se le ha quedado en los ojos a este escritor y fiscal. También dibujante. Las viñetas que ha incluido delatan al observador riguroso. Buen dato para un fiscal.

 

Artículo publicado en El País. 

[Publicado el 01/10/2014 a las 13:45]

[Enlace permanente] [4 comentarios]

Compartir:

Dante no es únicamente severo

Algunas actividades humanas, no todas, admiten juicios de espectro variable: desde el aullido indignado hasta la carcajada desternillada. Una de ellas es esa que seguimos llamando "arte" a falta de mejor palabra. Uno puede especular sobre el arte con absoluta seriedad, como acaba de hacer Félix Ovejero en El compromiso del creador (Galaxia Gutenberg) en donde contrasta la actividad artística nada menos que con la tradición científica. El subtítulo resume perfectamente la fascinante bronca que se trae Ovejero con el arte actual: Ética de la estética.

Puede uno, también, darle al arte una dimensión menor, doméstica y amable. Es lo que escribe Winston Churchill en un texto diminuto y estupendo: La pintura como pasatiempo (Elba). Cuenta en él cómo descubrió la pintura a los 40 años, abrumado por sus tareas guerreras, y da consejos desinhibidos a los pintores de domingo para que no se avergüencen de ir por el mundo con un escabel, los pinceles y un bocadillo. Planten su caballete donde les dé la gana y pinten sin complejos, les dice. Él lo hizo, y no tan mal como aseguran sus enemigos.

Como quería aprender, Churchill comenzó a fijarse mejor en los pintores que le caían a mano, sobre todo en la Tate. Y como buen británico se quedó pasmado ante Turner. Luego descubriría a los impresionistas, era inevitable. Sin embargo, un hombre de guerra lleva siempre el combate en su alma, de modo que lean esta frase admirable: "Cuando contemplamos un turner de gran formato (...) sentimos la presencia de una manifestación intelectual que iguala en cantidad e intensidad los más logrados éxitos de la acción bélica, del argumento forense o de las adjudicaciones científicas o filosóficas".

Churchill se percató de que el aficionado podía perfectamente proyectar su mentalidad profesional sobre la realización artística y allí en donde él, en plena guerra mundial, veía estrategias, cuerpos de ejército, avanzadillas o cabezas de puente, bien podía un juez ver en la misma tela un juicio por asesinato alevoso o el científico una representación simbólica de los fractales.

Lo fascinante de la actividad artística, tanto si hablamos de una catedral gótica como de un montón de ladrillos alineados en una galería, es que permite indignarse, reír o participar a la manera del ciclista dominguero. Ovejero nos pone ante la responsabilidad del artista como si este hubiera de responder en un tribunal. Churchill más bien agradece al artista que le permita pedalear a su lado durante unos kilómetros para después volver a su despacho y decidir la muerte de cientos de miles de muchachos. Ambas posiciones son legales, ambas tienen un gran interés para el lector reflexivo.

Contra Ovejero, Churchill lleva razón en un punto. Visto desde la perspectiva de la guerra, el arte es un modo de entretener las horas hasta que llegue nuestra inevitable muerte. En este sentido, sin embargo, el arte es como la religión, la filosofía, la ciencia y la política. E igualmente irresponsable.

 

Artículo publicado en El País

[Publicado el 26/9/2014 a las 11:18]

[Enlace permanente] [3 comentarios]

Compartir:

Deconstruyendo a Theotocópuli

Aquellos que al sol del cuarto centenario estén revisando su juicio sobre El Greco, deben comenzar por la esencial exposición de su biblioteca en una salita del Museo del Prado de discreto tamaño y densa documentación. La propuesta, dirigida por Javier Docampo y José Riello, es impecable: debemos olvidar los viejos tópicos sobre el pintor. Este es el prólogo ineludible.

En línea con los seminales trabajos de Fernando Marías, quien lleva treinta años limpiando la vieja estampa del artista, los comisarios muestran de modo irrefutable que ni el catolicismo, ni la mística, ni el genio metafísico de Castilla son elementos relevantes en la pintura de quien no tuvo otra pretensión que la de ser el más grande pintor de Europa. Y seguramente tenía razón. Aunque un pintor extravagante.

El tópico trascendente se forjó poco a poco, pero tuvo su más fuerte oleaje popular con los escritos de Maurice Barrès cuya influencia en la España de comienzos del siglo XX fue enorme. La visión de Barrès determinó la de talentos como Ortega, Unamuno, Marañón o D'Ors. A lo largo del siglo XX el Greco no fue sino un "intérprete del alma castellana" (Cossío), cuando no un meteoro de Asia: "Lo oriental, lo occidental, todo se anega en el españolismo de la obra del Greco" (Gómez de la Serna). Nada de eso es congruente con el análisis actual de su pintura, ni con la simple visión de su biblioteca.

Primera sorpresa, apenas hay libros de religión y son de los que ofrecen estampas a la imaginación, no doctrina. Segunda, muchos textos en griego y pocos en español. Tercera, entre los abundantes clásicos ni un Platón, pero sí tres Aristóteles. Los ensayos reunidos en el catálogo dan cuenta de los inventarios que permitieron conocer la biblioteca y se detienen en el volumen de las Vidas de Vasari donde el Greco anotó una importante cantidad de páginas. Ahora podemos leer dieciocho mil palabras que forman casi un libro en donde expone su pensamiento. En ese extenso texto no hay una sola palabra que aluda a la religión. Si a ello se añade que no perteneció a cofradía alguna y no encargó misas a su muerte (Riello, 54), aunque sí lo hizo luego su hijo por razones del cargo, puede entenderse que pintaba temario religioso porque no le encargaban otro, no por obsesión.

En el primer inventario, el de 1614, figuran ciento treinta libros. Es una biblioteca considerable para un pintor. La de Velázquez ("erudito pintor", le llamaba Palomino) tenía ciento cincuenta y cuatro. La de Rubens, el más rico e instruido de los pintores de su época, contaba quinientos. Esa pasión estudiosa responde al proceso (que conoció en Venecia, hacia 1567) de ascenso intelectual de los pintores, los cuales, de pertenecer a los gremios artesanos (mecánicos) se alzarían a ser "artistas" (liberales) en un doloroso calvario de doscientos años. No en vano Pacheco dijo de él que era "gran filósofo de agudos dichos", sentencia que hay que tomar con prudencia porque Theotocópuli, en los treinta y pico años que vivió en España, sólo logró farfullar un español plagado de italianismos.

¿Qué queda cuando al Greco le amputamos la mística, la espiritualidad flamígera y el delirio pío? Queda la pintura. Una de las más singulares de la historia. Algo así como si al Tintoretto de San Rocco le hubieran injertado el cielo estrellado de Van Gogh. Pintura saturada de color, pero no la limpia coloratura florentina y ni siquiera la más oscurecida de Roma, sino otra inventada por el griego, un cromatismo único, inconfundible, espectral: la dramática luminosidad del nocturno toledano, verdadero hápax del paisajismo. Es esa originalidad portentosa, "la falta de simetría, la distorsión de las proporciones, las incongruentes libertades iconográficas, la negación del espacio, el trabajo directo sobre el lienzo con manchas de color" (Hadjinicolau), lo que ha emocionado tan poderosamente a los artistas modernos. La exposición del Museo del Prado que pone en relación el Greco y los modernos es admirable.

Tras un periodo de olvido, la pintura de Theotocópuli regresó de la mano del romanticismo tardío, pero después de seducir a los ochocentistas siguió su camino a lo largo del siglo XX y entró de lleno en la invención de las vanguardias. Su obra es una de las presencias antiguas más extensas: cubismo, expresionismo, surrealismo, abstracción, su espíritu reaparece en casi todos los movimientos. Con el preámbulo del estupendo Cristo muerto de Manet, la exposición se inicia con la primera y más potente colaboración, la de Cézanne, cuya copia de la Dama del armiño (no importa su autoría) abre el proceso de absorción vanguardista en 1882.

Posterior, pero no menor, es el peso de Picasso, en verdad obsesionado con el cretense. Hay aquí diecinueve picassos, alguno de los cuales, como el audaz Entierro de Casagemas, parodia del de Orgaz, es casi desconocido. Menos sorprendente es su influencia en el ámbito germánico donde se le conoció gracias a dos piezas extraordinarias, El Expolio, en Munich, y el  Laocoonte de los Montpensier que permaneció durante años en Berlín y en Munich. Ni falta hace decir que la convulsa paleta de Kokoschka está embebida del Greco, pero hay en esta exposición piezas inesperadas de Beckmann, de Schiele, de Macke, de Soutine.

Es imposible resumir todo lo que el comisario, Javier Barón, ha logrado reunir en esta muestra. Lo más insólito, las copias de Pollock y el evidente impacto en sus óleos de los años treinta. Menos sorprendente, pero singular, la presencia de Giacometti, Chagall o Bacon. Hay también una aportación de la última gran pintura española, la de Saura, que enlaza con la recepción de los primeros: Zuloaga, Rusiñol, Fortuny. De Zuloaga conmueve el inmenso retrato de los defensores del Greco, todo el 98 encabezado por Ortega, con un fondo magnífico: la Visión de San Juan comprado en 1905 por Zuloaga y que desdichadamente se vendió al Metropolitan. Fue esa brillante generación la que forjó la vieja estampa del Greco místico y "español". Toca ahora limpiarla mediante una restauración profunda. Y eso hacen las ciento siete piezas de esta exposición memorable.

[Publicado el 16/6/2014 a las 11:38]

[Enlace permanente] [5 comentarios]

Compartir:

Largo viaje hacia la transparencia

Nunca llegué a leerlo, aunque era el libro que más me atraía en la biblioteca de mis padres. Seguramente me cautivaba el título, tan seductor como repelente. Se llamaba Primavera mortal y lo había escrito un húngaro entonces extensamente leído, pero hoy desaparecido, Lajos Zilahy. Creo que en posteriores ediciones se le cambió el título por otro más comercial, Primavera mortífera. Se me asociaba con un verso famoso: Abril es el más cruel de los meses. Un verso a veces profético.

