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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 25 de agosto de 2019

 Blog de Sergio Ramírez

El viejo monje medieval

En la recién pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara, me tocó clausurar el Foro de Editores. Y empecé diciendo que siempre me ha apasionado saber cómo se sentirían aquellos monjes que copiaban los libros a mano, cuando uno de tantos días a mediados del siglo quince oyeron decir que allá afuera los libros empezaban a salir como bollos de los hornos de las panaderías, desde que un fabricante de espejos de Maguncia, perseguido por deudas, imprimía Biblias en una prensa de torniquete de las que servían para exprimir las uvas en los lagares.

Más que maravillados, imagino que deben haberse sentido aterrados. De las prensas, además de Biblias salían naipes de baraja y estampas de santos y salterios. Todo lo que los pacientes y dedicados monjes hacían antes, iluminando con sus pinceles las letras capitulares.

Aquella invención amenazaba con barrerlos. La mejor virtud de los copistas era la paciencia, y la paciencia dejaba de ser útil al conocimiento y pasaba a ser una de las reliquias del pasado. Ahora se imponía la velocidad, que nada tenía que ver con la paciencia, y mucho con la modernidad.

Nada sería lo mismo a partir de la imprenta. El conocimiento dejó de ser, como dice H. G. Wells, "un pequeño gotear de espíritu a espíritu, para convertirse en una ola inmensa de la que participarán miles de espíritus y, muy pronto, veintenas y centenas de millares".

Una revolución múltiple, para la expansión del saber y para las comunicaciones. Si la Biblia iba a ser leída por muchos, debía dejar la cárcel del latín e imprimirse en los idiomas vulgares. Pero no sólo la Biblia. Los libros de caballería pasaron a ser best-sellers. Y El Quijote  era leído por los criados en las antesalas de los caballeros.

Aquella revolución de la palabra impresa multiplicó sus consecuencias por los siglos venideros, y no hubo género de actividad humana que no llegara a afectar. La revolución cibernética, que es aún tan joven, empezó por afectar a la palabra impresa, y no hay tampoco género de actividad humana que no haya llegado a transformar, pero aún con mayor profundidad y dimensión, hasta hacer depender todo de la tecnología digital.    

No existe nadie del oficio, o el vicio de la lectura, que no se haya sentido fascinado con el olor del papel y de la tinta. Oler los libros, pasar la mano por sus lomos. No hay, en cambio, ninguna sensualidad al acercar la palma de la mano a la fría superficie de la pantalla donde por arte de la ilusión virtual, están las letras que escribimos y que leemos.

No quiero, con mi nostalgia de monje medieval, despertar ninguna sospecha de que tenga horror frente al progreso que nos avienta hacia adelante. Agradezco más bien ser su beneficiario. Como nunca, la tecnología está suprimiendo instrumentos mecánicos, aunque preserve por el momento el de la digitación. Ya el cerebro de la computadora, sin embargo, puede transformar nuestra voz en caracteres escritos, y los caracteres escritos en voz, y podrá  traspasar a la pantalla nuestros pensamientos.

Pero hoy, y tampoco me dejo llevar por el terror, es imposible  recuperar un texto escrito en un sistema cuyo lenguaje electrónico ha dejado de existir. Los disquetes de mi novela Castigo Divino, de hace un cuarto de siglo, no pueden ser leídos por ningún ordenador.  Puedo leer un libro impreso en el siglo diecinueve, o antes, pero no puedo leer lo que escribí hace veinticinco años si no es en el papel. Un argumento más para no dejar de creer en los libros de verdad.

Si es cierto que podremos leer de cualquier forma, mi previsión es que el libro impreso convivirá por largo tiempo con los formatos de libro electrónico. Ya lo estamos viendo; no es tan fácil sacar del mercado a los libros reales. La Feria del Libro de Guadalajara es un ejemplo más que palpable.

Para el monje con que he comenzado, sólo quedaban el olvido y la muerte; y cuando la polilla se comiera los pergaminos en los que había trabajado toda su vida, se lo comería también a él. Pero sólo tenía una manera de salvarse, y era salir a la calle, buscar los talleres donde se imprimían libros, meterse entre los tipógrafos, aprender a componer planas con los tipos móviles de madera, enterarse de cómo funcionaban las prensas manuales.

Es lo que procuro hacer en el mundo digital. Aunque siempre querré entrar  en los viejos libros con el asombro de la primera vez.

