El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 13 de febrero de 2012

 Blog de Vicente Molina Foix

Urania

La prostitución es una pesadilla universal, y el sueño de una minoría ha sido eliminarla de nuestro deseo. Entre sus perseguidores más recalcitrantes están algunos alcaldes, algunos policías y la iglesia católica, que la practica desde tiempo inmemorial en sus colegios, orfanatos y seminarios, con la peculiaridad de que los sacerdotes usuarios no pagan estipendio a los niños y niñas a quienes prostituyen a la fuerza. También hay gente de buena fe, como Dickens, sobre el que acaba de aparecer en Inglaterra un excelente ensayo, ‘Charles Dickens and the House of Fallen Women', en el que su autora, Jenny Hartley, investiga exhaustivamente, con nuevos aportes documentales, una faceta ya conocida de la vida del gran novelista inglés, su labor como regenerador de las "mujeres descarriadas" (en inglés, "caídas").

     Financiado por una dama filantrópica y millonaria, Angela Burdett-Coutts, más tarde Baronesa Burdett-Coutts, Dickens fundó a mitad de los años 1840, en el barrio londinense de Shepherd´s Bush, un refugio para ‘mujeres caídas', al que puso el curioso nombre de ‘Urania Cottage', ajeno él naturalmente en ese momento de ingenuidad victoriana al significado que la palabra ‘cottage' adquiriría en el siglo XX en el vocabulario ‘gay' masculino, un significado entre urinario y ‘uraniano', término elegante, este último, adoptado por algunos eruditos de la materia para referirse a las tendencias homosexuales. La Urania ‘dickensiana' no era más que la musa de la astronomía, una mujer engendrada sin madre.

     Dickens y su rica patrocinadora querían, por supuesto, redimir a esas prostitutas, ante el escepticismo de otro gran personaje que siguió la operación, el ya entonces anciano Duque de Wellington (novio clandestino de la mucho más joven Angela Burdett-Coutts), para quien esas mujeres de la calle eran "incorregibles". Dickens no pensaba lo mismo, y se entregó con un celo asombroso (pues mientras tanto no dejaba de producir regular y casi industrialmente sus estupendas novelas) a las tareas propias del Cottage, en el que él mismo se ocupaba de los más pequeños detalles; por ejemplo la decoración, un tanto edificante, de las paredes, y la vestimenta que las allí recogidas debían llevar, no ostentosa pero tampoco excesivamente triste, para que "no pareciésemos todos cuáqueros".

    Y es que el escritor pasaba muchas horas en la casa, aunque, todo hay que decirlo, de una forma un tanto interesada. Mientras observaba el comportamiento de las ex-prostitutas y les daba consejos morales, las escuchaba. Es más, las persuadía  -a veces obligándolas- a contarle sus vidas descoyuntadas, los abusos sufridos en sus familias o a manos de unos desalmados, los intentos de suicidio en algún momento de desesperación, sacando Dickens de esas largas confesiones un valioso material para sus novelas. Una vez hecho ese relato, las jóvenes no podían volver a contar a nadie sus experiencias, ni siquiera a sus demás compañeras de refugio ni al personal que allí las atendía, seleccionado también a dedo por el autor de ‘Tiempos difíciles'. Pero en ningún caso se ejercía sobre ellas violencia carcelaria ni prácticas usuales en los reformatorios de la época, tales como el pelado al rape y los castigos corporales.

    El objetivo final de la iniciativa era que, una vez reformadas y ‘limpias' de su condición venal, las muchachas emprendieran, al cabo de un año de internamiento, una nueva vida lejos del Urania Cottage. Muy lejos, pues se las enviaba, con el trayecto en barco pagado asimismo por la generosa baronesa, a alguna colonia británica donde pudieran rehacer sus vidas, casarse tal vez, y olvidar el pasado. Pero aquí tropezó Dickens con dificultades inesperadas. Varias de las internas, que se habían sometido a los madrugones profilácticos, al uniforme de dril, al estricto régimen de puntualidad y templanza impuesto en el establecimiento, no aceptaron irse al nuevo mundo y, en varios casos, volvieron por voluntad propia a ejercer su oficio en las calles. De una de las más irredentas, Anna Maria Sesina, Dickens, contrariado, dijo que "sería capaz de corromper a un convento de monjas en quince días".

