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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 31 de mayo de 2020

 Félix de Azúa

Sabiduría


La rutina de la pandemia ha sido la constatación de que la muerte ya no tiene la menor importancia social entre nosotros
 

Durante meses hemos asistido a cientos de miles de muertes que habitualmente no se mencionan en público ni forman parte de lo que llamamos "política". Hete aquí que durante semanas la muerte ha estado presente en todo momento. Un regreso a la lectura de Emanuele Severino, fallecido en enero, me pareció pertinente.

Durante miles de años los mortales no moríamos del todo. En Oriente, hasta hace poco, las gentes se reencarnaban en segundas y terceras vidas. En Occidente el cristianismo logró que durante más de 1.000 años muchos europeos resucitaran para vivir una vida eterna. Pero a partir del siglo XVIII el cristianismo fue menguando y ya Nietzsche lo dio por muerto. Seguiría habiendo gente religiosa, sí, pero la vida eterna quedaría reservada para los islámicos y otros residuos píos que pudieran necesitar consuelo.

Severino es el filósofo que meditó sobre ese invento que es la muerte occidental. Un salir de la nada, permanecer unos años entre los animales, y volver a la nada para siempre. Severino creía que el primer signo de esta muerte nihilista y total se encuentra en las tragedias de Esquilo. Una muerte por aniquilación que sigue viva hasta hoy y sobre la que sólo la filosofía podía ayudarnos a entender el horror de la nada. Pero la filosofía ha sido barrida de los estudios porque en un par de siglos nos hemos ido haciendo a esa muerte aniquiladora y ya parece que no precisamos ayuda, la hemos asumido. Morimos en extrema soledad, para siempre, y a muy pocos les angustia o duele.

Se diría que la rutina de la pandemia ha sido la constatación de que la muerte ya no tiene la menor importancia social entre nosotros. Se ha convertido en puro número, un cálculo más del poder político, otra técnica trivial. Nos hemos endurecido.

[Publicado el 26/5/2020 a las 08:08]

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Animalia


A la tarde rayan el cielo de Madrid cientos de vencejos que nunca antes habían venido en tal cantidad
 
Un amigo que pasa la condena en un pueblo de la costa Este donde ya gozan de la fase 1 me dice que le sorprende la abundancia de pájaros que está viendo estos días. Muchos más en cantidad y calidad de los que divisaba años atrás. No sólo pájaros, sino también aves marinas, aunque lo que más le llama la atención son los gorriones, que casi habían desaparecido y ahora se posan confiados en las mesas de las terrazas. Se pregunta si será por la escasez de turistas y el descenso brutal de automóviles, autobuses y camiones, es decir, por el silencio.
 

Otro colega, confinado éste en una hacienda agrícola del interior de Lérida, también se ve sorprendido por los estorninos que revuelan entre los cerezos y por los ruiseñores que trinan todas las noches en una zona donde nunca se les oyó. Cree que es debido a la ausencia de tractores y otras máquinas en las viñas.

Por acabar con un ejemplo rotundo, Manuel, llamado "el bosquimano" porque vive en una cabaña en un bosque de fresnos vecino de El Escorial, me ha enviado unas fotos con una familia de búhos que se ha instalado junto a su casa, madre y dos crías. En ellas, una hija suya sostiene en los brazos una serena bola de plumas con dos ojazos redondos que miran plácidamente a la cámara. Se dejan coger con filial confianza.

Y a la tarde rayan el cielo de Madrid cientos de vencejos que nunca antes habían venido en tal cantidad. Lo sé porque no puedo no reparar en ellos. Sus finos chillidos, cuando yo era niño, anunciaban los exámenes finales y me producían escalofríos. Eran silbos agoreros.

Amigos del cambio climático: ya sabemos qué es lo primero que hay que hacer para salvar al planeta, suprimir la totalidad del transporte mecánico y volver al tiro de sangre, a los bueyes, caballos, mulas y borricos. Yo me apunto.

[Publicado el 19/5/2020 a las 15:14]

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Biblos


España es un país de cuerpos, de millones de cuerpos, todos ellos interesados por otros cuerpos casi en exclusividad. No se sabe si dentro de esos cuerpos además de hígados, gónadas o bazos hay también sesos
 

Comencé a alarmarme hace unos días cuando el paseo de la Castellana se cubrió de corredores pertenecientes a los cinco sexos, acicalados con chándales multicolores. Corrían con poca esperanza, pero con gran convicción y el asfalto temblaba bajo sus pisadas. Al siguiente día la misma avenida se llenó de ciclos, patines y patinetes por centenares, todos mirando al cielo. Al otro, de señoras con perro o con bolsas del súper. Y estoy convencido de que si el Gobierno así lo desea se llenará de dromedarios o de neozelandeses haciendo la Haka. Comprendí aquella gloriosa frase de Zapatero a Sonsoles: "¡No sabes tú cuántos miles de españoles podrían ser presidentes de España!". No era humildad, era realismo socialista.

Todo va por la misma rodera. España es un país de cuerpos, de millones de cuerpos, todos ellos interesados por otros cuerpos casi en exclusividad, como se advierte en las series españolas de televisión. No se sabe si dentro de esos cuerpos además de hígados, riñones, gónadas o bazos hay también sesos. En todo caso, al Gobierno le es indiferente porque es un material sobre el que tiene marcada desconfianza. De ahí que ya empiezan a llegar las ayudas al fútbol (el opio nacional), que a los estudiantes les dejen pasar curso (de nada, de nada), a los universitarios el aprobado general (han sufrido mucho), y así sucesivamente. Las ayudas a la cultura van al teatro y al cine, donde aparecen cuerpos indudables.

Yo propongo que los que quedamos fuera del reparto hagamos listas de libros deseables y de librerías amigas. Así, en cuanto nos den la suelta, podremos ir corriendo en chándal a comprar por lo menos dos libros en cada establecimiento y de paso dar las gracias por aguantar un poco más. Si no les ayudamos nosotros, ¿quién lo hará?

[Publicado el 12/5/2020 a las 15:00]

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Virulencia

La libertad no se regala, la debe conquistar cada uno

 

Episodios como el que ahora sufrimos suelen influir en el giro de las ideas. No sabemos cómo será la comunidad que emerja de la peste, pero algo habrá cambiado en el registro de valores de los ciudadanos, aunque no podemos adivinar hacia dónde se orientarán. La experiencia lúcida, la que es imposible de negar, es haber vivido nuestra sustancia civil como cosas, como mercancías, como ganado estabulado. No hemos sido humanos durante meses, una vida.

No es una situación desconocida, es la que vivieron de un modo infinitamente trágico los judíos o los súbditos del comunismo durante el siglo XX. Así pues, es algo sabido, pero nosotros lo conocemos ahora bajo el poder de las máquinas. Primer susto, el Gobierno puede acarrearnos con extrema facilidad hacia nuestra salvación o nuestra ruina sin que sepamos defendernos. Segundo, la formación intelectual queda reducida a las pantallas. Tercero, el Gobierno se puede permitir la más perfecta nulidad e incompetencia porque lo único que ofrece como justicia mental y moral son números y oponerse a los números es caer en su poder. Los medios de información abren todos los días con unos cálculos que nos indican cuál irá siendo nuestro destino técnico.

Se confirma, por tanto, lo que descubrió la filosofía del último siglo, puro Heidegger: los humanos somos mercancías y la política es un ejercicio técnico al servicio de los demagogos. Estos, a su vez, no saben a dónde van ni les importa, pero se agarran al poder cuanto pueden porque así creen escapar al mercado por arte de brujería. De ahí que no existan jefes o presidentes: las decisiones las toman unos asesores venales que manipulan los números y manejan técnicamente a las masas.

La libertad no se regala, la debe conquistar cada uno.

[Publicado el 05/5/2020 a las 09:55]

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La flauta

Eligió un día festivo, cuando todos estaban celebrando oficios eclesiales, para volver con su flauta solo que esta vez a quien se llevó fue a los niños.
 

En una populosa ciudad del sur se produjo, para espanto de la población, una invasión de ratas. Estaban por todas partes y mordían. Los poderes públicos se agitaron para encontrar al célebre flautista ratero, un músico que con su instrumento las hechizaba y se iban tras él. Lo encontraron y contrataron, pero el flautista dijo que solo aceptaría si prometían, una vez resuelta la epidemia, formar un Gobierno justo y benéfico. Así lo prometieron.

