El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
viernes, 5 de diciembre de 2008
Esterilidad moral del arte fallido
Desde el inicio de la guerra el señor Barrès había dicho que el artista (Tiziano para el caso) ante todo ha de servir la gloria de su patria. Mas sólo puede servirla permaneciendo cabalmente artista, es decir, bajo la condición de, en el momento en el que estudia estas leyes, instituye estas experiencias y hace estos descubrimientos tan delicados como aquellos de la ciencia, no pensar en otra cosa- ya se trate de la patria- que a la verdad que se halla ante él...La anatomía no es quizás lo que elegiría un alma sensible, si hubiera elección. No es la bondad de su alma virtuosa, bondad que era muy grande, lo que hizo a Choderlos de Laclos escribir les Liaisons dangereuses, ni su gusto por la burguesía, pequeña o grande, que llevó a Flaubert a elegir los temas de Madame Bovary o de L'Éducation sentimentale (A la Récherche... La Pléiade 3, p. 888).
Decir que el arte es intrínsecamente ético no excluye por supuesto que el punto de arranque, el peldaño el que la aspiración artística toma impulso, sea una exigencia de denuncia. Obviamente la conmoción ante el mal y la intención de denunciarlo están en el origen de la construcción del Guernica. Mas si el resultado artístico hubiera sido mediocre la propia denuncia moral hubiera sido inoperante y hubiera muerto por inanición. Lo que realmente tiene, como corolario, peso moral es el arte mismo. Pues la mera aspiración a ser realizado incluye la connotación de ser compartido y ello no es posible más que en la emergencia, ya sea fugitiva, de un momento de interparidad... en la libertad. Sí, el arte quiere la libertad de los seres humanos porque se quiere a sí mismo. Ello ocurre con todas las grandes construcciones del espíritu. Daré mañana el ejemplo de la filosofía.
[Publicado el 03/9/2008 a las 10:08]
Comentado por: Atea el 03/9/2008 a las 15:59
Donde dice:
la escuela trasmite:
Debe decir:
la escuela trasmite y facilita:
Porque la precisión no es la antítesis de nada, mas bien,....hasta las ciencias hacen poesía.
Comentado por: Atea el 03/9/2008 a las 13:57
Vengo de otro mundo, crecí en un país laico donde la escuela es por principios: obligatoria, gratuita y laica, eso significa que la escuela trasmite: conocimiento, afectividad y sociabilidad, pero nunca ideología.
A nadie se le ocurriría, salvo en períodos de dictadura, negar que los profesores y maestros tengan sus propias posiciones ideológicas (son ciudadanos), salvo que en el aula no están permitidas, algo de eso, ¿algo de eso?
Por otra parte al Maleas de ayer, ¿alguna vez te preguntaste qué parte tuya es consecuencia de la imaginación y creatividad de los demás?
Por último, un texto el del narrador que se expone, ¿es sólo producto de su emoción más o menos evidente (no lo escribió el vecino), o la narración es más, algunas cosas más?
Comentado por: Atea el 03/9/2008 a las 13:22
"Sí, el arte quiere la libertad de los seres humanos porque se quiere a sí mismo. Ello ocurre con todas las grandes construcciones del espíritu"
Yo diría que ocurre con todo lo que merece la pena
¡Qué importante es comprender para compartirlo!
Deseo leer mañana
Comentado por: claro el 03/9/2008 a las 10:40
Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
Vinculado durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja conjetura de que los hombres sólo quedan redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.
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