El cuerpo de los seres de palabra (2)
Hace unos años, desde su cama en la planta de un hospital para seres desahuciados, un hombre dedicado a una profesión rara y peligrosa, que era reflejo (en su dicción como en sus gestos y hasta en la firme configuración de su cuerpo de campesino) de una especie de cartesianismo espontáneo, de una inclinación digamos natural a hablar "claro y distinto", justificaba la decisión de haberse enfrentado a su tarea mermado de facultades (lo que había precipitado su derrumbe físico) porque había dicho que lo haría y que "un hombre sin palabra no es un hombre" (caracterización de la hombría y hasta de la humanidad-animal con logos que algún colega en cuestiones especulativas haría bien en retener). En su compromiso con la palabra... falló sin embargo el cuerpo; la herida provocada por un previsible accidente reabrió otras apenas suturadas y empezó para este hombre una cuesta abajo que acabaría por apartarle no ya de su trabajo sino de la vida.
Tales seres parecen remitir a una suerte de oscuro y perdido código moral, casi un código de honor, en el que prime la asunción lúcida de la finitud (denostando en consecuencia el que las huellas del tiempo en los cuerpos, sean perturbadas y hasta corrompidas por las huellas que en esos mismos cuerpos deja el rechazo fóbico de lo inevitable) y ello como condición de posibilidad de apertura tanto al destino propio como al destino de los demás hombres.
Si el ser humano se instala en esa tesitura en la que meramente espera del cuerpo que no falle, es porque una exigencia de lucidez le hace situar en el lugar preponderante lo esencial y confrontarse con entereza a ello. Tiene para tal confrontación el arma imprescindible, el espíritu en la riqueza de su forma elemental, la palabra en su desnudez. El cuerpo del que se espera meramente que responda es ese cuerpo al que hace un tiempo me refería como aquel en el que todo ser humano habría de reconocerse, cuerpo en el que se perciben los rasgos de ser lo que todo humano debería haber sido.
[Publicado el 18/8/2008 a las 07:00]
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El hombre libre solo es esclavo de su palabra,pero si además es sujeto de conocimiento,cuida su lengua.
Con mucha frecuencia las amenazas de muerte,de los individuos o de los Estados,se cumple y el cuerpo de esos seres de palabra parece aumentar,adquiere mas potencia, como si los alimentase el crimen cometido.
Caso aparte es el del suicida anunciado y su variante cómica,la de aquél gallego que repetía con insistencia, " Que moro, que moro " y al final el cuerpo le respondió y murió.
Comentado por: maleas el 18/8/2008 a las 19:42
Mientras los plazos se van cumpliendo, uno tras otro, y vemos aproximarse la hora de la verdad, quizá algunos se atrevan a preguntarse si se puede ir más allá. Más allá… ¿con este cuerpo? Y si no es con este cuerpo ¿cómo?
Si cuerpo y mente responden a las exigencias del ambiente unicamente, mal haremos definiendo este combinado como humano, por muy funcionalistas que seamos. Comemos, es cierto, al igual que intercambiamos emociones, y hablamos. Nos protegemos de inclemencias del entorno, sean fenómenos naturales o hechos culturales, así como formamos grupos de amor y odio; y hablamos e interpretamos. Son tres imperativos del ser humano.
Pero creer en la palabra es aceptar, de alguna manera, su trascendencia. Que para muchos - los desmoralizados – sea separada de los hechos, lo único que muestra es la desconexión del principio del que arranca, y en definitiva el simulacro en que han convertido su propia vida, si no me equivoco, y creo interpretar lo mismo en su hermosa y auténtica reflexión de hoy.
El cuerpo puede vivir sin alma, lo vemos cada día en miles de ejemplos, con una mente trivial, mecánica: despersonalizados, pero… ¿es eso un proyecto humano?
Buenas tardes
Comentado por: francesca el 18/8/2008 a las 16:56
Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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