…insignificancia de las cosas
El Narrador duda de la fertilidad de esa construcción lingüística que es la literatura. Duda con ello de lo legítimo de un funcionamiento de la lengua en la que ésta parece alcanzar autonomía. Pues, si bien la literatura exige que se den cosas (las cuales, en ocasiones describe), no es evidente en absoluto que la literatura esté subordinada a ellas. Conjetura ésta que sólo alcanza inteligibilidad, si por lenguaje entendemos algo que en modo alguno se reduce a un instrumento para mejor desenvolvernos en el entorno natural, instrumento del que muchos animales disponen, sin que en momento alguno trascienda su estatuto de mero reflejo de la inmediatez del orden natural. Si la carne se hubiera (como algunos pretenden) hecho verbo en otros animales, entonces ciertamente el destino de estos se emparejaría con el nuestro. Mas tal común destino tiene significación muy diferente según que se confiera o no plenitud a la palabra verbo.
Sólo si el verbo es aquello que realmente posibilita que lo limitado del mundo y de nuestros lazos con él no nos haga prisioneros, el eventual hablar de un animal (como el célebre gorila Koko, cuya naturaleza fue literalmente violentada a fin de hacerle partícipe de briznas insignificantes del lenguaje humano) sería realmente un acontecimiento trascendente; trascendente porque entonces también en ese animal la vida habría superado su inmediatez, (al igual que, al acceder a la vida, la materia susceptible meramente de posición o cantidad de movimiento, ha superado la inmediatez que le es propia).
Cierto es, sin embargo, que la "otra" hipótesis es a priori igualmente probable. Hipótesis de que un animal hablara sin que ello supusiera distancia respecto a la inmediatez natural, simplemente por la triste razón de que tampoco en nosotros el lenguaje supondría tal distancia. Cabe que el lenguaje no sea otra cosa que un reflejo, más o menos turbio, de una naturaleza que la lucha por la subsistencia nos exige dominar- con poco éxito. Cabe que la palabra sea simplemente una expresión trivial de la vida; cabe, en suma, que la palabra de nada libere. Transcribo de nuevo un texto de la Recherche ya presentado aquí hace unos meses:
"El nuevo sanatorio al que me había retirado no me curó más que el primero; y pasaron muchos años antes de que lo abandonara. Durante el trayecto que hice en tren, volviendo de nuevo a París, el pensamiento de mi carencia de dotes para la literatura, que ya en otro tiempo había descubierto en el camino de Guermantes, que más tarde reapareció, provocando aun mayor tristeza, en mis paseos cotidianos con Gilberte, antes de volver para la cena, ya tarde en la noche, en Tansonville, y que, en vísperas de irme de esa casa había identificado, más o menos al leer unas páginas del Diario de los Goncourt, con la vanidad y la mentira de la literatura, este pensamiento, menos doloroso quizás , pero más deprimente aún, si le daba como contenido, no mi propia incapacidad, sino la inexistencia del ideal en el que había creído, este pensamiento, que desde hacía tiempo no había vuelto a la mente, me asaltó de nuevo, y con una fuerza más dolorosa que nunca. Fue, lo recuerdo, durante una parada del tren en pleno campo. El sol iluminaba hasta la mitad de su tronco, una línea de árboles que seguía la vía del ferrocarril. ‘Árboles, pensé, nada tenéis ya a decirme, mi corazón gélido ya no os oye. Inútilmente estoy aquí, en plena naturaleza, pues es con frialdad y hasta aburrimiento que mis ojos constatan la existencia de una línea que separa vuestra frente luminosa de vuestro tronco sombreado. Si alguna vez pude sentirme poeta, ahora se bien que no los soy. Quizás en la parte de vida, tan yerma, que ahora se abre ante mí, los hombres puedan llegar a inspirarme lo que ya no me dice la naturaleza. Mas en cualquier caso, los tiempos en que era capaz de cantarla ya no volverán.' " (854-855)
[Publicado el 08/5/2009 a las 09:58]
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Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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