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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

sábado, 30 de mayo de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

El que da la cejadilla

 

En el oficio, dar la cejadilla es la ejecución mediante un disparo entre el globo ocular y el arco supraorbital con trayectoria ascendente que revienta la bóveda craneal de modo que el otro ojo, la frente del otro lado, y el resto del rostro quedan intactos y la identificación del ejecutado es indudable. A efectos de mayor precisión y comodidad se recomienda la inmovilización del portador del cráneo mediante un disparo en el corazón. Con miras al qué dirán y al convencimiento impresionante del espectador, la cejadilla es sin duda mejor que una cabeza cortada con los genitales en la boca, procedimiento laborioso que, al cabo, es una tontería.

Obama explicó que le dieron la cejadilla “en nombre de las víctimas”. Y también:  «No vamos a utilizar ese material [la foto] como un trofeo, no se trata de algo que haya que celebrar como si hubiéramos metido un gol; no somos así.» Habida cuenta de que, en la Biblia, la venganza pertenece a Dios y es su monopolio, el jefe del Estado moderno demuestra que el monopolio es suyo mediante esa compostura divina, sedicente serena y grave. No somos así, porque somos Dios y nos conducimos como Él en lo tocante a la venganza.

Una de las últimas ocasiones históricas en que una república europea llamó por su nombre a la venganza y debatió cómo llevarla a cabo, tuvo lugar en 1498. En el Consejo de los Pregati de Venecia, Antonio Grimani, que años después fue dogo, y Melchiorre Trevisano, provveditore del ejército de la república, pronunciaron sendos discursos, el primero a favor y el segundo en contra de una alianza con Luis XII, rey de Francia. 

Lo que importa es aquello en que ambos coincidían: se imponía vengarse de Ludovico Moro, duque de Milán, reo de gravísimas afrentas a los venecianos; la venganza es una acción vital para una república que se titula la más poderosa y gloriosa desde la romana; la venganza de una república es imprescindible, no por placer, sino por ejemplo y reputación; la venganza debe ser calculada de un modo noble, magnánimo y diverso al de las demás decisiones; una república a la altura de su reputación cifra en ese cálculo, que tiene índole financiera, su superioridad sobre el modo de vengarse tanto de los individuos como de las naciones bárbaras. 

Francesco Guicciardini, que recopiló los discursos citados (Storia d’Italia IV, VI), se manifiesta en repetidas ocasiones defensor de la virtud de la venganza. En sus Ricordi (LXXIV) advierte: “Vengarse no procede siempre del odio o de una naturaleza maligna, sino que suele ser necesario para que, mediante ese ejemplo, los otros aprendan a no atacarte. Es pues muy recomendable que un hombre se vengue y, no obstante, carezca de rencor en el corazón contra aquél de quien se venga”.

La doctrina estoica de no golpear al enemigo cuando se está cegado por la cólera, así como los eufemismos con que un mandatario de hoy en día explica a los súbditos televisivos cómo la nación ha tomado venganza, son modos de administrar la virtud que recomienda Guicciardini.

La sociedad se basa en la venganza. Dondequiera y siempre, naciones, pueblos, tribus, imperios, religiones, culturas o clases se definen por el establecimiento de un espacio-tiempo donde aquélla, la innombrable, se regula y garantiza. Cada ámbito comunitario facilita e impone a sus socios los plazos, tasaciones y eufemismos para la venganza. De ese modo, nacen, pululan y caducan las voces más famosas: justicia, derecho, castigo, paraíso, dios, transcendencia, revolución, fe, amor, arte, inmortalidad… Y todas significan lo mismo.

La más rancia y elemental normativa de pastoreo humano establece que, para la pervivencia de la grey como tal, importa vedar la ejecución individual y secreta de la venganza. Ésta debe ser competencia de la comunidad, para que haya comunidad. 

Por lo demás, a la hora de encarar la entrañable necesidad, la diferencia entre tinglados sociales a lo largo del tiempo histórico, el llamado progreso moral, radica en el ceremonial y la promoción de vocablos más “elevados” para el desquite.

