“¿Qué es una cosa?” (II)
En lo que precede he evocado un problema central pero que no debe aparecer sino mucho más tarde en esta reflexión, a saber el problema del grado de independencia con respecto a sus propias construcciones de aquellos conceptos con los cuales el hombre se aproxima al entorno e intenta dar cuenta del mismo, ya sea de forma ingenua (eventualmente mágica), ya sea bajo esa forma que hoy identificamos a la ciencia.
La sospecha sobre aquellas determinaciones conceptuales que parecen legitimadas por una apariencia de obviedad, es cuando menos filosóficamente sana, salud sobre la cual la disposición cartesiana sigue constituyendo la referencia paradigmática. Sin embargo esta sospecha no puede, metodológicamente al menos, ser exhaustiva. No podemos rechazar por ausencia de carácter apodíctico todos los conceptos y categorías que sustentan el edificio convencional de la ciencia...al menos de renunciar a todo conocimiento, conformándonos con un instalación escéptica en la aleatoriedad de los fenómenos. Indicaba Aristóteles que la simple percepción implica ya para nosotros una modalidad de juicio y en consecuencia la operatividad de las categorías que recubren los conceptos aplicables como predicados de un sujeto. Sin orden categorial no habría juicios y sin juicio no podríamos reconocer nada en el entorno ,cabría someramente argumentar. Pues bien:
Entre los conceptos a los que no podemos renunciar está el tan general que en castellano designamos mediante el significante cosa. La pregunta por la cosa es en sí mismo problemática. Si nos preguntamos qué es el caballo o el electrón del átomo de hidrógeno, remitimos en la respuesta a conceptos genéricos (animal, partícula ), y a rasgos específicos que los sobredeterminan (vertebrado, mamífero; carga negativa, ubicación periférica en el seno del átomo). El asunto es más complejo si nos preguntamos por el ser del hombre, pues habría quizás que incluir en la respuesta la condición de matriz exclusiva del binomio mismo interrogación-respuesta. Pero si, como quieren tantos reduccionistas, hacemos abstracción de tal circularidad (sólo provisionalmente, pues precisamente la disciplina científica contemporánea que aquí en primer lugar nos ocupa no autoriza a ello), podemos resolver el expediente diciendo que el hombre es un animal con una determinada configuración genómica.
No hay sin embargo manera de encontrar fácil expediente si lo que nos motiva es la pregunta por la cosa. Pues el complemento en la eventual respuesta, "cosa es..." remite ya de alguna manera a lo preguntado.
Útil es al respecto, como tantas veces, recurrir a la etimología de la palabra, la cual indica que si bien en un sentido restringido cosa es aquello que como ser inanimado se opone a lo viviente (con énfasis en el viviente humano), en un sentido esencial cosa no sólo abarca tanto aquello que tiene entidad material ( viviente o inanimada, dependiente sólo del azar y la necesidad o forjada por el hombre) como aquello que es puramente eidético o abstracto, sino que constituye incluso la matriz de todo ello, como indica su vínculo con el término latino causa.
La pregunta por la cosa es la pregunta por lo originario, que no puede ser respondida remitiendo a lo que de tal origen deriva. La pregunta por la cosa es en cierto modo la pregunta por la physis, la pregunta por la naturaleza, siempre que este término sea tomado en la amplitud de su riqueza y no circunscrito a aquello que se muestra ante el ser de razón como su origen preexistente y que subsistiría con toda independencia de esta misma razón que la interpela. La pregunta por la cosa es en suma la pregunta por el ser de todo aquello a lo que atribuimos una naturaleza, con el esencial presupuesto de que también atribuimos una naturaleza al ser humano.[Publicado el 01/10/2010 a las 09:00]
Qué
La patentización de una figura,
la concreción de la vida en una forma,
la asombrosa armonía de unas células,
la extraña rotación de unas moléculas,
la especial configuración de unos átomos,
el plegamiento singular de unas partículas,
la peculiar energía de unas ondas.
Algo que fluye. Qué. Eso soy.
Comentado por: Dácil el 03/10/2010 a las 17:57
Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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