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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 19 de diciembre de 2018

 Blog de Juan Pablo Meneses

Vivir en hoteles

Cuando uno vive en un hotel el tiempo se detiene. Las toallas siempre están secas y bien dobladas, la cama hecha, el minibar lleno, los envases del champú repuestos y el jabón nuevo. Nunca quedan huellas de lo que uno mismo hizo el día anterior. Viviendo en la habitación 54 descubrí eso acerca de la vida real: gastar jabones y champús es una manera de ir mirando cómo pasa tu tiempo.

Y así como en el hotel uno no avanza, tampoco hay espacio para volver a atrás. En las paredes no puedes colgar cuadros, ni pósteres, ni calendarios, ni fotos familiares, ni diplomas que hablen del pasado. Todo es un extraño, placentero y adictivo limbo. Tus vecinos cambian, en promedio, cada tres días. Los recepcionistas te comienzan a hablar de sus vidas, aunque guardan silencio cuando saben que no quieres conversar. Las mucamas te miran desde la complicidad de quien se encarga de volver tu vida siempre a cero. En el ascensor muy pocas veces te cruzas con la misma persona dos veces. En las mañanas, en vez de despertador tienes una llamada telefónica (todavía recuerdo el "Meneses, ya son las nueve").

Nos gustan los hoteles porque en ellos podemos intentar ser otra persona y en otro lugar, sentenció Julio Ramón Ribeyro. La fantasía de tener una casa nueva, con aventuras nuevas, en una ciudad nueva, hasta que llegue la hora de volver a la vida real. Ahí está, precisamente, el peligro. Quedar atrapado. No poder salir. No poder volver.

Hace diez años me quedé atrapado en el Hotel España de Buenos Aires, en la calle Tacuarí, en el número 80, en la habitación 54.

El primer hotel en que viví fue el Cisneros de Barcelona, en la calle Aribau, en el número 54, en la habitación 503.

Había salido de Chile para escribir historias y viajar. Me matriculé en la Universidad Autónoma y usé la ciudad como centro de operaciones. El hotel era la solución más práctica. Siempre lo es, hasta que descubres que ya no puedes salir.

El año pasado me tocó viajar a Barcelona y, nuevamente, me hospedé en Aribau 54. Pero todo era distinto. Después de que viví en el Hotel Cisneros, y en medio del boom económico e inmobiliario de toda España, el edificio fue vendido, remodelado por completo y se transformó en un exagerado hotel boutique de la cadena Cram. Con la llegada de la crisis, los precios de las habitaciones del Cram pasaron a ser ridículas, y desde entonces siempre tiene vacantes.

Pero cuando todavía era el viejo Hotel Cisneros y vivía ahí, comencé a armar una lista de los tipos de personas que habitaban en el hotel. Me los iba encontrando siempre, en el buffet del desayuno, entre turistas que llevaban bloqueador y bikini si era verano en Cataluña, o abrigo y gorro de lana si era invierno. Un ejercicio que luego seguí en los otros hoteles donde viví.

 

Mi lista de personas que viven en hoteles decía así:

 

El separado. El amor es egoísta, igual que tú. Tu mujer te acaba de expulsar de casa, o te auto-expulsaste del partido. Te parece un retroceso volver donde tus padres y tus amigos no tienen espacio. O vives en otra ciudad y todo círculo de contención está muy lejos. Bueno, entonces, nada mejor que irte a vivir a un hotel esperando a que el chaparrón emocional pase. Eso puede significar, en términos inmobiliarios, que el hotel es un refugio mientras buscas un departamento para reiniciar tu vida de soltero. O un aguantadero hasta que las cosas se tranquilicen y regreses al hogar.

