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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 19 de septiembre de 2014

 Blog de Eduardo Gil Bera

Cayó la loba

 

Exiliado en Córcega, con la amargura de ver su carrera echada a perder, acuciado por el temor al descrédito, la pobreza y el desprecio, Séneca se escribió una carta de consolación, dirigida a su madre Helvia.

Uno de sus argumentos era negar que el exilio fuera una pena, porque toda la humanidad está exiliada: “Todas las cosas dan vueltas sin cesar y están de paso. Le ha sido dada al hombre una mente movediza e inquieta, que no se fija en nada, y dispersa sus pensamientos en todas las cosas sabidas y por saber.” En la urbe habita el desarraigo: “La mayor parte de la muchedumbre de las ciudades está privada de patria y ha confluido de todas partes.” No hay tierra incógnita: “La inconstancia humana ya se paseó por todo lo inaccesible y desconocido.” Ni siquiera el imperio tiene solar propio: “El Imperio Romano fue fundado por un prófugo y habita allá donde vence.” (Helv. VI, 6-7) En medio esa revolución perpetua admirablemente escrita, solo Séneca permanece igual a sí mismo y aflora como una isla estoica, de modo que aunque solo se conservara ese pasaje de las letras latinas, sabríamos que Séneca fue un gran escritor, y el romano, un imperio sin igual.

En este Séneca bisabuélico que manejo, el colofón de la Consolación a Helvia es una loba capitolina con sus gemelos. Esta loba fue el símbolo de la latinidad y Roma. Estaba en todos los libros de texto y antologías latinas. Cuando se supo que los gemelos lactantes eran advenedizos renacentistas, se reprodujo la loba sola y sin postizos, como se ve en métodos de latín del antiguo bachillerato.

Ahora el artefacto broncíneo ha sido alcanzado por la perpetua mutación descrita por Séneca y ha caído por la trampilla de las desapariciones escénicas. La pieza aparecía imponente, refinada, compleja y única. Mommsen encontraba que el bronce de 85 centímetros de altura, si bien horridum et incultum, era más conmovedor que todas las bellezas capitolinas. Un siglo antes, en 1764, Winckelmann lo atribuyó por primera vez a la escuela etrusca del siglo V a. C.

Por su parte, Brosses la contempló en 1740 y no dudó: “La loba de bronce amamantando a Rómulo y Remo, sí que es auténtica. Está desde la antigüedad en el Capitolio. Observé con singular satisfacción el rayo que bajó a lo largo de la pata y la fundió en parte, cuando cayó la tormenta el año del consulado de Cicerón.” El primero en atribuir el defecto de la pata trasera izquierda al rayo ciceroniano del año 65 a. C. fue Nardini, el autor de Roma Antica (1665).

La loba, por su parte, se permitía el lujo de no parecerse a la Lupa Romana conocida por su reproducción en monedas y por descripciones antiguas que atestiguaban una efigie de bronce dorado donde la fiera maternal tenía la cabeza vuelta hacia los gemelos lactantes. Esta, en cambio, miraba a la lejanía con aire amenazador.

Algunos expertos del siglo XIX empezaron a dudar. Braun, secretario del Instituo Arqueológico de Roma, atribuía el defecto de la pata a un fallo de fusión o vaciado. Para Fröhner, conservador del Louvre, la pieza tenía características carolingias. Bode, director del museo de Berlín, opinaba que era una obra medieval. Pero eran pareceres aislados, y los partidarios del origen etrusco continuaron dominando el panorama y redactando tesis irrefutables durante todo el siglo XX.

En 2006 fue derrotado el viejo prejuicio que sostiene la existencia de una relación jerárquica entre el historiador, que interpreta fenómenos artísticos y emite juicios estilísticos, y el investigador científico, que estudia el material de las piezas y sus transformaciones. Carruba demostró por primera vez que la loba se había fundido a la cera mediante vaciado único, invento medieval para grandes bronces; y constató que la pieza carecía de las señales típicas de los bronces antiguos, que se hacían por partes y luego se soldeaban con una técnica característica. 

En 2007, el Centro per la datazione e la diagnostica de la universidad de Salento hizo una serie de análisis, incluyendo el del carbono y la termoluminescencia, para concluir que la loba se había fabricado en el siglo XIII. Hasta el XX, disfrutó de siete siglos de reinado. La fecha de su producción coincidiría con el final del periplo atribuido a la pieza original: llevada por los vándalos a Cartago en 445 d. C., y luego, tras la reconquista por Belisario del norte de África, transportada en triunfo a Constantinopla, donde estuvo expuesta en el hipódromo junto a otros muchos monumentos antiguos, hasta que en 1204 llegaron los cruzados y saquearon la ciudad. 