    La última primavera está siendo especialmente mortífera con mis amigos, Ana María Moix, Leopoldo Panero, José María Castellet... ojalá que García Márquez sea tan sólo su invitado final. Ahora le veo, en algún momento del siglo pasado, abriendo la puerta de su modesto apartamento en la calle de la República Argentina de Barcelona, donde tenía que entregarle unas galeradas de parte de Carlos Barral. Vestía un chándal azul prusia, muy notable en una época en la que aún no se había aprobado el chándal ni siquiera como prenda casera. Sonaba una música y con el desparpajo de la juventud le dije que era una de mis piezas favoritas. Le llamó la atención y me hizo pasar para terminar de oírla. "Es usted la primera persona que conozco que la conoce", dijo con aquella facilidad para el juego de palabras tan típico de su generación. A partir de entonces siempre que nos veíamos me hablaba de aquel cuarteto de Bartók y yo le comentaba que era el único escritor que conocía que lo conocía.

    Menos la última vez, hará cosa de cinco años. Fue en casa de Carmen y con los encantadores Feduchis. En algún momento de la comida salió a relucir el bello soneto anónimo que comienza con el verso, No me mueve mi Dios para quererte. Comenzó a recitarlo Luis Feduchi, pero se le añadió García Márquez y lo dijeron a capella. Siguió luego una conversación sobre asuntos generales hasta que la interrumpió la voz de Gabo que comenzó de nuevo con No me mueve mi Dios para quererte. Luis se unió también en esta ocasión al recitado. La escena se repitió diez o doce veces. Luis le siguió en todos los recitados. Gabo decía los versos lentamente, como si los paladeara, y a veces con los ojos cerrados.

Podría haber sido una broma muy de los años setenta. Recuerdo escenas similares con amigos recitando una y otra vez un verso, un poema, un fragmento de novela. En mi grupo de colegas, casi todos escritores, podíamos repetir docenas de veces: Es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real... Cualquier ocasión era buena para ello, nadie podía pronunciar la frase "es cierto..." sin que se le echara encima la jauría presente para continuar la cita a coro y luego repetirla a lo largo de la noche tantas veces como aguantáramos hasta aburrirnos.

Pero esta vez no era ninguna broma. Aunque yo diría (no lo sé, por supuesto) que García Márquez no tenía creencias religiosas, aquel soneto, como cualquier obra maestra del lenguaje, le permitía participar de toda la esperanza, de todo el consuelo que suele aportar una religión. La perfección de la palabra escrita con arte, el resplandor de la verdad que lleva consigo, bastan para entender que el sentido de nuestras vidas es exactamente aquel que nosotros le damos, el que alcanzamos a cristalizar en algunos momentos excepcionales. Así podríamos nosotros ahora, si esto fuera una comida de amigos y lectores, comenzar a repetir una y otra vez, Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo. Porque quizás en esta frase se encuentre el sentido mismo de la vida de García Márquez, así como la de Región resume de modo extraordinario la vida de Benet, aquel viajero que para llegar a donde quería, siguiendo el antiguo camino real, no podía dejar de atravesar un pequeño y elevado desierto que parece interminable. Comienzos de obras inmortales que son también reflejos de vidas completas.

El segundo verso del soneto anónimo añade una causa determinante al primer verso: No me mueve mi Dios para quererte/ el cielo que me tienes prometido. Para amar algo, sea un dios, una compañía, un soneto, un paraje o la literatura misma, no es necesario que veamos en ello una garantía de felicidad, como pretendía Keats, para quien la belleza encerraba siempre una promesa de gozo perpetuo ya que nunca se marchitaba: Lo hermoso es alegría para siempre/ su encanto se acrecienta y nunca vuelve a la nada, dice el poeta en la traducción de Irene.

El verso es muy bonito, A thing of beauty is a joy for ever, pero es falso. El gozo de la belleza es pasajero y siempre vuelve a la nada. Ese es precisamente su encanto, que es efímero y debe ser tomado al vuelo, dura un instante y desaparece. Es la pequeña estrella shakespeariana que uno desearía ver danzar en la palma de la mano y observar su centelleo durante años y años placenteros, pero el lugar de la estrella es el firmamento en donde parpadea durante unas horas y ni siquiera podemos saber si su luz viene de un astro vivo o de una estrella muerta.

Por esta razón cuando queremos a alguien o algo no suelen movernos sus promesas de felicidad sino más bien su naturaleza transitoria, fugaz, la belleza de su paso ígneo antes de fundirse en la helada luna de la noche sin fin. Participar de esa fugacidad es la auténtica alegría, acabe como acabe. Así lo decía Ishmael, tras la catástrofe del capitán Ahab y su velero, el Pequod: él estaba allí y por eso pudo contarlo, porque todo lo vio y participó del instante en que el gigantesco Leviatán engulle en las simas del océano al infame, al obsesivo, al destructivo perseguidor de Moby-Dick. También en las destrucciones hay una chispa de belleza cuando la destrucción arrastra al maligno.

Y allí, frente al pelotón de fusilamiento, está también el testigo de una destrucción, esta vez definitiva, con su último recuerdo. En el chispazo que va a llevarle a las simas de la nada, el coronel vislumbra la posible razón de toda su existencia, aquella tarde remota en que su padre le llevó a conocer el hielo. Suelen decir algunos escritores que en el momento preciso de la muerte, un instante antes de que se abra la puerta del sueño eterno, toda nuestra vida circula velozmente por una memoria que se despide de sí misma. Prefiero pensar que más bien la memoria elige un instante privilegiado, un momento en el que se concentra todo el sentido posible de nuestra existencia, y con él nos ensimisma. El caso más exacto y precioso que conozco es el que relata Ambrose Bierce en El puente sobre el río del búho.

