El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

jueves, 23 de mayo de 2013

 Blog de Eduardo Gil Bera

Grande es tu fe, inquisidor



La melancolía aún tiene fama excelente, reputación larga como para siestear a su sombra y crédito para regalar. No hay bomberos, médicos de urgencia, ni rescates financieros de la UE que se puedan comparar con su disponibilidad infalible. Ningún contratiempo la retrasa. No existe abandono, ninguneo, ni sociopatía galopante que la pueda detener. Más puntual que supermán viene la melancolía, y declama versos, o despacha dietarios, siempre buenos, cosa admirable. Pero, por increíble que parezca, antes de las nieves de antaño, hubo un tiempo en que la melancolía estuvo tan desacreditada como el colesterol, que acaso disponga de sabios en el futuro que lo rehabiliten y le atribuyan creatividad y otras bondades ocultas.
 
Lo mejor fue que, en su momento de máximo prestigio, en la época entre el último Renacimiento y la primera Edad Moderna, a la melancolía se le atribuyó el alarmante poder de fabricar literatos a partir de iletrados. Para la explicación del fenómeno, se libraba mamotrética batalla entre la secta platónica y la aristotélica.
 
En el siglo XV, el médico Guaineri se ocupó largo y latinado de las causas por las que illiterati quidam melancolici litterati facti sunt, que es el prodigio que decíamos antes. Dada cinco causas probables —el humor melancólico, los demonios, las reminiscencias, las estrellas y el abandono— y luego las combinaba hasta la rendición por mareo. 
 
La gran controversia giraba en torno a si el alma no sabía nada, pero se ponía estupenda y metrificadora una vez puesta a mojo en el humor melancólico, como le parecía a Aristóteles, o bien lo sabía todo, pero se le olvidaba al liarse con el cuerpo, de manera que, cuando la melancolía le embebía las entendederas y se quedaba traspuesta, el alma se dedicaba a la feliz recordación de las cosas finas y perdía la prosa, según sostenía Platón. Guaineri, por su parte, proponía tanto lo aristotélico como lo platónico, a ratos. En cambio, Huarte, otro médico que floreció en el siglo XVI, observó que los versificadores ya traían la depravación poética de serie, por lo que los humores melancólicos solo serían agravantes de la manía. De paso, se notaba que este médico ya no creía que la melancolía convirtiera a iletrados en poetas.
 
Así estaba el debate, cuando vino Jourdain Guibelet, un médico francés con ardiente furor antijudío y partidario de la hoguera y tente tieso. Escribió un tratado contra Huarte, sin citar jamás su nombre a lo largo de ochocientas páginas, lo que, si no es récord, por ahí andará —y eso que no sospechaba que Huarte fuera judío—. Este contemporáneo y fogoso admirador del inquisidor Pierre du Lancre sostenía que, en principio, todo melancólico, si levantaba sospechas de pasárselo bien, debía ser tratado con urgente torrefacción. También era partidario de quemar al rimador lunático que citaba Guainieri porque “estaba dirigido por el demonio”. Ahora, lo mejor que dejó escrito este inflexible fogonero es su descripción del goce melancólico. Puede que nadie haya pintado a los poetas traspuestos con mayor atractivo. Se diría que los quiere socarrar porque no soporta no ser como ellos, lo sabedores de todas las cosas:
 
“Saber si un melancólico puede convertirse en sabio parece ser difícil de determinar. Pues si la opinión del divino Platón es verdadera, que el alma fue creada totalmente sabia, y que Dios grabó en ella las especies de todas las cosas, pero puestas en olvido cuando la conjunción de ella con el cuerpo, que es como una nube oscura que ofusca su esplendor, no hay que dudar que, al estar de algún modo retirada del gobierno del cuerpo, y habiendo tomado alguna libertad y vicisitud de reposo para dedicarse a lo que le es propio, como en el éxtasis del melancólico y en los furores poéticos, vuelve a sus posesiones, y revisita sus tesoros, y se sacia en el festín de sus buenos pensamientos, bonarum cogitationes epulis. Una vez retirado ese velo, ella despliega todas las especies que Dios ha puesto en su seno, de modo que, según esa primera gracia, puede tener por sí el conocimiento de las cosas. Por eso han atestado varios haber visto algunos melancólicos volverse sabios, elocuentes y poetas, naturalmente, sin trabajo y sin estudio.”
 
