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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 22 de agosto de 2019

 Blog de Vicente Molina Foix

La montaña trágica

El cineasta que lleva a la pantalla una novela tiene siempre dos enemigos encarnizados, el autor y el lector del libro. Simpatizo más con las decepciones del segundo; el primero tendría que ser consciente de que al vender los derechos de su obra, baratos o caros, está vendiendo también el derecho a la traición. ¿Quién compensa sin embargo a los lectores fieles que, tratando de recrear en imágenes el placer que le dieron las páginas publicadas, compra su entrada, se sienta en una sala y empieza -generalmente- a sufrir y a despotricar? El problema se agrava cuando el lector, más que un entusiasta del libro adaptado, es un fanático. Todo ‘fan' suele ser fatal.

Fui testigo presencial hace algo más de dos años, en una ciudad peregrina, del ansia por acercarse a Haruki Murakami que sus entusiastas mostraban, hasta el punto de guardar colas de muchas vueltas y muchas horas, todos con algún libro suyo en la mano. Murakami, un hombre tímido pero nada arrogante, recibía en Santiago de Compostela el premio Arcebispo Juan de San Clemente que, pese a su solemne nombre episcopal, es el que los estudiantes gallegos de último año de bachillerato conceden cada año en tres modalidades. Mi novela ‘El abrecartas' había obtenido el premio en castellano, y Murakami, famoso por su reticencia pública, se desplazó desde Tokio, vencido por la persuasión de los institutos, a la simultánea entrega del suyo a ‘Kafka en la orilla'; la expectación fue tal que hubo que regular el tráfico de admiradores, a algunos de los cuales les entristeció que el japonés acabara imponiendo un veto al posado del teléfono móvil, penúltima tortura de la modernidad tecnológica.

Fui, por tanto, a ver ‘Tokio blues', la película de Tran Anh Hung sobre el libro de Murakami (llamado originalmente ‘Norwegian Wood', como la canción de los Beatles), con una precaución compasiva, pero, quizá porque yo sólo soy un gran admirador de esa novela pero no un fanático, salí del cine sin rencor ninguno, y satisfecho. Ni siquiera la filigrana formal que marcaba (casi siempre con refinada belleza) las dos anteriores películas de Hung que conozco, ‘El olor de la papaya verde' (1993) y ‘Cyclo' (1995), se deja notar en este caso, como si el director, conteniendo su vena esteticista, hubiera querido centrar su relato en la seca tensión romántica del libro y en la desnudez del estilo de Murakami.

Al principio, la auto-contención desconcierta, y hay momentos (la vida universitaria a finales de los años 1960, las escenas de protesta estudiantil) tan sincopados que más que de una película parecen escenas de un trailer. El suicidio de Kizuki, amigo y novio de la que será pareja protagonista, está descrito por el contrario minuciosamente, y es su desaparición la que hace despegar la historia de los dos jóvenes supervivientes de esa rara tragedia adolescente. El amigo, Watanabe, empieza entonces su frenética carrera de conquistador promiscuo, y la novia, Naoko, que reaparece un tiempo después del suicidio, lo hace ya tocada por la locura. A medida que el paisaje de la montaña boscosa donde está el sanatorio psiquiátrico de Naoko va cobrando importancia, la película encuentra el adecuado equilibrio entre la trama urbana de habitaciones mal aireadas, tiendas de ‘freaks' y restaurantes baratos y el dominio infinito de una naturaleza hermosa y áspera.

Tran Anh Hung es un cineasta sensual, y en ‘Tokio Blues' su inspiración procede de lo telúrico y de lo erótico. En el primer registro hay dos secuencias memorables, la de Naoko y Watanabe paseando por el campo nevado, con la cámara puesta a distintas distancias en lo que termina siendo una felación en lejanía, y la confesión de la muchacha andando los dos a toda prisa por un prado que cruzan en línea recta tres veces; la cámara les sigue en travelling y en plano medio o general sin cortar la toma, aunque en algún instante la necesidad confesional la hace a ella salir de cuadro momentáneamente. A Hung le gusta mucho el plano-secuencia, pero ése alcanza un ‘pathos' que sólo actores de gran calidad pueden mantener sin insertos ni primeros planos.