Como el hombre del cuento de Bierce, que va a morir de un momento a otro sobre el funesto río de Alabama, no sin que antes la memoria le arranque del presente con una prodigiosa mano mágica, así también el coronel, erguido ante la muerte, recibe la visita de un recuerdo específico e imborrable, aquel día en que su padre le llevó a  conocer el hielo. Y no es que su padre "le enseñara" o "le mostrara" el hielo, es que le llevó a "conocerlo". Tantos niños han esperado impacientemente a conocer el mar, a conocer la caza del oso, a conocer el amor, a conocer el mundo, a conocer la victoria, que el conocimiento del hielo es una hipérbole magnífica de todas las desesperadas ilusiones de la infancia.

El cielo que nos tiene prometido, la inmarchitable belleza eterna, el siempre te amaré, la estrella cautiva, la perduración de lo maravilloso, se truecan, en el instante supremo, en un radiante pedazo de hielo, en el remolino espumoso de la ballena blanca hundiéndose para siempre, en la estrella que se posa en tu mano durante unos segundos. A cada cual, según sus merecimientos.

Gabriel García Márquez sabe ahora cómo es el alma invisible del hielo. Fortuna será, para cada uno de nosotros, alcanzar a ver con luminosa claridad, en el relámpago previo a la oscuridad eterna, cuál ha sido nuestro ya ineludible cielo prometido.

[Publicado el 28/4/2014 a las 10:42]

[Enlace permanente] [9 comentarios]

Compartir:

Educación en el desierto

Con el paso de los años uno se pregunta si alguna vez volverá a existir la Literatura como asignatura central del bachillerato, se llame ahora como se llame. En su origen se la tenía como un museo de la gloria nacional y cada país mostraba con orgullo el repertorio de sus talentos literarios, los cuales, en algunos casos como el nuestro, arrancaban de la más remota edad media. Eso ha desaparecido excepto en lugares que por sufrir una identidad dudosa aún se empeñan en tener una literatura "nacional".

Hace años la asignatura todavía era importante porque con ella el niño y el joven comenzaban a conocer el alma del idioma y a desarrollar su potencia. Era el momento cimero de la lingüística, cuando se convirtió en la mathesis universal y la estudiaban hasta los peluqueros. Construir mejor, usar un léxico más rico, entender el laberinto gramatical, verle la sensualidad a las subordinadas, no era un ejercicio inútil sino que se tenía (y yo creo que con razón) como uno de los mecanismos mejores para el desarrollo de la inteligencia. Aquellos que saben hablar bien y con claridad, suelen también tener las ideas más asentadas que quienes sólo balbucean o se explican de modo embrollado. En la actualidad tampoco esta razón tiene demasiado predicamento porque ha descendido el valor de la palabra y a los poderes públicos, generalmente balbucientes, no les interesa que los estudiantes sean más inteligentes que ellos. Peligraría su poltrona.

¿Para qué, por tanto, mantener la asignatura de literatura? Junto con la filosofía, a la que me referí hace unas semanas, forma parte de esas enseñanzas que cada día que pasa ven apagarse su fulgor y nos parecen más cenicientas. Ahora bien, como el personaje del cuento, es posible que nuestra cenicienta literaria se case con el príncipe. Quiero decir que, descabalgada de toda utilidad de orden político, comercial o pedagógico, a lo mejor esta asignatura toma entonces su verdadera importancia como lo que es, o sea, el diccionario más completo que existe de la experiencia humana.

Esa viene a ser la opinión de José Carlos Mainer que acaba de publicar en Turner una muy útil Historia de la literatura española que llena el hueco de los estudios oficiales. Hacía mucho tiempo que no aparecía una historia de estas características, relato de más de mil años de relatos, bien organizado, claro, inteligente y de agradecida brevedad, menos de 300 páginas. Se advierte que para Mainer la literatura no es tan sólo un departamento universitario.

En su historia deja claro que la Literatura es ahora simplemente "otra forma -más consciente, más rica- de leer libros que nos gusten y que nos hablen de la infelicidad o de la dicha, del viaje o del enclaustramiento, de la soledad o de la compañía". Porque de eso se trata, de familiarizarse con el destino increíblemente variado, cambiante e inagotable de los humanos, con los cientos de miles de formas que toma su desdicha o su felicidad, la interminable tarea de recorrer el mundo entero y conocer toda clase de sociedades y culturas, la siempre apasionante verdad del que vive desperdigado entre los compromisos económicos y sentimentales, o la de quien se encierra para buscar el sentido último de su oscura aparición en el cosmos.

Siempre he creído que, dejando aparte las asignaturas propiamente técnicas, bastaría con una prolongada lectura, seguida de su discusión pública entre amigos o iguales, para que las gentes fueran mucho más interesantes y valiosas. Mejores ciudadanos, vaya. Quiero decir que, precisamente por no tener ya más valor que el propiamente artístico, es la literatura una de las mejores maneras de hacerse hombre (o mujer) en una sociedad a la que nuestro destino individual importa una higa y sólo nos considera en cuanto peones de trabajo. A veces, ni eso.

De ahí que muchos españoles nos hayamos quedado de piedra al enterarnos, hace pocas semanas, de que hasta ahora se podía adquirir el título de maestro habiendo suspendido las Matemáticas o la Lengua y Literatura. Ejemplo magnífico de la enseñanza que se imparte en el país más bruto de Europa. Y notable prueba de que tenemos la clase dirigente más necia de nuestra historia, y mira que hemos tenido...

