Más allá del relato evangélico y de la figura del crucificado: el cristianismo de Pascal y de Peguy
"Frente a lo que sería lúcido pensamiento original de un Marx o de un Freud, el uno corrompido por el estalinismo y el segundo caricaturizado por el dogmatismo psicoanalítico, situabas el cristianismo, el fascismo o ciertas formas de animalismo radical, que son en tu opinión ideologías alienadas desde su misma raíz originaria. Defiendes en los pensadores lúcidos su capacidad de reconciliarnos con la fragilidad trágica de nuestra finitud. Deploras en los profetas oscurantistas la irracionalidad con que tratan de encubrir nuestra condición mediante ilusiones tan absurdas como utópicas.
Como te decía yo no consigo ver, querido Víctor, esa diferencia ontológica entre la esencia de los unos y los otros. Descubro (desde mi propia, pobre, perspectiva, claro está) lucidez y disparates, aciertos e ingenuidades, luces y sombras, en diferente grado y en diversos aspectos, tanto en Marx como en Freud, en Jesús de Nazareth, José Antonio Primo de Rivera o Peter Singer. En todos ellos encuentro aportaciones válidas para comprender la realidad y distorsiones de sus miradas sobre el mundo, agudeza al clarificar algunos de nuestros secretos y ceguera incomprensible al ignorar otros. En todos ellos encuentro (en muy distintas dosis y diversos registros) elementos de nobleza admirable junto a otros de ingenuidad deplorable"
Me limito hoy a hacer alguna matización respecto a mi actitud ante el cristianismo.
No tengo en modo alguno particular manía a esta religión (más bien a aquellas otras que, teniendo sus mismas lacras, no conducen sin embargo a la erección de catedrales). En alguna ocasión incluso he llegado a decir que me encuentro mucho más cercano a un Pascal o a un Peguy que a un "progresista" sentimental que vive en un mundo objetivamente brutal y alienante, pero que se siente reconciliado por el farisaico sentimiento de estar del lado de los buenos, de tener sentimientos compasivos, de "no ser como ese", que decía el fariseo señalando al publicano.
Lo que puede separar a alguien que apuesta por la potencialidad redentora que encerraría el lenguaje humano del Pari, la apuesta, de Pascal es de alguna manera el pretexto que en Pascal tal apuesta encuentra para manifestarse, la representación, la puesta en escena, coincidente con el relato evangélico o la figura del Crucificado. Si se hace abstracción de esta narración contingente, queda el hecho de que un ser finito y determinado por los procesos que marcan el destino de un ser finito, se afirme a sí mismo como irreducible a tal destino (destino que unos ven como resultado de la entropía y que otros infieren mediante mecanismos lógicos, sin contar la singularísima vía- casi un diferente mecanismo del decir- por la cual la tesis de nuestra esencial finitud se afirma en Heiddeger).
En el caso de Pascal, como en el de Peguy la apuesta se halla en las antípodas de un timorato refugio en la sinrazón. Pues no se trata de salvar la individualidad, sino por el contrario de fundirla en lo que constituye su esencia, siendo casi lo de menos que a tal esencia se dé el nombre de Dios. A tal respecto cabe evocar al Narrador de la Recherche proustiana cuando nos dice que "lo que une no es la comunidad de las opiniones, sino la consanguinidad de los espíritus". Como en múltiples lugares tuve ocasión de decir, no es en absoluto necesario comulgar con dogma irracional alguno para hacer propia la tesis de que efectivamente "en el principio está el verbo". Basta simplemente por entender por principio aquello que da sentido y que permite la única aprehensión del mundo que nos sea dada a los humanos. Se trata simplemente de asumir que el verbo es lo que da significación, sin él todo es insignificante.
Cosa muy diferente es ese cristianismo carente de toda espiritualidad real, cristianismo no de la metáfora sino del anclaje a la salvación a costa de todo juicio. Cristianismo que es el complemento ideal de una vida en la que se ha renunciado a todo proyecto de efectiva emancipación que permitiera la realización por el ser humano de lo que constituye su naturaleza. Cristianismo que encuentra en las supercherías del discurso vaticanista su verdad profunda, y que constituye efectivamente impagable aliado para un sistema que tiene como fundamento la indigencia material y espiritual de los sometidos al mismo.
[Publicado el 25/5/2010 a las 09:00]
Más que nada el hombre ha venido necesitando, a medida que se hacía inteligente (o se volvía loco, cualquiera sabe), darle un sentido tranquilizador a su pequeñez dentro de la Naturaleza.
Esa es la intuición que lleva al Dios, yo creo.
Comentado por: Lu el 26/5/2010 a las 01:35
Sin Dios
Sabes que no habrá de surgir
el dios que señale tu camino.
No hay Verdad que te defina.
Es en el olor del azahar a media tarde,
en tu jardín, donde habrás de encontrar un rumbo.
Signifícate, pues, con una sonrisa.
Reconócete en el simple equilibrio
que conforma la vida.
Expándete como polen sutil
sobre la anchura del mundo.
No hay verdad, no hay camino.
Solo tiempo.
