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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 3 de agosto de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

No habrá dioses

 

¿Cuándo se inventó la literatura? Hay un notable consenso entre los sabios, al sostener que primero hubo que inventar la escritura. A partir de un primer sistema de escritura ideográfica usado a lo largo del IV milenio a. C., y que tenía un objetivo censal, los escribas sumerios practicaron una progresiva abstracción que produjo la escritura cuneiforme a finales de aquel milenio burocrático. Después, ya desaparecidos los sumerios, y al cabo de otros mil años de apuntes, tanteos y borradores, los acadios culminaron el desarrollo de su sistema de consonantes en aquella misma escritura cuneiforme que, al convertirse a lo largo del II milenio a. C. en el sistema común de todo el Próximo Oriente, dio la categoría de lengua literaria a una multitud de idiomas: elamita, kassita, persa, hurrita, proto-hitita, indo-ario, hitita, luvita, ugarítico y otros. Fueron lenguas a las que el influjo de la cultura mesopotámica no sólo proveyó de escritura, sino también del sentido de la emulación literaria, porque al mismo tiempo que la técnica se exportó un gran modelo, el poema de Gilgamés.

Ahora, la literatura en sí, ¿cómo empezó? La épica se inventó en el seno de la civilización sumeria. Se trata de un género literario cuyo núcleo es la fama, que consiste esencialmente en la transmisión del nombre. De modo que allá mismo donde se atendió, mediante la escritura, a la necesidad de memorar y recontar objetos, ganados, alimentos y manufacturas, se proveyó igualmente a la pulsión no menos imperiosa de crear y sustentar vida (algunas vidas modélicas) en la memoria humana. La inmortalidad de la fama, como consuelo del hombre mortal, es la esencia del poema de Gilgamés. Más de mil años antes de que el angustioso problema de la muerte se ofreciera a la consideración de los pensadores griegos, ya la odisea de Gilgamés circulaba de boca en boca a lo largo del antiguo mundo oriental, con la extraordinaria fortuna literaria que se deduce de las diversas recensiones asirias y babilónicas.

A lo largo del III milenio a. C., se escribieron en sumerio al menos cinco poemas sobre Gilgamés, rey sumerio de Uruk, que vivió hacia el 2.650 a. C. Alrededor de 1800 a. C., se refundió su gran epopeya en acadio. En esa magistral pieza poética, van asomando el dominio y disfrute de los bienes naturales y los fabricados por el hombre, el espíritu de aventura, el amor, la amistad, el deseo de gloria, y todos los grandes resortes que estimulan la actividad humana, para caer aniquilados bajo el soplo de la muerte. Tras su odisea, Gilgamés regresa a su ciudad de Uruk y como rey se dispone a ejecutar las grandes obras que transmitirán la fama imperecedera de quien las ideó.

Y ahora, el punto clave: en materia divina, los acadios introdujeron una innovación crucial respecto a los usos sumerios. En la literatura acadia, a los dioses se les atribuyeron por primera vez las mismas virtudes que la propaganda oficial proclamaba como propias de los reyes, pero en máximo grado. Los dioses aparecieron calificados por primera vez como justos, extravagante cualidad que, sin embargo, el público aceptó con naturalidad. Mientras los dioses sumerios no intervenían al pormenor en los asuntos humanos, y se limitaban a catar el aroma de sus ofrendas, los dioses acadios tenían que estar al tanto de todo: es lo que tiene ser justo, hay que estar informado.

Esa innovación fue decisiva y ha traído un sinfín de consecuencias, reclamaciones y hasta indignaciones. Entregados a su manía justiciera, los dioses se vieron obligados a fisgar, retribuir y remunerar a los hombres. Eso produjo las grandes requisitorias y recursos de los mortales, cuyo primer modelo es la polémica de Gilgamés con los dioses, luego continuada en la Biblia con los pactos y querellas que los profetas tenían con su dios a santo de la remuneración con su pago estipulado a la vista o allende la vida. Se estableció un dogma de retribución según el cual el dios bíblico computaba exactamente cada acción, y todo destino terrestre o celeste era un abono o descuento devengado. Consecuentemente, se creyó que el dios debía seguir estudiando para ponerse al día en jurisprudencia, y que anotaba y valoraba cada acción, de modo que al término de cada día, o cada año, sacaba la suma total de las obras buenas y malas. Del resultado de ese arqueo dependía el éxito del día o el año siguiente. Tal doctrina también fue asimilada, sin grandes matizaciones, por el calvinismo y, habida cuenta de la ubicua y unánime persuasión de que la pobreza es un vicio, podría ser una de las más  acreditadas de la humanidad. Las grandes diatribas y soliloquios de los agraviados ha nutrido la literatura: Job, el Eclesiastés o el Manifiesto Comunista son variaciones ejemplares de esa vena litigiosa. 

Uno de los nombres que se puso de moda en la época acadia fue Minaarni: “¿Qué falta he cometido?” precursor del calderoniano “apurar, cielos, pretendo, ya que me tratáis así, qué delito cometí contra vosotros naciendo”. De paso, se muestra cómo en cada quien habita un acreedor elocuente, un inquilino defraudado, que aguarda la hora de denunciar la deuda que el gran todo ha contraído con él. Nadie actúa mejor que cuando cuenta su agravio vital. El tono, los términos, incluso los balbuceos o los silencios, cada detalle es adecuado, como escogido tras una vida de reflexión. Y no falla: dése a cualquiera alabanza y consentimiento a discreción, y no tardará en recordar que, en efecto, él está muy agraviado por muchísimas cosas.

