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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 24 de agosto de 2019

 Blog de Vicente Molina Foix

Metafísica del champán

Como un asesino, he vuelto al lugar donde cometí algunos excesos juveniles poco tiempo después de llegar a vivir a Madrid. Yo frecuentaba entonces, a la tierna edad de diecisiete años, dos lugares de la ciudad: un café y un cine. El café era el Chócala, en la calle Alcalá, donde una vez por semana se reunían los integrantes de la revista de cine Film Ideal, en la que yo había sido admitido, como si de una secta se tratara, gracias a la publicación de un artículo mandado espontáneamente desde mi provincia natal. Además de tomar copas en el Chócala, los ‘filmidealistas', sobre todo los más seguros de sí mismos, que no era mi caso, organizaban también actos cuasi-dadaístas con motivo del estreno de alguna película dirigida por un maestro reverenciado. Hubo varios ‘estrenos espectáculo' en aquella época de devociones cinéfilas un poco talibanas, pero el que yo recuerdo especialmente es el de la película ‘Dos en la carretera', que debió de tener lugar hacia 1968 en el Avenida, mi cine  predilecto de la Gran Vía.

    El Chócala sigue intacto, casi frente por frente al aplomado caballo del general Espartero, pero no los cines a los que tanto íbamos recalcitrantemente y a veces en grupo. De los grandes coliseos emplazados en la por aquella época llamada avenida de José Antonio Primo de Rivera sólo quedan en función cinematográfica, un tanto despedazada, el Callao, el Capitol y el Palacio de la Prensa, mientras otros están clausurados o se han convertido en contenedores de musicales de Broadway o ‘shopping malls'. Todo muy americano, como antes, pero con otro calibre. Hace tres días entré con una mezcla de nostalgia y susto en el Avenida, escenario del citado estreno de ‘Dos en la carretera', al que los más exaltados críticos de la revista llevaron botellas de champán y vasos de plástico para brindar antes de la sesión, en el amplio vestíbulo, a la salud de los protagonistas Audrey Hepburn y Albert Finney y del director de esa maravillosa comedia, Stanley Donen, cuya obra fílmica, según la expresión de uno de los más ocurrentes ‘filmidealistas', representaba en el cine la metafísica del champán.

     El Avenida es ahora una sucursal de la multinacional de ropa H&M, mientras que el otro gran cine contiguo, el Palacio de la Música, sigue en obras, tapiado, para dar cabida en su día a un local dedicado a la música, lo que es una buena noticia, una de las pocas que nos da el sádico equipo municipal ‘gallardoniano'. Se me hizo extraño entrar, bajo la atenta mirada de un ‘segurata' (mucho menos marcial que los antiguos porteros del cine), en el ex-Avenida, que sigue luciendo bien en el vestíbulo de mármol policromado, con sus pinturas galantes y su doble escalera espejeada. Los remodeladores han hecho guiños al local anterior, dejando por ejemplo los rótulos que indican la Sala 1 y la Sala 2, una partición que se inauguró 2002, cuando ya amenazaba la crisis de las audiencias cinematográficas. Lo que no hay es patio de butacas ni pasillo central, ni pantalla, habiendo en lugar de los acomodadores opulentos, un tanto prusianos, que se veían en tiempos de esplendor, dependientes espigados, algunos con ‘piercings' y aun así bastante eficaces. Se han cometido estropicios, desde luego, sobre todo en las escaleras automáticas, el techo y la planta sótano, que, la verdad, no recuerdo qué función tenía en su día pero ahora parece un quiero y no puedo de lujo goyesco e informalidad ‘prêt-à-porter'.

       No hay que mitificar innecesariamente. El Avenida no era una obra maestra de la arquitectura, y por tanto la alteración de sus interiores no es un magno delito contra el patrimonio. Construido en 1927 por el arquitecto José Miguel de la Quadra-Salcedo, el edificio carece de carácter: ni es racionalista, como por fecha le podría haber correspondido, ni regionalista, afrancesado o vienés, al modo en que lo son, en dosis variables, algunos de sus más bellos vecinos de esa parte de la Gran Vía. Ahora bien, despejada de los inmensos cartelones cinematográficos pintados a mano que tanto nos gustaban, la fachada queda neta y elegante, y está de noche bien iluminada.

     Convertirse en un templo del vestuario moderno  -sin atrezzo suntuario pero amplia selección de bisutería- no es el peor destino para un antiguo cine. Baste recordar, a ese respecto, la transformación del Infantas en supermercado ‘low cost' y la pura y simple demolición o ruina de otros añorados locales del barrio de Salamanca como el Carlton o el Mola. Hay algo escenográfico (y es otro de los méritos de sus actuales ocupantes) en la disposición de las ropas y los complementos en este nuevo H&M, que, con un poco de imaginación, puede hacernos pensar en una Audrey Hepburn que, en tiempo de penuria, ya no desayuna en Tiffany´s sino en Starbucks.  

    Me probé un chaquetón ese día pero no me compré nada. Echaba de menos las burbujas.

[Publicado el 18/12/2009 a las 09:47]

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Comentarios (3)

  • me parece caca.

    Comentado por: Jesus Guillen el 22/12/2009 a las 07:26

  • Totalmente de acuerdo: austrohúngaros mejor. Muchas gracias por tu compañía lectora y tu constante sintonía. VMF

    Comentado por: Vicente Molina Foix el 19/12/2009 a las 00:22

  • ejercicio de masocas, digo, de nostálgicos
    como yo me incorporé algo más tarde a madrid -ya muerto el innombrable-, aunque conocí y frecuenté los de la gran vía, viví apasionadamente desde sus comienzos los alphaville, renoir, princesa, ideal; los echo insoportablemente de menos
    audrey... una de mis 10
    "acomodadores opulentos, un tanto prusianos", ¿no deberías decir austrohúngaros?

    Comentado por: jbv a 10.710 km el 18/12/2009 a las 14:40

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Biografía

 

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016). Su más reciente libro es El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

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