 

[Publicado el 09/12/2015 a las 15:30]

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Comentarios (9)

  • Saludos:
    Lamentamos mucho que no haya podido estar en el Hay Festival de Arequipa, Perú. Se le había anunciado y puesto en programación en diferentes actos. Si bien escritores, periodistas y filósofos que llegaron a Arequipa no decepcionaron, para algunos de nosotros hubiese sido interesante escucharlo hablar de literatura, creación, política y democracia, y por supuesto nos hubiera gustado conocerlo y charlar.
    Un fraterno abrazo desde Cusco, Perú.

    Comentado por: Alfredo Herrera el 12/12/2015 a las 01:54

  • Buenas noches,
    Por el tiempo en el que vivimos, lo práctico se ha vuelto indispensable en nuestro día a día.
    La rapidez con la que vivimos ya ni siquiera por elección sino porque nuestras actividades así nos lo exigen, nos ha llevado a adquirir elementos que nos permitan contar con quizá 100 libros en un aparato electrónico de 15 x 24. Pero a pesar de los beneficios que nos ofrecen los adelantos tecnológicos, nunca podrán ser comparables con las sensaciones que te causan los libros impresos, el olor, la textura, la tipografía, el tenerlo en tus manos te cambia la vida.

    Comentado por: Arlette Benítez el 10/12/2015 a las 03:52

  • muy buenas noches, yo tengo 22 años y desde que tengo memoria el olor de un libro y el amor por la lectura es tan intenso que no lo puedo describir..muchas gracias por fomentar el amor por los libros con esto que usted escribe

    Comentado por: brenda yaretzi rosales gonzalez el 10/12/2015 a las 01:43

  • Buenas Tardes

    Soy de la generación de los monjes medievales, aquellos que estaban aterrados por el surgimiento de la imprenta, aterrada de ver como las nuevas generaciones dependen de un ordenador, de un celular e instrumentos que sustituyen al papel. Me regocijo (secretamente) cuando cualquier persona pierde su celular, por que su vida social y a veces personal depende de ese instrumento.
    Mi abuela tenía un dicho "a donde fueres haz lo que vieres" ahora lo aplicaré con "lo que vieres haz para que fueres" No nos podemos quedar durmiendo en pasado utópico, por lo que así como lo comentó usted tenemos que estar aquí y ahora usando la tecnología para nuestro beneficio y depende de muchos de nosotros (la generación que tuvo en sus manos libros impresos) el enseñar con el ejemplo a leer un libro, hacer pausas, expresar emociones y hasta dramatizar aunque ahora ese libro sea película.


    El vicio de tener un libro impreso nuevo o usado, oler sus hojas, deslizar la vista sobre él es un privilegio humano. El leer antes de dormir un libro no será lo mismo que tener en las manos una computadora, tableta o cualquier máquina. Gracias.

    Comentado por: Ana María Martínez Rincón el 10/12/2015 a las 01:19

  • En pocas ocasiones he tenido la oportunidad de leer algo tan emotivo en relación a los libros impresos, no sólo comparto lo especial de tocarlo y sentir sus hojas una a una, sino también creo que para una persona con el gusto invaluable a la lectura buscará siempre la forma de "entrar en los viejos libros como la primera vez". Para mí es fascinante tener en mis manos un libro y me siento muy desafiada a poder utilizar el formato digital encontrando el gusto por hacerlo, al escuchar a las nuevas generaciones acceder a un libro digital de forma casi automática en la página que desean, siento que voy atrás y que necesito como el "viejo monje" no quedarme fuera sin aprovechar las nuevas herramientas sino esforzarme para acceder al vertiginoso mundo de la era digital tan soñado por muchos y tan extraño para otros.Deseo que siga existiendo los hermosos libros en mi biblioteca personal, libros que me han hecho experimentar muchas emociones desde el asombro por entender un concepto hasta el deleite por la alegría de los cuentos.
    Muchas gracias Sergio Ramírez.