Por entonces, los condes Tusculanos eran una importante familia romana cuyos miembros habían poseído en repetidas ocasiones el título de papa, al mismo tiempo que el de Senator omnium romanorum. Esos papas fueron amos absolutos de Roma, porque reunían los dos poderes, el civil y el eclesiástico. La Lupa Romana “reapareció” en su poder como signo de su antiquísima nobleza emparentada con Eneas, César, Augusto y el resto de lobeznos. Al final, va a tener razón Séneca: Omnia vulvuntur et in transitu sunt, todo da vueltas y está de paso.

 

 

 

 

 

 

 

[Publicado el 10/11/2011 a las 19:24]

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Comentarios (1)

  • Vaya esta nota en homenaje al querido Jon Mirande, un excelente poeta y un buen hombre.

    Te daría, Eduardo, buenas razones para congelar tu mohín desdeñoso hacia él en lo que es, un rictus complaciente; sin futuribles, una de las objeciones de peso que le haría, por ejemplo, a lo que escribiste acerca suyo en tu edición de “La ahijada”. Ya nos lo explicaste tú mismo en estas columnas: de contingencias futuras nada se puede saber con certeza, y nadie puede apostar con seguridad quién ganará el partido de fútbol del domingo que viene. Pero esas razones nadie me las retribuiría. Si hicieses el modo de que se me retribuyan, te prometo una buena polémica. Por eso de no quedar invisible, ya sabes; como bien decías, a quien no cobra ni se le ve… luego, ¡para qué!

    No estamos en tiempos en los que nadie haga nada sin los preceptivos emolumentos. ¿O queda acaso alguien que lo hace?: ¡que el primero que conozca a alguno le tire la primera piedra¡ Por cierto, si en algo pueden diferenciarse la época actual y la de Mirande es en que en esta última se hacían esas cosas, es decir, defender las propias creencias sin esperar que nadie las remunerase; aunque supongo que también entonces abundaban gentes de esa otra especie, de modo que en el fondo nada inventa la posmodernidad democrática, sólo que, como decías, trae a primera línea, pone en juego o visibiliza, las maravillas de las visibilidades y las invisibilidades. ¿Puedes nombrar a muchos que trabajasen por lo que fuese que trabajasen tan gratuitamente como Jon Mirande? Sin embargo, fíjate, ¡cuánta visibilidad la de Jon Mirande todavía en los tiempos que corren! ¿Será que en la actualidad hay visibilidades que se apoyan en las invisibilidades de otros para acceder a lo que es en definitiva la condición de la visibilidad, o sea, la remuneración? ¿Será que, una vez potenciadas las virtualidades de la visibilidad, llegamos a los tiempos de la rentabilidad de la visibilidad pura, trascendental?

    La primera vez que tuve yo contacto con la obra de Jon Mirande fue cuando era estudiante de filosofía en la facultad de Zorroaga, mediando unas fotocopias que me pasó la ataundarra ex-etarra Lourdes Auzmendi, que en la actualidad es muy visible y se dedica a gobernaciones (todo sea por la vasca lengua y la vasca cultura, etc. etc.; aunque ello no obsta, naturalmente, para que el sacrificio pueda valerle una jubilación dorada). Todavía conservo la fotocopia, y en ella sus huellas dactilares. A veces me he solido preguntar cómo se lo haría tras huir de iparralde (como se decía entonces) para vivir en París, porque por entonces aún no era muy visible. Fue en Zorroaga donde comenzó a brillar su visibilidad, junto con la de su hombre amancebado Oscar González Gilmas, tolosarra también etarra (aunque de esto último no estoy del todo seguro, pido disculpas si no es así), maoista por añadidura. A lo mejor algún día nos lo aclaran los chicos de la generación dorada de aquella ETA que Mirande detestaba (creo que también en esto el poeta se adelantó a toda la caterva de demócratas que nos ha venido después, en épocas de promoción a mayor visibilidad, como Miguelín de Eibar ―que supongo que con todo su sacrificio ya habrá pasado de becario postulante a catedrático postulado―, el otro Jon, etc. etc.).

