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El blog literario latinoamericano

Editado por La Oficina del Autor

domingo, 6 de julio de 2008

Blog de Javier Rioyo

ELEGÍA ESPAÑOLA

Los fantasmas de nuestros muertos… ¡qué pesados ahora! Sí, algunos no quieren oír hablar de los muertos, de aquellos muertos, de aquella guerra. Es curioso. Les molestan los muertos, les pesan. No quieren ni verlos. Ni oír sus silencios. Hay que volver a enterrar a los muertos.

Yo entiendo muy bien que haya quienes no quieran desenterrarlos. Quienes por diversas razones quieren que aquellos muertos permanezcan en esos campos, en aquellos pozos y cunetas, tapias traseras de cementerio o veredas de algún río. Lo entiendo, incluso lo comparto. Entiendo a la familia Lorca cuando quiere dejar la memoria de Federico allí donde está, en algún lugar del barranco de Víznar y en compañía de otros tan decentes y tan inocentes como el poeta.

Entiendo al centenario Francisco Ayala, tan lúcido así que pasen cien años. Él también tiene sus muertos en algún barranco, en algún lugar cercano al impresionante Monasterio de las Huelgas. Allí los sublevados franquistas, al tomar la ciudad y sus edificios históricos, quisieron “limpiar” de peligrosos rojos, demócratas, liberales, masones la ciudad levítica y tradicional. El padre de Francisco Ayala, hombre conservador, apolítico y católico, hombre prudente y dialogante, había encontrado, por recomendación de su joven hijo -el profesor, escritor y abogado de las Cortes republicanas, Francisco Ayala- un tranquilizador trabajo en unos momentos críticos por sus años y por sus necesidades de padre de familia numerosa. Don Francisco era viudo reciente y mantenía algunos hijos a su cargo. Se defendía entonces con su trabajo de administrador del histórico monasterio, uno de aquellos lugares del patrimonio real que habían pasado a pertenecer a la República. Y precisamente por ese cargo fue asesinado una noche de hace setenta años. Enterrado en una fosa común. Un poco después también fusilaron a uno de sus hijos, que se había pasado al ejército republicano. Ayala, el mayor de los hijos de don Francisco, se tuvo que hacer cargo de la familia. No quiso que la tragedia impidiera una cierta normalidad en sus vidas, aunque fuera lejos, aunque fuera en el exilio. Nunca quiso mirar atrás. No olvidó. Pero no quiso, no quiere hablar de aquello. Ni hablar de entierros, de recuerdos, mausoleos, arcos,  laureles, lápidas, himnos, homenajes o panteones. No, Ayala ha vivido mirando hacia adelante. No quiere participar en la memoria ni mucho menos en el olvido. Es otra de las dignas opciones en estos momentos en los que a tantas cosas de nuestro pasado -del más trágico de los pasados de nuestros antecesores- nos enfrentamos.

Ahora recuerdo uno de sus textos más emocionados y emocionantes, él que tanto controla sus emociones, escrito al poco tiempo del final de la guerra europea. El texto que ahora selecciono pertenece a su narración “Diálogo de los muertos”, esa elegía española que pertenece a su libro Los usurpadores.

“No había nada por ninguna parte. Nada, sino silencio; un silencio húmedo que rezumaba, calaba hasta lo más hondo; un silencio que era la ausencia y el vacío de la atronadora refriega, ya pasada. No había nada, nada sobre la tierra… Bajo ella, muertos infinitos yacían en confusión, ahora casi tierra ya también ellos, y todavía lastimada humanidad, sin embargo; muertos preñados con el plomo de su muerte; muertos retorcidos en el horror de su martirio; muertos consumidos en la perfección absoluta de su hambre; muertos. Sepultados de cualquier modo, entre las raíces de  los vegetales, entregados a esas garras ávidas, insaciables, vivificadas por la lluvia que había escurrido tan largamente por entre piedras y huesos”.

[Publicado el 13/12/2006 a las 10:30]

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Comentarios (9)

  • QUERIDO AMIGO
    PRICIPALMENTE LOS AÑOS PASAN PERO CUAL QUIERA PUEDE DECIDIR EL FUTURO CUANDO UNO COMETE UN ERROR YA DOBLO SU DESTINO..

