La narración (2)
La versatilidad, flexibilidad y creatividad del lenguaje a las que me venía refiriendo, no serían sencillamente posibles si el lenguaje no tuviera en su interna estructura ese doble rasgo generador de libertad que es la dualidad interna y la arbitrariedad del significante. Nunca se insistirá demasiado en que esta arbitrariedad, precisamente por suponer un grado de inadecuación respecto al entorno natural y respecto a la interna vivencia psicológica, abre un horizonte de creativa construcción y, en definitiva, de independencia respecto de lo dado.
Supongamos, en efecto, que todo en el orden de la designación de las cosas naturales funcionara al modo de las onomatopeyas, ¿cómo podría entonces el lenguaje suponer grado alguno de distancia respecto a la inmediatez del orden natural?; ¿cómo podría darse esa versatilidad que, por ejemplo, en la percepción de un paisaje pone de relieve un narrador?
Esta distanciación es tanto más de agradecer cuanto que la ausencia de lazo natural no supone en absoluto sujetiva y contingente elección de individuos. Dada la forma, es imposible prever el significado y viceversa, mas ello no significa que cualquier forma vale, ni que el capricho (o el intercambio de subjetivas decisiones) impera. Arbitrariedad sin sujeto caprichoso que la impone: tal es el meollo de la cuestión.
Decir que Shakespeare denotó convencionalmente tales o tales hechos por tales o tales palabras, no significa que se puso de acuerdo con otros individuos para tal denotación. En este sentido, cabe decir que en su tarea fertilizadora y creativa del lenguaje (se sabe que fraguó miles de vocablos), Shakespeare estaba más allá de la individualidad y la subjetividad (ésta última expresa esencialmente el lazo, de acuerdo o de conflicto, con otros individuos). Shakespeare es como el significante del hecho mismo de que la subjetividad se sacrifica, precisamente como condición de que el lenguaje se despliegue y se exprese libremente, aunque no gratuitamente.
[Publicado el 21/7/2008 a las 10:47]
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Albert,lo de amigo te lo agradezco y correspondo,lo de maestro no te lo perdono,y lo del articulo del otro dia acerca de Hörldelin en lo de Azúa,menos.En venganza pego este que habrá quien conozca y quien sin conocer considere " obsoleto "-
TRIBUNA: JOAQUÍN ESTEFANÍA
Piero Sraffa, el eslabón perdido
JOAQUÍN ESTEFANÍA 04/07/1994
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¿Existe alguna conexión entre los universos y la trascendencia de dos de las personalidades de más dimensión del siglo XX, como fueron el británico John Maynard Keynes y el italiano Antonio Gramsci? Existe. Se trata de alguien que participó de ambos mundos y cuya obra ha imbricado algo tan radicalmente diferente como fue el círculo libre de Cambridge y la Italia rabiosamente mussoliniana de la primera parte de este siglo. La economía moderna y el compromiso político. Piero Sraffa es el eslabón perdido de esas dos versiones de la realidad, el intelectual que logra que el aristocrático y conservador lord Keynes (1883-1946) se interese por la tragedia de un debilitado Gramsci (1891-1937) -condenado por los fascistas a más de veinte años de prisión- y que el secretario general del Partido Comunista Italiano reclame, febril, los trabajos del autor de las Consecuencias económicas de la paz y, sobre todo, de la Teoría general del empleo, el interés y el dinero.
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Siempre me he preguntado por qué la figura de Piero Sraffa es semidesconocida fuera de los ámbitos más estrictamente universitarios de la economía, ya, que su compromiso con la libertad y la cultura desborda ampliamente el círculo de lo académico; las huellas de su actuación cívica rebasan las fronteras italianas e incluyen al mundo anglosajón; y su obra escrita ha influido a los economistas contemporáneos de todo el mundo. Esta incógnita ha resucitado tras la lectura de la primera biografía de Sraffa publicada en castellano, que acaba de aparecer (Piero Sraffa. Edicions Alfons el Magnànim), escrita por el profesor francés Jean-Pierre Potier.
