El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
domingo, 6 de julio de 2008
VENECIA, LA MÁS BELLA
No tengo claro cuál sería la que encabezara una relación de ciudades feas. Desde luego no estarían nunca Zamora, hermosa por algunas cosas, algunos edificios, la vista desde el otro lado del río y algunos poetas con los que compartimos el don de la ebriedad. Tampoco estaría Bilbao, y no solo por la reconversión, por el llamado “efecto Guggenheim”, mucho antes ya había encontrado la belleza en sus calles, su ría y sus gentes. La fealdad de una ciudad, tantas veces, está unida a los momentos que en ella hayamos vivido y con quién los hemos compartido.
Ahora estoy en una de las ciudades señaladas por su belleza. Marcada por su belleza, rehén de ella, salvada o condenada por esa belleza que no puede o no debe cambiar. Estoy en Venecia. Siempre he pensado que el síndrome de Sthendal tendría que haber sido aquí y no en Florencia, su hermosa rival, pero menos rematadamente bella. En Venecia me acuerdo de aquello de “sé bella y cállate”. Venecia está secuestrada por su propia belleza. Tiene que imitarse a sí misma, ser fiel a sus formas, sus curvas, su estilo y su imagen hasta que se hunda, se ahogue en su propia y decadente belleza. Proust la llamaba “santuario de la religión de la belleza”. Y la belleza no era para él, como para Ruskin, un objeto de disfrute, sino una realidad más importante que la vida. Una belleza exigente en sí misma.
Una belleza que conoció muy bien Paul Morand -ese escritor de tantas bellezas, de tantas ciudades- que escribió un libro veneciano en el que reconocía su deuda con esta ciudad, que tomó el partido de los poetas, que se construyó sobre el agua. Dice Morand que los canales venecianos son negros como la tinta de sus escritores, la de Rouseau, Chateaubriand, Ruskin, Mann… No dice nada de Azúa, ni de Gimferrer porque, naturalmente, no los conocía. Ellos también han escrito sobre Venecia, sobre las venecias.
Venecia, que sobrevivió a Atila, a los mercaderes, a los aristócratas, a Bonaparte, a los Habsburgo y a Eisenhower, Hemingway, Visconti, la Mostra de cine, las Bienales y los millones de turistas que hacen cola para sentarse unos minutos, veinte euros la copa, en el Florian o en el Harry’s Bar. Si una ciudad, sitiada entre sus aguas y arrasada por sus turistas es capaz de resistir tanta gente cargada hasta los dientes con sus cámaras digitales, yo creo que será capaz de seguir resistiendo los intentos de ser pintada, fotografiada y escrita por los que llegamos mucho después de que la ciudad fuera tan hermosa y decadente como para ser la diosa de las ciudades bellas. Mientras ella lo siga soportando, nosotros seguiremos arrebatándole la salud porque no podemos trasplantar su belleza.
Venecia, que fue el más hermoso salón de Europa, es decir, del mundo, y la ciudad más brillante de Occidente, sabe que está construida con un material que no será inmortal, que las ciudades, incluso las más hermosas, algún día tendrán que sacrificarse a sí mismas, a su identidad, a sus identidades, para seguir sobreviviendo. Alguna vez hay que hacer peregrinación a Venecia, todavía se puede ver los restos de un mundo condenado a la desaparición. Fue hermosa mientras duró.
[Publicado el 06/11/2006 a las 10:57]
siempre mi sueño es conocer venecia me parece que es divina y increible porque esta construida sobre el agua.......... ojala se me cumpla este sueño.........
Comentado por: katherine talero camacho el 14/10/2007 a las 01:08
Hace pocos días que regresé de Italia. Que decir de Venecia, una ciudad para enamorarse, sin duda la ciudad mas bella que he visitado.
Comentado por: Marina el 24/8/2007 a las 01:32
Vencia es increible, he visitado otras ciudades pero sin duda alguna me quedo con su magia y su belleza.
Comentado por: Shane el 03/2/2007 a las 17:55
debe de ser imposible decir menos con tantas palabras... y además- y sin que sirva de precedente-, sin frases interrogativas... bueno, es un avance...
