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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 4 de diciembre de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

La especie es sueño

 

El ser humano es el único que se extraña de sí mismo. No se encuentra natural, sabe que morirá y con el límite de su existencia se le hace evidente la inutilidad de todo esfuerzo. Ese ser extrañado ha discernido los mecanismos de su reproducción, cosa que considera el conocimiento por antonomasia.

Según el uso léxico árabe, hebreo, acadio y sumerio, la experiencia sexual se integra en el acervo científico y se designa con la terminología propia de él. De ahí el famoso “conocer en sentido bíblico”. Recuérdense los pasajes del Génesis: “Conoció el hombre a Eva, la cual concibió…” “Conoció Caín a su mujer, la cual concibió…” “Tengo dos hijas que aún no han conocido varón…” No se basa, contra lo que se ha sostenido, en un concepto del conocimiento sensitivo, de más arraigo en la cultura mesopotámica, frente a otro abstracto, que sería de procedencia griega. Tampoco es la sesuda reflexión de que no se acaba de conocer a alguien en tanto no hay comercio carnal. 

Apunta a un conocer especial, el que  define al hombre que se celebra a sí mismo como el sabedor, y el momento de la adquisición de esa sabiduría es el inicio de la humanidad cabal. Al poseer ese conocimiento, el humano animal es el único que no tiene crías accidentalmente, y sabe qué se trae entre manos.

En el poema de Gilgamés, primera obra literaria conocida de la humanidad, Enkidu, prototipo del ser animalesco que aún no es hombre, pasa por un proceso hominizador que relaciona la toma de conciencia con la experiencia sexual. El conocimiento que adquiere de ese modo lo aleja de la bestialidad para hacerlo semejante a un dios (1, IV, 29-35).

Es un conocimiento que el hombre considera privativo y distintivo de sí: él se autodefine como el engendrador consciente, y en esa diferencia encuentra la esencia de la dignidad humana, el escalón insalvable que lo separa de la animalidad. La condena por la Biblia de ese conocimiento que se ha considerado el humano por antonomasia no mira a la soberbia por divinización, ni a la desobediencia. Apunta a la consecución de la materia imprescindible de toda religión: la culpa. Sólo los culpables pueden tener religión. Y esa condena asegura que todos lo son. Se trata de la más lograda captación de público cautivo de todos los tiempos.

Los cátaros, tan aplaudidos por Cioran —“la repugnancia por el lado útil de la sexualidad, el horror de procrear, forma parte del proceso a la Creación: ¿para qué multiplicar los monstruos?”—, condenaban el matrimonio y la reproducción. Según su lectura irreprochable de los capítulos II y III del Génesis, procrear es el acto más aborrecible de todos. No fueron los primeros en sostener esa opinión de optimismo desaforado —todo fanatismo es optimismo desatado y puesto en práctica—. Es probable que la idea sea contemporánea de la que celebra al hombre como el engendrador consciente. Recuérdese que, en el tiempo histórico, a esa corriente se le ha llamado gnosis “conocimiento” y, entre los judíos, coincide con las doctrinas de los esenios.

En todo caso, es una aplicación de ese mismo “conocer”. Uno de sus campeones más acérrimos fue Taciano el Sirio, que regentó escuela propia en Roma hacia el año 170. Fundó por entonces la secta cristiana de los encratitas, quienes pretendían apañar el mundo mediante la supresión de todo acto que condujera a la generación. 

Uno los textos más claros de la misma creencia es el Evangelio de los Egipcios, redactado a mediados del siglo II y del que sólo se sabe por menciones de terceros. Según Clemente de Alejandría, en ese evangelio se reproducían las palabras de Cristo: “He venido a destruir las obras de lo femenino: la generación y la corrupción”.

En su estudio sobre la metafísica del sexo, Schopenhauer propone una lectura dramática de las vicisitudes del personaje que el siglo XX llamaría gen. El amor, tema principal de casi toda la poesía y de las montañas de novelas que aparecen todas las temporadas en todos los países civilizados con la regularidad de los frutos de la tierra, no es más que instinto sexual individualizado y determina la composición de la generación venidera. Las frívolas intrigas amorosas deciden la existencia y carácter de los personajes del drama destinados a entrar en escena. El comercio amoroso de la generación actual es para la especie humana una ajetreada premeditación de la composicion de la generación futura. No se trata de la felicidad o desdicha individuales, sino de la existencia y naturaleza de la humanidad venidera. El instinto sexual vinculado a un individuo determinado ya es la voluntad de vivir de otro individuo netamente determinado, porque en el amor lo esencial no es la reciprocidad, sino la posesión, y la procreación de una criatura determinada es su fin verdadero. La inclinación de dos amantes ya es voluntad de vivir de un nuevo individuo, o más aún: lo que les atrae tan fuerte y exclusivamente es la voluntad de vivir de toda la especie que por anticipación se objetiva a su vista en un ser que los dos amantes podrían engendrar. El inicio del nacimiento de un individuo está en el momento en que sus padres comienzan a atraerse, en esas miradas llenas de deseo ya está el primer germen del ser futuro. Y, aunque ese germen sea luego aniquilado las más de las veces, ese nuevo individuo es, en todo caso, una nueva idea platónica que desea forma sensible, y su gran avidez por ser ya se manifiesta en la pasión de sus posibles padres.