El flautista comenzó a tocar su instrumento y las ratas salieron de todos sus escondrijos y comenzaron a seguirle encantadas. El flautista las llevó hasta un precipicio por el que cayeron todas y murieron. Volvió entonces el músico al pueblo y exigió que cumplieran su palabra las autoridades, pero estas le dieron una botella de vino, le invitaron al fútbol, le presentaron a una corista de la tele, pero el músico insistía en su exigencia. Al final lo sacaron a patadas de la ciudad.

El flautista eligió un día festivo, cuando todos estaban celebrando oficios eclesiales, para volver con su flauta, solo que esta vez a quien se llevó fue a los niños, que le siguieron cantando y riendo. Caminaron hasta la montaña y allí los guardó en una cueva secreta. Cuando los gobernantes se percataron de lo que había sucedido fueron a buscar de nuevo al músico y con llantos y plegarias le rogaron que devolviera a los niños. También le entregaron una nueva Constitución democrática y benéfica. El flautista accedió y los condujo hasta la cueva. Sonó de nuevo la flauta, pero ante el pasmo de los gobernantes comenzaron a salir de la cueva innúmeros ancianos cantando La Marsellesa.

Este sábado los niños podrán sacar a pasear a sus abuelos, los padres ganarán intimidad y los gobernantes se palparán el billetero.

[Publicado el 28/4/2020 a las 14:13]

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'Ego te absolvo'


¿Sirve de algo la corrección política cuando llegan los problemas reales?
  
Durante unos años parecía que se había resquebrajado la fortaleza forrada con negras sotanas de la moral inviolable. Por primera vez en siglos los españoles podíamos examinar nuestra conciencia y tomar decisiones sin miedo al manotazo del clero. Fueron los felices años de la Transición, cuando en verdad creíamos que ya éramos capaces de usar nuestro libre albedrío y decidir en razón, como los adultos anglosajones y germanos. Había caído el muro de incienso de la Contrarreforma.
 

Era un espejismo. De inmediato se ha vuelto a levantar el fortín, sólo que ahora no está formado por una muralla de sotanas sino por otros atuendos no menos uniformados: coletas, rastas, jerséis de la abuela, toda suerte de disfraces que gritan: "Yo soy un moralista que odia la moral del Estado". Bien es verdad que ese nuevo búnker de la superioridad moral también ha entrado en el Estado y ha comenzado a caer en las inevitables corruptelas y chanchullos. Como los obispos que predicaban castidad y pobreza mientras su vida privada era un escándalo de riquezas y sometimientos, también ahora los moralistas se desmienten una y otra vez a medida que van siendo más ricos y poderosos.

Pero ese no es el asunto que nos ocupa hoy. Dejemos que los nuevos capellanes se corrompan debidamente. Pero sería bueno que explicaran por qué ordenan que nos portemos a su gusto con el lenguaje, con el sexo, con los animales, con el clima... ¿Por qué hemos de ser más virtuosos y no más inteligentes, por ejemplo? ¿Qué ganamos con sus principios morales? ¿Qué clase de humano quieren producir? La Iglesia vivía de abstracciones: bondad, caridad, santidad, amor. ¿Sirve de algo la corrección política cuando llegan los problemas reales? ¿O es otra elegancia burguesa?

[Publicado el 21/4/2020 a las 17:16]

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Infantes


Permítanme un ruego a las autoridades. Ya sé que no les he tratado con reverencia, pero estoy dispuestos a olvidarme de todo si liberan a los críos
 

Dos están siendo los actores más dignos de este drama. Los trabajadores de la sanidad que se han entregado a su tarea, pero van más allá hasta poner en peligro sus vidas. Es la primera vez que vivo algo así en este país: un grupo numeroso de españoles que se está dejando la piel por cuidar a los demás. Y los segundos en dignidad son sus complementarios a los que se suele llamar "nuestros mayores" con esa cursi corrección política que corrompe la verdad. Los "mayores" somos los viejos de toda la vida, los ancianos, y ningún viejo prefiere que se le llame "mayor", ni lo agradece. Los viejos nos portamos casi tan bien como aquellos que nos cuidan porque no molestamos. Si hay que morir se muere, pero sin discursitos.

