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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 22 de julio de 2019

 Blog de Juan Pablo Meneses

Chile mexicano


Cada año, en el mes de febrero, hay una pequeña ciudad del sur de Chile que se convierte en un pueblo de México. Durante esos días, sólo se escuchan rancheras y serenata. Por la calle andan tipos vestidos de charros cargando guitarrones y mujeres de vestidos largos y coloridos. El lugar se llama Chanco, y la razón del cambio es el Festival del Cantar Mexicano Guadalupe del Carmen. Una fiesta de tres días donde los chanquinos parecen dar rienda suelta a un sueño muy peculiar: ser mexicanos por unos días.

-Acá vienen artistas mexicanos de todo Chile -dice Osvaldo Waddington, uno de los organizadores del certamen, desde atrás de unos antejos con todo el aumento posible. Y agrega:
-Es cierto, la gente de la Embajada de México no se aparece por acá y este año no hay ningún artista nacido en ese país. Además, no tenemos las comodidades de un gran evento, pero igual no nos falta nada porque llevamos a México en el corazón.

Waddington se encarga de acomodar a los artistas en uno de los colegios-internado de este pueblo sin hoteles. De hecho, el Internado N 328 se ha transformado en el alojamiento oficial de este certamen. El taconeo de las botas negras retumba en todos los pasillos y dormitorios. Una y mil veces se repiten a la vista ponchos recargados de colores, sombreros de charro, botones dorados, lentejuelas y corbatines. El lugar del alojamiento no es cómodo, pero pocos están dispuestos a reconocerlo. Un cartel donde decía "Aula 8" ha sido modificado previamente por los alumnos del internado, y dice: "Jaula 8".

En medio del revuelo, Eliana Maureira, alias la Gran Chaparrita, descansa su sobrepeso en un banco. Comenzó a cantar mexicano a los cuatro años, y ya tiene sesenta y dos. Y dice que nunca va a parar:

-No me invitaron al festival, pero igual vine por las mías. Agarré al Charro Guadalajara, nos subimos a un bus en Quilpué, después nos tomamos otro en Santiago, llegamos a Cauquenes y de allí a Chanco. Ojalá nos dejen actuar -y le lanza un beso a un hombre de pantalones ajustados y bigote finísimo, mucho más joven que ella, que sin duda debe ser el mentado Charro.

El beso de la Gran Chaparrita hace que el tipo se acerque:

-¿Sabes quién es ella? Estás ante la mejor cantante de rancheras del país. Ella ha salido en la tele y ha cantado fuera de Chile. Yo soy sólo el Charro Guadalajara. En realidad me llamo Manuel Corro, pero el otro es mi nombre artístico, con el que actúo en Valparaíso -dice él, con una cara que recuerda a Johnny Depp interpretando a Ed Wood.

 

Pese a la notoria diferencia de edad, la Chaparrita y el Charro son pareja hace cuatro años. Juntos hacen pequeñas giras por restaurantes de Valparaíso. Él cree mucho en la carrera de ella y ella lo aconseja para que él no desperdicie su "enorme talento". Son una dupla de armas tomar. Están dispuestos a todo para subir al escenario del Festival de Chanco. Sienten que es su gran oportunidad de sentirse en México.

En realidad, no sólo ellos piensan lo mismo. Buena parte de la industria charra criolla viene hasta acá con el mismo objetivo: potenciar sus carreras como cantantes mexicanos. Por eso han viajado toda la noche, para aparecerse en este introvertido pueblo a setenta kilómetros al sur de Constitución, el balneario más famoso de la zona y donde de niño veraneaba el escritor Juan José Donoso.

El festival se realiza desde 1988, y es un homenaje a Guadalupe del Carmen, la chanquina más famosa de la historia.
-Guadalupe fue la cantante de rancheras más exitosa que ha tenido Chile. Algunos dicen que Augusto Pinochet es el chanquino más famoso, pero en realidad él no nació acá. Toda su familia y antepasados son de Chanco, pero él nació en Valparaíso. Por eso, Guadalupe es lejos la más renombrada -dice Olga, una lugareña de sesenta y un años que tiene una hospedería y cuyo orgullo máximo es haber visto a Guadalupe en tres ocasiones. Dos veces cantando en Chanco, y una en Cauquenes.

