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El Boomeran(g)

El blog literario latinoamericano

lunes, 1 de junio de 2020

 Blog de Eduardo Gil Bera

Iconos

 

Las estatuas de la antigua civilizacion mesopotámica se leían, eran  crónicas dramáticas que invocaban a los dioses y los hombres. Aquella personalidad inquietante del icono, omnipresente y lleno de irreductible fuerza virtual, intranquilizaba a los sacerdotes judíos que temían, con razón, una usurpación de su papel mediador y guardián de la realidad. Además, los judíos de entonces ya no tenían templo para el culto sacrificial por estar en el exilio, y no disponían más que del Libro como centro de gravedad para el culto. En consecuencia, pusieron su temor en boca de Yahvé, y ese anatema del miedo celoso fue lo que provocó el aniconismo de la Torá, revitalizado luego por la escuela coránica y la disputa iconoclasta bizantina. 

En el ámbito cristiano, no se confeccionaron imágenes hasta el siglo III, siguiendo la prohibición bíblica. Todavía el concilio de Málaga, de principios del siglo IV, prohibía las pinturas en las iglesias. Pero, entretanto, el cristianismo ya había producido muchos santos y, a la vez que eclosionó el culto de sus reliquias, apareció toda una iconografía religiosa con sus inscripciones y propiedades virtuales, enlazando con la clásica fabricación de realidad que, desde tiempo inmemorial, tenía el amuleto. En Edesa, había un Cristo que tenía la muy estimada capacidad de rechazar el ataque de un ejército persa; pero no pudo resistir el ataque de los iconoclastas que lo destruyeron en nombre de otra cristología todavía más pura.

La mano estilizada de Cristo que se ve en los iconos antiguos procede del gesto de adnuntiatio locutionis que puede apreciarse en las estatuas imperiales de Augusto y otros romanos, que a su vez remiten a los modelos clásicos de Polícleto con su especial disposición del peso sobre una sola pierna y la mano alzada en la posición de quien está en posesión de la palabra y anuncia la perorata. El modelo más antiguo de la pose es la estatua de un aedo con la mano derecha en posición declamatoria, y la izquierda sobre un cetro, lo que en los poemas homéricos significaba la posesión de la palabra. Se trata de una pieza de mármol que se cinceló en Creta, en el último cuarto del siglo VII a. C., se descubrió hace algo más de un siglo, está depositada en el museo de Heraclion, y aún no ha sido leída por los especialistas. Porque, a semejanza de las mesopotámicas, es una estatua que se lee.

Ese gesto de adnuntiatio locutionis es el mismo que se apreciaba en las efigies de Lenin, Mao, Sadam y demás amados líderes broncíneos que alegraban el paisaje de sus respectivos paraísos. 

En el ámbito cristiano, al mismo tiempo que la producción artística de iconos con la mano estilizada al modo de Augusto alcanzaba su máximo de difusión, Isidoro de Sevilla inventó (o, si se quiere, impuso la teoría hasta entonces vacilante de) la presencia real —es decir que Cristo estaba realmente, físicamente, y no simbólicamente, en la hostia—. Como consecuencia se instituyó la costumbre de que el sacerdote juntara el pulgar y el índice, que se purificaban tan sumamente por el contacto real con la divinidad que no sabían qué hacer con ellos, y se redactaron reglas concretas sobre qué dedos debían ser preservados, la ablución de la boca, los propios dedos y la limpieza de los vasos sagrados. Había reglas explícitas sobre la obligación de cerrar y proteger la punta de los dedos después de la consagración. Tampoco podían tocar las páginas de los libros, a causa de la impureza que eso generaría, y por eso se las pasaba un ayudante. En todo caso, se traba de un precepto coreográfico relacionado con tocar o haber tocado con esos mismos dátiles a la divinidad.

También se creó por entonces la fiesta de la Anunciación, basada en el pasaje del evangelista Lucas, que era médico y quiso solventar lo de concebir a un dios en una virgen, así que echó mano del ángel Gabriel  para que anunciara el evento con su manita alzada al estilo clásico y diera las sucintas explicaciones necesarias. Inspirado en ese pasaje evangélico, el ángel Gabriel pasó a ser un personaje importante en el Corán.

En el siglo VIII, las representaciones icónicas bizantinas provocaban inquietud y tensión en los colegas judíos y mahometanos, que eran anicónicos por inveterado decreto originado por la desconfianza y el complejo clerical ante toda competencia plástica. Y con tan fausto motivo, se armó el cirio iconoclasta. El emperador bizantino León III declaró idolátrica toda representación figurativa de carácter sagrado, y la superioridad islámica declaró perniciosa toda representación figurativa en general. Se abrió un período de violencia iconófoba que duró un siglo. El papa convocó un sínodo donde se condenó la manía iconoclasta. El emperador bizantino montó un ataque naval contra Italia y hasta el año 843 los iconófilos fueron perseguidos y exterminados en aquella comarca.

Los judíos e islámicos prohibían los iconos, porque su icono por antonomasia era el Libro. Es el mismo recelo inspirador de la iconofobia protestante y de la talibánica. Pero es preciso ver que esa virtualidad del Libro que no soporta competencia icónica no tiene que ver necesariamente con su contenido. Podríamos ficcionar otras circunstancias en que, por ejemplo, la obra histórica de Tito Livio fuese elevada a la categoría de “El Libro”. Habría materia de sobra para hallarle formas de conducta y lecciones de toda índole. ¿Sería todo distinto? ¿Habría otras conductas, otros valores, como suele decirse? Sería todo igual. Habría quizá alguna otra ceremonia, pero no gran cosa; apenas otra moda buena para arrear los rebaños y matarse con mejor razón.

[Publicado el 09/12/2010 a las 08:00]

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Comentarios (1)

  • "...
    para arrear los rebaños y matarse con mejor razón."

    Comentado por: juan andres el 09/12/2010 a las 16:14

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Biografía

Eduardo Gil Bera (Tudela, 1957), es escritor. Ha publicado las novelas Cuando el mundo era mío (Alianza, 2012), Sobre la marcha, Os quiero a todos, Todo pasa, y Torralba. De sus ensayos, destacan El carro de heno, Paisaje con fisuras, Baroja o el miedo, Historia de las malas ideas y La sentencia de las armas. Su ensayo más reciente es Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero (Pretextos, 2012)

Bibliografía

1993 A este lado - ensayo - Editorial Pamiela, Pamplona.

1994 El carro de heno - ensayo - Premio Miguel de Unamuno. Editorial Pamiela, Pamplona.

Introducción, notas y apéndices a la edición facsímil de Diccionario de los nombres 

eúskaros de las plantas de José María de Lacoizqueta. Pamplona.

1996 Sobre la marcha - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

Prólogo para Obra Vasca de Julio Caro Baroja - Editorial LUR San Sebastián.

1997 Os quiero a todos - novela - Editorial Pre-Textos, Valencia.

1999 Paisaje con fisuras - Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos - ensayo  

Editorial Pre-Textos, Valencia.

2000 Todo pasa - novela - Editorial Siglo XXI, Madrid 

2001 Baroja o el miedo - biografía - Ediciones Península, Barcelona.

2002 Torralba - novela histórica - Premio Nacional de Novela Históricia Alfonso X el Sabio 

Ediciones Martínez Roca, Barcelona. 

Los días de enmedio - ensayo - Ediciones Destino, Barcelona 

El pensamiento estoico - ensayo - Edhasa, Barcelona.    

2003 Historia de las malas ideas - ensayo - Premio Euskadi de Literatura 2004,

Ediciones Destino, Barcelona 

2007 Sentencia de las armas - ensayo - Finalista I Premio Internacional de Ensayo. Círculo de Bellas Artes/ A. Machado Libros, Madrid.

2012 Ninguno es mi nombre. Sumario del caso Homero - ensayo - Pretextos.

2012 Cuando el mundo era mío - novela - Alianza Editorial.

2015 Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth - Acantilado
 

 
 
 
 
 
 
 
 

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