El inmigrante. Decidiste empezar una nueva vida. Llegaste a la gran ciudad a cumplir todos tus sueños y fantasías, pero no conoces a nadie y necesitas un campamento base donde iniciar tu escalada. Por cierto, a los pocos días te das cuenta de que La vida es bella no es otra cosa que una vieja película italiana. Entonces, sin darte cuenta, descubres que instalarte es más complejo de lo que esperabas y que necesitas demasiados papeles (que todavía no tienes) para conseguir un espacio propio. Los hoteles, en cambio, sólo te piden esos papeles verdes que llevan la palabra dollar y un número en las esquinas.

El artista. Te compraste todas las leyendas que mezclan el hotel con una vida sofisticadamente maldita. El golpe final fue cuando llegó a tus manos un ejemplar de Hoteles literarios, de Nathalie de Saint Phalle, y te convenciste de que la mejor manera de sacar adelante una obra (literaria o musical o pictórica) era encerrarte en las cuatro paredes de un hotel de ciudad grande. Al poco tiempo te diste cuenta de que no avanzas en tu propósito creador, pero para ese momento ya llevas casi un año viviendo en un hotel y ya te acostumbraste. Si en el piso de abajo vive un joven violinista que se quiere comer el mundo es probable, como me ocurrió en el Cisneros, que todas las mañanas te despierte el alarido de sus cuerdas por los ensayos matutinos.

El empleado. Te han hecho creer que eres un engranaje clave en el funcionamiento de la compañía. Tu empresa te trasladó de ciudad de un momento a otro, convenciéndote de que esa mudanza es sobre todo "estratégica". Regresas a casa los fines de semana si no estás muy lejos; los fines de semana largos, si estás a una distancia más lejana; sólo para vacaciones, si te separa un mar de tu familia. No sabes hacer nada por tu cuenta. Como la empresa corre con los gastos y el recepcionista es tu amigo, las compañías que subes los jueves te las anotan como llamadas de larga distancia. En unos meses, tu familia no entiende por qué te pones tan feliz el domingo en la tarde, cuando debes volver al hotel.

El jubilado. Estás solo y tienes dinero. No quieres ser de aquellos ancianos que se van a vivir a las clínicas porque todavía te sientes joven. Por entregarte al plan de hacer una minifortuna, no te casaste ni tuviste hijos ni hermanos (o tuviste todo eso, pero lo fuiste perdiendo uno a uno, como un asesino serial). Trabajabas bien y la jubilación te alcanza para un cuarto de hotel. Te revitaliza encontrarte con gente joven y feliz en el desayuno y la cena, porque en los hoteles la mayoría de la gente que pasa está contenta, siguiendo la máxima de Ribeyro de estar viviendo otra vida y en otro lugar. Pese a que ya pasaste los 70, llevar una vida de hotel te mantiene en carrera. Jamás irías a un sanatorio para la tercera edad para rodearte de pura gente parecida a ti.

El mercenario. Vas donde hay dinero, o donde te contratan para ganarlo. No te importa pasar largas temporadas en una casa de arriendo, como podría llamarse a un hotel. Eres un entrenador de fútbol que dejó el país y la familia por un proyecto deportivo, o un músico internacional que vive de gira, o un matutero profesional. En este último caso, puedes tener como morada fija varios hoteles al mismo tiempo, todos repartidos a lo largo de la ruta por dónde mueves tus contrabandos. Muchos representantes de jugadores usan esta modalidad de radicarse en hoteles europeos los meses de las temporadas de fichajes, cerrando contratos en el lobby, antes de emigrar como golondrinas al próximo destino de la cadena del negocio.

El desarraigado. Lo intentaste dejar mil veces. Probaste con novias con departamento, con alquilar un piso compartido o llegaste a pensar en la casa propia. Cuando estabas por dar el paso de la estabilidad, tuviste que cambiar de ciudad y partir de cero. Cuando miras tu vida hacia atrás descubres -a veces con horror; otras, con cierta simpatía- que las únicas raíces que conservas son las de tus muelas. El hotel, como ese territorio paralelo, donde pasan miles de turistas al año. Viajeros en plan de vacaciones que, muchas veces, la mayoría de estas veces, nunca se dan cuenta de que en ese mismo edificio donde ellos están una temporada desconectados de su realidad hay gente que vive, que ha hecho ahí su casa, y que ha transformado a estos veraneantes en sus vecinos temporales.

