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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

domingo, 9 de agosto de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Sofópolis, la ciudad ideada

 

La invención de ciudades ejemplares es un viejo género literario frecuentado por filósofos, concejales, arquitectos y periodistas. En la sociedad barroca, la manía de diseñar urbes óptimas tuvo un revival fogoso, y las imprentas no daban abasto despachando manuales en doceavo con furores urbanistas y relatos de viajes a ciudades ideales. Uno de los más famosos e influyentes fue La ciudad del sol, de Tommaso Campanella, que trata de una teocracia comunista y ecuatorial de irresistible atractivo. También fueron célebres Christianopolis (Reipublicae christianopolitanae descriptio), un relato viajero y educativo compuesto por Johann Valentin Andreae, y los viajes a la luna y al sol de Cyrano de Bergerac, muy influido por Campanella, y ficcionador de un antimundo, perfecto reverso del disponible aquí abajo, donde las grandes narices eran bellas y la gente se saludaba encasquetándose el sombrero. 

La primera mención barroca de Sofópolis fue obra del senador sueco Bengt Skytte, que había sido protegido de la reina Cristina de Suecia, gobernador de Estonia, y canciller de la universidad de Dorpat. En 1659, llegó a Londres en busca de patrocinadores para el establecimiento de “Sofópolis”, una civitas et collegium universium. El proyecto de Sofópolis, que disponía de un ambicioso esquema financiero ideado por el químico Boyle, circuló en Londres a lo largo de 1660-61, poco antes de la fundación de la Royal Society. Como tardaban en hacerle caso, Skytte se fue con la utopía a otra parte.

El 22 de abril de 1667, Federico Guillermo, gran elector de Brandenburgo, firmó el gran proyecto de Skytte para la fundación de una “Universidad Universal de Pueblos, Ciencias y Artes” en Tangermünde, a orillas del Elba. La nueva ciudad se llamaría Sofópolis, sería una gran urbe de nueva planta, y dispondría de factorías, museos, laboratorios, estudios de artistas, salas de rezos, gabinetes de lectura, hoteles, hospitales, baños, orfanatos, librerías, imprentas, colecciones de curiosidades, farmacias y arseñales, almacenes, hipódromos, jardines botánicos, casas de fieras, plazas, calles, avenidas, puentes, paseos, fuentes artísticas y puentes. Los sabios habitantes, por su parte, tendrían libertad de culto, viaje, expresión y publicación, y exención de impuestos. Estarían atendidos por una multitud de secretarios, escribas, administratores, tesoreros, libreros, impresores, pintores, organistas, farmaceuticos, doctores, cocineros, vinateros, cazadores, pescadores, leñadores, cerveceros, guardias nocturnos y lacayos.

No es fácil asegurar si el gran elector Fedrico Guillermo, que gobernaba una especie de patchwork territorial devastado por la Guerra de los Treinta Años, pensaba realmente fundar y financiar Sofópolis. En todo caso, el sensacional proyecto inquietó mucho al clero comarcal, horrorizado ante la posibilidad de que judíos, árabes y otros infieles mundanos tuvieron un hogar académico y sapiencial en Brandenburgo. El gran elector Federico Guillermo hizo todos los gestos que pedía Skytte para el establecimiento de la ejemplar Sofópolis en Tangermünde. El más importante, el sello oficial, se diseño con gran cuidado y representaba al gran elector en su trono, con el cetro en una mano y un templo de la sabiduría en la otra, con Palas Atenea y Minerva coronadas de laurel, una a cada lado del edificio. Pero Sofópolis no pasó de ahí; quizá si Skytte hubiera mostrado un poco más de contención en su petición de privilegios,  la urbe modélica hubiera llegado a establecerse.

El nombre, en todo caso, gustó, y los literatos franceses lo empleaban como seudónimo de París. Louis Coste publicó en 1760 “Consejos deseinteresados para literatos, por uno que no lo es” con pie de imprenta en “Sofópolis, en el Pacífico, 1760”. Por su parte, Théophile Mandar, comisario revolucionario y compadre de Robespierre, publicó en 1793 “Viaje a Sofópolis. Filípica para ser leída ante las dos Cámaras del Parlamento de Inglaterra”, también con pie de imprenta en Sofópolis.

Al siglo siguiente, Sofópolis emergió alegremente en las letras argentinas. Eduardo Ladislao Holmberg publicó en 1875 El viaje maravilloso del señor Nic-Nac. El protagonista, casualmente llamado como una marca de galletas de la época, realiza un viaje psíquico a Marte, y visita Sofópolis, para luego merodear por una comarca llamada Aureliana. Se ve que, en su viaje a Marte, Holmberg construyó un espejo invertido de Argentina a través de la descripción urbana. En la primera ciudad marciana que encuentra, cuyo nombre es Teosofópolis, los buenos y los malos aparecen discriminados en una urbanización geométrica cuyos cuatro barrios se agrupan de a dos para constituir sendas ciudades: Teópolis y Sofópolis. En la primera habita una raza religiosa y opaca (el aureola que caracteriza a los ciudadanos es pálida y siniestra, mientras en Sofópolis es “magnífica y rosada”). Además, los teopolitanos son unos hipócritas y degenerados hasta el punto que las mujeres son defectuosas e incompletas (es llamativa la misoginia de Holmberg que veía los efectos de la endogamia solo en las mujeres), y tuvieron que recurrir a un rapto masivo de sofopolitanas para regenerarse y sobrevivir. En Sofópolis, en cambio, los habitantes son receptáculos de virtudes laicas; todos son científicos, y sus mujeres son sanas y hermosas. Academia de Ciencias y Congreso se funden en una sola institución, que es donde se discuten los problemas científicos y se promueven las leyes.

