Casablanca
Casablanca tiene de todo, pero hay que ir a buscarlo entre el espeso tráfico y la densidad de sus seis millones de habitantes. Sus playas, en especial la de Aïn Diab, son tan espléndidas (bravas de mar y finísimas de arena) como las del resto de la hermosa costa atlántica que va desde Asilah a Sidi Fini. Su antigua medina, sin estar desde luego al nivel de la de la cercana Rabat, ofrece el laberinto intrincado que se espera y una oferta comercial algo más barata de lo habitual; dentro de sus murallas, y cerca de la elegante Puerta de la Marina, se encuentra la mezquita dieciochesca de Jamáa El-Hamra. La ciudad cuenta también con otro zoco más moderno y pintoresco en el interior de la medina moderna, el llamado Barrio de los Habous, edificada en los años 1920 al lado del Palacio Real. Y luego hay en Casablanca dos cosas inencontrables en ninguna otra ciudad del país: la extraordinaria y muy numerosa arquitectura Art Déco (sólo comparable, a mi juicio, a la de Bruselas y Riga) y un hito que no diré que es una obra de arte pero sí constituye uno de los mayores espectáculos del mundo del exhibicionismo religioso: la Gran Mezquita Hassan II.
A pesar de su gran tamaño, Casablanca es además una ciudad transitable a pie, en una amplia zona urbana, siempre que uno tenga buen calzado y piernas favorables. Se puede ir, por un lado, en dirección al mar, partiendo de la plaza central de Mohamed V, bordeando o atravesando la Antigua Medina y llegando a la zona portuaria para visitar la Gran Mezquita; en dirección opuesta, hacia el sureste, se haría el recorrido arquitectónico Art Déco, no sólo por las más conocidas calles del centro, la peatonal Príncipe Moulay Abdallah y los bulevares de Mohamed V y de París, sino alcanzando también el barrio de Mers Sultan, donde se hallan algunos de los edificios más singulares en su mezcla racionalista y neo-morisca. Lo que está lejos es la llamada ‘corniche' o cornisa marítima: no menos de veinte minutos en taxi desde la Plaza Mohamed V. La Corniche ‘casablanquesa' resulta interesante por su animada vida nocturna, sus decadentes locales con terraza y piscina, siguiendo la más tradicional nomenclatura del exotismo internacional (‘Tropicana', ‘Miami', ‘Sun Beach'), y sus discotecas, donde no se hace ascos a la mezcolanza, alcohólica y sexual. Pero volvamos al Casablanca diurno.
La rutilante mezquita Hassan II no es el mausoleo del difunto rey (como el de su padre Mohamed V en el centro de Rabat) ni un lugar sagrado de peregrinación. Se empezó a construir en 1986, por deseo expreso de Hassan, quien quiso dotar a la mayor ciudad del país de algo grandioso unido a su nombre. Su inauguración en 1993 supuso un acontecimiento nacional, aunque no faltasen voces (amortiguadas por la censura o el temor) críticas con el dispendio y los modos de recaudar las aportaciones ‘voluntarias'. Sinceramente: no es una maravilla del universo, ni creo que llegue nunca a serlo en los ‘hits parades' del ramo, pero impresiona mucho visitarla cualquier día, y en especial los viernes, para verla funcionar como una perfecta y aparatosa máquina de la creencia. La Gran Mezquita es un lugar de culto vivo, que acoge en su inmenso interior (con capacidad para 25.000 personas) a un número regular muy abultado de orantes, convertidos en una masa bullente y colorida al salir del templo camino de las enormes explanadas (donde caben 80.000 almas) que se extienden frente a la galería abierta y el minarete. Al otro lado de los altos y sólidos muros sólo hay mar rugiente, pues la mezquita se construyó robando doce hectáreas de costa arenosa al océano.
