La placa de Larra en Corella

Entre las curiosidades de Corella está la casa donde vivió Larra entre los once y los quince años. En esa época aprendía a escribir en español traduciéndolo del francés. Después de aprender el castellano en España, lo olvidó en Francia, y en su época corellana se esforzaba en regresar desde el francés al primero. La placa memora que a los trece años Larra tradujo del francés una gramática castellana, las fábulas de Reyre —casi al mismo tiempo que lo hacía Juan de Escoiquiz, traductor del Paraíso perdido de Milton y los poemas de E. Young, lo que da idea de lo enterado en moda literaria que estaba el padre de Larra— y la Ilíada, a partir de la versión de madame Dacier, de quien decían los envidiosos que podía trasladar cualquier cosa que hubiera dicho un autor de la antigüedad, excepto su bien decir.
Con el mismo método de memorizar cuadros sinópticos gramaticales y traducir fragmentos escogidos que empleaban los estudiantes de su edad para aprender latín y francés, Larra aprendía español. En aquel traductor adolescente que iba en la dirección opuesta se perfilaba el desacuerdo incurable con el mundo, el gramático minucioso que inventó una nueva precisión en la prosa, y el censor de escritura portentosa. En las letras españolas, constituye un caso único de presencia continuada e ininterrumpida en el canon; lo mismo en vida que después. Mientras los aficionados extranjeros identificaban el estrellato del romanticismo español con Martínez de la Rosa, Zorrilla y Espronceda; en España, los primeros nombres del santoral romántico eran Larra y Bécquer.
Sería curioso saber en qué versiones leyó Werther. En castellano hubo media docena de ellas, hechas del francés, hasta que en 1835 Mor de la Fuente hizo la primera traducción del alemán. Es probable que lo leyera primero en versiones llenas de hélas y pistoletes, que es otra música.
La posteridad siempre encontrará en él madera de tópico, imprescindible material edificante. Desde Zorrilla a Umbral, los émulos españoles de Larra han repetido que al escritor lo suicidó la sociedad española. Una melonada como cualquier otra. ¿Lo suicidó aquella masa de público que lo adoraba y consideraba su primer y más caracterizado escritor, lo eligió diputado, quedó conmocionada por su suicidio, acudió en masa a despedirlo y, si los curas se llegan a oponer a su entierro en sagrado, se lleva por delante a los curas? ¡Pero si Larra murió en fragor de santidad!
Es cómica la fijación de periodistas y escritores vindicando para sí el título de solitarios e incomprendidos. La redacción entera del Progreso, liderada y sermoneada por Azorín, acudió en 1898 al cementerio abandonado de San Nicolás, porque los restos de Larra se habían trasladado desde el viejo camposanto de Fuencarral en un homenaje anterior, y en 1901, otro escogido puñado de admiradores repitió la peregrinación de armarse literato ante la tumba del santo con el cráneo descalabrado ceñido de laurel. Y aún se celebraron en el siglo XX media docena más de traslados y homenajes. Unos celebraban al ácrata, otros al rebelde, al escéptico, al soñador, y había para todos. Solo los santos tienen un público así.
Ahora, cabe fantasear que Corella hubiera sido un buen sitio para leer por primera vez Werther. En aquel héroe que leía sin cesar lo que él llamaba “mi Homero”, el joven Larra homérico tuvo que encontrar un compañero. Y luego, cuando Werther echa el resto en su traducción de Ossian, convencido de hallarse ante un original que anticipaba los postulados de Sturm und Drang, los deseos regresivos de heroísmo se convertían en autocomplacencias mortuorias en un mundo donde el héroe inocente es entregado a un destino trágico que no deja otra que renunciar a la existencia con una buena detonación.
“He sobrevivido a mi Werther” escribía Goethe. Larra no sobrevivió al suyo.
[Publicado el 02/1/2012 a las 08:27]
Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas.
1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.
1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.
Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres
eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.
1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.
Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.
1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.
1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo
Editorial Pre-Textos, Valencia.
2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid
2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.
2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio
Ediciones Martínez Roca, Barcelona.
Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona
El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.
2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,
Ediciones Destino, Barcelona
2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.
2011 Ninguno es mi nombre - ensayo - Pre-textos Ediciones


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