    Comentado por: COBRA77 el 20/6/2008 a las 19:44

  • Sr. Rioyo: ¿Vd. no se pone colorado de vergüenza al leer el artículo de Arcadi Espada que me permito colgar a continuación?:
    Querido J: Haciendo estiramientos antes de escribirte leía un gran libro de Juan José Sebreli. De Sebreli hemos hablado alguna vez. Debes de recordar la gran entrevista que le hizo Iván Tubau, y su ensayo canónico El asedio a la modernidad. Hace un par de años publicó Las aventuras de la vanguardia, que es un libro prácticamente desconocido por aquí, y un libro muy importante. Su objetivo central es la indagación de un problema central de la estética (y de la ética) contemporáneas: ¿por qué el realismo dejó de ser conciencia de la modernidad? Es decir, por qué el pensamiento convencional identifica moderno con abstracción (da igual que sea pictórica o literaria) y aún más: con izquierda. Hay una llamativa proximidad entre Sebreli y Tomás Llorens, gran profesor, gran crítico y patrón de la Thyssen, que lleva ya tiempo planteando la misma cuestión y que ha vuelto a hacerlo ahora en la maravillosa exposición Sargent/Sorolla que muestra la Thyssen.
    Bien: cojo aire, porque la revolera es casi exagerada. Leyendo a Sebreli me encontré con un apunte sobre Goya que ilustra la escasa fortuna que la racionalidad y el realismo han tenido en España: «Contemporáneo de Fuseli y de Blake fue Francisco de Goya, cuyos grabados llamados Caprichos y sus pinturas negras de la Quinta del Sordo suelen ser interpretados como otra forma de irracionalismo prerromántico. Esto no es así. Goya era un representante de las ideas ilustradas, no un romántico, y por ello sufrió persecución en la España oscurantista. Su dibujo El sueño de la razón produce monstruos, que pasa por ser un ataque al racionalismo, muestra, por el contrario, que cuando la razón -representada por una figura durmiente sobre un libro- abandona la vigilia, surgen los monstruos engendrados por la superstición, la ignorancia y el fanatismo». ¡Cuántas veces no habremos leído exactamente lo contrario! En España la vinculación entre ese grabado y el irracionalismo es una idée reçue y sirve de maravilla para tertulias, columnas y todo tipo de postales.
    Bien. Teníamos algo pendiente y el estiramiento ha sido útil. El párrafo del reciente artículo de Patxo Unzueta sobre los intelectuales y la palabra nación. «Hasta los años 90 gran parte de los intelectuales españoles admitían la definición de Euskadi (y de Cataluña) como nación. Fue a partir del pacto de Lizarra (que identificaba tal definición con derecho unilateral a la separación) y del planteamiento implícito de condicionar la retirada de ETA al reconocimiento de ese derecho, cuando se produjo la retirada de esa posición hacia la estricta definición constitucional: hay una nación política, España, compuesta por nacionalidades y regiones». ¿Gran parte de intelectuales? Es muy imprecisa esa gran parte. Desde luego no incluye al propio Unzueta. En un artículo de marzo de 1996, e ironizando sobre la posibilidad de que el pacto entre Aznar y Pujol incluyera el reconocimiento, por parte del Partido Popular, de la personalidad nacional de Cataluña (que no lo tuvo), Unzueta escribía: «Nadie ignora que lo que esa exigencia [el reconocimiento de Cataluña como nación] plantea es, sobre todo, que se reconozca que España no lo es [nación]». Era en 1996, dos años antes del Pacto de Lizarra. Pero creo que Unzueta tiene razón, hablando de una manera general. La pasividad intelectual (como mínimo pasividad) ha dado carta de naturaleza al desafuero político.
    En efecto: el adormecimiento de la razón produce monstruos y la actitud de muchos intelectuales españoles respecto a una de sus obligaciones de oficio, esto es, la protección del sentido de las palabras, ha sido lamentable. Desde luego, la palabra nación es un ejemplo emblemático de esta subasta del sentido. Pero no es el único. El concepto de lengua propia es otro ejemplo de una cegadora claridad. ¿Quién debía haber levantado la mano, en Cataluña y en España, ante una locución sin la menor solvencia científica y cuya presencia en el debate político y jurídico sólo tenía por objeto el encubrimiento de una serie de mentiras: mentira a) que los territorios tienen lenguas, y mentira b) que la lengua más usada por los catalanes era (y es) el catalán? Los intelectuales, grosso modo, no levantaron la mano, salvo las conocidas (y tiroteadas) excepciones de Federico Jiménez Losantos y el grupo formado en torno del manifiesto de los 2.300. No levantaron la mano y la circulación del absurdo concepto (ni menos ni más absurdo que el de realidad nacional) ha amparado a la discriminación, y sobre todo la estupidez, en la España contemporánea.
    No debe olvidarse que la destrucción del sentido, respecto a los problemas nacionalistas, arranca del mismo texto constitucional. Aunque es cierto que había un remoto antecedente catalán que la hacía sinónimo de nación cultural, nacionalidad era una palabra perpleja en el mismo momento de nacer. Nadie sabe qué quiere decir, ni tampoco lo que ha significado en el proceso español. Las peripecias constitucionales con el sentido podrían interpretarse como el último y definitivo pago a la dictadura. Podrían. Mucho más desmoralizador es que las peripecias hayan continuado después, sin que los intelectuales ni los políticos hayan reclamado un pacto por el sentido común, rescatando sentido común de su erosión por el uso e interpretando la locución como el «significado de todos». Parece muy difícil, por ejemplo, que sin ese pacto entre demócratas pueda llegarse a algún resultado estable en la negociación con los terroristas.
    El uso de la palabra nación en el debate político y cultural español ha sido un gran ejemplo de frivolidad. Nación, modernamente, sólo quiere decir Estado, y el resto es bullshit, estiércol de toro. Esa idea, por ejemplo, tan sumamente anacrónica, inútil, de la nación cultural, como si tuviera algún sentido moderno identificar a los habitantes de un lugar por una lengua, una etnia o una tradición. En España no hay ninguna nación cultural, en ese sentido monista. No lo es Cataluña, donde hay, al menos, dos lenguas, y muchas tradiciones. Tampoco el País Vasco ni Galicia. Y tampoco lo son ni España ni Europa, aunque uno de los más bellos discursos políticos que se han escrito nunca sea el de tu querido Julien Benda a la Nación europea.
    La frivolidad y la ausencia de sentido crítico han llegado a un límite inexplicable, y sopeso, vaya si sopeso. Hay un libro por ahí, que acaban de imprimir, donde se da una solución no ya semántica al caso español, sino ¡ortotipográfica! Pásmate: dice el sumario profesor que en España está la Nación (mayúscula) y luego las naciones (minúsculas), y que está claro, che, que estamos en una Nación de naciones. Desde luego: una nación, una mema muñeca rusa, cuya primera universidad en un ranking mundial de 500 ocupa la plaza 171, según un estudio reciente, y que no parece en absoluto improvisado, de la Universidad china de Jiao Tong.
    A veces comparo la tarada vida española con la célebre farsa de Sokal, que les endosó un artículo incomprensible al consejo de redacción de Social Text, la posmoderna revista de la Universidad de Duke. Parece, en efecto, que esa vida se proponga como farsa a la espera de que alguien diga: «¡Mentira!».
    Pero los días van pasando.
    Sigue con salud.