    Comentado por: Sonia Gabriela Martínez Prieto el 10/12/2015 a las 00:42

  • Este texto resulta muy significativo para mí. Aunque soy joven todavía, la evolución que han tenido los libros y el tránsito del papel a los medios digitales no me son ajenos, pues tuve la fortuna de explorar de pequeño muchas bibliotecas, gracias a mis padres, y coincido plenamente en que no hay nada como percibir un libro con todos los sentidos (o casi), no solamente con la vista.
    Y es cierto, coincido también con Rommel en que nada se compara con aquellos trozos de papel escrito que, ocultos u olvidados por largo tiempo, salen a la luz al revisar un libro leído tiempo atrás o las libretas de la escuela. Son ventanas a un pasado personal, íntimo; un reencuentro con nosotros mismos.
    Pero bueno, en mi opinión efectivamente subsistirán todavía, a la par de los e-books, los libros en papel. Y procuraré transmitir a las personas que tengo cerca la emoción que siento al hojear un libro en el que he encontrado una historia o un mensaje que me brinda nuevas perspectivas del mundo en el que vivo.

    Comentado por: César Augusto Mendoza Bolaños el 09/12/2015 a las 22:43

  • Comparto la idea con usted, al igual que un monje medieval a lo largo de mi vida me a gustado encontrar las letras plasmadas en papel, para llevarme hacia una nueva historia. pero la realidad de estos tiempos nos a obligado a interactuar con la nueva tecnología dejando de lado la época medieval, para dar paso a nuevas generaciones

    Comentado por: zuri abigail gomez el 09/12/2015 a las 18:22

  • comparto la nota periodística, a dejado claro la pasión que se tiene por la lectura o consulta de un libro, lo que si es inevitable que al libro solo le queda de vida hasta que muera la ultima generación de personas que crecimos con los libros, las nuevas generación de lectores que han nacido en la era tecnologías poco le va interesar el placer que es tener un libro en sus manos , como le paso al monje medieval.

    Comentado por: José Alberto Nez el 09/12/2015 a las 16:16

  • "Puedo leer un libro impreso en el siglo diecinueve, o antes, pero no puedo leer lo que escribí hace veinticinco años si no es en el papel. Un argumento más para no dejar de creer en los libros de verdad".

    Soy un nostálgico y aunque trato de utilizar los medios electrónicos antes de que ellos puedan terminar de utilizarme, siempre será una delicia la lectura en formato físico. Muchos hablan del olor de los libros nuevos, de los viejos, de la sensación de tener un libro entre las manos y no una pantalla que a veces hasta incómoda e incompleta se muestra. Me gusta escribir y nada más grato que haber tenido mis obras impresas, con un ISBN que me hace sentir vivo y hasta eterno. Escribo también en blogs, en revistas electrónicas, en Facebook para mis amigos y mi amada; pero nada comparable con la sensación de la tinta y el papel, guardado en algún fólder especial, en el diario cómplice e íntimo, en la hoja suelta que aprisiona la inspiración nunca programada... En fin, he perdido muchos textos gracias al descuido tecnológico y he ahí donde me siento un monje medieval, tratando de asirse a un tiempo que jamás regresará, aún cuando la memoria sea de un terabyte...

    Comentado por: Rommel el 09/12/2015 a las 15:59

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Biografía

Sergio Ramírez nació en Nicaragua en 1942. Publicó su primer libro Cuentos, a los veinte años. Participó en la lucha para derrocar la dictadura Somoza y formó parte del gobierno revolucionario, del que llegó a ser vicepresidente en 1985. En su obra literaria figuran, entre más de una treintena de libros, Castigo divino (1988), Premio Internacional Dashiel Hammett de Novela; Un baile de máscaras (1995), Premio Laure Bataillon a la mejor novela extranjera en Francia en 1998; Margarita está linda la mar,  Premio Alfaguara de Novela 1998, y Premio Latinoamericano José María Arguedas en el 2000. Así también Cuentos completos (1998), con prólogo de Mario Benedetti; Adiós Muchachos, memoria de la revolución sandinista, (1999); el libro de cuentos Catalina y Catalina (2001); Mentiras Verdaderas (2001) y El viejo arte de mentir (2004), ambos sobre la creación literaria (2001); las novelas Sombras nada más (2002) y Mil y una muertes (2004); Señor de los Tristes, ensayos sobre escritores y escritura (2006), El reino animal, cuentos (2006), Tambor olvidado, ensayos (2007), El cielo llora por mí (2009) y La fugitiva (2011). En 2014 ha sido galardonado con el Premio Internacional Carlos Fuentes a la Creación Literaria.

Su web oficial es: http://www.sergioramirez.com y su página oficial en Facebook: www.facebook.com/escritorsergioramirez.

Foto Copyright: Daniel Mordzinski 

 

 


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