 

Artículo publicado en la revista Jot Down

[Publicado el 07/4/2014 a las 09:59]

[Enlace permanente] [19 comentarios]

Compartir:

Gaziel, el regreso de un desconocido

La muerte de Manu Leguineche me hizo pensar en los muchos escritores españoles que han arriesgado su vida en guerras lejanas. Algunos escribieron libros de gran calidad literaria y otros simples reportajes, pero todos ellos (o por lo menos los que yo recuerdo) lo hicieron con nervio, rigor informativo e intensidad. Forman un equipo formidable y no entiendo cómo no hay una colección dedicada a ellos en exclusiva.

    Yo diría que el primero y uno de los mejores, aunque en la actualidad sea difícil de leer, fue Pedro Antonio de Alarcón. Sus crónicas de la guerra de África, reunidas luego en el grueso volumen Diario de un testigo de la guerra de Africa, comienzan en 1859 y lo hace con el estruendo de la orquesta sinfónica típica de nuestro muy tardío romanticismo:

    "¡Al fin amaneció el día de nuestro embarque, después de un mes de angustiosa expectativa! ¡Al fin vamos a participar de los peligros y de las glorias de nuestros hermanos que luchan y mueren como leones al otro lado del Estrecho!".

Ya digo que la retórica romántica se hace difícil de digerir si uno no tiene el paladar muy hecho a los exquisitos productos faisandé. Y sin embargo, ese es el tono (o si lo prefieren, la música militar) de uno de los más brillantes escritores actuales de guerras y aventuras, Arturo Pérez Reverte. Ese aire exaltado, de brazo que agita la gorra mientras el buque zarpa hacia la guerra, sollozan las novias y se oyen los metales de la banda, sigue siendo el de los grandes corresponsales.

    Vendrán luego, en años posteriores, varias decenas de estupendos aventureros o incluso de burgueses sin miedo que se meten en conflictos inauditos por pura temeridad. Recuerdo especialmente interesantes las experiencias de Blasco Ibáñez, burgués sensual y acomodado, en la batalla del Marne, aquel matadero donde sucumbieron sin gloria millones de jóvenes europeos cuya desaparición lastraría el futuro del continente. Las recogió en Los cuatro jinetes del Apocalipsis y aunque estaban ya cocinadas en el horno literario, mantenían la frescura de la visión directa, del horror en primer plano.

    Habría decenas de testimonios personales para comentar, casi todos piezas de caza en librerías de lance y suprimidos de los catálogos. El Berlín de Julio Camba, de 1913 a 1915, o el posterior de Augusto Assia. Las soberbias crónicas de Chávez Nogales, afortunadamente reeditadas en los últimos años. Los Cuadernos de Rusia de cuando en 1941 Dionisio Ridruejo se lanzó contra la tundra soviética con la División Azul, un caso a lo Jünger, con poemas grabados sobre el hielo. En este notable batallón de aventureros se encuentra lo más honesto de la literatura española. Sólo algún sinvergüenza decía estar en el frente cuando vaciaba botellas de whisky en los hoteles, como tantos corresponsales extranjeros de la guerra civil.

    Y hete aquí que la admirable casa editorial Los Libros del Asteroide acaba de publicar una de las narraciones de guerra mejor y más difícil de encontrar, De París a Monastir. Su autor es poco conocido fuera de Cataluña, pero jugó un papel muy relevante en las letras y la política catalanas antes y durante la república, yo diría que perfectamente comparable con ese otro genial periodista de La Vanguardia que fue Josep Pla. Agustí Calvet, quien usaba como nombre de guerra el de Gaziel, es un prosista eficaz, elegante, con un sobrio equilibrio entre lo dramático y lo irónico. El reportaje que comentamos cubre uno de los trayectos más inusuales de la primera guerra mundial porque se adentra en zonas muy poco exploradas por los escritores clásicos. Gaziel se percató de la importancia enorme que iban a tener los países balcánicos en la contienda y se internó por lugares en los que conseguir un medio de transporte, un lecho o una comida era algo tan milagroso como sobrevivir.

El grueso de la aventura transcurre entre Grecia y Serbia (la de entonces, no la de hoy) y es tan sagaz al describir un inútil desembarco de la armada aliada como cuando reproduce la curiosísima y extinguida colonia sefardita de Salónica. Su curiosidad es insaciable y su inteligencia no puede menos de acabar en la pura desesperación al constatar la estupidez, la corrupción y la ineptitud de las élites de esos países, abandonados por sus opulentos aliados, fueran éstos Francia, Inglaterra o Rusia. Esta es otra triste historia de un puñado de peces gordos enriquecidos y millones de pececillos aplastados por la razón de estado.

    Publicado en 1917, parece imposible, pero cien años más tarde conserva su frescura, su honradez, su agudeza intacta. Me ha parecido el mejor homenaje a la estirpe de los Leguineche.

 Artículo publicado en Jot Down.

[Publicado el 27/2/2014 a las 11:18]

[Enlace permanente] [13 comentarios]

Compartir:

Filosofía hoy

La revista Filosofía Hoy es una empresa altamente singular. Sale cada mes y llega al kiosco envuelta en una bolsa porque incluye un libro. No cualquier cosa sino Hegel, Nietzsche, Stuart Mill, Platón... Tienen la gentileza de enviármela todos los meses, de manera que la vengo siguiendo desde el principio.