 

El Hotel España de Buenos Aires era una solución práctica. Había arreglado un buen precio por temporadas largas y, como frecuentemente estaba viajando a otros lugares, si me iba mucho tiempo me guardaban mis maletas en la bodega. A la vuelta, como siempre, pedía la habitación 54, en el último piso, con balcón grande, vista a las cúpulas y antenas de la Avenida de Mayo, baño con ventana y tina. Si estaba ocupada la 54, pedía una en el mismo piso, y esperaba hasta que la dejaran y me pudiera mudar ahí.

Me había ido de Chile pensando en viajar y escribir historias por el mundo, y el proyecto resultaba. Lo que no sabía era que terminaría viviendo en un hotel. Porque uno no elige vivir en un hotel: termina viviendo en ellos.

Para darle una suerte de estabilidad a la trashumancia, en cada nuevo viaje comencé a buscar hoteles con el mismo nombre. Si volvía a Chile, por ejemplo, me quedaba en el Hotel España de calle Teatinos. Pensaba que, aunque llevara la vida de periodista portátil, había logrado cierta estabilidad. Podía despertar en ciudades distintas, pero el llavero del hotel y las toallas siempre dirían: Hotel España.

Amigos, conocidos, comenzaron a contarme de otros hoteles España en distintas ciudades. Sentía que en todos lados había una sucursal de mi proyecto. Cuando descubrí que llevaba tres años viviendo en el Hotel España de Buenos Aires, hice ese plan para abandonarlo. Recorrer todo Latinoamérica, del sur hasta México, quedándome en hoteles España. Una suerte de despedida antes de una vida.

En el Hotel España de Buenos Aires había vivido Rafael Alberti; el Hotel España de Guatemala era una cárcel para indocumentados que Estados Unidos capturaba en el mar de Centroamérica; el Hotel España de Cuba había sido demolido; el Hotel España de Perú era para mochileros; el Hotel España de Chile había sido remodelado. De ese viaje publiqué un libro llamado Hotel España, que podría definirse como un manual para intentar dejar la vida de hotel.

Los hoteles pueden ser peligrosos. Y no lo digo sólo porque puedes elegir estos lugares de paso para terminar con la vida, como fue el caso de Sid Vicious, de los Sex Pistols, qué se mató en un hotel de Nueva York. O de Cesare Pavece, el escritor italiano que se despidió de este lado en el cuarto de un hotel de Turín. Son peligrosos porque no los puedes dejar.

La aparición de Hotel España fue la contradicción máxima. Me obligó a una gira por 7 países y 27 ciudades distintas en poco más de tres meses. Una sobredosis de hoteles a los que llegaba justamente para hablar de dejar esa vida.

Fue en medio de ese recorrido que descubrí que el daño ya estaba hecho. La marca se había tornado imborrable. Vivir en hoteles es, finalmente, como cualquier adicción. Es probable que ya lo hayas dejado atrás, que sea tema del pasado, que te vayas a un departamento, que armes un hogar, que tengas un trabajo estable, que intentes tener una familia, que sientas que por fin lo lograste, pero siempre, en algún momento, aparecerá un hotel en tu camino. Están por todos lados. Y ahí, una vez más, sentirás la tentación de dejarlo todo y meterte a vivir en unos de esos lugares donde el tiempo se detiene y los jabones siempre están nuevos.

