El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
viernes, 5 de diciembre de 2008
Ficticia arrogancia... dinero real

Sobre la familia protagonista de Pride and Prejudice, los Bennet, pesa la sombra de la ruina, pues -al no haber hijos varones- a la muerte del padre la hacienda pasará a manos del tan estúpido como sinuoso y resentido primo, el clérigo Collins. La primera conversación entre Elisabeth Bennet y Wickham, apuesto oficial, en apariencia un modelo de elegancia y caballerosidad, deriva muy rápidamente hacia asuntos de pasta, concretamente de la sustracción de herencia de la que habría sido objeto por parte del entonces considerado engreído y egoísta Darcy. Este mismo Darcy tiene la certeza de que sólo el dinero ha movido ignominiosamente al citado Wickham a intentar ligarse a su hermana, una adolescente.
A Elisabeth Bennet le parece en el fondo totalmente razonable que, tras haber coqueteado con ella, el galán se haya decidido por otra más fea... pero que dispone de fortuna. Cuando, tras fracasar con esta última, el otrora considerado caballero se fuga con la hermana de la protagonista y pone como condición para casarse- y así lavar el honor de la familia -una determinada dote, el padre de la seducida se dice "únicamente avergonzado de que pida tan poco" (I am only ashamed of his asking so little ). Y podría llenar páginas de observaciones análogas.
En la contraportada de la popular edición de que dispongo, se anuncia que "esta aguda comedia de costumbres se sumerge y reaparece entre bien trabadas tramas, hasta alcanzar una conclusión inmensamente satisfactoria".
Conclusión menos satisfactoria, obviamente, para unos que para otros, pues no todos ocuparán el mismo lugar preferencial a la vera del falsamente arrogant, pero auténticamente wealthy Mr. Darcy. Entre los salvados, los Gardiner, los tíos de la protagonista con las que visitó la mansión de Darcy y que, en sus cavilaciones, Elisabeth consideraba que hubieran quedado excluidos de su vida de haber aceptado la mano del propietario (lo cual -recuerden- la salvaba de lamentar el rechazo). Enfatizaba la importancia de este momento. Transcribo ahora las últimas cuatro líneas de la novela:
"Darcy realmente estimaba a los Gardiner tanto como Elisabeth; uno y otro mostraban siempre la mayor gratitud a las personas que, por haberla llevado a Derbyshire, habían constituido el instrumento de su unión."
[Publicado el 26/9/2008 a las 11:36]
Me gustó el poema. Fue todo lo que pudieron hacer, desde ese punto de vista la conciencia nos llevaría a hacer algo distinto para lo que no es necesario el rencor. Ya habrá otros que descubran lo que nosotros nos ocultamos
Gracias por los textos, Sr. Pin y por su comentario, maleas. Me gusta leerles aunque calle.
Comentado por: mitin el 27/9/2008 a las 14:43
Sueño de los mayores,todo aquello.
Sueño de su nostalgia de otra vida mas noble,
de otra edad exaltándoles
hacia una eternidad de grandes fincas,
mas allá de su miedo a morir ellos solos.
Así fui,desde niño,acostumbrado
al ejercicio de la irrealidad,
y todavía,en la melancolía
que de entonces me queda,
hay rencor de conciencia engañada...
JGdB
Ribera de los alisos
El poeta responde con rencor cuando descubre la mentira,la fatuidad de aquellos sueños.
Un caso extremo,claramente patológico, es el que refiere Elías Caneti de su suegro. Era un hombre inmensamente rico. Le gustaba vestirse de pordiosero y practicar la mendicidad para luego reirse de aquellos que le habían socorrido mientras mostraba ufano su no despreciable botín. Un día descubrieron que ,en el paroxismo de su locura,se encerraba en sus aposentos para dedicarse,¡ a quemar fajos de billetes de banco que guardaba en un gran armario!.
Me pregunto que hay de orate y que de lucidéz extrema en tal conducta.
Comentado por: maleas el 26/9/2008 a las 20:59
Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
Vinculado durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja conjetura de que los hombres sólo quedan redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.
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