Isherwood y McCarthy
Y no es que las novelas adaptadas sean extraordinarias. Con Cormac McCarthy tengo un problema íntimo, que les expongo en toda su crudeza: empecé a leerle por sus libros más recomendados, ‘Todos los caballos bellos' y ‘No es país para viejos', pero como apenas tengo sensibilidad para el ‘western' escrito los abandoné pronto. Cuando alguien que me conoce bien me dijo que ‘La carretera' me iba a gustar por ‘beckettiana', la leí, y no la abandoné, aunque su desnudez sintáctica la veo más cercana a Gertrude Stein que a Beckett; a ratos su repetitiva salmodia verbal me pareció ungida y ampulosa como una ceremonia por el rito ortodoxo. Lo malo de ‘The Road', la novela y la película, es que su fábula de descomposición del inmediato mundo futuro ya la hemos visto y leído antes, y a mí me fue difícil sustraerme mientras veía el film al recuerdo de la excelente ‘Children of Men' de Alfonso Cuarón, sin dejar de pensar en lo elocuente que resultaba P.D. James en su libro de base, escrito en un estilo menos portentoso que el de McCarthy.
La catástrofe que irrumpe en la cotidianeidad de George, el hombre soltero y profesor de literatura inglés establecido -como el propio Isherwood la mayor parte de su vida- en los Estados Unidos, no es metafísica ni siquiera atómica; es tan común como un accidente de tráfico, que en su caso le hace perder al hombre que ama, y la vida que ambos llevaban, posiblemente igual de doméstica y feliz que la de los innominados protagonistas de ‘La carretera', el Hombre, la Mujer, el Niño, víctimas de un cataclismo inexplicado y tal vez universal. Los dos directores coinciden en la magnificación estética del sufrimiento. Ford no se está quieto en casi ningún momento, aunque cuando lo está le funciona: por ejemplo en la poderosa escena de la noticia del accidente mortal de su amante, que George, sentado y casi inmóvil, oye por teléfono. El diseñador de moda planifica con sus tijeras, montando venga o no a cuento planos de ojos sueltos, de manos, de cuellos, de esquinas y paseantes, a menudo al ralenti. Y también los dos directores disponen de un gran material humano en sus actores, pero la impresión que dejan en el espectador es que les da igual tenerlos ante la cámara. Hillcoat, por ejemplo, no sabe sacar partido de un momento tan potencialmente conmovedor como la reflexión del padre y el hijo frente a la playa sucia, y sólo en un pasaje, el del ladrón negro perseguido y desnudado, consigue el verdadero patetismo.
Respecto a Ford, ha elegido a los actores idóneos y a los chicos más guapos del campus y el ‘locker room', pero al rodar se olvida de ellos, distraído en sus manualidades camarógrafas y juegos de color intervenido. Colin Firth, uno de los galanes más aburridos de expresión que hay en el cine contemporáneo, da aquí lo mejor de sí mismo, que no es, para mi gusto, mucho. El estropicio es ver a los generalmente magníficos Matthew Goode (Jim) y Julianne Moore (Charley) pasar por las manos y la mirada del director de ‘Un hombre soltero' sin dejar más huella que el perfil de una silueta en la pasarela.
[Publicado el 12/4/2010 a las 09:00]
Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en 2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama). Su libro más reciente es El hombre que vendió su propia cama (Anagrama).
Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).
Foto: Asís G. Ayerbe


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