 

 

Publicado en la revista Domingo de El Mercurio 

 

 

[Publicado el 16/8/2014 a las 09:40]

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Comentarios (5)

  • Felicidades por el post, a mi me gustaría quedarme a vivir en un hotel cabaña que estuve en argentina, se llama Villa Sequoia. Os lo recomiento muchísimo! Me encantaría realizar esta inicativa. Os dejo el link: https://www.vilasequoia.com/

    Comentado por: Susana el 14/10/2017 a las 18:58

  • Siempre me soprendí al ver en las películas que las personas hacían de los hoteles un hogar, creo que yo no podría, pienso que un hogar es aquella construcción en la que cada pared tiene una historia, un momento vivido con personas que están o que ya no están, donde se quedan los momentos, donde se reune la familia, donde se puede colgar la más ridicula fotografía, incluso el titulo universitario, para mi un hotel es un lugar para pasar un buen rato en una ciudad diferente, es gozar, es escapar de la rutina.... :D
    me encantó el artículo, me imaginé a cada personaje, les hice una historia de vida en mi mente, felicidades fue un placer leerte.

    Comentado por: Karimeug el 19/4/2015 a las 03:43

  • Hola. Me parece bastante certero el modo en el que describes a cada tipo de huésped. Creo que la vida es para todo ser humano una búsqueda interminable de biesestar, que afortunadamente podemos encontrar aunque sea solo por una hora, un dia, un año, en un hostal, un hotel de paso, o un lujoso hotel. Asi que quien pueda, a pagar un buen hotel.

    Comentado por: Yahel Mtz el 21/1/2015 a las 04:09

  • Hola

    Me gusto tu publicación, la descripción de cómo es vivir en hoteles, eres afortunado por la posibilidad que tienes para viajar y conocer lugares.

    Sabes, yo relacioné esto como la vida diaria, ya que a lo largo de ella conocemos gente de todo tipo, como tu lista de personas que vive en hoteles; entre amigos familia y conocidos, todos con sueños y aspiraciones, algunos los logran otros se rinden pero todos tiene algo en común buscan la " felicidad" y no caer en la rutina.

    Pasan los días y trabajan en lo que no les gusta, estudian lo que les dejara dinero no lo que querían y aprenden a sobrevivir olvidándose del significa de vivir, se estresan por el clima, el tráfico, el trabajo los hijos etc; el estado de ánimo decae, el mal humor aparece.
    La vida puede ser peligrosa y podemos elegir como vivirla o terminarla, nos hacemos adictos al trabajo y nos quejamos por q quisiéramos descasar, llegan las vacaciones: primeros días excelente descanso, segunda semana ya quiero volver al trabajo, ¿cómo podemos querer volver? si queríamos descansar.
    Salimos a algún lugar que nos distraiga y nos relajamos, en ese momento te das cuenta en la rutina que has caído y es que uno elige caer en la rutina termina cayendo en ella.
    Te propones cambiar detalles para recordar lo que es vivir, unos días lo haces algunas semanas quizá y después devuelta a la vida de hotel, bueno en tu casa el shampoo y jabón se acaban, pero afuera no pasa el tiempo, porque un tienes miedo de dejar la vida que tienes y comenzar la vida que quieres, el trabajo, el dinero nuestra seguridades, pero hay tanto indigente en la calle y siguen vivos, entonces de hambre no se muere.
    La gente necesita valor para aprender a vivir y encontrar a felicidad que de niños nos inculcan, disfrutar los pequeños detalles como la sonrisa que me salió al leer tu blog, las mariposas que se sienten cuando vez alguien que quieres; aun que he conocido a quien nunca las ha sentido y dice que no existe, se han perdido de una corriente que recorre el cuerpo eriza la piel quiere salir y como no puede se queda en el estómago, entonces sí no lo vez no significa que no existe.
    La vida es tan corta y a veces no hacemos más que desperdiciarla, olvidando a los que de verdad importan, para hacer nuestras actividades que en nuestra existencia no nos hacen ni más felices ni más satisfechos.

    Comentado por: Stephany Vega Gomez el 17/1/2015 a las 21:47

  • De entre todos los perfiles que has dibujado sobre la fauna que pululan por los hoteles, hay uno que hecho en falta, el putero, con o sin dinero de por medio.

