Orgullo, prejuicio... y dinero
Los editores de una popular edición de bolsillo de la novela de Jane Austen Pride and Prejudice ofrecen en un apéndice una selección de comentarios que han realizado sobre el libro afamados escritores de lengua inglesa.
Junto a la propia Jane Austen figuran Walter Scoot, Mark Twain, Somerset Maugham, Charlotte Brönte, etcétera. Cabe añadir a Rudyard Kipling, evocado en la introducción de Carol Howard, quien, en uno de sus relatos cortos hace referencia a soldados ingleses, combatientes en la Gran Guerra, unidos en una sociedad secreta con el nombre de Jane Austen. Estos soldados compartirían un sentimiento de nostalgia "por un mundo de estabilidad social, moral y económica, en el que, sin embargo, los caracteres fuertes se hallarían en condiciones de llevar a cabo lo que se habrían propuesto sin sacrificar sus sentimientos", escribe Howard.
Elisabeth Bennet, la protagonista de la novela sería el paradigma de esta singular disposición, distanciada respecto a los intereses inmediatos, fiel en todo momento a sus principios, y desde luego -en esa campiña inglesa protegida de los avatares de la industria incipiente- adalid de la causa de mujeres fieles a su corazón e idearios, y que se negarían a inmolarlos en razón de la ambición o la mera angustia por el futuro.
Pues bien, me ha llamado la atención que en ninguno de estos comentarios, ni tampoco en los de aquellos -que los hay- críticos, y hasta sarcásticos, con la atmósfera supuestamente etérea en la que bañarían los personajes, se diga una sola palabra de algo evidente, a saber, que en tal atmósfera llega desde algún lado un perfume sospechoso, que cuando el viento arrecia se convierte en verdadera peste.
Pues determinados o no por el orgullo, el sentimiento de clan, la convicción religiosa, o la mera estupidez, los comportamientos de los personajes se hallan marcados por algo primordial: la pasta, ese dinero al que en un texto anterior me refería con la expresión "es mi alma", y que desde luego, constituye el verdadero engrasador de los ejes de esta edificante historia.
Obviamente el dinero es el único acicate que mueve a Wickham y a esa síntesis de arrivismo y estulticia que es el clérigo Collins, pero también el dinero esta anclado en el alma de la protagonista, de lo cual daré mañana un indicio, empezando por recordar la circunstancia.
[Publicado el 24/9/2008 a las 10:19]
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Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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