Comentado por: Teodoro el 25/5/2010 a las 20:26
Si quiere verlo así, sí. (Lo que quiero decir es que la premisa de que realmente exista algo equiparable a la idea de dios es un punto de partida erróneo: pone el carro delante de los caballos).
Comentado por: Romeo Romo Rema el 25/5/2010 a las 17:23
Comentado por: Dácil el 25/5/2010 a las 17:00
"Es curioso como, siendo la idea de Dios absolutamente necesaria para el hombre, porque está imbricada en la misma naturaleza de la realidad, de las cosas que son, cueste tanto llegar a ella".
Esta es una falacia capital del mundo actual, tan extendida que se da por asumida casi en todas las conversaciones acerca del tema. Será cierto que hay, proveniente del mundo primitivo, esa sensación, hasta ahí de acuerdo: el mono balbuciente encontró la imagen de un "algo intangible" entre sus primeras ideas de asbtracción.
Vale.
Ahora dos cuestiones.
La primera es que aunque toda tribu contemporánea tenga su panteón de seres intangibles, ni mucho menos todos estas entidades son equiparables a la idea de dios como tal; esas entidades son de la categoría de las que aquí el cristianismo se apresuró a convertir en figuras del paganismo; seres del bosque, la selva o el desierto cuya esencia es demasiado carnal y directa, meras transposiciones de unas necesidades y temores básicos: la necesidad de agua o techo, la provisión de alimentos, etc.
Que leídos desde la cultura cristiana esos cultos sean equiparables a la idea occidental de dios es hacer 5 de 2 y 2. Quiero decir con esto que la idea de universalidad de dios es, más que discutible, falsa, dado que le panteísmo no es una expresión del teísmo sino su contraposición natural.
Y luego, la segunda cuestión... ¿hasta qué punto puede seguir sintiéndose seguro, haciendo pie firme sobre la tierra, el sofisticado hombre occidental de hoy arrastrando consigo un concepto como el de dios, herencia directa de esos miedos y necesidades absolutamente primordiales, cuando están tan lejanos en su vida cotidiana que se ven desde fuera en esas tribus como algo, más que ancestral, anacrónico?
Comentado por: Romeo Romo Rema el 25/5/2010 a las 15:51
Fe o intuición
En estos días, pienso en la fe como forma de acercarse a la idea de Dios, en contraposición a la intuición de esa misma idea.
La fe en Dios es una mera “creencia” de Dios, y por tanto susceptible de ser tanto verdadera, como falsa (cuántas personas, después declaradas santas por la Iglesia, confesaron que hubo un momento en su vida en que pusieron su fe en cuestión; sin remontarnos muy atrás en el tiempo, la misma Teresa de Calcuta).
La intuición de Dios, en cambio, es una “experiencia” de Dios, y por tanto, siempre verdadera, porque es susceptible de ser entendida, aclarada por la razón.
Es curioso como, siendo la idea de Dios absolutamente necesaria para el hombre, porque está imbricada en la misma naturaleza de la realidad, de las cosas que son, cueste tanto llegar a ella.
Y es posible. A partir de un análisis sincero, no maniqueo, de la realidad. Vicente Aleixandre describe el momento de la intuición de Dios como “la muerte por fulminación de Dios entero”.
Cualquiera que sepa pensar, entiende que el camino hacia la idea es la intuición, esto es, la aprensión de la idea como objeto, como algo concreto que nos emociona, que cambia nuestro ritmo cardiaco. Es después de este paso cuando la razón puede abrirse camino en la idea, considerarla como sujeto de pensamiento.
No es el contacto con una idea ya definida, desarrollada, explícita, lo que nos lleva a la intuición de ella. En este caso, lo que funciona es la memoria, y a lo más que llegamos es a repetir la idea como estereotipo.
Por el contrario, para acceder a algo a través de la intuición, esto debe presentarse a nosotros, no de forma explicita, sino como un anhelo, como la necesidad de alcanzar una explicación de eso que nos apremia.
Una forma de llegar a la intuición, es decir, a una idea verdadera, es decir, subjetiva, personal, de Dios, sería considerar la necesidad apremiante del hombre, de Dios, y cómo, a través de la historia, se ha dado respuesta a esa necesidad. Requeriría un contacto con todas las religiones que debería hacerse desde los primeros momentos de la vida, cuando el niño, humano reciente, con la mente limpia de reminiscencias, siente la necesidad de una respuesta a por qué está en el mundo. Respuesta que debe encontrar por si mismo, para que sea verdadera, y útil a lo largo de su vida.
Lo que se hace hoy día es un mero adoctrinamiento. No va a evitar que, el niño, al ir creciendo, o bien se aleje de Dios porque le resulta fastidioso, ya que no reconoce como necesario algo impuesto y lleno de reconvenciones; o bien se limite a convivir con Dios como algo ajeno a sus preocupaciones.
Comentado por: Dácil el 25/5/2010 a las 14:25
"Me limito hoy a hacer alguna matización respecto a mi actitud ante el cristianismo.
No tengo en modo alguno particular manía a esta religión (más bien a aquellas otras que, teniendo sus mismas lacras, no conducen sin embargo a la erección..."
Vale.
Comentado por: Romeo Romo Rema el 25/5/2010 a las 10:12
Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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