PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

miércoles, 2 de diciembre de 2020

 Sergio Ramírez

Entre Orwell y Kafka

Un amigo que seguramente nunca ha leído a Kafka, llamó el otro día por teléfono al inspector Dolores Morales, que ya retirado tiene en Managua su oficina de detective privado, y que tampoco ha leído a Kafka, y le comentó que cada día ocurre en Nicaragua una situación kafkiana: muchachos que ya estuvieron en la cárcel como reos políticos son vueltos a capturar, sacados de sus casas con toda violencia y sin orden judicial alguna, y llevados a centros de detención desconocidos, para ser condenados después por jueces sin rostro mediante sentencias que ya están escritas en machotes de sólo rellenar el nombre del procesado.

Entonces el inspector Morales recordó que otro amigo, que ese sí ha leído a Orwell, le había dicho el día anterior en un chat, que vivimos en un país orwelliano, donde la mentira oficial busca crear una realidad paralela que a través de la reiteración del discurso llegue a volverse dominante. Este otro amigo es profesor de literatura en la Universidad Nacional, y oculta su nombre bajo seudónimo porque esas opiniones suyas pueden llevarlo cuando menos al despido fulminante de su cátedra.

El inspector Morales desconoce a Orwell, pero está familiarizado con el caso que origina el comentario de su amigo. Hace poco un encapuchado entró en la catedral de Managua con el ánimo fanático de prender fuego a la imagen centenaria de la Sangre de Cristo, la más venerada del país, la cual resultó seriamente dañada. Sacerdotes, templos, imágenes, se hallan hoy día bajo ataque.

La vocera oficial del régimen, que es la primera dama y a la vez vicepresidenta, se adelantó a declarar que se trataba de un accidente provocado por una vela que había prendido fuego a un cortinaje; verdad ficticia que una vez establecida debe ser llevada hasta las últimas consecuencias, no importa el tamaño del ridículo que la mentira traiga consigo, opina el profesor de literatura que se oculta bajo seudónimo.

El cardenal Brenes, arzobispo de Managua, aclaró que en la capilla donde se venera al cristo no hay cortinajes y está prohibido encender velas, y que se trataba de un acto premeditado de profanación ejecutado por un terrorista que tenía prevista la ruta de escape. 

En repuesta, la policía se llevó presos a los testigos, sacándolos a la fuerza de la propia catedral, quienes terminaron declarando que no habían visto entrar a ningún encapuchado. La verdad iba camino de ser sometida. 
 
El paso siguiente fue descubrir en el lugar de los hechos un pequeño rociador de alcohol de 200 mililitros, de los que se usan para desinfectar las manos, y a partir de ese trascendental hallazgo los expertos forenses determinaron que el incendio se había producido por el fenómeno químico llamado "solvatación"; los vapores del alcohol entraron en contacto con el aire caliente y avivaron la combustión de una veladora. 
 

La veladora no podía faltar porque estaba en la esencia de la explicación inicial de la primera dama y vicepresidenta, y la realidad debe amoldarse a sus palabras. Por lo tanto, donde no hay veladoras, aparece la veladora. Si no hay cortinaje, el cortinaje debe materializarse de la nada. Y el terrorista encapuchado deja de existir.

El inspector Morales se rasca la cabeza, y vuelve al comunicado de la policía: la solvatación fue provocada por el atomizador de alcohol isopropílico. Pero el artefacto, que cabe en la palma de la mano, aparece intacto en la escena del crimen, sin haber sufrido mengua alguna, a pesar de su poder destructor.

Nadie lo ha llamado a investigar, y tiene casos pendientes de los que suele llevar, esposas que necesita fotografías del marido en casa de la amante, sorprendido en intimidades que el distanciamiento social impuesto por la pandemia no aconseja. Pero el caso del fanático incendiario lo apasiona. 

Recurre entonces a otro amigo suyo, químico de profesión, quien también oculta su nombre porque trabaja en una institución del estado. Otro que iría al desempleo.
"El alcohol isopropílico", le explica, "alcanza su punto de inflamación a partir de los 12 grados Celsius; para que sea capaz de producir vapores que causen semejante conflagración, se necesitaría al menos 60 litros, que es, más o menos, un barril, abierto, además".
 
El inspector Morales inscribe los datos en su acostumbrado cuaderno de notas, aunque sea sólo para su propio descargo, y luego agrega sus conclusiones acerca del caso: 
"El poder en Nicaragua no es capaz de detener la mano criminal de ninguno de los suyos. No tiene partidarios, sino cómplices a los que no se puede castigar, así incendien, así maten. La impunidad es el precio de la complicidad, así los contradiga el papa desde su balcón en la plaza de San Pedro. Sólo les queda protegerse unos a otros, los de arriba a los de abajo y viceversa, así se hundan todos juntos". 
 

Más noche me llama, porque me cuento también entre sus amigos. ¿Le podría prestar un libro de Kafka? ¿Por cuál empieza? Le recomiendo La metamorfosis. Me pide explicarle de qué se trata. Me escucha atento. "Un día todos vamos a amanecer en este país convertidos en cucarachas", me dice, y se ríe con esa risa suya que yo le conozco.

 

[Publicado el 17/8/2020 a las 20:47]

Compartir:

Comentarios (0)

No hay comentarios

Deja un comentario




Tu correo electrónico:


Escribe los caracteres de la imagen (para evitar SPAM):

Comentario:


Foto autor

Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

Foto Copyright: Daniel Mordzinski 

 

 


Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2020 | Fundación Formentor | Barceló Torre de Madrid. Plaza de España, 18 28008 Madrid (España) | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres