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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 5 de junio de 2020

 Vicente Molina Foix

Los hermanos Coen en el Oeste

Sin ser una parodia desaforada, al estilo de ‘Los hermanos Marx en el oeste' (‘Go West', 1940) o ‘Lonesome Cowboy' de Andy Warhol (1969), por citar dos hitos -y dos antípodas- del ‘western' cómico, ‘True Grit' sigue la línea ‘débil', para mí un tanto decepcionante, de las últimas cuatro películas de estos genios de la caricatura. Los Coen, que firman como de costumbre el guión, en este caso adaptado de la novela homónima de Charles Portis, ya ni se molestan (yo diría que a partir del 2003, cuando hicieron su última obra maestra ‘El hombre que nunca estuvo allí') en articular sus ‘films', más allá del corte trepidante de su relato y la sorpresa visual de sus encuadres. Han abandonado el estudio de los caracteres, y sólo crean tipos, a menudo memorables pero casi siempre insustanciales.

    He seguido las indicaciones de los cineastas, evitando, como ellos mismos dicen haberlo hecho, la comparación con el primer ‘True Grit' cinematográfico, el de Henry Hathaway (de 1969), y yendo a las fuentes de Portis. ‘Valor de ley', que ha sido reeditada en español por Debolsillo con motivo del estreno, es un libro excelente de un género que no frecuento, y los Coen la adaptan con fidelidad y un escamoteo que, según los cánones anti-literarios más trillados, parecía obligatorio: el de la voz juvenil de Mattie, la protagonista de catorce años. En la novela, esa narración conduce y comenta con gracia peculiar todas las peripecias, haciendo así muy elocuente la rememoración adulta con la que se cierra la historia; en la película, Mattie sólo habla en ‘off' al comienzo y al final, y tampoco ayuda el que la niña Hailee Steinfeld ponga a lo largo de todas las escenas una misma cara de fiera determinación exclusivamente dental, más que espiritual.

   Lo lamentable del endeble trazado -digámoslo así- dramático de los Coen es que ni siquiera los actores curtidos consiguen darle alma a su personaje; no se la daba, pese al Oscar, Javier Bardem a su astracanado Chigurh de ‘No es país para viejos', y no se la dan en ‘True Grit' a los suyos Jeff Bridges, Matt Damon y Josh Brolin. La pérdida es particularmente penosa en Brolin, que encarna al asesino Chaney, en el film un figurón de iniquidad odiosa y en la novela un personaje trágico, torturado, cercano a los felones de Shakespeare, que, al ser capturado, no para de proclamar su desdicha: "Nada me sale bien". En contraste, y dado que sólo tienen que retratarlos con la pincelada brillante que caracteriza a los realizadores, los secundarios más episódicos se lucen siempre; aquí, por ejemplo, los forajidos de la cabaña (Quincy y el joven Moon) y el comerciante Stonehill, aunque la brocha esperpéntica se hace demasiado gruesa en la aparición del matasanos cubierto con la piel del oso, un personaje inventado por los Coen y poco pertinente.

    La película, no hace falta decirlo hablando de estos dos magníficos hombres de cine, se ve sin desmayo, y tiene secuencias de refinadísima filigrana: el ahorcamiento de los bandidos en la plaza (con la típica broma incorrecta ‘coeniana', aquí en torno a la figura del indio), el duelo nocturno a campo abierto, o la escena de la cueva de las serpientes, que, por difícil que parezca, es más truculenta aún en el texto original de Portis. Hay, sin embargo, en este ‘True Grit' un amaneramiento formal que podría deberse al gesto de homenaje a un género tan histórico y tan nacional como es el ‘western', abordado por vez primera por los Coen. El director de fotografía Roger Deakins, un colaborador habitual, quiere hacer lienzos pictóricos con su luz fílmica, abusando a mi juicio del color caramelo y de la nevisca, en permanente busca del anti-naturalismo que -según él mismo manifestó en una entrevista con Patricia Thomson- los directores querían. Ese aura irreal se hace casi un dibujo animado en la cabalgada del desenlace, de una plasticidad de cielos estrellados y figuras en escorzo un poco elemental. He leído dos explicaciones a dicha estilización onírica. La que da Roger Deakins, más solemne, la entronca con la pintura abstracta; Joel Coen, contestando a la revista Newsweek, la atribuía, quizá en broma, a las normativas vigentes de respeto a los animales, que les obligaba a eludir en pantalla los sufrimientos del caballo.

    La coda de la adulta Mattie buscando por las ferias del Medio Oeste al anciano y degradado ‘marshall' que le salvó la vida podría tener ‘pathos' si antes se hubiera desarrollado más el vínculo de confidencia y desconfianza vencida entre la niña y el tuerto Rooster, un aspecto que los Coen aligeran. En ese sentido -ya que voy a acabar me saltaré mis propios propósitos- la relación de comedia patriarcal que Hathaway, un artesano de Hollywood, establecía entre el zumbón John Wayne y la joven Kim Darby, la pareja protagonista del ‘True Grit' de 1969, era más expansiva que la que han forjado con Bridges y Hailee Steinfeld estos exquisitos artistas que son, sin duda, los hermanos Coen.

[Publicado el 04/4/2011 a las 07:00]

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Comentarios (1)

  • Estupenda crítica, Vicente. La vi en su estreno con la de Hathaway grabada en la retina, recientemente visionada, así que no hice como los Cohen ni ha hecho usted (recomendación que Jeff Bridges creo tampoco ha seguido) y no pude olvidarme de aquella: a cada plano la iba juzgando según es la otra. Para mí la de Hathaway es superior, tiene otro ambiente y gracia, es puro western y no se sale del estilo inconfundible de las obras del inolvidable John Wayne. El trueque de la niña al principio con el comprador de caballos, por ejemplo, tiene poca gracia( es eso, más dientes que espíritu) y queda más clara en la de Hathaway; la secuencia del juicio es horrendo, por lo menos en el doblaje al español ( ya sé que esto puede ser un pecado), donde se dicen algunas bravuconadas poco chistosas o será, posiblemente eso, cosa del doblaje; el asesino Chaney, apenas si tiene caracterización alguna siendo como es un mero pretexto en toda la película, y en eso se queda. En la de los forajidos de la cabaña, tampoco se muestra ni la media de la inteligencia con la que se explayaba el maestro Hathaway ; y en la cueva de las serpientes otro tanto, se echa a faltar algo de vitaminas y la película ahí es cuando se empieza descolgar sin ritmo entroncando con la soporífera carrera del caballo en la noche que a mí me recordó a la también reciente interpretación de Bridges en la secuela de Tron, conservando un mismo horizonte y colorido cuando Bridges esta postrado en su refugio y fuera del sistema (temática de esa película). En lo que respecta al sufrimiento del caballo creo que resulta más agonizante en la de los Cohen que en la otra, así que pienso que Joel Coen al afirmar eso estaba de guasa o dijo eso por decir algo. Y por último, la relación de Bridges y Hailee Steinfeld es inexistente, carece de cualquier vínculo entrañable, no sé el resultado que puede darse en la novela en este aspecto, pero lo que es en esta película se olvida uno pronto de que algo parecido se haya podido dar y pronto la "coda" de la feria se queda un poco como de estampita, vínculo de calco que en toda la película uno espera que vire en algo mejor pero se queda en nada.

    Saludos.

    Comentado por: Francisco de Escaen el 05/4/2011 a las 17:32

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Biografía

 

Vicente Molina Foix nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017). Su más reciente libro es Kubrick en casa (Angrama, 2019).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

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