Posesiones, tesoros y buenos pensamientos, mientras las almas corrientes no pasan de la acidia y el aburrimiento. Hay que ver cuánta fe en los prodigios melancólicos. Recuerda a Laphitz, aquel biógrafo culinario de Ignacio de Loyola: “Los domingos, aparte de pan, come alguna verdura, pero echándole ceniza, por miedo a caer en la gula”. Con lo que cuesta caer en la gula cuando uno es un tripero corriente, qué viajes, qué preparativos y qué facturas. Ya no digamos lo que costará caer en un festín de buenos pensamientos.

[Publicado el 24/5/2012 a las 08:09]

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Comentarios (2)

  • Dijo Santa Teresa que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no escuchadas. No he tenido ocasión de comprobarlo, puesto que en "las casas de los hombres que saben" mis ruegos se han estrellado contra el muro. Por eso le pido que, ya que no ha tenido a bien atender mi ruego, sea tan amable de retirarlo de su blog para no recordarme mi condición de postulante por más tiempo. Lamento las molestias. Suerte.

    Comentado por: francisco granado castro el 29/5/2012 a las 17:19

  • Da gusto leerle. Y al hilo de esta medicina de los humores, del humorismo de los antiguos doctores, no sé si estamos instalados, también nosotros, en cierto determinismo biológico, esta vez no asentado sobre sangres, flemas o bilis sino sobre genes, egoístas o no. En nombre del determinismo se han cometido, desde siempre, ingentes tropelías, justificaciones absurdas y cínicas para los más vergonzantes actos humanos, desde barbacoas en las plazas públicas hasta considerar naturales, inevitables y justas las estructuras sociales basadas en el expolio y la tiranía. Soy un cabrón pero no puedo dejar de serlo y es bueno que lo sea, así lo determina el gen egoísta de Dawkins y Hobbes ya me dio la razón.
    Pero hablemos de la bilis negra, de las almas y los poetas, más interesante tema que las absurdas justificaciones del orden y de las creencias. Leyendo a Séneca se puede entender mejor el pensamiento de que la melancolía, al apartar al enfermo (conviene subrayar lo de enfermo) de los caprichos, deseos y necesidades del cuerpo, le deja de modo automático, sin pasar por la casilla de salida, en el hipotético, resplandeciente y dorado trasmundo platónico de las Ideas al que sólo tienen acceso las almas. El agraciado con un exceso de bilis negra podía prescindir de la costosa y larga ascesis para instalar cómodamente su alma en el mundo de las Ideas y su espíritu vagaría por tan elevadas esferas como Pedro por su casa. Decía Séneca, no sé si en sus cartas a Lucilo:
    ““¡Cuánto agrada desde esos astros entre los que vaga el pensamiento, mirar con desprecio las grandezas de los ricos y la tierra entera con todo su oro…” Tras el desprecio del vil mundo prosigue: “Allá arriba existen espacios sin término, a cuya posesión se admite nuestra alma, con tal de que solamente lleve consigo la parte más pequeña posible de su envoltura natural, y que, purificada de toda mancha, libre de toda traba, sea bastante ligera y bastante parca en sus deseos para volar hacia ellos. En cuanto los toca, se alimenta de ellos y en ellos se desarrolla, encontrándose como libre de sus cadenas y devuelta a su origen.”
    Así pues lo que principalmente molestaría a inquisidores y doctores sería que esos desgraciados inapetentes con mal de amores, esos débiles y paliduchos monigotes que además se permitían el lujo de extasiarse ante la invisible belleza que sólo contemplan las almas, lo hicieran sin mérito alguno, sin la penosa ascesis, sólo por un exceso de bilis negra, que sin duda no fue puesta en sus desdichados cuerpos por Dios, que siempre exige el pertinente sacrificio antes del premio, sino por el Diablo, que le gusta poner más fáciles y accesibles los goces y los placeres a los hombres. Pensarían: yo me mato a ayunar, me meto garbanzos en los zapatos, me aprieto aún más el cilicio esperando que algún día Dios se dignará mostrar a mi alma el mundo que le es propio…y nada, salvo esporádicas alucinaciones febriles más debidas a debilidad física que a intervención divina. Y llega esta iluminado con ojos traspuestos y verbo fácil, que nunca dio un palo al agua, que anduvo tras mozas y amoríos, tras comilonas y borracheras, y que su misma mala vida lo sumió en la melancolía y he aquí que me habla de mundos idílicos y seres etéreos. De hacerle caso la sociedad y el orden divino estarían perdidos, no lo podemos consentir. Así pues, llévese la suficiente leña a la plaza para que este hereje purgue sus pecados. Melancolías las justas.

    Comentado por: Bradomín el 25/5/2012 a las 20:21

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas.

 

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2011 Ninguno es mi nombre - ensayo - Pre-textos Ediciones

 

 




 

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