¿De qué verdad se trata?
Supongamos que nos proponemos efectuar una reflexión sobre la esencia de la escultura. Sería perfectamente legítimo hacerlo de manera puramente conceptual o a priori. Pensamos en la condición indisociablemente biológica y espiritual del hombre, en la necesidad de confrontarse a la naturaleza y a domarla, mas también en las interrogaciones que al hombre han acompañado desde Herto, interrogaciones relativas a su destino y no ya a las condiciones materiales de su subsistencia. Pensamos en el papel de las manos, esas "manos que piensan", según la expresión de Jose Saramago, inclinadas no sólo a coger materiales e instrumentalizarlos, sino también a moldearlos, apurar sus posibilidades inmediatas y eventualmente hacerles responder a exigencias no previstas... Ello nos conduciría sin duda a avanzar alguna conjetura, más o menos aguda, sobre el porqué de lo que damos en llamar escultura y concretamente sobre su universalidad, sobre el hecho de que no se de sociedad alguna en la que no forme parte de la actividad y -sobre todo- que ni siquiera sea concebible una comunidad humana con tal carencia.
Existe sin embargo un segundo método de abordaje. En lugar de empezar por una reflexión antropológica, nos dirigimos al taller de un escultor que merece nuestra admiración y nos confrontamos a una obra en concreto. El escultor nos ofrece la posibilidad, no ya de observar la pieza desde todos los ángulos posibles, sino de tocarla, reconocer la textura superficial de sus materiales, recorrer sus ángulos y pliegues, quizás incluso- si el mismo material aun virgen se haya presente- observar la interna estructura de aquello de que está forjada, la resistencia, las vetas que el escultor ha debido forzosamente respetar a la hora de la talla (análogo en todo punto, a lo que ha de respetar un buen carnicero) a fin precisamente de que pueda llegar a actualizarse la entera potencialidad... Tras todo ello, retornando a la contemplación admirativa de la obra, emergerá de nuevo la pregunta fundamental, la pregunta antropológica: ¿por qué? ¿Cuál es la razón, la causa subjetivamente eficiente y objetivamente final de este gigantesco esfuerzo?
La literatura tiene la ventaja de permitirnos siempre operar según el segundo método. Interrogándome sobre la razón del trabajo literario, barruntando que solo por el enorme peso de tal razón en la vida de los hombres, se explica la admirable ascesis de algunos escritores, la entereza con la que subordinan todo aquello que -por formar parte de nuestros intereses y deseos más anclados- los demás solemos erigir en fin en si.
Los lúcidos párrafos sobre la lectura en el Prefacio al texto de Ruskin (que en otro lado vinculo a aquellos de la Recherche en que se hace la crítica de la figura del erudito, presentado como una suerte de esterilizador de su propia vida espiritual) remiten a la cuestión elemental: ¿de que verdad se trata? La palabra verdad es mil veces reiterada por el Narrador de la Recherche pero, como vemos, también por Marcel Proust en otros textos. Esta verdad no es ciertamente la verdad de los empiristas, verdad como adecuación a una realidad objetiva o material, mas tampoco la verdad de los lógicos, verdad puramente formal, en la que ciertas proposiciones son consistentes con premisas que pueden eventualmente ser perfectamente falsas. Se trata ciertamente de una verdad de otro orden, solo legítimamente calificable de tal en razón de que el término verdad es en realidad muy amplio. Los hombres lo utilizan en relación a aspectos de su existencia que trascienden con mucho las preocupaciones de científicos, lógicos o gramáticos, pero que no son desde luego menos cruciales.
[Publicado el 02/2/2009 a las 10:28]
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Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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