Los acadios añadieron a una fantasía piadosa (los dioses) un buen deseo (los dioses son justos), y el éxito fue arrollador. La literatura resultante está caracterizada por su afán didáctico, no sólo desea que el mundo sea así, sino que también espera que lo sea como consecuencia de su propio ejemplo: es Desiderativa.

 

Los dioses griegos también se conducen conforme a las fantasías del hombre sobre sí mismo, pero no han sido castigados por sus creadores con la funesta manía de ser justos. 

En la Ilíada, intervienen bastante, pero nótese que es de boquilla. Disponen de grandes parrafadas y debates, pero son espectadores, igual que el lector, y las consecuencias efectivas de sus intromisiones son de índole cuántica, apenas desvían alguna lanza mal apuntada y promueven neblinas coreográficas. Entretanto, todo lo que allá sucede es obra del hombre sobre el hombre.

En la Odisea, intervienen mucho menos, pero son justos: Zeus decide a última hora la forma educativa que tendrá el final feliz (recurso literario inventado por los acadios). No por casualidad, el poeta de la Odisea conoce y admira el poema de Gilgamés. Todo lo que en el poema sucede es fantástico y moralizante.

El otro día leí un estudio sobre los tipos de traumatismos, el arma que los origina, su gravedad y evolución, tal y como aparecen descritos en la Ilíada. El equipo médico redactor concluía que el poeta que daba tan precisas indicaciones y descripciones anatómicas era un experto con un conocimiento empírico extraordinario. Hay una característica que suscita la mayor admiración del lector de la Ilíada: su poderío para la descripción. El poema describe una patología, es un tratado sobre el origen y evolución de la cólera en el alma del héroe, y se ciñe a la cuarentena de días que dura el fenómeno. Asi como en la literatura justa predomina la vena Desiderativa, la Ilíada es el modelo más consumado de Descriptiva.

 

Entonces, ¿la desiderativa produce la buena literatura, o es más bien la descriptiva? Son dos potencias que interactúan y a menudo se manifiestan la una por medio de la otra. Así se muestra en las grandes fuentes literarias universales, la Biblia, heredera epigonal del poema de Gilgamés, y la Ilíada y la Odisea, supremos modelos de descriptiva y desiderativa. Eso sí, la descriptiva es más difícil, y vale más. Nótese que es la potencia descriptiva la que en teoría se espera del periodismo, aunque sea conocida la unanimidad desiderativa que guía su quehacer real.

No habrá dioses, pero la literatura de los últimos cuatro milenios está condicionada hasta la médula por una fantasiosa virtud cardinal atribuída a los dioses.

 

[Publicado el 12/6/2011 a las 06:08]

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Comentarios (8)

  • Liter-artura. Vaya señor Gil Bera. ¡Que articulazo! La "Odisea" sigue vigente casi tres milenios después. Y tan fresca. Una cuestión de curioso. Troya existió, y casi existe. Y Odiseo, fue real o ficticio... Nada ¿no? Adivina adivinanza. No. En este XXI de ficciones, miles al dia en cualquier TV, la vieja y clasica literatura sirve para conocer la histeria de la historia (topico pero tipico). Solo una cuestión más. Esta claro que la "Iliada" fue el "Aguila Roja" de hoy. Se lee por placer no por conocer.
    Lo dicho, gracias por llevarnos a la playa, sea la orilla o mar adentro.

    Comentado por: lee o muere el 17/6/2011 a las 00:15

  • Veo desplazada en tu artículo la vigencia de la lírica y el drama, cuyo auge no se retrotrae más allá de lo que la literatura griega limita históricamente. Creo que, en principio, con ella se conforma un modelo ajeno a la tradición que señalas, aunque bien pudiera calsificarse de acuerdo con los dos criterios explicitados en tu escrito. Creo que el poeta de la fama por excelencia es Píndaro, pero el resto de los líricos no creo que cuadren con igual facilidad dentro del esquema que ofreces. El drama es también una forma literaria extraña a esos presupuestos. Ello puede deberse a su independencia de la escritura, que en Grecia marca el advenimiento de ambas formas, que sólo adventiciamente pueden considerarse literarias. En este sentido, la veneración por la escritura no tiene tanta vigencia, como la tiene ejemplarmente en la tradición bíblica, que sí que continúa la línea que señalas, mientras que queda rota en la griega. Esta diferencia marca otra divergencia fundamental en la épica: la Ilíada remonta a esa tradición oral, mientras que la Odisea, como la Teogonía y los Trabajos y Días de Hesíodo, muestran un plan compositivo dependiente de la escritura.

    Comentado por: Mielanjel el 16/6/2011 a las 14:39

  • Ojalá no hubiera tanta, "arrastro"

    Comentado por: pablito el 15/6/2011 a las 13:27

  • Lo que ya no hay es literatura.

    Comentado por: arrastro el 15/6/2011 a las 11:27

  • Tiene razón Olivia de Havilland, es que no.

    Comentado por: robin de los blogses el 15/6/2011 a las 07:13

  • Canastos, lo vuelvo a leer, y... A mí me da que sí.

    Comentado por: pablito el 14/6/2011 a las 13:14

  • QUE no te enteras Pablito: Que es que no.

    Comentado por: RRDGavilan el 14/6/2011 a las 12:21

  • ...luego, ¡sí hay dioses!

    Comentado por: pablito el 12/6/2011 a las 19:36

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Foto autor

Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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