La penúltima reaparición de Sofópolis tuvo lugar en Bilbao a finales del siglo XX. Federico Krutwig llegó a la conclusión de que la salvación del mundo estaba en el griego clásico. Este polígrafo y políglota inasequible al desánimo tradujo el método Assimil de griego moderno al clásico, y nunca le cupo la menor duda de que así era como hablaba Platón. Este irreductible optimista, que aprendía lenguas con una facilidad que parecía broma, tenía ideas de taxidermista sobre las lenguas vivas y dictaminó la resurrección del vascuence del siglo XVI, acicalado con préstamos griegos, y para probarlo escribió veinte tomos de utopías ejemplares en una jerga monoplaza donde, por ejemplo, “hombre” se decía “anthropo”.

La ciudad ideal de Krutwig también se llamaría Sofópolis y estaría habitada por una élite de hablantes de griego clásico, aunque de momento solo se disponía de uno, y solo admitiría a sabios generalistas: los especialistas tendrían categoría de siervos y esclavos “porque así se hacía en Roma”. Dichos grecoparlantes sabiondos dictarían las leyes, tanto científicas como de las otras, en un notable paralelismo con la Sofópolis de Holmberg. Como era de temer, la utopía krutwigiana encontró patrocinadores y arquitectos que levantaron planos y redactaron memorias inolvidables. Esta última Sofópolis neohelenista iba a estar situada en una isla del Egeo, y Krutwig murió en plena vorágine proyectista. Al faltar el único hablante de griego clásico que quedaba en el mundo, Sofópolis no pudo llevarse a cabo, y regresó a su letargo recurrente.

 

 

 

 

[Publicado el 22/6/2011 a las 05:54]

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Comentarios (3)

  • Curioso que comentes la obra de Holmberg. Este año con mi editorial hemos sacado una adaptación del viaje de Nic-Nac en historieta con guión mío ("El Maravilloso Viaje del Señor Nic-Nac" volumen I). Pueden ver parte de ella en www.anexia.com.ar . Mail: anexia.ediciones@gmail.com

    Comentado por: Leonardo Kuntscher el 08/1/2013 a las 06:34

  • Bonito clavito clavaste, Pablito. Cuelgo de él una notita, de la que, evidentemente, me hago único y exclusivo responsable.
    Hoy por hoy, el nombre "iglesia" no es tan exclusivo como antaño, y creo que alude genéricamente a cualquier tipo de negociado utópico o milenarista donde, sea de sabias y de sabios o no, ellas y ellos se lo montan estupendamente, como líderes de ambos sexos que son, librados/as de la maldición, porque normalmente ni trabajan ni se reproducen. Ya se sabe que la fe mueve motañas, pero una montaña en movimiento puede acarrear consigo gravísimos estragos.
    Idéntica extensión a la de la palabra "iglesia" tiene la que nombra a quienes la habitan, que son todas y todos funcinarias y funcionarios, palabra ésta que tampoco alude ya a una ocupación laboral determinada, sino a un carácter (un éthos, que es su daímon, como decía Heráclito), la de serviciarias y serviciarios en el trajín de políticas, políticos, y demás rangos.
    En la traducción al vascuence de la Bíblia, acordada por todas las iglesias juntas,y publicada hace aproximadamente una década, "funcionario" traduce eufemística e invariablemente a "eunuco/a" (digo así por convenir con la diva Simone de Beauvoir, que constataba la existencia de eunucas), cuya producción ha sido y es tan prolífica en el mundo, tanto o más que la de las pobres mujeres africanas que padecen (y ejecutan) el terrible castigo de la ablación, eso que en tiempos se nos vendió en los medios como el colmo de la violencia sexista... pero ¿acaso no es igual de terrible la sajada padecida por los emasculados? (tres son las modalidades que se constatan en los textos bíblicos, entre otros: se revientan los huevos, se cortan, o bien se rebana el pito de la víctima). Las líderes lograros su día del calendario para la denuncia; los traductores obvian incluso el nombre de los desgrciados, volviendo aún más lapidario el silencio. Ambos casos se igualan por los extremos: los eclesiásticos reivindican la categoría, las eclesiáxticas la comparten: dos formas de la INSTRUMENTALIZACIÓN.
    Acabo mi aportación al recuento de territorios sofopolianos, recordando el que describió en su cuaderno de bitácora el famoso marino aventurero Gulliver, que en su tercer viaje conoció el glorioso reino de Laputa, en donde laputana y laputano viven sus vidas con libertad, de espíritu unos y de opción otras; con una sola restricción, la de no poder pirarse.
    En mi CD suena una canción de Chavela Vargas.

    Comentado por: Mieltxo el 28/6/2011 a las 14:25

  • Sofópolis en Bilbao. Chiste antiguo.

    Sin tradición hay utopías disparatadas. Todas. Dentro de La Tradición no hay utopías, porque La Tradición es realidad.
    La máxima tradición, la máxima realidad es la Iglesia. La Iglesia montó la utopía fuera del mundo. Dentro, siempre es el horror.

    Comentado por: pablito el 23/6/2011 a las 11:23

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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