Hay un tercer personaje del que se habla menos y son los niños. Es en verdad chocante que aguanten con notable sosiego un encierro que en su caso es perfectamente insólito. Muchos adultos se han visto confinados y no sólo los prisioneros, también, por ejemplo, enfermos como los tísicos. Pero el confinamiento de los niños tiene algo de inicuo y contra natura. ¿Qué hacen sin el sol, sin el aire, sin los árboles, sin el agua y sin los juegos? Obligados a compartir dos meses de encierro con sus padres, por buenos que sean, hacen de la suya una situación agobiante, sobre todo sabiendo que los críos son quienes menos peligro corren. Los viejos nos morimos en cuanto nos roza el virus, pero los niños lo aguantan a cuerpo gentil. Hay pocos casos de infección infantil.

Así que permítanme un ruego a las autoridades. Ya sé que no les he tratado con reverencia, pero estoy dispuesto a olvidarme de todo si liberan a los críos. También para los ancianos será un prodigio verlos desde nuestras ventanas correr de nuevo por el mundo afirmando su perduración.

[Publicado el 14/4/2020 a las 14:07]

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Lo próximo


Habrá que pensar en otro tipo de Gobierno. Hace años que algunos pedimos uno de concentración nacional que recosa los costurones que ahora son ya insoportables
 

No hay que echar gasolina al fuego, sobre todo porque ya se encargan de echarla los propios bomberos. El caso es que con un Gobierno tan caótico y trapacero como el que tenemos, mientras hace buen tiempo no molestan mucho, pero cuando llega la tormenta nos hunden. No creo que haya habido alguien más triste que el ministro que nos envió Iceta y que da idea de lo que es un gran político socialcatalanista, gracias Iceta. Con ministros así no hace falta echar gasolina.

¿Recuerdan el chiste de la señora que alecciona a su hija que va a casarse al día siguiente? Hija mía, le dice, prepárate, mañana te verás aplastada por 80 kilos de carne jadeante que te asfixiará... ¡y esa es la parte buena! Por eso digo que no hay que echar gasolina, porque la de ahora es la parte buena. La mala vendrá cuando se acabe el encierro (si se acaba) y nos encontremos con un país arrasado y una población sumamente amostazada. Y entonces, ¿qué? Sin duda, habrá que pensar en otro tipo de Gobierno. Hace años que algunos pedimos uno de concentración nacional que recosa los costurones que ahora son ya insoportables, como que haya 17 sanidades distintas o que un empleado del Estado, el tal Torra, se dedique a insultar, calumniar y difundir mentiras por todos los foros europeos a los que aún le dejan entrar y siga cobrando de nuestros impuestos.

Si, como se vaticina, llegaremos a superar los cinco millones de parados es evidente que no hay partido en España que pueda ponerle remedio o freno. Y mucho menos con la clase política que a base de trepar se ha hecho con el control de los partidos en plan empresa de contratación. Un Gobierno de técnicos, por favor, con mucha experiencia y ninguna ideología.

O bien, a esperar las hogueras chavistas, nacionalistas y peronistas.

[Publicado el 07/4/2020 a las 09:18]

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Lección en casa


¿Salimos al mundo o seguimos arreglando la casa? ¿Empuñamos nuestra condición o reparamos un grifo? Cuando acabe la plaga y nos hallemos en un mundo arrasado, ¿Kafka o Abraham?
 

Roberto Calasso me revela que en una carta de Kafka a Klopstock (junio 1921) el escritor le da un giro al dilema de Abraham y se pregunta cómo pudo tomar a Isaac en prenda para el sacrificio, dice, "a la manera de un camarero que recoge unas toallas". Kafka imagina a un Abraham que no consigue salir hacia la colina para degollar a Isaac porque siempre tiene cosas que resolver en la casa. Ahora una ventana, luego una tomatera. No logra convertirse en patriarca: la indecisión le impide obedecer. Es un Bartleby.

Parece un esbozo de El castillo que quedó tan inacabado como el Abraham imaginario, pero en la carta usa una frase, "poner a punto la casa", que no figura en el Génesis. Viene de Isaías, cuando el profeta anuncia su muerte a Ezequiel. "Pon a punto tu casa porque morirás y no vivirás más", le dice. Kafka traslada (¿adrede, sin conciencia?) la frase de un libro a otro para que coincida con su Abraham indeciso y hacendoso, tan cabezudamente ocupado con las cosas de la casa que no tiene tiempo para degollar a Isaac.

