El país del anti-turista
El cine ha sido muy turístico desde el principio, por razones fáciles de comprender, aunque sólo unos pocos maestros han viajado bien, sin disparar su cámara con la facilidad aniquiladora del gatillo; Pasolini, Malle, Agnès Varda, Rossellini, y el Orson Welles de sus reportajes españoles son ejemplos distinguidos de viajeros de gran clase, pero ninguno de ellos llegó al atrevimiento de Jim Jarmusch en ‘Los límites del control' (The Limits of Control'). Es doloroso, como lo son siempre las comparaciones, que su película coincida en la cartelera con ‘Si la cosa funciona' (‘Whatever Works'), el último Woody Allen, en la que el gran director neoyorkino, incluso rodando en su ciudad, incurre en escenas de agencia turística (la visita a la Estatua de la Libertad, el Museo de Cera), quizá el inevitable destilado de esa colección de postales bobamente iluminadas que fue su anterior ‘Vicky Cristina Barcelona'.
Advierto que no soy un incondicional de Jarmusch, lo que traducido en hechos contantes significa que hay algún título suyo del que he prescindido como espectador, algo que nunca he hecho ni haré con Allen. ‘Los límites del control' no está a la altura de las que, a mi entender, son sus obras maestras, ‘Noche en la tierra' (‘Night on Earth') y la aún reciente ‘Flores rotas' (‘Broken Flowers'), faltándole creo el humor -‘deadpan' pero verdaderamente divertido- que ambas tenían y tendiendo más, por el contrario, al un tanto inconsistente trazo de sus primeras y significativas obras, ‘Permanent Vacation' y ‘Extraños en el paraíso' (‘Strangers than Paradise'), que le pusieron en el mapa del mejor cine independiente americano a principios de los años 80. Se trata, sin embargo, de un ejercicio de vaciamiento de la noción de turismo fílmico que, con todos sus defectos de ritmo y sus autocomplacencias de guión, resalta la paradójica verdad de una hermosa frase de Emerson: "Si uno se pone expresamente a mirarla, la luna se convierte en oropel".
La acción de la película trascurre toda ella en una España de la que Jarmusch no evita clichés. El Solitario matón que encarna con adecuada impasibilidad estatuaria Isaach de Bankolé se sienta a tomar sus expressos repetidos en el Madrid antiguo, toma el AVE en Atocha y se baja en Santa Justa, se detiene ante la Torre del Oro y recorre algunos de los rincones más típicos del barrio de Santa Cruz, sin dejar de asistir, en uno de los más sugestivos momentos del film, al espectáculo de un tablao flamenco. En su trayecto elípticamente criminal, el Solitario visita cuatro veces el museo Reina Sofía y tiene citas o encuentros con personajes disfrazados, en general lo menos logrado de ‘Los límites del control', pese a que esos personajes los interpreten actores de la talla de Bill Murray, Luis Tosar, Tilda Swinton, John Hurt, Gael García Bernal y la libanesa Hiam Abbass, que últimamente sale en todas las películas. Un helicóptero que al final desciende del cielo sin mostrarnos de dónde viene sobrevuela la mayoría de los episodios.
Jarmusch ha definido, en una entrevista de ‘Film Comment' que traduce en su número de septiembre ‘Cahiers du Cinema España', como "una película de acción sin acción", lo que no es del todo cierto; hay un asesinato, desnudos, niños locuaces, sicarios, y la silueta del edificio madrileño de Torres Blancas, en sí mismo un icono de lo irresoluble y lo ‘unheimlich'. El secreto del trasfondo fascinante de ‘Los límites del control' es su falta de determinación, de norte, de fijeza. Madrid, Sevilla, Almería, son paradas de un recorrido que bien podría llevar al protagonista a cualquier otro lugar de España o América sin por ello dejar de ser un viaje. En este caso, un ‘trip' alucinante voluntariamente rebajado con el frío del juego de las simetrías y los silencios.
[Publicado el 20/11/2009 a las 10:27]
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Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en 2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama). Su libro más reciente es El hombre que vendió su propia cama (Anagrama).
Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).
Foto: Asís G. Ayerbe


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