    Es ese individuo que habiendo quedado con alguien por internet ó incluso con su follamiga/o, opta por yacer en un coche en medio de un descampado ó rascarse la cartera y llevarla a un hotel ó pensión. Según estamos viendo últimamente, ciertos golfos que quemaban las tarjetas de Bankia, hacían esto último, pero en hoteles de sujerlujo, siendo conocedores de que las putas y los vicios entraban dentro de sus retribuciones en especie.

    Hace poco alguien me confesó que la mayoría de hoteles y hostales de este país, por no hablar de pensiones, vivían casi exclusivamente del polvo de una hora, normalmente prohibido.

    Hay excepciones claro está, como un servidor que hace dos semanas, estuvo pasando un finde en un hotel de montaña, celebrando el veintimuchos aniversario de boda, pero ya digo eso son excepciones; como lo son los comerciales, los congresistas, los jubilados. En estas épocas de crisis, las empresas apenas ya pagan el hotel al empleado, los jubilados bastante tienen con llegar a final de mes, como para pagarse un viaje de ensueño a Benidorm ó Tierra Mítica,máxime sin son preferentistas; las compañías farmaceuticas, apenas untan a los facultativos con congresos y viajes, más preocupadas en esquivar medicamentazos y genéricos, añorando gloriosos tiempos pasados.

    Habla el autor, de que en un hotel porteño había vivido Rafael Alberti, ese poeta como este humilde servidor, del cual por cierto, tengo un cuadro original; esos tiempos querido amigo, han pasado, hoy día los poetas consagrados, viven como reyes, pensando más en la pela que en la rima, no viviendo en hoteles a veces oscuros y malolientes, si no disfrutando de buenos chalés, cátedras por horas, columnas bien pagadas en diarios nacionales y quemando los puentes aéreos. El caso de Alberti, era una excepción pues no podía volver a su casa de Madrid a dormir, entre otras cosas porque vivió muchos años en la Argentina, pero bueno, creo que me habéis entendido perfectamente...

    En definitiva, los hoteles subsisten hoy día, del puterío, de la cita clandestina de internet y de las pasiones inconfesables y si no que se lo pregunten a esos golfos de las tarjetas Black.

    O sea, a todos aquellos que os da verguenza, utilizar un hotel durante dos horas, porque todo el mundo ya sabe a lo que váis, id con la cabeza bien alta, el follar es un derecho máxime cuando te lo pagas de tu bolsillo y no del sudor de los demás; he dicho.

    Comentado por: Abelardo Martínez el 16/10/2014 a las 17:05

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Biografía

(Santiago de Chile, 1969). Escritor, cronista y periodismo portátil. Es autor de los libros Equipaje de mano (Planeta 2003); Sexo y poder (Planeta 2004); La vida de una vaca (Planeta/Seix Barral 2008, finalista Premio Crónicas Seix Barral); Crónicas Argentinas (Norma 2009) y Hotel España (Norma 2009  / Iberoamericana / Vervuert 2010), distinguida por el Consorcio Camino del Cid como uno de los ocho mejores libros de literatura de viajes publicados en España el 2010. Sus crónicas se han publicado en 25 países y traducido a cinco idiomas. Ha sido columnista y bloguero en medios como Clarín (Argentina), SoHo (Colombia), El Mercurio (Chile), Etiqueta Negra (Perú), Glamour (México) y Clubcultura (España). Estudió periodismo en la Universidad Diego Portales y en la Universitat Autónoma de Barcelona, y fue relator del taller de Tomás Eloy Martínez en la Fundación Nuevo Periodismo que preside Gabriel García Márquez. El 2006, la Asociación de Prensa de Aragón publicó un libro que transcribe su taller de periodismo portátil. Ha sido cronista invitado en universidades de América Latina y España, entre ellas la UNAM de México, la Complutense de Madrid y la Universidad de Chile. Fundó la Escuela de Periodismo Portátil, con alumnos conectados desde más de 20 países y que organiza, junto a la Universidad de Guadalajara, el "Premio Las Nuevas Plumas" de crónicas inéditas y en español.

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