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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

viernes, 4 de diciembre de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Inmersiones

 

Pese a la constante exaltación del español y el prestigio político de gran potencia que atrajo a tantos humanistas italianos hispanizados, la universidad de Salamanca no reconoció en todo el siglo XVI otra autoridad lingüística que el latín. Y fue preciso un alzamiento de estudiantes y maestros de retórica para que el uso del español se permitiera en el claustro universitario. De modo que en la educación renacentista ya existía una inmersión lingüística a semejanza de la disfrutada en las venerandas comarcas, y el quedar inmensamente emergente sobre el nivel de pantano decretado por la superioridad es un lance que se repite en la biografía de la lengua española. 

En el siglo XVI continuaba la discusión sobre la supremacía concedida por los tratadistas al habla de Toledo como cumbre del buen decir, lo que chocaba con la pretendida hegemonía lingüística de Castilla la Vieja sobre la Nueva, una cuestión que databa del siglo XIII, y estaba relacionada con la hegemonía política de Burgos sobre Toledo. Además, la falta de un modelo de lenguaje artístico, que unos suponían alcanzado por Garcilaso, y otros consideraban un objetivo en perpetua revisión (Herrera sostenía en su crítica a Garcilaso que “escurrir es indigno de la hermosura de los cabellos de las Náyades”), hacía que siempre se echase en falta una autoridad literaria que demostrase que el español había superado al toscano, como lengua de creación, y al latín, como más apropiado para la expresión científica.

En el Quijote (II, XVI) se refleja la pervivencia a principios del siglo XVII del convencimiento de la supremacía del latín. El hijo del caballero del Verde Gabán, un joven de dieciocho años que ha terminado en Salamanca los estudios de gramática, que duraban seis cursos y eran previos a los de filosofía y teología, despreciaba a los poetas llamados “romancistas”, o sea, escritores en lengua vulgar, y todo su afán era averiguar si Homero afinó lo bastante en tal verso de la Ilíada, y si Marcial anduvo deshonesto o saleroso, y si Virgilio debía leerse de tal o cual manera. Sus lecturas y conversaciones se referían a los textos de los referidos poetas, y a los de Horacio, Persio, Juvenal y Tíbulo, reservando todo su mal cariño para la poesía en romance, aunque en el momento que se redactaba el Quijote el joven gramático tenía desvanecidos los pensamientos con la glosa de cuatro versos para una justa literaria. 

El pasaje es un apunte irónico y alusivo a la propia formación de Cervantes, consistente en esos mismos estudios de gramática donde, “sin pasar a estudiar otras ciencias, quedó embebido en la poesía —si es que se puede llamar ciencia—”. La respuesta de don Quijote al caballero del Verde Gabán es un discurso sobre la dignidad de la poesía en lengua vulgar, donde glosa un célebre párrafo del capítulo VIII del Examen de ingenios de Huarte.

Para situarse es preciso recordar que, en el siglo XVI, al mismo tiempo que la lengua española era considerada uno de los instrumentos más valiosos del imperio siempre soleado, se puso de moda un aldeanismo lingüístico insidioso. Según el siciliano Marineo, la mejor pronunciación castellana era la toledana, mientras otros entendidos ensalzaban en mayor grado la alcalaína, y muchos se inclinaban por la burgalesa; por su parte, Nebrija, en opinión de Valdés, jamás podría ser lo bastante docto en castellano, porque era andaluz. En el centro del nuevo pueblerinato con pujos racistas, se repetía devotamente un término: castellano.

Hacía tres siglos que la expresión era un arcaísmo de paradójica vigencia. En la época de la redacción de De rebus Hispaniae por Jiménez de Rada, a mediados del siglo XIII, había una porción de romances que no eran el castellano, pero estaban inmersos en la formación del español y evolucionaban en la misma dirección. La creencia en una mítica pureza castellana, era el perfecto caldo de cultivo para que argumentaciones ad hominem de tanta escasez científica como las que empleaba Valdés contra Nebrija pudieran considerarse de peso. Después de todo, Juan de Valdés (1509-1541), que presumía de no haber leído a Nebrija, estaba reputado como el teórico oficial de la lengua.

Contra el nuevo aldeanismo lingüístico se alzó una voz más viva, universal y poderosa, capaz de ideas más grandes y atrevidas, la del primer gran autor científico en español, Juan de Huarte (1529-1588). Nació en Huarte, barrio de la Castellanía de San Juan, en la merindad navarra de Ultrapuertos, donde se encontraba la judería más importante de la región. Hasta el siglo XIII, la judería se encontraba en San Miguel el Viejo, en el lugar llamado por los romanos Imus Pyrenaeus (“lo bajo del Pirineo”), donde arrancaba la antigua vía que pasaba los Pirineos. Al fundarse la Castellanía de San Juan en 1249, el camino de Santiago cambió de trazado, y los Pirineos se cruzaban por Valcarlos (en vasco, Luzaide, “camino largo”), entonces se emplazó en el barrio Huarte, justo al iniciarse el nuevo trazado del paso de los Pirineos, una nueva judería llamada Judiri (en vasco, “villa judía”).