Sraffa vio crecer el monstruo fascista en Italia mientras iniciaba su vida profesional. A los 28 años era catedrático de Economía Política, y en esta etapa, y mucho antes, ya había manifestado su ideología izquierdista. En Turín conoció a un tal Antonio Gramsci, que, junto con Palmiro Togliatti y otros, pertenecía todavía a la extrema izquierda del socialismo, y que fundarían un semanario denominado L'Ordine Nuovo, que se convirtió pronto en el portavoz del movimiento de los consejos obreros. Sraffa forma parte del equipo de redacción de la revista. Desde el año 1918, en el que se encuentra por primera vez con Gramsci, mantendría su amistad y su apoyo al revolucionario italiano hasta el final de su vida, pese a que sus ideologías caminarán, en el acontecer de los hechos, por caminos diferentes. Granisci, en un texto muy polémico de 1924, definirá a Sraffa como un intelectual de formación demócrata-liberal, es decir, "normativa y kantiana, no marxista y no dialéctica".
Cuando Gramsci es detenido por Mussolini, en 1926, Sraffa no solamente proporcionará consuelo personal y ayuda económica a su amigo, sino que arriesgará su suerte haciendo de vínculo entre el partido clandestino y su dirigente. Nunca será militante del PCI, frente al que reivindicará independencia de pensamiento y de acción, pero sí compañero de viaje de los comunistas italianos, a través de su relación intelectual y personal con el más fecundo y antidogmático de todos ellos. El encarcelamiento, junto a Gramsci, de muchos profesores universitarios, en un intento de domeñar a las fuerzas democráticas de la cultura, y el hecho de haber escrito artículos sobre la crisis económica italiana en publicaciones británicas que llenaron de ira al Duce en persona (en 1922 Mussolini dirigió un telegrama al padre de Sraffa, rector de universidad, considerando esos artículos como "un acto de derrotismo bancario puro y simple, y un acto de sabotaje real de las finanzas italianas") inducen a Sraffa a pensar, con lógica, que su libertad está en precario y decide irse a vivir a Gran Bretaña. Poco antes, el régimen fascista ha dictado las "leyes fascistísimas": anulación de todos los pasaportes y severa represión de las salidas clandestinas del país; supresión de todos los partidos y de todas las publicaciones antifascistas; creación del confinamiento, residencia vigilada para los adversarios del régimen.
Escapa Sraffa a Cambridge, invitado precisamente por John Maynard Keynes, a quien había conocido haciendo su doctorado y que manifiesta su satisfacción por la lucidez y rigor científico del economista italiano. Antes de instalarse, primero como profesor y luego como bibliotecario, recuerda a sus amigos italianos e inicia una intensa campana en la prensa internacional pidiendo la liberación de Gramsci; nunca abandonará la esperanza de ver a su amigo en la calle, pero no conseguirá doblegar la voluntad totalitaria de Mussolini. Durante once años, hasta la muerte de Gramsci, le proporcionará (porque el líder italiano se interesa por ellos) todo tipo de materiales sobre el debate económico -específicamente sobre el que, con una espectacular riqueza, se está dando en Cambridge con una generación de economistas que, además de Keynes, cuenta con gente como Nicholas Kaldor, Maurice Dobb, Joan Robinson, Richard Kahn, etcétera-, además de mantener una cuenta bancaria abierta a su nombre para que se abastezca sin agobios de todo tipo de libros.
Son los de Cambridge años de preparación y estudio que convierten a Sraffa en el maestro de economistas que devino. Hombre de una extremada modestia y discreción, que se angustia cada vez que tiene que hablar en público, allí, en el Trinity College, rodeado de colegas y discípulos, polemizando con intelectuales como Keynes, Wingenstein, Von Hayek o Josep Schumpeter, Piero Sraffa prepara la magistral edición de las Obras y Correspondencia de David Ricardo y la publicación de su pequeño texto Producción de mercancías por medio de mercancías. Preludio a una crítica de la teoría económica, que apareció en 1960. El biógrafo de Sraffa destaca que fueron necesarios 33 años de gestación para terminar un libro de ¡tan sólo 110 páginas!, tal era el horror a escribir que tenía; en su correspondencia con Gramsci, éste no se priva de reprocharle, inútilmente, que escriba tan poco y sus vacilaciones para desarrollar las ideas en artículos... La traducción al castellano de esta obra la hizo un profesor de Teoría Económica de la Universidad Complutense de Madrid, aún desconocido, llamado Luis Ángel Rojo. Con Producción de mercancías... se abre una corriente sraffiana de la economía incardinada en la revalorización de la economía política clásica de los años setenta y ochenta, y los fundamentos para una crítica radical de la teoría neoclásica dominante.
Además de hablar a Keynes de Gramsci y viceversa, de vincular sus obras y sus conocimientos, no olvidó jamás Sraffa su matriz antifascista y nunca renunció a su nacionalidad italiana. Fue un economista y mucho más que un economista. Murió hace once años, tan sólo un mes después que su vieja amiga -otra inolvidable economista de Cambridge- Joan Robinson. Sandro Pertini, presidente de Italia, le despidió con estas palabras: "Fue el heredero genial y el renovador de una gran tradición del pensamiento económico, un profesor ilustre para generaciones de estudiantes, un monumento a la cultura europea democrática y antifascista, un militante activo de la lucha por el desarrollo de la civilización democrática. Ha muerto un gran italiano, un italiano en el que se fundían en una sola pieza el genio científico y la más alta conciencia moral y política". Ojalá que esta biografía, recién aparecida, devuelva la actualidad de su persona y su obra.
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¿Existe alguna conexión entre los universos y la trascendencia de dos de las personalidades de más dimensión del siglo XX, como fueron el británico John Maynard Keynes y el italiano Antonio Gramsci? Existe. Se trata de alguien que participó de ambos mundos y cuya obra ha imbricado algo tan radicalmente diferente como fue el círculo libre de Cambridge y la Italia rabiosamente mussoliniana de la primera parte de este siglo. La economía moderna y el compromiso político. Piero Sraffa es el eslabón perdido de esas dos versiones de la realidad, el intelectual que logra que el aristocrático y conservador lord Keynes (1883-1946) se interese por la tragedia de un debilitado Gramsci (1891-1937) -condenado por los fascistas a más de veinte años de prisión- y que el secretario general del Partido Comunista Italiano reclame, febril, los trabajos del autor de las Consecuencias económicas de la paz y, sobre todo, de la Teoría general del empleo, el interés y el dinero.
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Sraffa vio crecer el monstruo fascista en Italia mientras iniciaba su vida profesional. A los 28 años era catedrático de Economía Política, y en esta etapa, y mucho antes, ya había manifestado su ideología izquierdista. En Turín conoció a un tal Antonio Gramsci, que, junto con Palmiro Togliatti y otros, pertenecía todavía a la extrema izquierda del socialismo, y que fundarían un semanario denominado L'Ordine Nuovo, que se convirtió pronto en el portavoz del movimiento de los consejos obreros. Sraffa forma parte del equipo de redacción de la revista. Desde el año 1918, en el que se encuentra por primera vez con Gramsci, mantendría su amistad y su apoyo al revolucionario italiano hasta el final de su vida, pese a que sus ideologías caminarán, en el acontecer de los hechos, por caminos diferentes. Granisci, en un texto muy polémico de 1924, definirá a Sraffa como un intelectual de formación demócrata-liberal, es decir, "normativa y kantiana, no marxista y no dialéctica".
Cuando Gramsci es detenido por Mussolini, en 1926, Sraffa no solamente proporcionará consuelo personal y ayuda económica a su amigo, sino que arriesgará su suerte haciendo de vínculo entre el partido clandestino y su dirigente. Nunca será militante del PCI, frente al que reivindicará independencia de pensamiento y de acción, pero sí compañero de viaje de los comunistas italianos, a través de su relación intelectual y personal con el más fecundo y antidogmático de todos ellos. El encarcelamiento, junto a Gramsci, de muchos profesores universitarios, en un intento de domeñar a las fuerzas democráticas de la cultura, y el hecho de haber escrito artículos sobre la crisis económica italiana en publicaciones británicas que llenaron de ira al Duce en persona (en 1922 Mussolini dirigió un telegrama al padre de Sraffa, rector de universidad, considerando esos artículos como "un acto de derrotismo bancario puro y simple, y un acto de sabotaje real de las finanzas italianas") inducen a Sraffa a pensar, con lógica, que su libertad está en precario y decide irse a vivir a Gran Bretaña. Poco antes, el régimen fascista ha dictado las "leyes fascistísimas": anulación de todos los pasaportes y severa represión de las salidas clandestinas del país; supresión de todos los partidos y de todas las publicaciones antifascistas; creación del confinamiento, residencia vigilada para los adversarios del régimen.
Escapa Sraffa a Cambridge, invitado precisamente por John Maynard Keynes, a quien había conocido haciendo su doctorado y que manifiesta su satisfacción por la lucidez y rigor científico del economista italiano. Antes de instalarse, primero como profesor y luego como bibliotecario, recuerda a sus amigos italianos e inicia una intensa campana en la prensa internacional pidiendo la liberación de Gramsci; nunca abandonará la esperanza de ver a su amigo en la calle, pero no conseguirá doblegar la voluntad totalitaria de Mussolini. Durante once años, hasta la muerte de Gramsci, le proporcionará (porque el líder italiano se interesa por ellos) todo tipo de materiales sobre el debate económico -específicamente sobre el que, con una espectacular riqueza, se está dando en Cambridge con una generación de economistas que, además de Keynes, cuenta con gente como Nicholas Kaldor, Maurice Dobb, Joan Robinson, Richard Kahn, etcétera-, además de mantener una cuenta bancaria abierta a su nombre para que se abastezca sin agobios de todo tipo de libros.
Son los de Cambridge años de preparación y estudio que convierten a Sraffa en el maestro de economistas que devino. Hombre de una extremada modestia y discreción, que se angustia cada vez que tiene que hablar en público, allí, en el Trinity College, rodeado de colegas y discípulos, polemizando con intelectuales como Keynes, Wingenstein, Von Hayek o Josep Schumpeter, Piero Sraffa prepara la magistral edición de las Obras y Correspondencia de David Ricardo y la publicación de su pequeño texto Producción de mercancías por medio de mercancías. Preludio a una crítica de la teoría económica, que apareció en 1960. El biógrafo de Sraffa destaca que fueron necesarios 33 años de gestación para terminar un libro de ¡tan sólo 110 páginas!, tal era el horror a escribir que tenía; en su correspondencia con Gramsci, éste no se priva de reprocharle, inútilmente, que escriba tan poco y sus vacilaciones para desarrollar las ideas en artículos... La traducción al castellano de esta obra la hizo un profesor de Teoría Económica de la Universidad Complutense de Madrid, aún desconocido, llamado Luis Ángel Rojo. Con Producción de mercancías... se abre una corriente sraffiana de la economía incardinada en la revalorización de la economía política clásica de los años setenta y ochenta, y los fundamentos para una crítica radical de la teoría neoclásica dominante.
Además de hablar a Keynes de Gramsci y viceversa, de vincular sus obras y sus conocimientos, no olvidó jamás Sraffa su matriz antifascista y nunca renunció a su nacionalidad italiana. Fue un economista y mucho más que un economista. Murió hace once años, tan sólo un mes después que su vieja amiga -otra inolvidable economista de Cambridge- Joan Robinson. Sandro Pertini, presidente de Italia, le despidió con estas palabras: "Fue el heredero genial y el renovador de una gran tradición del pensamiento económico, un profesor ilustre para generaciones de estudiantes, un monumento a la cultura europea democrática y antifascista, un militante activo de la lucha por el desarrollo de la civilización democrática. Ha muerto un gran italiano, un italiano en el que se fundían en una sola pieza el genio científico y la más alta conciencia moral y política". Ojalá que esta biografía, recién aparecida, devuelva la actualidad de su persona y su obra.
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¿Existe alguna conexión entre los universos y la trascendencia de dos de las personalidades de más dimensión del siglo XX, como fueron el británico John Maynard Keynes y el italiano Antonio Gramsci? Existe. Se trata de alguien que participó de ambos mundos y cuya obra ha imbricado algo tan radicalmente diferente como fue el círculo libre de Cambridge y la Italia rabiosamente mussoliniana de la primera parte de este siglo. La economía moderna y el compromiso político. Piero Sraffa es el eslabón perdido de esas dos versiones de la realidad, el intelectual que logra que el aristocrático y conservador lord Keynes (1883-1946) se interese por la tragedia de un debilitado Gramsci (1891-1937) -condenado por los fascistas a más de veinte años de prisión- y que el secretario general del Partido Comunista Italiano reclame, febril, los trabajos del autor de las Consecuencias económicas de la paz y, sobre todo, de la Teoría general del empleo, el interés y el dinero.
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Sraffa vio crecer el monstruo fascista en Italia mientras iniciaba su vida profesional. A los 28 años era catedrático de Economía Política, y en esta etapa, y mucho antes, ya había manifestado su ideología izquierdista. En Turín conoció a un tal Antonio Gramsci, que, junto con Palmiro Togliatti y otros, pertenecía todavía a la extrema izquierda del socialismo, y que fundarían un semanario denominado L'Ordine Nuovo, que se convirtió pronto en el portavoz del movimiento de los consejos obreros. Sraffa forma parte del equipo de redacción de la revista. Desde el año 1918, en el que se encuentra por primera vez con Gramsci, mantendría su amistad y su apoyo al revolucionario italiano hasta el final de su vida, pese a que sus ideologías caminarán, en el acontecer de los hechos, por caminos diferentes. Granisci, en un texto muy polémico de 1924, definirá a Sraffa como un intelectual de formación demócrata-liberal, es decir, "normativa y kantiana, no marxista y no dialéctica".
Cuando Gramsci es detenido por Mussolini, en 1926, Sraffa no solamente proporcionará consuelo personal y ayuda económica a su amigo, sino que arriesgará su suerte haciendo de vínculo entre el partido clandestino y su dirigente. Nunca será militante del PCI, frente al que reivindicará independencia de pensamiento y de acción, pero sí compañero de viaje de los comunistas italianos, a través de su relación intelectual y personal con el más fecundo y antidogmático de todos ellos. El encarcelamiento, junto a Gramsci, de muchos profesores universitarios, en un intento de domeñar a las fuerzas democráticas de la cultura, y el hecho de haber escrito artículos sobre la crisis económica italiana en publicaciones británicas que llenaron de ira al Duce en persona (en 1922 Mussolini dirigió un telegrama al padre de Sraffa, rector de universidad, considerando esos artículos como "un acto de derrotismo bancario puro y simple, y un acto de sabotaje real de las finanzas italianas") inducen a Sraffa a pensar, con lógica, que su libertad está en precario y decide irse a vivir a Gran Bretaña. Poco antes, el régimen fascista ha dictado las "leyes fascistísimas": anulación de todos los pasaportes y severa represión de las salidas clandestinas del país; supresión de todos los partidos y de todas las publicaciones antifascistas; creación del confinamiento, residencia vigilada para los adversarios del régimen.
Escapa Sraffa a Cambridge, invitado precisamente por John Maynard Keynes, a quien había conocido haciendo su doctorado y que manifiesta su satisfacción por la lucidez y rigor científico del economista italiano. Antes de instalarse, primero como profesor y luego como bibliotecario, recuerda a sus amigos italianos e inicia una intensa campana en la prensa internacional pidiendo la liberación de Gramsci; nunca abandonará la esperanza de ver a su amigo en la calle, pero no conseguirá doblegar la voluntad totalitaria de Mussolini. Durante once años, hasta la muerte de Gramsci, le proporcionará (porque el líder italiano se interesa por ellos) todo tipo de materiales sobre el debate económico -específicamente sobre el que, con una espectacular riqueza, se está dando en Cambridge con una generación de economistas que, además de Keynes, cuenta con gente como Nicholas Kaldor, Maurice Dobb, Joan Robinson, Richard Kahn, etcétera-, además de mantener una cuenta bancaria abierta a su nombre para que se abastezca sin agobios de todo tipo de libros.
Son los de Cambridge años de preparación y estudio que convierten a Sraffa en el maestro de economistas que devino. Hombre de una extremada modestia y discreción, que se angustia cada vez que tiene que hablar en público, allí, en el Trinity College, rodeado de colegas y discípulos, polemizando con intelectuales como Keynes, Wingenstein, Von Hayek o Josep Schumpeter, Piero Sraffa prepara la magistral edición de las Obras y Correspondencia de David Ricardo y la publicación de su pequeño texto Producción de mercancías por medio de mercancías. Preludio a una crítica de la teoría económica, que apareció en 1960. El biógrafo de Sraffa destaca que fueron necesarios 33 años de gestación para terminar un libro de ¡tan sólo 110 páginas!, tal era el horror a escribir que tenía; en su correspondencia con Gramsci, éste no se priva de reprocharle, inútilmente, que escriba tan poco y sus vacilaciones para desarrollar las ideas en artículos... La traducción al castellano de esta obra la hizo un profesor de Teoría Económica de la Universidad Complutense de Madrid, aún desconocido, llamado Luis Ángel Rojo. Con Producción de mercancías... se abre una corriente sraffiana de la economía incardinada en la revalorización de la economía política clásica de los años setenta y ochenta, y los fundamentos para una crítica radical de la teoría neoclásica dominante.
Además de hablar a Keynes de Gramsci y viceversa, de vincular sus obras y sus conocimientos, no olvidó jamás Sraffa su matriz antifascista y nunca renunció a su nacionalidad italiana. Fue un economista y mucho más que un economista. Murió hace once años, tan sólo un mes después que su vieja amiga -otra inolvidable economista de Cambridge- Joan Robinson. Sandro Pertini, presidente de Italia, le despidió con estas palabras: "Fue el heredero genial y el renovador de una gran tradición del pensamiento económico, un profesor ilustre para generaciones de estudiantes, un monumento a la cultura europea democrática y antifascista, un militante activo de la lucha por el desarrollo de la civilización democrática. Ha muerto un gran italiano, un italiano en el que se fundían en una sola pieza el genio científico y la más alta conciencia moral y política". Ojalá que esta biografía, recién aparecida, devuelva la actualidad de su persona y su obra.
http://www.elpais.com/articulo/opinion/Piero/Sraffa/eslabon/perdido/elpepiopi/19940704elpepiopi_10/Tes
Comentado por: maleas el 22/7/2008 a las 01:41
Podrá cerrar mis ojos la postrera y polvo seré,mas polvo enamorado,semejante afirmación,creo que contiene ese doble rasgo generador de libertad que es la dualidad interna y la arbitrariedad del significante,¿ algo mas arbitrario que el polvo enamorado ? .
Al verbo como manifestación de la verdad y la vida se sucede su versión corrupta,la falsedad,que en su versión mas depurada es el discurso vacio,ingentes cantidades de palabras,ampulosas,emotivas,sonoras,rentables,vacias como niebla que oculta lo concreto.El lenguaje politicamente correcto no es sino la mas vulgar de sus manifestaciones.
Comentado por: maleas el 22/7/2008 a las 01:01
Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
09/2/2012 22:24
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09/2/2012 13:00
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