    Comentado por: Tomás Algarve Orobón el 17/12/2006 a las 19:33

  • Rioyo, como no se espabile y presente un artículo cada día le va a ganar en comentarios Verdú; y eso es algo que no me apetece nada porque creo que usted merece más audiencia que él.

    Comentado por: El simpática bloguera el 17/12/2006 a las 18:42

  • Recuerdo, al hilo de lo expuesto en el comentario, tu polémica con Francisco Espinosa en una cena en Badajoz. Todos tienen razón: los que prefieren dejar a los muertos en los lugares en que fueron asesinados por los fascistas y los que prefieren desenterrar los restos y llevarlos a los cementerios de sus pueblos y ciudades. Nadie ofende a nadie con estas actitudes. El problema se plantea cuando los muertos de unos y de los otros están enterrados en la misma fosa, barranco o mina. ¿Qué hacer entonces?

    Comentado por: jose manuel sánchez-paulete el 14/12/2006 a las 20:51

  • ¿Creo que ya es tarde ,los hijos de aquellos preferimos que los dejen en paz.

    Comentado por: Antonio Larrosa Diaz el 14/12/2006 a las 18:28

  • Querido amigo:

    Durante el pasado mes de septiembre he rodado un documental en Astorga del que me gustaría hablar con usted. Si es tan amable, le agradecería que se pusiera en contacto conmigo a través de mi correo.

    Un fuerte abrazo.

    Comentado por: Miguel Barrero el 14/12/2006 a las 15:10

  • En montaña, siempre es conveniente hacer un alto en el camino y mirar hacia atrás. Porque saber de dónde venimos nos hace más fácil entender hacia dónde vamos.

    Comentado por: Placero el 14/12/2006 a las 13:24

  • "Al perder nuestro hogar perdimos nuestra familiaridad con la vida cotidiana. Al perder nuestra profesión perdimos nuestra confianza en ser de alguna manera útiles en este mundo. Al perder nuestra lengua perdimos la naturalidad de nuestras reacciones, la sencillez de nuestros gestos y la expresión espontánea de nuestros sentimientos. Dejar a nuestros parientes en los guetos polacos y a nuestros mejores amigos morir en los campos de concentración significó el hundimiento de nuestro mundo privado".


    Hannah Arendt

    Comentado por: La simpática bloguera el 14/12/2006 a las 10:44

  • Yo también me adhiero a este sentir/reflexionar respecto de la memoria que parece que está muerta, pero que en realidad vive en otra instancia. cómo olvidarnos del magnífico poeta granadino, que él mismo decía: "Yo vuelvo por mis alas". Federico, nosotros tenemos tus alas, sólo por la esperanza de verte volver. a fin de cuentas, en toda esta historia, sigue siendo cierto al cien por cien lo que dice el poeta palestino Darwish: "La esperanza es una enfermedad incurable". que no nos curemos, por piedad!.
    dejemos que los aparentes muertos descansen en la paz que les ha tocado.

    Comentado por: lolichka el 13/12/2006 a las 19:45

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Biografía

Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.

 

En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.

 

Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.

 

En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.

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