Comentado por: el atomista melancólico. el 07/11/2006 a las 03:03
Venecia, que sobrevivió a Atila,
.........
nos hemos reído con esta frase ( de corazón, con mis compañeros)
Y no entró en Roma y aún sin ojo y sin saber porqué ...Atila..cruzó lo que nunca debió cruzar, así murió luego ( se suicidó) en Italia.
Tutti! como dicen por ahi, tutti con cioccolato!
Venecia siempre será Byron(no el que más me gusta) porque Woody ( no me gusta mucho, con tanta necesidad va en góndola)
Más que Florencia, una ciudad de Toscana es la bella, para mís recuerdos presos. Los más queridos están en Edimburgo, 16 años y toda la adolescencia. Y después San Petersburgo y los sueños con las amigas adolescentes ( dos años de internado) buscando el lugar en ese puente donde dicen que murió Tolstoi...
Vamos que ni Wordsworth era más fuerte que ese puente de Lenin
Edimburgo, por supuesto. Cáceres, me gusta
Belo! su texto
Comentado por: Enea el 06/11/2006 a las 20:30
Nada que decir sobre la belleza de Venecia "in situ", nunca he estado. Para mí Venecia ha sido sustituída una y otra vez por ciudades alternativas, ya que siempre resultaba la opción más cara cuando intentaba acercarme a ella. Así que ahí se queda sin mi mirada, hasta que se abarate el viaje.
Comentado por: La simpática bloguera el 06/11/2006 a las 17:55
Llegar a Venecia desde el aire, quizás no sea lo más normal y el viajero prefiera la prefiguración viscontiniana, de los inicios de “Muerte en Venecia”, cuando Von Aschenbach descubre tras la niebla lechosa de la laguna temprana, los perfiles edificados de la Salute o las crestas de la Aduana, que parecen crecer desde el agua, bajo ese bosque invertido de un maderamen que cimienta las fábricas de piedra blanca de Istria. Azúa habla de ese bosque invertido e invisible, visitado no por pájaros sino por peces. Esa es la obsesión de los planos lagunares (“piano d´acqua”), que remiten a la edificación de un vacío imposible, como se ve en las imágenes canónicas de San Giorgio in Isola o del Redentore: reflejados sobre “il bacino di San Marco” o sobre el canal de la Giudecca. Incluso Javier Marías, en su serie viajera del verano de 1988, dice que la arquitectura veneciana está pensada para ser vista desde el agua. Si llegas por aire, y no en el tren –como otras veces– que desde Padova te deja en la estación de Santa Lucía o en el vaporcito que desde Mira te transporta por el Brenta hasta el charco lacustre, todo engrana en esa mirada que apenas levanta unos palmos sobre el agua. Tomar tierra, tras recorrer desde el aire, el delta véneto que traza canales geométricos abiertos sobre los lechos del Brenta, del Piave y del Adiggio y describe marjales inundados en un territorio más piélago o pantano que tierra firme; te permite entender la textura inextricable de un territorio lagunar verde y misterioso. Sobre el que primero Torcello y luego Rivus-altus –más tarde Rialto– como un promontorio, han ido configurando una ocupación sorprendente y misteriosa y llena de equívocos: fondamenta, molo, largo, campo, calle, salizzada designan tierras transitables y lomos pisables; mientras que canal, riva, río, bacino son partes diferentes de los bajonazos del agua que abrazan todo lo anterior. Tierra y agua que se reparten, meticulosamente, el dominio de los “sestiere” en que se descompone la ciudad en seis partes superpuestas y contabilizadas: del Cannaregio al Dorsoduro, de San Polo a San Marco y de Santa Croce al Castelo; dejando a lo lejos el barco varado de la Giudecca; y más lejos aún la barra del Lido, como parte de los “murazzi” erigidos como defensa terrera frente al Adríatico y sus mareas invasoras, entre 1744 y 1782 y que conectaban Malamoco y Pellestrina. Todo eso cuenta el espléndido trabajo colectivo “Veneto. Itinerari neoclassici: I luoghi, la storia y l´architettura”, texto que cuenta con un ensayo excepcional de Roberto Masiero, “Le maschere e l´ordine” y que muestra parte de las dificultades venecianas y explicita su hundimiento. “Cómo podía existir un Estado, sin territorio y sin confines? o ¿en qué sentido [la Serenísima] era una República?”