Debo confesar que en sus inicios la tomé con cierto escepticismo. Un intento de vulgarización de asuntos que de hecho son enormemente complejos y no admiten su democratización me parecía un tanto inútil. Poco a poco he ido variando de opinión. No es vulgarización, es divulgación y soy cada día más respetuoso con aquella "industria cultural" que ponía de los nervios a Th.W. Adorno. Debemos tomar cada vez más en serio este tipo de publicaciones dirigidas al público más joven o a los aficionados sin especialización porque cubren el vacío que dejan instituciones centenarias como los institutos de enseñanza media en los que han arrasado la asignatura de filosofía y son una excelente ayuda para los universitarios cada día menos capaces de hundirse de codos en textos difíciles.

A buen seguro muchos de mis colegas (no filósofos, que de eso apenas quedan dos o tres, sino profesores de filosofía) deben de tomarla por una publicación amarillista y próxima a las revistas del corazón. Quizás, pero en lugar de interesarse por quién se acuesta con quién, se interesan por lo que piensa éste o aquél antes de acostarse. Hay una diferencia y viva la diferencia. El último número que llegó a mis manos, por ejemplo, trae una entrevista con Jürgen Habermas, un largo artículo sobre la polémica teológica entre Dawkins y Flew, un retrato intelectual de Diderot, el feroz ataque de Günther Anders contra Heidegger, un dossier central sobre identidades políticas y tribales, y muchos otros artículos que resultan ideales para leer en el autobús. No es el Philosophical Quarterly, pero menos da una piedra (filosofal).

Como buena revista popular, incluye secciones de honesto entretenimiento y al poderse consultar por Internet la respuesta del público es espontánea, abundante y divertida. En este número, por seguir en el mismo, preguntan: ¿Con qué filósofo te gustaría pasar una tarde? El resultado me ha provocado una sonrisa. El ganador, con diferencia, es Nietzsche. Mayúscula sorpresa. ¿Qué tendrá él que no tengan los otros? ¿Entusiasmo, sentido del humor, la belleza del maldito? ¿Y es realmente una guía de la actual juventud, tan gregaria ella, aquel solitario empedernido que practicaba la "filosofía a martillazos"? ¡Ojalá!

Vienen luego los esperables, Aristóteles y Platón, pero por este orden, lo que me parece novedoso. Y vean ustedes los siguientes: Heidegger, Foucault, Kant, Hegel, ¡Kierkegaard! Llegados a este punto renació mi escepticismo. ¿Pero alguien lee al temible y tembloroso Kierkegaard, poeta supremo de la angustia, en estos días? Sería sumamente interesante conocer las opiniones de los votantes.

Hay opiniones, claro, no en vano la encuesta vino colgada en Facebook y, aunque breves, algunas son muy graciosas: siendo así que la encuesta estaba encabezada por la frase de Steve Jobs que decía "Si pudiera, cambiaría toda mi tecnología por una tarde con Sócrates", José Manuel Aleixandre comenta: "Es curioso que Jobs quiera pasar una tarde con el filósofo que menos ha escrito en la historia de la filosofía. Convendría concertar una cita con Sócrates y Platón a la vez". Tiene toda la razón y derriba al pretencioso Jobs de su altarcillo.

Al terminar de leer la página me pregunté yo mismo con qué filósofo querría pasar una tarde y como estamos en plena heterodoxia me contesté: con Erik Satie.

 

Artículo publicado el la revista Jot Down

[Publicado el 03/2/2014 a las 10:05]

[Enlace permanente] [14 comentarios]

Compartir:

Las catacumbas y el firmamento

No creo que haya ensayo filosófico más famoso, complejo, influyente y poco leído que la así llamada "obra de los pasajes" de Walter Benjamin. Su nombre obedece a que ni siquiera puede llamarse "libro": es un montón de papeles que acabaron guardados en una maleta, en cuyas páginas hay kilómetros de citas (ajenas) y comentarios (de Benjamin). ¿Un conjunto de ruinas? Así lo describe Giorgio Agamben: es la visión de un superviviente cuando pasea la mirada por los cadáveres y ruinas que se extienden a su alrededor tras un bombardeo.

    La editorial Abada acaba de publicar una nueva versión de este clásico dentro de la ambiciosa obra completa del autor, y tiene como garantía la solvencia de su traductor, el poeta Juan Barja. La desventaja es que hasta dentro de unos meses no aparecerá el segundo volumen. En cualquier caso, es un acontecimiento editorial. Mientras tanto siempre nos queda la edición de Akal.

    ¿Qué andaba buscando Benjamin con tan abrumadora acumulación de documentos fragmentarios? Es casi imposible contestar a esta pregunta. El editor alemán, Rolf Tiedemann, cree que la ambición de Benjamin era escribir una filosofía de la historia que superara la herencia de Hegel y Marx. Otros opinan que es el más sofisticado análisis de los orígenes del capitalismo industrial. También los hay que no la tienen por obra de filosofía sino de literatura, un prodigioso experimento comparable al de Joyce, que usa aquellas técnicas cinematográficas de montaje sobre las que tanto escribió Benjamin. Y no falta quien cree que, por lo menos en su primera parte, es un poema surrealista.