Como la novela de Murakami, la película tiene una constante sucesión de coitos, y no creo que en ese terreno nadie, ni el lector más celoso, le pueda acusar al director de traición. "Al poner en contacto nuestros cuerpos imperfectos, no hacemos más que contarnos lo que no podríamos contarnos de otro modo". Esa frase del novelista está en la página 200 del libro (cito por la edición de Tusquets, traducida por Lourdes Porta), y la traslación conceptual de Hung es elocuente y exacta. Nadie espere, por tanto, en esta película tan voluptuosa la sexualidad desnudada de Oshima (en su clásico ‘El imperio de los sentidos') ni la estilizada escenografía lúbrica de Wong Kar Wai.

Y sin embargo, qué potente carnalidad cruda, sin hacer, tienen los actores centrales del film. Sus cuerpos y su piel son lechosos y tiernos, sobre todo los de Watanabe (Kenichi Matsuyama) y las muchachas más atrevidas, Midori (Kiko Mizuhara), que aportará a la historia su tenue ‘happy end', y Hatsumi (Eriko Hatsune), quien en un papel más breve como novia del cínico compañero de estudios de Watanabe, brilla en la escena del taxi, prefiguración a su vez de su trágico fin, narrado indirectamente. No tan delicadas ni tan hermosas son las dos mujeres del manicomio, la citada Naoko (Rinko Kikuchi) y su compañera de cuarto y vigilante, la profesora de música Reiko (Reika Kirishima). A ellas se deben sin duda los pasajes más lacerantes y conmovedores de ‘Tokio blues', si bien es justo señalar que en la plasmación de la sensualidad doliente y trabajosa que marca la novela la película dispone en Rinko Kikuchi de una baza inmejorable. Se trata de la actriz del más logrado episodio de la película de Alejandro González Iñárritu ‘Babel' (papel secundario por el que fue nominada al Oscar y al Globo de Oro) y también de la que puso un poco de hondura en el satinado galimatías del ‘Mapa de los sonidos de Tokio' de Isabel Coixet. Su compleja apetencia sexual, su resistencia mental, su decadencia mortal, los da en el film de Hung con una intensidad que todo lector no fanatizado de Murakami ha de reconocer como la cara de la verdad y el dolor de ‘Tokio blues'.

[Publicado el 08/8/2011 a las 09:16]

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Comentarios (2)

  • Aquí se tiene por costumbre( bien que castiza)la de criticar y despotricar de la película( aunque se cobre por ello derechos habiendo dado desde un principio el consentimiento, que, a no ser que hablemos de ese escritor demasiado ingenuo o interesado(?), ya se sabe que exponer la perla en la pantalla siempre lleva cierto riesgo cuando no es John Ford quien está detrás de la cámara), y aun así, existe ese mismo que tropieza más de una vez en la misma piedra con igual resultado para su satisfacción, como si el director tuviera "la obligación" de fijar la letra en la pantalla tal y como el escritor concibió la imagen de la novela o cuento.Si hay un "derecho a la traición", en el caso del lector tampoco tiene derecho a molestarse, aunque se piense que el autor o libro ha nacido o sido escrito para él, precisamente, es tanto del director como del más fan de los fanes.O sea que la pataleta del fan tampoco es de recibo.No son pocos los autores que al otro día del estreno de la película venden el doble de libros(¿debería ir una parte por ello al cineasta?) o son conocidos desde ese día.La película puede ser un aliciente para leer también el libro.También se da el caso del libro malo convertido en una gran película.Tengo entendido que Hitchcock en esto no fallaba.

    Comentado por: Francisco de Escaen el 10/8/2011 a las 23:48

  • Resulta extrañísimo leer como alguien habla bien de una adaptación cinematográfica y aún más en los tiempos que corren, ir al cine es una aventura en la que el desengaño acaba ganado casi siempre la partida.

    Comentado por: Javier Arnott el 08/8/2011 a las 19:56

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Biografía

 

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016). Su más reciente libro es El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

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