La ciudad está tan orgullosa de su mezquita que la comparte con los infieles, al contrario de lo que sucede en el resto de Marruecos, donde no es posible entrar en esos lugares de oración sin ser musulmán. Abierta todos los días de la semana (los viernes sólo hasta las 2 de la tarde), es aconsejable, pero no siempre obligatorio, la visita guiada de pago, que permite llegar a alguna de sus dependencias más recónditas. Aunque las fuentes (41) de la Sala de Abluciones y la azulejería de sus bonitos ‘hammams' (baños árabes) resultan chillonas en comparación con los ejemplos clásicos del arte andalusí, la inmensa Sala de Plegarias tiene, en su magnificencia, algo de portentoso. Vacía de fieles, y sólo así nos es posible entrar en ella, sus altísimos techos escayolados, sus grandes lámparas de cristal de Murano, su exquisita marquetería en madera de cedro y sus avenidas laterales de columnas de mármol recubierto de cerámica en la base causan asombro, cuando no arrobo místico. Para mí lo más llamativo del edificio son sus puertas, veinticinco, hechas de latón y titanio muy finamente labrado en la superficie. Por la noche, visible desde muchos puntos de la ciudad, el minarete, al que sus 210 metros convierten en la edificación religiosa más alta del mundo, lanza desde su cima un rayo láser que señala la Meca.
Por no salir del ámbito de lo sacro, me gustaría destacar en el segundo paseo urbano, el que tiene como ‘leit motiv' el Art Déco, una de las piezas más originales de la ciudad en ese estilo: la iglesia católica del Sacré-Coeur, hoy sin culto y situada, por cierto, junto al Consulado Español y el Instituto Cervantes local. La iglesia, con sus dos bellas torres gemelas de cubos superpuestos, es obra (iniciada en 1930) de Paul Tournon, uno más de la pléyade de excelentes arquitectos franceses autores de la mayoría de edificios de formas geométricas levantados en Casablanca en la remodelación urbana del período más ‘iluminado' y emprendedor del protectorado francés, el que va de 1928 a 1940. El nombre de Tournon se suma a los de Albert Laprade, Adrien Laforgue, Joseph Marrast y Marius Boyer; a éste último se deben las trazas de la Wilaya o ayuntamiento de la ciudad (1928-1936), en pleno centro administrativo. Teniendo más encanto, casi frente por frente, la Poste o sede central de Correos (obra bastante anterior de Laforgue), la Wilaya de Boyer merece sin duda la pena por las vistas desde su llamado ‘campanile' (al que se accede en ascensor) y sobre todo las dos grandes pinturas que flanquean la escalera de honor, estupendos ejemplos del arte de Jacques Majorelle, otro francés que creó con su obra un Marruecos imaginario, perdurable más allá del tiempo de las colonias.
[Publicado el 30/12/2009 a las 09:00]
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Comentado por: Jesus Guillen Bernal el 19/1/2010 a las 06:56
Comentado por: Yo, Perro el 30/12/2009 a las 22:17
es curioso
mo puedo imaginar las cuatro ciudades mencionadas : casablanca, marraquech, tánger, rabat, más diferentes entre sí
claro, las situaciones, los momentos, la compañía, tantas cosas, determinan nuestras impresiones personales
y.... ¿fez, por ejemplo?
pienso que las comparaciones no son solamente odiosas, sino innecesarias, inútiles, contraproducentes; algún guía marroquí, desnortado, trataba de convencernos de la equiparación de casablanca con las grandes capitales europeas, enumerando ¡sus bancos, su aerorpuerto, sus parques, cosas así!; "atractivos" que no son precisamente los que llevan a los guiris a marruecos
marruecos, tan cerca y taaan lejos...
Comentado por: jbv a 10.710 km el 30/12/2009 a las 14:31
Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en 2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama). Su libro más reciente es El hombre que vendió su propia cama (Anagrama).
Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).
Foto: Asís G. Ayerbe


22/1/2012 13:31
Buenas sugerencias, también me...
Publicado por: Marta
07/12/2011 20:00
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06/12/2011 19:20
Publicado por: Sodine Üe
23/11/2011 00:53
Agradezco mucho el comentario...
Publicado por: Vicente Molina Foix
21/11/2011 10:59
Mi comentario no tiene que ver...
Publicado por: Manoli
16/11/2011 13:07
Léanse los dos primeros mensajes...
Publicado por: Eduardo
10/11/2011 19:45
No se como hay gente que dice...
Publicado por: Manuel
10/11/2011 18:00
Mientras me quede aliento jamás...
Publicado por: Miguel Ángel Unanua
10/11/2011 07:46
Y ahora, después de terminar de...
Publicado por: loria jafon
09/11/2011 12:34
Perdón, "R'n'R heart" es del 76.
Publicado por: Eduardo
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