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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 15 de diciembre de 2019

 Blog de Vicente Molina Foix

Ciencias y letras

Al ver las fotos y la información de la Semana de la Ingeniería de Caminos celebrada la semana pasada en Madrid he caído en la cuenta de una de las contradicciones de mi vida. Soy de letras, y no me refiero aquí a mi condición de escritor. Fui de letras cuando uno, en tiempo didácticos más drásticos, tenía que decidirse por seguir el bachillerato superior estudiando letras o estudiando ciencias; la decisión era grave, y para muchos alumnos difícil de tomar a una edad tan incierta, ya que de tal elección dependía no todo el futuro de ese tierno ser humano pero sí una determinada marca ontológica en el resto de su vida. Eras de letras y no de ciencias como eras chico y no chica, moreno y no rubio, de un equipo de fútbol y no de otro. Yo era chico, moreno, del Elche C. F. de entonces (haciendo un buen papel en Primera) y de letras, dentro de una familia donde habían primado por parte paterna la poesía y las leyes, pero que tuvo una inclinación muy fuerte a las ciencias el día en que mi hermano mayor Juan Antonio empezó la carrera de ingeniero de caminos. La carrera por excelencia, al menos antaño, con unas pruebas de ingreso famosamente difíciles y un prestigio social aún mayor que el de los notarios, pese a lo sugerido en sus versos por Gabriel Celaya: "Las últimas noticias son normales, muy tristes. Se casan con notarios nuestras adolescentes".

     La dura preparación, el ingreso, el establecimiento en un colegio mayor de Madrid, único distrito donde se estudiaba, los largos estudios, el título finalmente obtenido de Ingeniero de Caminos, Canales y Puentes, fueron, naturalmente, proezas de mi hermano, pero cada una de ellas me afectó a mí de un modo u otro, siendo trascendental el que, llegado el momento de iniciar mis estudios universitarios (de letras, obvio es decirlo), mis padres me mandaran, para estar junto a mi hermano, a Madrid y no a Valencia, que era lo más próximo y apropiado.

    Mi hermano trabajó ocho años como ingeniero y llegó incluso a trazar y hacer construir una carretera, algo sin duda más determinante aunque quizá no tan ecológico como plantar un árbol. Luego dejó de ejercer la carrera, y su vida tomó un camino distinto, en la edición literaria, en la traducción y el estudio de las literaturas góticas. Estando él aún ejerciendo su carrera viaria, a la vez que la crítica de cine y de jazz, la ingeniería se mostró de nuevo en mi vida sin vínculos familiares, en la figura de dos ingenieros de caminos absolutamente volcados en su oficio y también muy leídos y dotados de una cultura  -la palabra echa hoy un poco de espaldas por su tufo ‘new age'-  humanista. Eran Juan Benet, que acababa de publicar su primera novela ‘Volverás a Región', y Pablo García-Arenal, Don Pablo, que poco después apareció en algunas reuniones de ‘lletraferits' madrileños principiantes en la inverosímil capacidad de "jefe" de Benet. Benet era el "jefe" (por decirlo al modo Bruce Springsteen), es decir, el maestro de un grupo de jóvenes escritores de aquellos finales años 1960, pero no por ello Don Pablo dejaba de ser el jefe de Juan Benet, pues dirigía la empresa de ingeniería donde trabajaba el novelista, una empresa llamada M.Z.O.V., siglas ferroviarias que encierran todo el programa estético, o quizá ético, del mundo ‘benetiano' de Región: Medina del Campo, Zamora, Orense, Vigo. La España noroeste.

    Debo a Pablo García-Arenal Sr. (pues hay un junior, también ingeniero de caminos) momentos memorables pasados junto a Benet, con quien formaba, aparte de un equipo profesional serio y productivo, un tándem de ‘bonvivants' muy dados al humor, que sus hijos, los naturales y los simbólicamente agregados, disfrutábamos sin darnos cuenta de lo mucho que, entre copas y chanzas, aprendíamos. Muertos los dos prematuramente, Don Pablo y Don Juan, nunca he podido ya sustraerme a la impresión de que la temible carrera que en mi adolescencia tanto hacía sufrir a mi hermano acabó siendo, por persona interpuesta, un factor constitutivo de mi carácter. Sigo ahora en trato epistolar con otro ingeniero de caminos, Francisco Altemir, quien, retirado de la práctica de su profesión, no deja de surcar los canales de las buenas causas cívicas a través de una activa y comprometida red informática.

   Mi letrada cercanía a esa rama de las ciencias ha tenido, aparte de los contactos citados, días de fiesta. En los años de amistad estrecha con Juan Benet, viajé con él a los destinos de algunas de sus obras de ingeniería más laboriosas, como la presa de LLauset, en el Pirineo de Lérida, o la de Santa Eugenia, en la costa gallega. Para mí, tan poco avezado a las leyes del cálculo de estructuras y la resistencia de materiales, ver aquellas construcciones asombrosas y oír de boca ‘benetiana' la explicación de su misterio compositivo era como asistir a un taller literario de las cosas tangibles. Otra ocasión señalada fue el encuentro de dos ingenieros hitos de la novela europea del siglo XX: Benet y Robbe-Grillet, éste último ingeniero agrónomo. Curioso ver que ambos, en vez de hablar de sus densas y tan diferentes novelas, preferían recalcar el lado ‘ingenieril' de sus vidas, también intensas y muy distintas.

[Publicado el 14/3/2011 a las 09:55]

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Comentarios (2)

  • En artículos como el de hoy es donde asoma el magisterio de Juan Benet vía Molina Foix( sea dicho esto con su permiso), una clase de artículos que podría decir por mi parte que me son los que con más gusto leo y que tanto recuerdan a uno de los libros más entrañables de Benet: Otoño en Madrid hacia 1950.En eso también le sigue Javier Marías.Este artículo me recuerda ese libro, y leído este hoy estoy por darle otro repaso.Lo de que decayeran los notarios en favor de los ingenieros dice mucho de esa vida ejemplar y aventurera que fue la de Benet.Ya sabe usted, Vicente, que estoy siempre por ver si usted se despista de otras labores encomiables como el cine, la literatura, la crítica y otras y nos habla de esas anécdotas y remembranzas que tan bien se le dan a usted contar,que, a qué decirlo, tampoco debe faltarle material en el tintero.

    Ahora que sabemos que a Molina Foix también le gusta el fútbol, cabe preguntar si Benet se entretuvo alguna vez en este deporte o por otra parte no le parecía gran cosa.Otro día si se le tercialo cuenta,Vicente.Aunque puede ser que esté escrito en alguna parte y yo no me haya enterado.O no lo recuerde.Un saludo.

    Comentado por: Francisco de Escaen el 15/3/2011 a las 21:07

  • Bellísimo el texto y la evocación sublime que hace Vicente del maestro Benet. Una evocación muy serena que nos traslada a otros tiempos, a otros espacios sentimentales, y a otras épocas donde la admiración por los maestros escritores era sincera y auténtica, muy de verdad. Juan Benet fue un maestro de excelentes narradores, hoy muy bien considerados en las letras hispánicas. Como siempre, Vicente Molina Foix, sabe tocar con delicadeza y suma elegancia el ángulo más poético y emotivo de la realidad.

    Comentado por: Alejandro López Andrada el 15/3/2011 a las 11:56

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Biografía

 

Nació en Elche y estudió Filosofía en Madrid. Residió ocho años en Inglaterra, donde se graduó en Historia del Arte por la Universidad de Londres y fue tres años profesor de literatura española en la de Oxford. Autor dramático, crítico y director de cine (su primera película Sagitario se estrenó en 2001, la segunda, El dios de madera, en el verano de 2010), su labor literaria se ha desarrollado principalmente -desde su inclusión en la histórica antología de Castellet Nueve novísimos poetas españoles- en el campo de la novela. Sus principales publicaciones narrativas son: Museo provincial de los horrores, Busto (Premio Barral 1973), La comunión de los atletas, Los padres viudos (Premio Azorín 1983), La Quincena Soviética (Premio Herralde 1988), La misa de Baroja, La mujer sin cabeza, El vampiro de la calle Méjico (Premio Alfonso García Ramos 2002) y El abrecartas (Premio Salambó y Premio Nacional de Literatura [Narrativa], 2007);. en  2009 publica una colección de relatos, Con tal de no morir (Anagrama), El hombre que vendió su propia cama (Anagrama, 2011) y en 2014, junto a Luis Cremades, El invitado amargo (Anagrama), Enemigos de los real (Galaxia Gutenberg, 2016), El joven sin alma. Novela romántica (Anagrama, 2017). Su más reciente libro es Kubrick en casa (Angrama, 2019).

 

La Fundación José Manuel Lara ha publicado en 2013 su obra poética completa, que va desde 1967 a 2012, La musa furtiva.

 

Cabe también destacar muy especialmente sus espléndidas traducciones de las piezas de Shakespeare Hamlet, El rey Lear y El mercader de Venecia; sus dos volúmenes memorialísticos El novio del cine y El cine de las sábanas húmedas, sus reseñas de películas reunidas en El cine estilográfico y su ensayo-antología Tintoretto y los escritores (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg).

 

Foto: Asís G. Ayerbe

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