. Más aún, Masiero conecta la muerte de la República con “la festa”: “la misma muerte de Venecia es hoy un objeto kitsch para la cultura europea. Así será percibida y reelaborada, seductora y decadente, por Byron, antes que por Proust. Venecia es el lugar de los juguetones y de los bufones: tanto para Goethe, como para madame Stäel, y para el mismo Man”. En la bibliografía aparece un único libro español: el de Azúa “Venecia de Casanova”. Obsesionado como estaba por indagar las razones del hundimiento veneciano, Azúa explora el tiempo que transcurre entre el tratado de Passarowitz en 1718 y el napoleónico de Campo Formio de 1797; esto es entre el comienzo y el final de ese hundimiento de la República Serenísima a manos austríacas y napoleónicas. Hoy ese hundimiento aletea en los avisos impresos de la ACTV dispuestos en las estaciones de los “vaporetti”. Informando los pasquines de la llegada del “acqua alta” para el otoño que se avecina y que emerge misterioso y constante, como en las acuarelas brumosas de Turner. Donde hay un mar invisible que todo lo puebla, como lugar donde se desvanece la mirada y la historia.
Comentado por: El Pozo y El Numa el 06/11/2006 a las 13:53
Javier Rioyo (Madrid, 1952) es licenciado en Ciencias de la Información. Periodista, escritor, director y guionista de cine, radio, televisión y dramáticos. Dirigió y presentó el programa semanal de libros Estravagario en TVE 2, con el que obtuvo el Premio Fomento a la Lectura 2005, concedido por la Federación del Gremio de Editores de España. También ha sido responsable de cultura y libros en el programa diario Hoy por hoy de la cadena SER. Es colaborador habitual de El País (escribe para el suplemento semanal Domingo) y de la revista Cinemanía.
En televisión, Rioyo ha presentado el programa "El Faro" del canal Documanía y ha obtenido dos premios Ondas en Radio y uno en Televisión. Ha sido guionista de numerosos festivales de música para Canal+, así como de los premios Goya, y de diversos programas de radio y televisión. También coordinó los guiones para la serie Severo Ochoa. Ha dirigido y participado en cursos de Comunicación y Cultura en diversas universidades españolas. Formó parte del Comité Asesor de Alfaguara y ha sido jurado de festivales de cine y premios literarios en varias ocasiones.
Es autor del libro Madrid: casas de lenocinio, holganza y malvivir (Espasa Calpe, Premio 1992 Libros sobre Madrid); y de La vida golfa (Aguilar, 2003). En 2005, con su productora Storm Comunicación, realizó la producción ejecutiva y el guión de Miracolo Spagnolo, un documental para la RAI sobre la llegada de José Luis Rodríguez Zapatero al gobierno y su primer año de legislatura. También dirigió y produjo Alivio de luto, un vídeo documental en el que entrevista a Joaquín Sabina; así como Un Quijote cinematográfico.
En 1994 fundó la productora Cero en conducta, con José Luis López-Linares, con la que tuvo a su cargo el guión y la dirección de Alberti para caminantes (2003); y la producción ejecutiva y el guión del largometraje Un instante en la vida ajena (2003), que obtuvo el Premio Goya al mejor documental; así como de Tánger, esa vieja dama (2002). También ha codirigido con José Luis López-Linares el cortometraje Los Orvich: Un oficio del Siglo XX (1997), y los largometrajes Extranjeros de sí mismos (2001), nominado al mejor documental en la XVI edición de los Premios Goya; A propósito de Buñuel (2000); Lorca, así que pasen cien años (1998), nominado a los premios Emmy 1998; y Asaltar los cielos (1996), nominado a los premios Goya al Mejor Montaje, y ganador del Premio Especial Cine, de los Premios Ondas 1997.
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