México en la cabeza

Estar en Chanco la semana que se transforma en México era una clara señal de que el México real estaba cerca. Sabía que sin ir al Distrito Federal  nunca iba a terminar el proyecto de los hoteles España. Venir a Chanco podía ser visto como un ensayo general de aquel viaje que nunca llega. Sin embargo, recorriendo las calles del pueblo y viendo a los artistas venidos de todo el país y durmiendo en un internado dentro de un pueblo sin hoteles, la principal sensación terminaba siendo otra. Había propuesto escribir sobre el Festival del Cantar Mexicano Guadalupe del Carmen porque me parecía una historia interesante y divertida. Pero ya se sabe que uno propone los temas que le son propios. Recién en Chanco descubría el porqué quería estar aquí: la mayoría tenemos a México en la cabeza, sin haberlo conocido. De pronto me siento participando de una alegre, colorida y escondida fiesta, en un perdido pueblo del sur de Chile. Una gran convención de personas que han decidido, sin importar donde estén, vivir en México.

-¡¡Buenas noches, Chanco!! -grita en la sesión inaugural Julio Videla, una vieja gloria de la televisión chilena, hace varios años alejada de los focos y los camarines de los canales.

Julito, como le gritan las mujeres que repletan el estadio, se ve entusiasmado. Se nota que es de esa especie humana que se alimenta del aplauso, de los micrófonos, aun cuando se trate de un festival perdido en mitad de la séptima región. Algunos pocos le gritan insultos, le dicen que ya no tiene trabajo en la tele, y hasta se oye un estruendoso "¡fracasado!", pero gana el aplauso de los cuatro mil espectadores. Videla puede haber perdido las cámaras y los buenos contratos, pero nunca las mañas. Recita un poema al público, "especialmente dedicado a las hermosas mujeres de Chanco", y uno parece ver el gesto en que agarra con su mano al público y se lo guarda en el bolsillo.

-Veo que están con ánimo -dice Julito, después de la ovación por su recitado, y enseguida agradece a las autoridades, solicita un aplauso para el alcalde y otro para los concejales. Así comienza la fiesta. Que suenen las trompetas. Y los guitarrones.

Los concursantes del festival vienen de todo Chile: Antofagasta, Santiago, Temuco, La Serena, Osorno, Cauquenes, Rancagua y, por supuesto, Chanco. Álex Herrera es el crédito local. Tiene treinta y seis años, cuatro hijos y un trabajo de guardabosques en la empresa forestal Celco. Álex vive todo el año en el centro de un bosque, a veinte kilómetros del pueblo. Su canción, que escribió especialmente para el festival, está dedicada a Guadalupe. El día en que le toca actuar, llega a los ensayos vestido de charro, montando la moto Honda de su trabajo. Parece una escena sacada de la película El mariachi, pero Álex no es el actor Carlos Gallardo. Álex es más bajo, tiene los ojos claros, el pelo duro y una timidez capaz de generar sus propios aplausos. Es primera vez que anda de charro motorizado y, cuando pasa por el centro de la ciudad, la gente sale a mirarlo, le tocan la bocina, algún borracho le grita "ridículo" y varios lo aplauden.

-Se ríen, pero no me importa. Es una aventura que va a durar tres días y después tendré que volver al bosque -dice con la serenidad de un pistolero mexicano al que no le entran balas.

En el otro extremo del estadio está el Charro Guadalajara, el novio de la Gran Chaparrita, que intenta que los metan al show. Una y otra vez le toca el hombro a Osvaldo Waddington, el organizador, para que los dejen subir al escenario. Al final consigue unos minutos para ambos, pero en diferentes días.

Guadalajara sube al escenario durante la primera jornada. Canta El rey y la concurrencia se remece cuando los asistentes repiten el coro. "El público está superrico", dice el Charro al bajar del escenario. La Gran Chaparrita sonríe con orgullo. Chanco tiene festival.

-Es bonito que todo esto sea en honor de mi comadre -dice la Chaparrita, que de chaparrita no tiene nada. Debe andar por el metro cincuenta y los cien kilos.

Pese al éxito y las superventas de Guadalupe del Carmen, su vida artística era tan marginal como la de la Gran Chaparrita. Pocas veces estuvo en la televisión, casi no recibió reconocimientos en vida y sus actuaciones solían ocurrir en modestos circos en las afueras de las ciudades. La Chaparrita la recuerda:

-Éramos muy amigas. Una vez, yo estaba en el Circo Timoteo y me llamaron del Circo Venezuela. Entonces le pedí a ella que me reemplazara. Lamentablemente, ahí murió. Pero murió actuando, igual como a mí me gustaría. Algunos dicen que ella se fue en la decadencia, en lo peor, pero es mentira. Mi comadre tenía dos taxis y una casa rodante. La gente le inventó cosas de pura envidia. A ella se le murió un hijo de quince años y a mí se me murieron tres hijos para el terremoto del 75, en Valparaíso. En ese sufrimiento también fuimos parecidas.