Porque en realidad hay dos partes y mantienen grandes diferencias la una con la otra. Nuestro pensador trabajó en su obra de 1927 a 1940. En la primera etapa, de 1927 a 1929, es indudable que quería reconstruir el auge del capitalismo nacido de la Revolución Francesa, haciendo uso de un método sorprendente: vivificando las ruinas que han quedado de aquel primer momento explosivo. Así, por ejemplo, los Pasajes, los Panoramas, los grandes almacenes de París, pero también la publicidad o la prostitución. Estos restos arqueológicos aparecen ante nuestro entendimiento como cadáveres devueltos a la vida (Benjamín usó la palabra "fantasmagoría" para su proyecto) y con capacidad para "despertarnos" del sueño capitalista.

En esta primera parte Benjamin explora un mundo compuesto por mitos eternos que se vuelven a activar en cada etapa de la historia y que como tales mitos son invisibles en el presente, pero pueden intuirse en el pasado. El método no es muy distinto al de algunos surrealistas (en este caso Aragon) cuando describen un surtidor de gasolina como si fuera un tótem salvaje de los tiempos modernos. "El capitalismo es un producto natural junto con el cual le sobrevino a Europa un nuevo sueño en cuyo interior las fuerzas míticas se vieron nuevamente reactivadas", escribe. Y este fue el problema. Su mentor y protector, el filósofo Th.W. Adorno, marxista ortodoxo y simpatizante del partido comunista, no podía admitir que Benjamin pusiera en modo onírico lo que para los creyentes era una superestructura racionalmente deducible de la infraestructura material. Benjamin tenía que cambiar de método si quería mantener la protección de Adorno.

Así que a partir de 1929 Benjamin interrumpió su obra y se puso a estudiar la de Marx. Tanta humildad no se vería recompensada porque nunca alcanzó a ser un comunista aceptable y aún en la actualidad sólo los muy conservadores lo siguen presentando como filósofo marxista. El caso es que no reemprendió su obra hasta 1934 y ya no la abandonaría hasta 1940, cuando la persecución nazi le obligó a escapar de París. Como es sabido, acabaría suicidándose en Port Bou.

En su segunda parte la música tiene otro programa, otra armonía, y aunque continúa siendo palmariamente benjaminiana sopla en ella un fuerte viento materialista que impone al texto nuevos mitos y fantasmagorías sin por ello disminuir la fuerza analítica. Son ahora los fantasmas de la Comuna, del París de Haussmann, de la Bolsa, de los ferrocarriles, de la gran banca. Y es también el fantasma de Baudelaire, luminoso aparecido lírico, primer poeta de la ciudad industrial que insufla sentido a la acumulación de mercancías, con gran irritación de Adorno.

Baudelaire será una obsesión de Benjamin y logrará arrancar al poeta del Olimpo francés, donde mueren los grandes, para devolverlo a la vida verdadera. He aquí una iluminación perfecta: Benjamin dio vida nueva a una poesía que había sido condenada a gloriosa ruina y languidecía convertida en mármol. La misma editorial Abada acaba de publicar, dentro de sus obras completas, el conjunto de ensayos que Benjamin dedicó a Baudelaire. Una edición imprescindible.

En su segunda parte, el concepto clave de los "Pasajes" será el fetichismo de la mercancía, noción que tomó de Lukacs, no de Marx, y que ha ido adquiriendo fuerza a medida que el capitalismo se ha ido haciendo cada vez más agresivamente fetichista. Las "imágenes del deseo" que se ocultan en las mercancías eran de nuevo, para Benjamin, espectros míticos que se filtraban desde el pasado en la vida del presente para hacernos caer en un sueño. Iluminarlos conducía a nuestro despertar. A nosotros, que no sólo vivimos el fetichismo de las mercancías de un modo absoluto, sino que lo aceptamos como lo propio de "la Naturaleza", es decir, que ya no queremos despertar, esta segunda parte nos puede parecer casi melancólica. Lo que Benjamin intuía en 1935 se ha convertido en un monstruo colosal que cubre con su sueño narcótico el globo entero y contra el que carecemos de herramientas críticas decisivas tras el hundimiento de la izquierda en su propio sopor arcaico.

Eso no hace menos interesante la segunda parte, en la que asistimos al ascenso de la mercancía (el fantasma por antonomasia) desde las catacumbas (los pasajes) hasta los palacios (los grandes almacenes) y finalmente a los templos (las exposiciones universales). La mercancía y su deseo fantasmagórico nace enterrada en los subterráneos iluminados por gas del Paris ochocentista, sube impetuosa a los escaparates lujosos de los grandes bulevares y acaba por asentarse en un pedestal parecido al trono de San Pedro a partir de las exposiciones universales. Esta segunda parte requerirá, seguramente, un nuevo comentario cuando aparezca el segundo volumen de Abada.