En la versión Dawkins, el gen es inteligente. En la de Schopenhauer, la especie es un infinito drama voluntarioso dirigido por quienes no son ni están, pero quieren ser y algunos serán. Por designio de la especie, no determinan el argumento los que son, sino los que podrían llegar a ser, aunque la infinita mayoría de ellos no será.

Pero todo ese bullicio que registra Schopenhauer en la metafísica del amor, no es producto de los que serán ni de los que no serán, sino el sueño de los que son. Infinitas peripecias de los vivientes originadas por quienes acaso nunca vivan, pero que luego serán memoradas, interpretadas y soñadas por quienes vivan. También la evolución y el progreso, la posteridad y el pasado, son reconstrucciones de un sueño. El ser humano prescribe las leyes a la naturaleza y nombra las cosas para poder soñar: la australopiteca Lucy es un ejemplo, qué linda novela sería “Un día en la vida de Lucy”.

Dices que vendrá otra generación más humana y más bella que cuanto ésta pudo ser o anhelar. Pero no hay generación nueva, Lucy, ni especie futura, pues esta misma te seguirá y en medio de ella marcharás interminablemente, la misma procesión de fantasmas va de la juventud a la vejez y entre ellos terminarás, la especie es una prisión, no hay otro lugar, ¿no ves que al arruinar tu vida entera entre tus contemporáneos ya la malograste entre quienes fueron y serán?


[Publicado el 24/3/2011 a las 08:00]

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Comentarios (5)

  • Pedro: Lo suyo no es desvarío.Y lo sabe expresar divinamente.Lamento que no haya instrumentos ópticos capaces de captar nuestras verdaderas dimensiones.El aspecto visible es mínimo,en relación a esa poderosa energía en la que nos movemos los seres humanos.No somos un cuerpo.Somos una vibración ecuánime que no se puede separar .

    Comentado por: Chabela el 28/3/2011 a las 18:42

  • Yo separaría el sexo y el amor. Uno puede sentirse sexualmente atraido por alguien que es un ser horrible con el que no irías ni a tomar una copa. Y al revés, puedes sentir amor hacia alguien que no te atrae sexualmente. Normalmente te casarías con el segundo. Mejor si van las dos cosas juntas, claro. Pero son distintas.

    Por otro lado, estar siempre comparándonos con las demás especies animales me parece una tontería. También tenemos mucho en común con los vegetales y los minerales y no por eso estamos todo el día preguntándonos en qué nos parecemos y diferenciamos de una piedra o de una planta. Después de todo, somos polvo de estrellas ¿no? El 70 por ciento de nuestro cuerpo es agua. Del mismo modo que podemos pensar que los genes son "inteligentes", podemos pensar que somos una estrategia del agua para volverse inteligente. O que somos la manera que ha tenido el universo de tomar conciencia de sí mismo. Somos el resultado de una explosión de un punto infinitamente pequeño, sin tiempo ni espacio. Da igual si fue hace 15000 millones de años o hace un segundo. Procedemos de la nada.

    ¿Todo esto os parecen desvaríos? Pues posiblemente lo son. Pero no más que otros que pasan por ciencia seria o por profunda filosofía.

    Comentado por: Pedro el 26/3/2011 a las 20:17

  • "La especie es sueño" se merece mas de una lectura.Ojalá venga una generación mas humana y mas bella.Como decía alguno de nuestros maestros."¿Quienes se salvan de las grandes catástrofes que tuvo el Planeta?Los pastorcitos,la gente que vive en la montañas,que en los siglos pasados no sabian leer ni escribir..."Y la Humanidad hubo una vez mas de iniciarse desde menos de 0,porque ya llegar al 0,es una proeza.
    Pese a todo,lo que se ha escrito y se escribirá,aquí estamos solamente aquellos que nos corresponde.Poquísimos son los seres que saben como obra el Amor en los planos universales.Tenga por seguro, Señor Autor de este blog,que no habrá de marcharse Ud. de este magnnífico proscenio donde se desarrolla la Vida, sin encontrarlo.

    Comentado por: Chabela el 24/3/2011 a las 19:13

  • ¿no ves que
    ya la malograste
    entre quienes
    ?

    Comentado por: juan andres el 24/3/2011 a las 15:59

  • Taciano y los encratitas, o sea, los abstinentes, llevaron su pulsión herética -anticristiana, que quede claro- mucho más allá de estas condenaciones del matrimonio, la carne, etc. ¡Se permitieron quitar el vino y poner agua en la Eucaristía!

    Comentado por: pablito el 24/3/2011 a las 13:26

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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