Durante la segunda noche, se repiten los problemas de la primera: los artistas se pasean sobre el escenario esquivando los acoples de sonido, los cables esparcidos sobre el piso y las caprichosas velocidades que le imprimen a las canciones los componentes de la orquesta Los Cariñositos. Cuesta hacer una buena performance en el escenario de Chanco.

-Este año hay elecciones municipales, por eso el alcalde trajo a Julio Videla para animar. Se la está jugando para la reelección. Eso pasa: con estos festivales se olvidan los problemas y toda la gente queda como tonta -dice Pedro Ruiz, un chanquino de cuarenta y cinco años que, pese a sus reservas, es uno más al aplaudir el show.

En esta segunda noche La Gran Chaparrita logra subir al escenario. Ahí, entre dos canciones, desafía con un vozarrón que sale firme de su cuerpo ya cansado: "Ahora voy a cantar El macho y necesito que salga un macho para bailar. ¡Venga, señor alcalde, al escenario!". El edil, un gordito de gomina y bigotes gruesos, se niega. El monstruo de Chanco despierta. Las radios que transmiten se alertan con la polémica. "Que baile, que baile", gritan los cuatro mil asistentes, sin ganas de aflojar. La máxima autoridad del pueblo no se levanta. La Gran Chaparrita, que ha llegado hasta el escenario a fuerza de insistencia y empujones, no se aguanta: "Por algo no quiere venir a bailar. ¡Tal vez el alcalde no sea tan macho!". El aplauso satura la mesa de sonido. Los organizadores palidecen. Si hay reelección, es poco probable que la Chaparrita pise nuevamente este escenario. A un costado de ella, en la oscuridad, el Charro de Guadalajara aplaude orgulloso, admirado, flaquito.

Pura ranchera en Radio colina

-Aquí comienza Mi Chanco querido, su programa favorito de radio Buena Nueva -le dice Margarita Venegas al micrófono, con una exagerada modulación. Y, de inmediato, anuncia la primera canción de su espacio: Cartas marcadas, de Guadalupe del Carmen. Los tres minutos del tema le dan tiempo para hablar de su pasión por las rancheras:

-La gente adora a todos los que cantan música mexicana, no sólo a Guadalupe del Carmen. Yo creo que es por las letras, que son sufridas, dolorosas, tristes, desgarradoras, igual que la vida de los chanquinos -dice fuera de micrófono, pero con el mismo sonsonete radial.

Las radios populares son el principal aliado de las rancheras. Por ellas esta música se difunde y también por ellas se venden miles de copias de artistas sin difusión televisiva. Iván Gutiérrez se pasea por el centro de Chanco con botas, chaqueta de cuero negra, sombrero vaquero y unos audífonos gigantes. Tiene cuarenta años y en esta ocasión, aparte de "locutear" para radio Colina, participará junto a su hija en la competencia.

-Este festival tiene buena cobertura radial, y los mejores premios del género. Son mil quinientos dólares al ganador, ocho cientos al segundo y cuatrocientos al artista más popular. Y cabe la posibilidad de que el ganador pueda grabar. Por eso quiero ganar -dice mientras echa una moneda en un teléfono público.

-Estamos aquí, transmitiendo en directo a todo Quilicura una nueva versión del Festival del Cantar Mexicano. En estos momentos está sobre el escenario el conjunto mariachi Calicanto, y el público está muy contento. Escuchen -dice Ernesto Herrera y enseguida acerca su grabadora a uno de los parlantes. Ernesto no está transmitiendo en directo, pero pretende lanzar la cinta de una sola vez cuando vuelva a su radio, en una comuna popular de Santiago.
Herrera es flaco, tiene diecinueve años, está peinado a lo príncipe valiente, lleva la uña del meñique más larga que el resto y se declara fanático de las rancheras. Sin sacar su grabador de los parlantes, dice:

-Esto es para un programa de rancheras en la radio de Quilicura. Es increíble cómo a la gente le gusta, pero no hemos podido tener auspiciadores. No sé qué pasa.

Aunque cambien los artistas, los alaridos y los gritos no dejan el escenario. Sentado en primera fila, Luis Campos, hijo de Guadalupe del Carmen, alza una mano llena de anillos para saludar a la multitud. Aquí la familia de Guadalupe es la familia real, y Luis, el primogénito, es seguido y admirado como un príncipe. Un príncipe que vive de su propia botillería. El local, que queda en la comuna santiaguina de San Miguel, se llama Guadalupe del Carmen y tiene los mejores precios en licores, vinos y cervezas, dice Luis en una entrevista.

La clausura del festival es el domingo, día que se inicia con una misa a la que van todos los artistas del evento. La iglesia de San Ambrosio (santuario de la Virgen de la Candelaria, patrona de la ciudad) se ubica a tres cuadras de la Plaza de Armas. Construida hace más de cien años, está pintada con un celeste que contrasta con el ropaje de los artistas.