Es una alabanza de la atonía ante la Ley. Siempre distraídos con las tareas de la casa (un dinero, un hijo, un libro, un fornicio, un partido), olvidamos que la muerte se cierne y de ese modo evitamos tomarnos en serio como carne mortal. Son tiempos de coronavirus y estamos cerrados en la casa donde seguimos poniendo las cosas a punto, en tanto que fuera aúlla la huracanada voz que exige sacrificios y muertes girando sobre nuestro terrado. La actual es una situación excepcional, pero nos ilumina sobre la vida llamada "normal". Si esta vuelve, ¿salimos al mundo o seguimos arreglando la casa? ¿Empuñamos nuestra condición o reparamos un grifo? Cuando acabe la plaga y nos hallemos en un mundo arrasado, ¿Kafka o Abraham?

[Publicado el 31/3/2020 a las 09:23]

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Infectos


Leyendo, pensando, iremos cebando el antivirus que se ha de merendar a nuestros parásitos.
 

No puedo entender cómo un Gobierno que es incapaz de dar mascarillas a su personal sanitario vaya a ser capaz de cualquier otra cosa. La inutilidad de estos rancios ideólogos del chavismo, del peronismo y del nacionalismo pone en peligro incluso a la gente que les votó. Tomen nota. Aún es posible que haya otras elecciones en este siglo.

Tiempo tendremos para apretar las tuercas a los responsables de tanta miseria, pero de momento sepa usted que su casa es el único Gobierno que le protege. Leí el otro día el caso de una familia con 12 hijos, una especie de familia J. S. Bach, aunque sin instrumentos musicales, por suerte para los vecinos. Aparte de los muertos, estas son las verdaderas víctimas de la epidemia. Los demás la pasaremos con nuestra ocupación favorita. Por ejemplo, la lectura.

Como es mi obligación, les recomiendo una novela aparecida estos mismos días y que les puede entretener una semana entera. Hay que ayudar a los editores. Se trata de La gran fortuna (Asteroide), escrita por Olivia Manning a partir de sus recuerdos como residente de la Bucarest anterior a la guerra mundial, junto a su marido funcionario del British Council, en los meses previos a la victoria nazi. Un relato muy británico, un Graham Greene sin soplo teológico, o lo que es igual, lúcido, ácido, pero comprensivo hacia un país arrasado tras los crímenes de la Guardia de Hierro y de los comunistas. Es un veraz retrato de personajes atrapados en un rincón de Europa bajo una amenaza bastante más macabra que la nuestra.

Y para cavilar, añádanle, por favor, Sobrevivir al naufragio, de Félix Ovejero (Pagina Indómita), la voz más inteligente de la izquierda verdadera. Así iremos cebando el antivirus que se ha de merendar a nuestros parásitos.

[Publicado el 24/3/2020 a las 14:50]

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Foto autor

Biografía

Félix de Azúa nació en Barcelona en 1944. Doctor en Filosofía y catedrático de Estética, es colaborador habitual del diario El País. Ha publicado los libros de poemas Cepo para nutria, El velo en el rostro de Agamenón, Edgar en Stephane, Lengua de cal y Farra. Su poesía está reunida, hasta 2007, en Última sangre. Ha publicado las novelas Las lecciones de Jena, Las lecciones suspendidas, Ultima lección, Mansura, Historia de un idiota contada por él mismo, Diario de un hombre humillado (Premio Herralde), Cambio de bandera, Demasiadas preguntas y Momentos decisivos. Su obra ensayística es amplia: La paradoja del primitivo, El aprendizaje de la decepción, Venecia, Baudelaire y el artista de la vida moderna, Diccionario de las artes, Salidas de tono, Lecturas compulsivas, La invención de Caín, Cortocircuitos: imágenes mudas, Esplendor y nada y La pasión domesticada. Los libros recientes son Ovejas negras, Abierto a todas horasAutobiografía sin vida (Mondadori, 2010) y Autobiografía de papel (Mondadori, 2013)Una edición ampliada y corregida de La invención de Caín ha sido publicada por la editorial Debate en 2015; Génesis (Literatura Random House, 2015). Nuevas lecturas compulsivas (Círculo de Tiza, 2017) y Volver la mirada, Ensayos sobre arte (Debate, 2019) son sus últimos libros.  Escritor experto en todos los géneros, su obra se caracteriza por un notable sentido del humor y una profunda capacidad de análisis. 