    Hay muchas prostitutas en las calles de Madrid, no pocas cerca de donde yo vivo o a menudo paso caminando. Las chicas (y los chicos que se postulan en la Puerta del Sol, o los transexuales de ciertos parques y zonas residenciales) no parecen sentirse humilladas ni ofendidas, aunque eso, lógicamente, resulta imposible de detectar; han de atraer al cliente, y malamente lo harían poniendo cara de pena o angustia. Los prostíbulos-prisión, las redes de trata de blancas (y negras), el personaje odioso del mercader de cuerpos; ésas son las figuras a perseguir y erradicar, poniendo las bases para que quienes quieran salir de esa red lo hagan libremente. A otras, practicantes decididas del viejo oficio de dar placer por dinero, que las dejen en paz, sin normativas exageradas ni destierros.

[Publicado el 03/6/2009 a las 12:37]

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Comentarios (3)

  • Vicente, no quisiera molestarle mucho ni tampoco perturbarle los sueños que tenga a buenas regalarnos, pero hace ya que no sueña usted una velada o conversación con su amigo Benet.Refuerce usted esa memoria y traiga aquí algo meditado de ese escritor lejendario.Me hago eco de Blanca Andreu: hay otros que aprovechan con menor causa para hablar de Juan y no son trigo limpio.

    Comentado por: Francisco de Escaen el 04/6/2009 a las 14:42

  • Suecia, país poco sospechoso de carcundia, puso en marcha en 1999 (tras veinte años de estudios y comisiones)una ley que criminalizaba al "usuario" de servicios de prostitución (nunca a la prostituta). A pesar de que en el primer año sólo se detuvo a once usuarios (imaginamos que la cifra real sería mucho mayor), logró bajar un 35% la prostitución callejera.Olvidas mencionar que entre los "perseguidores más recalcitrantes" de este comercio están un gran número de asociaciones feministas que ven la prostitución como una violación de los derechos humanos de las mujeres y su erradicación algo factible y deseable.Por cierto, en el parlamento sueco donde se aprobó dicha ley había más de un 40% de diputadas.

    Comentado por: jfsebastian el 03/6/2009 a las 21:43

  • MANIFIESTO PARA UNA NUEVA LITERATURA INDEPENDIENTE
    Pablo Paniagua


    Estoy convencido de que la literatura vive en un estado de permanente emergencia. La industria editorial, casi en su conjunto, dejó de apoyar a los autores noveles que enfrentan su trabajo con honestidad, para promover un tipo de producto pseudoliterario que rebaja la percepción general de lo que antes se entendía como literatura. Ahora, por ejemplo, David Trías, editor de Plaza & Janés (del grupo Random House Mondadori), proclama con descaro la conveniencia de la novela como producto consumible, mientras que el “mundillo literario” aplaude la concesión del Premio Cervantes a un escritor, como Juan Marsé, que plaga sus novelas con adverbios terminados en “mente” y cuya obra supone el estancamiento de un género que sigue los cánones del siglo XIX. Y es que la banalidad y la simulación de la Civilización Supermoderna lo empapa todo, hasta el punto de equiparar el éxito de ventas con la calidad. Hoy las historias de contenidos superficiales, bajo una deficiente forma y sin fondo, son las que reinan en el panorama literario, mientras asistimos a la derrota de la Gran Literatura.