-A la Virgen de Guadalupe y a Guadalupe del Carmen, quien cantó por tantos lugares -se escucha en parte del sermón, atentamente seguido por artistas con bigotes de charro y pistolones de verdad al cinto. Algunas mujeres llevan cinturones con balas cruzados al pecho, como la combativa líder de la Revolución Mexicana Juana Gallo. Otras llevan flores en la mano. Todas llevan grueso maquillaje.

-Que el arte de ustedes sea un verdadero apostolado para el pueblo -dice el sacerdote, antes de dar paso a la comunión, que tiene a Las mañanitas como música de fondo.

En la plaza, Iván Gutiérrez, de la radio de Colina, se fuma un cigarrillo y se acomoda el sombrero. El hijo de Guadalupe se pasea saludando a la gente y dice que ahora sí, que este año traerá los restos de Guadalupe del Carmen, enterrados en Santiago. La radio local no ha parado de transmitir. Hay fotógrafos de Santiago. Todos están ahí. O casi. La Gran Chaparrita y el Charro Guadalajara han dejado Chanco sin ruido, de la mano, quizá pensando en su próxima actuación. Puede ser en el Festival de la Cebolla, en Viña. A la Gran Chaparrita le cuesta caminar, pero Guadalajara la espera, le toma el brazo, como si ellos fueran los únicos pilares donde sujetarse para seguir en esta carrera.

La patrona de Chanco

Guadalupe del Carmen en realidad se llamaba Esmeralda González Letelier. Nació en Chanco en 1931 y su nombre artístico lo tomó de las patronas de México y Chile (Virgen de Guadalupe y Virgen del Carmen). De niña su familia escuchó canciones mexicanas y a temprana edad acompañaba a su padre a ver películas de Jorge Negrete.

En 1952 obtuvo el primer disco de oro que haya obtenido un artista chileno, con la canción Ofrendas. De esa época son sus giras a estadio repleto, su matrimonio con Marcial (el menor del dúo folclórico Los Hermanos Campos), y el posterior nacimiento de sus tres hijos hombres. Su éxito ha marcado una verdadera leyenda en el cantar popular. En esos años de gloria, en un accidente, murió uno de sus hijos. Conocida como "Golondrina de la Vida", Guadalupe no solo tiene un festival en su honor. En el número 22 de la calle Freire de la ciudad de Chanco hay un museo que la recuerda: es modesto, tiene piso de tierra, pero hay fotos de sus apariciones en televisión, están sus vestidos, cuadros, trofeos y discos de oro.

En 1985, cuando su carrera ya era crepuscular y el DF se venía abajo por un terremoto, falleció de un ataque al corazón en el camarín del circo Timoteo, una carpa que recorría los barrios periféricos de Santiago y donde la mayoría de los números eran interpretados por travestis.  Guadalupe jamás visitó México.

Publicado en la revista "Domingo" de El Universal de México

twitter:  @menesesportatil

[Publicado el 15/3/2012 a las 16:22]

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Biografía

(Santiago de Chile, 1969). Escritor, cronista y periodismo portátil. Es autor de los libros Equipaje de mano (Planeta 2003); Sexo y poder (Planeta 2004); La vida de una vaca (Planeta/Seix Barral 2008, finalista Premio Crónicas Seix Barral); Crónicas Argentinas (Norma 2009) y Hotel España (Norma 2009  / Iberoamericana / Vervuert 2010), distinguida por el Consorcio Camino del Cid como uno de los ocho mejores libros de literatura de viajes publicados en España el 2010. Sus crónicas se han publicado en 25 países y traducido a cinco idiomas. Ha sido columnista y bloguero en medios como Clarín (Argentina), SoHo (Colombia), El Mercurio (Chile), Etiqueta Negra (Perú), Glamour (México) y Clubcultura (España). Estudió periodismo en la Universidad Diego Portales y en la Universitat Autónoma de Barcelona, y fue relator del taller de Tomás Eloy Martínez en la Fundación Nuevo Periodismo que preside Gabriel García Márquez. El 2006, la Asociación de Prensa de Aragón publicó un libro que transcribe su taller de periodismo portátil. Ha sido cronista invitado en universidades de América Latina y España, entre ellas la UNAM de México, la Complutense de Madrid y la Universidad de Chile. Fundó la Escuela de Periodismo Portátil, con alumnos conectados desde más de 20 países y que organiza, junto a la Universidad de Guadalajara, el "Premio Las Nuevas Plumas" de crónicas inéditas y en español.

Bibliografía

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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