PRISA utiliza cookies propias y de terceros para mejorar tu experiencia de navegación y realizar tareas de analítica. Al continuar con tu navegación entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

Cerrar

El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

martes, 15 de octubre de 2019

 Blog de Eduardo Gil Bera

Grande es tu fe, inquisidor



La melancolía aún tiene fama excelente, reputación larga como para siestear a su sombra y crédito para regalar. No hay bomberos, médicos de urgencia, ni rescates financieros de la UE que se puedan comparar con su disponibilidad infalible. Ningún contratiempo la retrasa. No existe abandono, ninguneo, ni sociopatía galopante que la pueda detener. Más puntual que supermán viene la melancolía, y declama versos, o despacha dietarios, siempre buenos, cosa admirable. Pero, por increíble que parezca, antes de las nieves de antaño, hubo un tiempo en que la melancolía estuvo tan desacreditada como el colesterol, que acaso disponga de sabios en el futuro que lo rehabiliten y le atribuyan creatividad y otras bondades ocultas.
 
Lo mejor fue que, en su momento de máximo prestigio, en la época entre el último Renacimiento y la primera Edad Moderna, a la melancolía se le atribuyó el alarmante poder de fabricar literatos a partir de iletrados. Para la explicación del fenómeno, se libraba mamotrética batalla entre la secta platónica y la aristotélica.
 
En el siglo XV, el médico Guaineri se ocupó largo y latinado de las causas por las que illiterati quidam melancolici litterati facti sunt, que es el prodigio que decíamos antes. Dada cinco causas probables —el humor melancólico, los demonios, las reminiscencias, las estrellas y el abandono— y luego las combinaba hasta la rendición por mareo. 
 
La gran controversia giraba en torno a si el alma no sabía nada, pero se ponía estupenda y metrificadora una vez puesta a mojo en el humor melancólico, como le parecía a Aristóteles, o bien lo sabía todo, pero se le olvidaba al liarse con el cuerpo, de manera que, cuando la melancolía le embebía las entendederas y se quedaba traspuesta, el alma se dedicaba a la feliz recordación de las cosas finas y perdía la prosa, según sostenía Platón. Guaineri, por su parte, proponía tanto lo aristotélico como lo platónico, a ratos. En cambio, Huarte, otro médico que floreció en el siglo XVI, observó que los versificadores ya traían la depravación poética de serie, por lo que los humores melancólicos solo serían agravantes de la manía. De paso, se notaba que este médico ya no creía que la melancolía convirtiera a iletrados en poetas.
 
Así estaba el debate, cuando vino Jourdain Guibelet, un médico francés con ardiente furor antijudío y partidario de la hoguera y tente tieso. Escribió un tratado contra Huarte, sin citar jamás su nombre a lo largo de ochocientas páginas, lo que, si no es récord, por ahí andará —y eso que no sospechaba que Huarte fuera judío—. Este contemporáneo y fogoso admirador del inquisidor Pierre du Lancre sostenía que, en principio, todo melancólico, si levantaba sospechas de pasárselo bien, debía ser tratado con urgente torrefacción. También era partidario de quemar al rimador lunático que citaba Guainieri porque “estaba dirigido por el demonio”. Ahora, lo mejor que dejó escrito este inflexible fogonero es su descripción del goce melancólico. Puede que nadie haya pintado a los poetas traspuestos con mayor atractivo. Se diría que los quiere socarrar porque no soporta no ser como ellos, lo sabedores de todas las cosas:
 
“Saber si un melancólico puede convertirse en sabio parece ser difícil de determinar. Pues si la opinión del divino Platón es verdadera, que el alma fue creada totalmente sabia, y que Dios grabó en ella las especies de todas las cosas, pero puestas en olvido cuando la conjunción de ella con el cuerpo, que es como una nube oscura que ofusca su esplendor, no hay que dudar que, al estar de algún modo retirada del gobierno del cuerpo, y habiendo tomado alguna libertad y vicisitud de reposo para dedicarse a lo que le es propio, como en el éxtasis del melancólico y en los furores poéticos, vuelve a sus posesiones, y revisita sus tesoros, y se sacia en el festín de sus buenos pensamientos, bonarum cogitationes epulis. Una vez retirado ese velo, ella despliega todas las especies que Dios ha puesto en su seno, de modo que, según esa primera gracia, puede tener por sí el conocimiento de las cosas. Por eso han atestado varios haber visto algunos melancólicos volverse sabios, elocuentes y poetas, naturalmente, sin trabajo y sin estudio.”
 
Posesiones, tesoros y buenos pensamientos, mientras las almas corrientes no pasan de la acidia y el aburrimiento. Hay que ver cuánta fe en los prodigios melancólicos. Recuerda a Laphitz, aquel biógrafo culinario de Ignacio de Loyola: “Los domingos, aparte de pan, come alguna verdura, pero echándole ceniza, por miedo a caer en la gula”. Con lo que cuesta caer en la gula cuando uno es un tripero corriente, qué viajes, qué preparativos y qué facturas. Ya no digamos lo que costará caer en un festín de buenos pensamientos.

[Publicado el 24/5/2012 a las 08:09]

Compartir:

Comentarios (1)

  • Dijo Santa Teresa que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no escuchadas. No he tenido ocasión de comprobarlo, puesto que en "las casas de los hombres que saben" mis ruegos se han estrellado contra el muro. Por eso le pido que, ya que no ha tenido a bien atender mi ruego, sea tan amable de retirarlo de su blog para no recordarme mi condición de postulante por más tiempo. Lamento las molestias. Suerte.

    Comentado por: francisco granado castro el 29/5/2012 a las 17:19

Deja un comentario




Tu correo electrónico:


Escribe los caracteres de la imagen (para evitar SPAM):

Comentario:


Foto autor

Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

Página diseñada por El Boomeran(g) | © 2019 | c/ Méndez Núñez, 17 - 28014 Madrid | | Aviso Legal | RSS

Página desarrollada por Tres Tristes Tigres