El camino de Santiago agrupaba las juderías de Navarra. Muchos de sus refugiados eran moradores eventuales, no avecindados en ningún lugar, que pagaban impuesto por separado. A lo largo del siglo XIV, hubo continuas oleadas de refugiados judíos que huían de Francia, mientras la política de la casa de Evreux, reinante en Navarra, era claramente proteccionista y favorable a la población judía. En 1530, cuando Juan Huarte tenía un año, la Castellanía de San Juan y toda la merindad de Ultrapuertos fue abandonada a su suerte, a causa de su imposible sostenimiento estratégico, tras dos siglos de dominio navarro. Los habitantes de Judiri huyeron a España y la mayor parte se establecieron en Andalucía. Huarte estudió en Baeza y Alcalá, y ejerció su oficio de médico en varios  lugares de Castilla y Andalucía. Como “hombre de muchas letras”, según consta en su nombramiento de médico de Baeza, hubo de oír incontables veces la monserga del mejor y peor castellano, y los axiomas de innata calidad y pureza inalcanzable de la lengua según de dónde se fuera  natural.

En el capítulo VIII del Examen de ingenios, Huarte escribió:

“De ser las lenguas un plácito y antojo de los hombres, y no más, se infiere claramente que en todas se pueden enseñar las ciencias, y en cualquiera se dice y declara lo que otra quiso decir. Y así, ninguno de los grandes autores fue a buscar lengua extranjera para dar a entender sus conceptos; antes los griegos escribieron en griego, los romanos, en latín, los hebreos, en hebraico, y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber esta lengua mejor que ninguna otra”.

Cervantes se inspiró en esa tirada de Huarte, cuando hizo que don Quijote respondiera al del Verde Gabán:

“Y a lo que decís, señor, que vuestro hijo no estima mucho la poesía de romance, doime a entender que no anda muy acertado en ello, y la razon es esta: el grande Homero no escribió en latín, porque era griego, ni Virgilio escribió en griego, porque era latino. En resolución: todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche, y no fueron a buscar las extranjeras para declarar la alteza de sus conceptos; y siendo esto así, razón sería se extendiese esta costumbre por todas las naciones, y que no se desestimase al poeta alemán porque escribe en su lengua, ni al castellano, ni aun al vizcaíno que escribe en la suya.”

Más allá de la vieja controversia sobre el si poeta nace o se hace, en las tópicas defensas renacentistas del uso de las lenguas vulgares había una petición de licencia alentada por un curioso complejo: todos los autores “romancistas” hacían entender cuidadosamente que sabían latín. Y algunos llegaban a picarse en ese punto, como el mismo Cervantes, cuyo prólogo del Quijote contiene más de un ataque a la riqueza de citas latinas de la obra de Huarte, que era entonces un bestseller, mientras por su parte el propio Cervantes citaba con cuidadoso descuido a Virgilio, Horacio y Ovidio.

Contra la inmersión oficial de culto a los clásicos y al latín, se alzaba imparable la emersión de las lenguas vulgares, pero sus defensores no emergían indemnes de tantos siglos de culto. No sólo Huarte y Cervantes, también Montaigne hace una petición de licencia para escribir en lengua vulgar, pero no olvida esparcir a lo largo de los Ensayos su autoapología de gran latinista surgido de la particular inmersión que le impuso su padre. Leibniz, por su parte, escribió en latín más que en ninguna otra lengua. Y en 1770 Kant redactó en la lengua de Virgilio su más importante tesis, De mundi sensibilis atque intelligibilis forma et principiis. Creo que De Quincey ha sido el único en darse cuenta de que ese memorable escrito kantiano en latín da la paradójica impresión de ser un resumen de la posterior Crítica de la razón pura por alguien que la recuerda vagamente.

La emersión creativa y científica de las lenguas vulgares manifiesta la revolución en la dignidad consciente de los intelectuales europeos en el siglo XVI. No por casualidad, los respectivos siglos áureos del español, el francés y el alemán siguieron luego el mismo orden cronológico en que sus creadores se sustrajeron a la autoridad del latín.

 

 

 

 

[Publicado el 17/3/2011 a las 07:00]

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Comentarios (2)

  • ¿Alzamiento en Salamanca para reivindicar el uso del español? ¿Inmersión lingüística en las comarcas venerandas? ¿El alzamiento fue contra los "consabidos", o eso era de otro palimpsesto?

    Comentado por: gómez el 18/3/2011 a las 00:04

  • Ya.Os imagino a vosotros,hispanos escritores,con tantos siglos del idioma entre pecho y espalda, encontraros con multitudes de hispano-hablantes , que de contínuo se debe traducir tantas nuevas palabras llevadas del Nuevo Mundo.Qué aventura !

    Comentado por: Chabela el 17/3/2011 a las 23:20

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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