La grandeza de esta obra catastrófica permite tantas interpretaciones que los comentaristas siempre nos quedamos cortos, pero no quiero dejar pasar un elemento de cierta importancia para algunos lectores. Indirectamente, en esta obra se encuentra oculta o sumergida una defensa romántica del arte, tan original como oscura. Es evidente que Benjamin luchaba contra la filosofía de la historia "progresista", la de Hegel, la de Marx, pero también la del cristianismo. Él no creía en la continuidad temporal y escatológica que permite deducir leyes y sentido a los acontecimientos, como si el tiempo se dirigiera hacia algún lugar. Aun cuando simuló ser un materialista dialéctico tenía demasiada inteligencia para someterse a un dogma. Veía el curso de la historia como una secuencia siempre interrumpida, un cataclismo enigmático que amontona cadáveres y que a veces se ilumina con el relámpago de un "acontecimiento". Sin embargo, en ese momento de iluminación, lo que aparece a nuestro entendimiento es un mito que regresa en un renacimiento perpetuo. Lo que vemos durante los escasos momentos en que despertamos de nuestra ensoñación son arquetipos originarios que dan brevemente sentido a una existencia banal mediante la unión perfecta de presente y pasado. Esos momentos de iluminación no los producen las guerras, las revoluciones, los inventos o las luchas sociales, lo producen las obras de arte.

En nuestro firmamento brillan miríadas de estrellas, pero muchas de ellas sabemos que ya han muerto y hasta nosotros sólo llega su fantasma. Lo mismo sucede con las obras de arte, con la particularidad de que incluso las muertas y fantasmagóricas permiten a los buenos marineros navegar por el mar de la existencia.

[Publicado el 22/1/2014 a las 12:00]

[Enlace permanente] [6 comentarios]

Compartir:

Los diez libros de 2013

La revista digital JotDown me pidió una selección de libros del año 2013. Esta es la que les envié. Podría haber sido otra, pero quise incluir sólo aquellos libros que realmente hubiera leído.

 

Walter Benjamin. Obra de los Pasajes. Ed. Abada

Primer volumen de un estudio esencial sobre el origen de la modernidad. En este mítico ensayo W.B. reúne citas y reflexiones en un collage sólo comparable con algunas obras maestras del arte contemporáneo. Traductor de lujo: Juan Barja.

W.H. Auden. El arte de leer. Ed.Lumen

Magnífica antología de escritos del último gran poeta americano y una de las mentes más perspicaces sobre el fenómeno poético, recopilada por el imprescindible Andreu Jaume.

Walter Burkert. Homo Necans. Ed. Acantilado

Aunque ya queda poca gente preocupada por el origen de los sacrificios (vegetales, animales y humanos), estos se producen sin cesar y Burkert es de los pocos que saben la razón. Es mejor conocerla.

D. Diderot. Suplemento al viaje de Bougainville. Ed. Siglo de las Luces.

Dado que estamos metidos en pleno siglo de las oscuridades es bueno volver a nuestros abuelos ilustrados. Diderot plantea en este breve ensayo algunos dilemas morales básicos todavía para nosotros. Al cuidado de la edición, Jaime Rosal, director de la serie.

E.H. Gombrich, Lo que nos cuentan las imágenes. Ed. Alba

Didier Eribon conversó con Gombrich durante más de un año sobre la vida de este emigrante judío que llegó a ser la más alta autoridad del ensayo artístico europeo. Equivocado en casi todos sus principios, Gombrich es, sin embargo, uno de los grandes de la historia del arte.

H.E. Enzensberger. Europa en ruinas. Ed. Capitán Swing.

El gran Enzensberger reunió una antología escalofriante de testimonios oculares del arrasamiento de Europa entre 1944 y 1948. Para mantener en vida a los muertos, no olvidar los efectos de la maldad y recordar a dónde conducen los nacionalismos.

Jon Juaristi. Miguel de Unamuno. Ed.Taurus

Sobre Unamuno sólo puede escribir alguien que conozca muy bien Bilbao o que haya nacido allí. Juaristi es uno de los mejores prosistas españoles y es de Bilbao. Una biografía muy notable, sobre todo del joven Unamuno.

Instituto Cervantes. Las 500 dudas más frecuentes del español. Ed. Espasa

No es sólo para aprender a hablar, es también para divertirse en sociedad. Por ejemplo, ¿podemos decir "una camisa a rayas"? ¿Y "arregostarse"? ¿Es lo mismo incumplimiento que no cumplimiento? Pues así hasta quinientas.

David Abulafia. El gran mar. Ed. Crítica

El gran mar es pequeño. Es el nuestro, el Mediterráneo. Hoy parece una enorme cloaca, pero ha tenido un pasado glorioso. Abulafia nos cuenta su biografía con rigor y amenidad.

Andrés Trapiello. Miseria y compañía. Ed. Pre-Textos

Este es el volumen nº18 de la más descomunal obra literaria española. Lleva por subtítulo: Salón de pasos perdidos. Una novela en marcha. Cuando se le acabe la marcha, o sea, cuando se termine (¡Dios no lo quiera!) será la más larga de nuestra historia, lo cual podría parecer pintoresco si no la estuviera escribiendo uno de los mejores talentos de nuestra literatura.

 

Artículo publicado en Jot Down.

 

 

[Publicado el 13/1/2014 a las 17:08]

[Enlace permanente] [23 comentarios]

Compartir:

Foto autor

Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas , Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horas y Autobiografía sin vida (Mondadori, 2010). Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis.

 

Bibliografía

 


 
 

 

La nueva edición del Diccionario de las artes (Debate, 2011) se amplía en más de cien páginas y corrige todas las entradas anteriores.

 

 

 

 

 

Ensayo

Autobiografía de papel (2013). Mondadori, Barcelona.

Contra Jeremías (2013). Mondadori, Barcelona.

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

2014 Premio Internacional de Ensayo José Caballero Bonald

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2014 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres