El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
viernes, 5 de diciembre de 2008
El cuerpo de los seres de palabra (2)
Hace unos años, desde su cama en la planta de un hospital para seres desahuciados, un hombre dedicado a una profesión rara y peligrosa, que era reflejo (en su dicción como en sus gestos y hasta en la firme configuración de su cuerpo de campesino) de una especie de cartesianismo espontáneo, de una inclinación digamos natural a hablar "claro y distinto", justificaba la decisión de haberse enfrentado a su tarea mermado de facultades (lo que había precipitado su derrumbe físico) porque había dicho que lo haría y que "un hombre sin palabra no es un hombre" (caracterización de la hombría y hasta de la humanidad-animal con logos que algún colega en cuestiones especulativas haría bien en retener). En su compromiso con la palabra... falló sin embargo el cuerpo; la herida provocada por un previsible accidente reabrió otras apenas suturadas y empezó para este hombre una cuesta abajo que acabaría por apartarle no ya de su trabajo sino de la vida.
Tales seres parecen remitir a una suerte de oscuro y perdido código moral, casi un código de honor, en el que prime la asunción lúcida de la finitud (denostando en consecuencia el que las huellas del tiempo en los cuerpos, sean perturbadas y hasta corrompidas por las huellas que en esos mismos cuerpos deja el rechazo fóbico de lo inevitable) y ello como condición de posibilidad de apertura tanto al destino propio como al destino de los demás hombres.
Si el ser humano se instala en esa tesitura en la que meramente espera del cuerpo que no falle, es porque una exigencia de lucidez le hace situar en el lugar preponderante lo esencial y confrontarse con entereza a ello. Tiene para tal confrontación el arma imprescindible, el espíritu en la riqueza de su forma elemental, la palabra en su desnudez. El cuerpo del que se espera meramente que responda es ese cuerpo al que hace un tiempo me refería como aquel en el que todo ser humano habría de reconocerse, cuerpo en el que se perciben los rasgos de ser lo que todo humano debería haber sido.
[Publicado el 18/8/2008 a las 07:00]
El hombre libre solo es esclavo de su palabra,pero si además es sujeto de conocimiento,cuida su lengua.
Con mucha frecuencia las amenazas de muerte,de los individuos o de los Estados,se cumple y el cuerpo de esos seres de palabra parece aumentar,adquiere mas potencia, como si los alimentase el crimen cometido.
Caso aparte es el del suicida anunciado y su variante cómica,la de aquél gallego que repetía con insistencia, " Que moro, que moro " y al final el cuerpo le respondió y murió.
Comentado por: maleas el 18/8/2008 a las 19:42
Mientras los plazos se van cumpliendo, uno tras otro, y vemos aproximarse la hora de la verdad, quizá algunos se atrevan a preguntarse si se puede ir más allá. Más allá… ¿con este cuerpo? Y si no es con este cuerpo ¿cómo?
Si cuerpo y mente responden a las exigencias del ambiente unicamente, mal haremos definiendo este combinado como humano, por muy funcionalistas que seamos. Comemos, es cierto, al igual que intercambiamos emociones, y hablamos. Nos protegemos de inclemencias del entorno, sean fenómenos naturales o hechos culturales, así como formamos grupos de amor y odio; y hablamos e interpretamos. Son tres imperativos del ser humano.
Pero creer en la palabra es aceptar, de alguna manera, su trascendencia. Que para muchos - los desmoralizados – sea separada de los hechos, lo único que muestra es la desconexión del principio del que arranca, y en definitiva el simulacro en que han convertido su propia vida, si no me equivoco, y creo interpretar lo mismo en su hermosa y auténtica reflexión de hoy.
El cuerpo puede vivir sin alma, lo vemos cada día en miles de ejemplos, con una mente trivial, mecánica: despersonalizados, pero… ¿es eso un proyecto humano?
Buenas tardes
Comentado por: francesca el 18/8/2008 a las 16:56
Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
Vinculado durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja conjetura de que los hombres sólo quedan redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.
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