    Da la sensación de que una parte de los involucrados en el proceso editorial (escritores, agentes literarios, editores, críticos y periodistas), están planeando y ejecutando la muerte de la literatura, su asesinato, mientras los lectores, alienados por la simulación, aplauden como si estuvieran viendo tal acto sentados frente a un televisor. Es la “cultura del entretenimiento” la que se superpone a la “cultura del pensamiento”, donde enanos mentales, como Francis Fukuyama, tan festejado por los medios de comunicación de masas, son los grandes pensadores de la Época Supermoderna.

    Pero dicha civilización parece que naufraga, en la propia crisis generada por la ausencia de valores espirituales, cuando el Becerro de Oro que todos idolatran se desquebraja como el mismo modelo económico en el que se sustenta. Y aquí la historia bíblica toma la forma de la parábola para repetirse en los tiempos de hoy, con un dios supletorio que nos conduce hacia la distopía. Ésta es nuestra civilización fracasada, la Humanidad ante el callejón sin salida, donde el ídolo monetario refulge con el fuego de la avaricia y la especulación, y donde la literatura, como un apéndice corrupto, rebaja su esencia para ir a la búsqueda exclusiva del logro económico, y así mostrar su rostro más siniestro.

    Ante lo arriba expuesto, hago de mi palabra un grito para promover una nueva “literatura independiente” que ha de enfrentar, criticar y señalar, los males de la Época Supermoderna y su banalidad, para así alejarse de la inercia que supone la muerte de la literatura. Como escritores tenemos que recuperar, con esfuerzo y dedicación, los espacios que nos están robando, encontrar nuevas estrategias para la supervivencia y no desistir en mostrar muestro trabajo al mundo. Para ello, hay que crear editoriales independientes (las nuevas tecnologías de impresión propician dicha vía, cuando negocios como “Lulu.com” o “Bubok.com” son salidas demasiado fáciles y, por tanto, bajo el influjo de la mediocridad), autogestionar nuestra obra, formar colectivos y grupos que dejen de mirar hacia el fondo del callejón sin salida, y así hacer que nuestra voz permanezca y sea escuchada; es indispensable suscitar la ruptura, crear el espíritu crítico que nos distinga frente a los narradores de lo banal, y recuperar la palabra: porque el paso del tiempo siempre hace justicia a los que no la traicionaron.

    Ahora que el negocio editorial se está transformando, gracias a las nuevas tecnologías de impresión, más la venta y promoción de contenidos literarios a través de Internet, podemos ir de manera resuelta al encuentro de los lectores. Es necesario, en consecuencia, establecer los procesos de divulgación y promoción que nos permitan evadir el anonimato, y presentarnos como una alternativa literaria independiente. Cualquier iniciativa es mejor que quedarse con los brazos cruzados, pues podemos vender nuestro trabajo, además de por Internet, en las calles, plazas, librerías, centros culturales, cafés y bares de nuestra ciudad (así como lo hacía, por ejemplo, Georges Bataille con sus ediciones caseras en la noche parisina). Es posible, les aseguro, vivir de la literatura sin rendirse a la superficialidad, sin tener que abandonar nuestros principios de honestidad literaria ni claudicar ante los equiparan el libro, como producto, a una hamburguesa de McDonalds´s o una lata de Coca-Cola.

    Siempre es duro nadar a contracorriente, ser marcado y mirado con recelo por los traidores de la palabra, pero incluso así merece la pena continuar. Es el simple acto de esta rebeldía el que nos diferencia, el motor de la ilusión que pretenden pisotear, cuando el camino embrozado al que nos arrojaron se convierte en el estímulo para avanzar hacia el futuro.

    Hoy, sin duda alguna, es la hora de luchar por este gran sueño.


    Pablo Paniagua a 21 de mayo del 2009
    http://www.escritorweb.blogspot.com/

    Comentado por: Pablo Paniagua el 03/6/2009 a las 17:29

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Biografía

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama). Su libro más reciente es El hombre que vendió su propia cama (Anagrama).

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

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