    Tuve la suerte (por no decir la desgracia, que es lo que fue para mí, porque hay visibilidades que matan) de conocer el ambientillo aquel de aquella facultad de la transición demócratica, con toda la generación de quienes la poblaron. Fue una época de grandes sensibilidades y visibilizaciones. Por allí paseaba, por cierto, alguien que te es conocido, Félix de Azúa, que ya por entonces solía andar a la caza y derribo del genio entre los pupitres de las aulas, como vindicativo halcón del pueblo, porque ya para entonces iba de porquero de Ulises zamorano, o sea, de Agustín García Calvo, o sea de Penélope, quien por la época ya andaba con lo del cambio de sexo y los coños parlantes que hablan en verso. La fauna aquella fue variopinta y populosa. Guardo el propósito de escribir mis memorias algún día, cuando pueda disfrutar de mayor visibilidad, si es que llega. Mientras tanto, para que puedas hacerte una idea del ambiente aquél, te aconsejaría que leyeras El escudo de Arquíloco, de Juan Aranzadi, que retrata la época con excelente objetividad; un escritor, por cierto, que ha quedado totalmente invisibilizado.

    Porque es lo que ocurrió. Yo perdí el contacto tras acabar los preceptivos cinco años de estudiante rebelde, y sé que en todo ese tiempo algo inaudito pasó, a saber, comenzaron los procesos de visibilizaciones de todo tipo; hubo de democratizarse la vida en todos sus aspectos, y allí podías ver tanto a ex-etarras pergeñando apologías de la igualdad democrática en todos los campos (arte, filosofía, cultura, sociedad, etc. etc.), como a ex-seminaristas desentrañando el misterio de la transustanciación laica (de la buena visibilidad, en definitiva).

    Te cuento esto con el absoluto convencimiento de que Jon Mirande hubiese brillado rutilantemente como profesor de aquella facultad, con muchísimo mayor merecimiento que bastantes otros, y, en mi opinión, con toda la sabiduría y nobleza que le caracterizó. Habría que reconocerle, además, idéntico derecho a visibilizarse al concedido al resto de aquellos impenitentes luchadores de la transición. Te digo esto por la cosa esa de los futuribles, pues iguales probabilidades habría para ello que para la predicción que tu hacías, la del partido de Le Pen, ¿no te parece? (Tras leer a Aranzadi quizá me comprendas). Igual que de contingencias futuras, de contingencias presentes, en verdad ¿quién sabe? Se me ocurre recordarte que, dentro del ámbito disparatadamente provinciano de la cultura vasca, él formó, junto con Gabriel Aresti y Luís Michelena, un trío de personalidades señaladamente heterodoxo; los únicos a los que cabe calificar, creo yo, de intempestivos en estos pagos de jolgorios festivo-curil-guerreros; tres intelectuales de pura cepa, sedicente a su propia y peculiar manera cada uno, muertos los tres de una forma tan penosa, aciaga y cruel que da grima sólo de pensarlo; y que, no obstante, tan respetuosamente supieron tratarse entre sí; un ejemplo irrepetible para toda laña de nacionalistas, fascistas y comunistas. Pero ahí quedan en la memoria, invisibilizados en espíritu e instrumentalizados materialmente (en fotografía), con sus correspondientes fichas bio-bibliográficas en todas las Historias de la literatura vasca que se tercien, bien asimilados y enmudecidos, cuando no calumniados. ¡Bellos jóvenes muertos irredentos, yo os dirijo este lamento y alzo este rezo por vuestros manes! Muertos fueron aquéllos y aquí nos queda toda esa ralea de frailunos que los mataron (metafóricamente sea dicho, por si acaso).

    Hay que haber conocido en persona a toda esta masa de hábitos negros tras su escapada de los seminarios, bien posicionados y visibilizados en todos los ámbitos de la vasca lengua y la vasca cultura, para percatarse en buena ley de la clase de fantasmas que pudieron poblar las horas más oscuras del pobre Jon Mirande (amigo, llorado) y su fascismo. Yo he tenido la mala suerte, por mi profesión hasta hace algo más de un año, de cruzarme con frecuencia con gente de esa ralea, y creo haber llegado a saber por propia experiencia qué puede llegar a ser, hasta qué extremos puede llegar, la ruindad moral, la usura, la desvergüenza y un largo y vomitivo etcétera tras conocerlos. Te podría nombrar a media docena de Elgoibar, fundadores revolucionarios del Instituto de la localidad donde trabajé hasta que me decidí a dejarlo, también de otros Institutos menos honorables revolucionariamente hablando; podría nombrarte a franciscanos y jesuitas, como Paulo Iztueta y Jokin Apalategi; también a seglares como Pito Rodriguez y José Ángel Irrigarai… este tipo de gentes es la que les sobrevive a aquéllos acerca de los cuales ninguna duda abrigo de que nunca hubiesen caído en tales bajezas, y que, evidentemente, tampoco estarían interesados en visibilizarse demasiado. Pues, como ves, yo también tengo derecho a guardarme en la manga mis propios futuribles.

    Comentado por: Miel de Cazcarrias el 14/11/2011 a las 17:55

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Foto autor

Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

 

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.
 

 

 




 

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