En junio de 2015, fue elegido miembro de la Real Academia Española para ocupar el sillón "H".

 

Bibliografía

 




 

Ensayo

Volver la mirada (2019). Debate, España.

Nuevas lecturas compulsivas (2017). Círculo de Tiza, España. 

La invención de Caín (2015). Mondadori, Barcelona. 

Contra Jeremías (2013). Mondadori, Barcelona.

Contre Guernica, Prefacio para Antonio Saura (2008). Archives Antonio Saura, Genève.

 La pasión domesticada (2007). Abada, Madrid.

Ovejas negras (2007), Bruguera, Barcelona.

Cortocircuitos. Imágenes mudas (2004). Abada, Madrid.

La invención de Caín (1999). Alfaguara, Madrid.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (reedición) (1999). Anagrama, Barcelona.

Lecturas compulsivas. Una invitación (1998) Anagrama, Barcelona.

Salidas de tono (1996). Anagrama, Barcelona.

Diccionario de las artes (1995). Planeta, Barcelona.

Baudelaire y el artista de la vida moderna (1992). Pamiela, Pamplona.

Venecia (1990). Planeta, Barcelona.

El aprendizaje de la decepción (1989). Pamiela, Pamplona.

La paradoja del primitivo (1983). Seix Barral, Barcelona.

Conocer a Baudelaire y su obra (1978). Dopesa, Barcelona.

 

Novelas y prosa literaria

Génesis (2015). Literatura Random House, Madrid. 

Autobiografía de papel (2013). Mondadori, Barcelona. 

Autobiografía sin vida (2010). Mondadori, Barcelona.

Abierto a todas horas (2007). Alfaguara, Madrid.

Esplendor y Nada (2006). Lector, Barcelona.

Momentos decisivos (2000). Anagrama, Barcelona.

Demasiadas preguntas (1994). Anagrama, Barcelona.

Cambio de bandera (1991). Anagrama, Barcelona.

Diario de un hombre humillado (1987). Anagrama, Barcelona.

Historia de un idiota contada por él mismo, o el contenido de la felicidad (1992), Anagrama, Barcelona.

Mansura (1984). Anagrama, Barcelona.

Última lección (1981). Legasa, Madrid.

Las lecciones suspendidas (1978). Alfaguara, Madrid.

Las lecciones de Jena (1972). Barral E., Barcelona.

 

Relatos

"Quien se vio", Tres cuentos didácticos (1975). La Gaya Ciencia, Barcelona.

"La venganza de la verdad" (1978). Hiperion nº1, Madrid.

"Herédame" (6 y 7 agosto 1985). El País, Madrid.

"El trencadizo", con grabados de Canogar (1989) Antojos, Cuenca.

"La pasajera" (18 nov. 1990). El País, Madrid.

"La resignación de la soberbia", Los pecados capitales (1990). Grijalbo, Barcelona.

El largo viaje del mensajero (1991) Antártida, Barcelona.

Cuentos de cabecera ("La pasajera" y "La segunda cicatriz") (1996). Planeta NH.

"El padre de sus hijos" (1998). Barcelona, un día, Alfaguara, Madrid.

"La verdad está arriba" (1998). Turia, Teruel.

 

Poesía

Última Sangre. Poesía 1968-2007 (2007). Bruguera, Barcelona.

Poesía 1968 1988 (1989). Hiperion, Madrid.

Farra (1983). Hiperion, Madrid.

Siete poemas de La Farra, con un grabado de A. Saura (1981). Cuenca.

Poesía 1968 78 (1979). Hiperion, Madrid.

Pasar y siete canciones (1977). La Gaya Ciencia, Barcelona.

Lengua de cal (1972). Visor, Madrid.

Edgar en Stéphanie (1971). Lumen, Barcelona.

El velo en el rostro de Agamenon (1970) El Bardo, Barcelona.

Cepo para nutria (1968). Madrid

Premios

1987 Premio Anagrama de Novela.

2000 Premio a la cultura "Sebetia-Ter" del Centri di Studi di Arte e Cultura di Napoli".

2001 Premio a la tolerancia de la "Asociación por la Tolerancia", Barcelona.

2011 Premio González-Ruano de Periodismo

2014 Premio Internacional de Ensayo José Caballero Bonald

2015 Premio Francisco Cerecedo de la Asociación de Periodistas Europeos 

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