En la antigua sociedad nómada hebrea, cada clan tenía su go’el, que aseguraba la cohesión del grupo encargándose de matar al homicida de cualquiera de sus miembros. Ese vengador delegado es el primer puntal de la civilización, el precursor de la cantidad ingente de carteras ministeriales, patronazgos, ritos sociales, psicoterapéuticos, bélicos y éticos que existieron luego, cuando las comunidades se hicieron desmesuradas, con tensiones y líneas de resarcimiento más complejas. En la Biblia se ve cómo el vengador pasa de ser una persona concreta, a mencionarse como uno de los atributos de Yahweh, el go’el de Israel. 

El principio de autoridad no consiste, contra la común apariencia, en la posesión de la fuerza, sino en la determinación del resarcimiento, la función de proclamar de dónde viene el mal y qué hacer para el desquite. 

El estadista que hace un llamamiento a la ciudadanía televidente, el filósofo que predica sobre la globalización y el brujo que diagnostica un hechizo ofertan líneas causales con sus correspondientes remedios para las desazones de su público. Los respectivos creyentes se sienten vinculados a una colectividad y esa convicción anestésica la suministra la autoridad encarnada por el sanador que establece el mal, su causalidad y correspondiente ritual de resarcimiento curativo. 

La coreografía y los eufemismos son aquí lo más importante. Cuando se trata de la venganza, se halla uno en el mismo centro capitalino del país de la corrección, es decir, del malestar soterrado. Se hace patente, en suma, un axioma básico: la justicia es el qué dirán. Es el principio más ancestral y arraigado de cuantos hay en las entendederas sometidas a la humana condición. Ésta es definible como la condena a cadena perpetua y trabajos forzados en el penal de “los demás”. A la justicia como el qué dirán se refiere así Hesíodo en Los trabajos y los días (220-260): “Cuando Diké (diosa de la justicia) es trabada, se siente un murmullo y ella va quejándose… Diké, en cuanto alguien la ultraja, proclama a voces…” 

Aunque la primera y principal prestación de una religión consiste en las instrucciones sobre qué hacer consigo —posturas, atuendo, dietas… si al hombre se le solventan esos problemas con órdenes precisas y entretenidas, es posible obtener de él cualquier cosa, incluso una buena persona—, también es cierto que una teoría de la remuneración ayuda mucho. Para eso es preciso saber que la mínima común esperanza depositada en cualquier explicación totalitaria, que prometa salud y arreglo para todos, es que nadie quede impune.

Cuando la cancillera Merkel dijo que se alegraba por la muerte de Bin Laden, no tardó nada en aparecer un cura afeándole la alegría. Esa réplica curil, que se ha repetido por aquí y por allá, no es más que una vindicación del monopolio divino de la venganza. Y, en efecto, al poco rato de programación, la cancillera rectificaba explicando que lo suyo no era alegría, sino alivio. La diferencia entre quien dice le dimos la cejadilla en nombre de las víctimas y ahora nos conducimos con gravedad divina, y quien se enreda en matizaciones curiles es de índole bíblica: la cancillera es más temerosa de Dios, sin duda se acuerda de su padre.

 

[Publicado el 08/5/2011 a las 06:56]

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Comentarios (2)

  • Sin duda un acto éticamente reprobable, desde el cristianismo...pero, ¿es el cristianismo lo que era?
    pienso que es un signo de cambios, aunque en el nombre de dios se ha asesinado a muchos y desde hace mucho tiempo

    Comentado por: Ruth el 10/5/2011 a las 15:39

  • No es tanto el monopolio divino de la venganza, sino el monopolio divino de la vida.
    Como productos del azar cósmico podemos alegrarnos sin problemas de la muerte del otro. Como criaturas de Dios, no... aunque esa noche durmamos más tranquilos.

    Comentado por: pablito el 08/5/2011 a las 17:59

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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