Mallarmé sin libro
Me siento muy concernido por lo que Azúa dice en ese breve texto de su blog, y me identifico con los amigos descritos por él, arruinando su vida (por no hablar de salud) en el ejercicio de atesorar libros antes de leerlos, antes de tener al menos la oportunidad de leerlos. Mi biblioteca es la única inversión de mi vida, la única sin plazo fijo, pero el pasado día 23 de abril yo honré a Cervantes quedándome un buen rato pendiente de un árbol. No dramatizo. No quiero decir que fuese en plan suicida, llevado a la desesperación por los males de este tiempo, que son muchos y más graves que las estanterías combadas por el peso de las páginas que tengo frente a mí mientras escribo este texto. Estuve, con otros colegas de la literatura, colgando un papel de un árbol del Jardín Botánico, en una celebración recoleta pero pública que se planteaba como homenaje al silencio, al pensamiento y su trascripción en palabras, según lo resumía el maestro de ceremonias Germán Solís, de la Escuela de Escritores.
La acción poética reproducía a su modo un encuentro de escritores que tuvo lugar en ese mismo jardín madrileño un día de otoño de 1923. Un grupo que incluía a Alfonso Reyes, Eugeni D'Ors, Ortega y Gasset, Bergamín y Díez Canedo se dio cita frente al museo del Prado y, con la excusa de rendir tributo de admiración a Mallarmé, guardó cinco minutos de silencio en el interior del Botánico, escribiendo todos los presentes a continuación en un papel lo que se les había pasado por la cabeza durante esos cinco minutos. Siempre me ha resultado curioso que Mallarmé pase por ser el pontífice máximo de una literatura del silencio, habiendo sido un grafómano empedernido que llegó incluso a crear y escribir íntegramente (oculto en pseudónimos) una revista de moda femenina de la que salieron ocho números.
Me parece pertinente, además de ocurrente, proponer un adelgazamiento, incluso un escamoteo estratégico del libro en el Día del Libro, y no me importaría sumarme a una iniciativa que instaurase el Día Mundial sin Leer un Libro, siempre que los mismos preceptos obligaran al común de los mortales a leerlos en los restantes 364 del año. Yo no podría vivir sin ellos acompañándome en la soledad rumorosa de mi apartamento-biblioteca, pero la otra noche soñé que no existían los libros; no por haber desaparecido sino por no haber sido aún inventados. Me desperté eufórico, matinal, sintiéndome el patrocinador de una nueva era en la que, entre todos, se procedería a la creación de ese desconocido artefacto de papel escrito que los demás seres del universo tendrían en sus manos y leerían. Pero fue abrir la puerta de mi dormitorio y enseguida ver, mirándome con la sabiduría paciente de sus años, los primeros volúmenes que tengo apilados en el pasillo. Como dijo aquél: al despertar seguían allí.
Tengo frecuentes ensueños, mientras estoy despierto, relacionados con el libro. Uno reciente me lo causó el propio Mallarmé, con un hermoso y enigmático texto en prosa sobre una imaginaria "bancarrota" de las librerías: "Los volúmenes alfombraban el suelo, aunque no se dijera, sin venderse; a causa del público que perdía el hábito de leer, probablemente para contemplar por sí mismo, sin intermediarios, las puestas de sol familiares".
Y también he recordado hace poco lo que le pasó al gran locoide de la música romántica Charles-Valentin Alkan, de quien en estos días escucho una nueva grabación de sus impresionantes ‘Doce estudios en tonos menores', magníficamente interpretados al piano por Stephanie McCallum (ABC Classics, distribuído por Diverdi). Se cuenta que Alkan murió al caérsele encima mientras dormía la estantería de libros que, lector voraz a la par que maníaco del teclado, había puesto, por falta de espacio en la casa, detrás de su cama. Hace tres años una estantería alta fue vencida por la carga de los libros de arte que sostenía, y se desplomó en el pasillo por el que yo acababa de pasar, arrastrando en su caída, además de los gruesos tomos ilustrados, la madera, las alcayatas y una buena parte de la mampostería. Confieso aquí con cierta nostalgia la alegría de haberme salvado de perecer en ese accidente doméstico. Para gente como yo quizá nada es más dulce que irse al otro mundo llevado por el peso contundente y leve de lo que más ama.
[Publicado el 03/5/2010 a las 11:01]
Comentado por: mike sorils el 28/10/2011 a las 17:52
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Comentado por: jack el 10/10/2011 a las 13:22
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Comentado por: jack el 10/10/2011 a las 13:21
Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en 2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama). Su libro más reciente es El hombre que vendió su propia cama (Anagrama).
Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).
Foto: Asís G. Ayerbe


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