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viernes, 5 de diciembre de 2008

Blog de Demetrio Pin

El cerco de Acho

Cerro de San Cristóbal

Cerro de San Cristóbal.

En la ciudad de Lima hay un cerro conocido como San Cristóbal, en las laderas del cual, ya cerca del centro monumental e histórico, se encuentra la plaza de toros de Acho, una de las más antiguas del mundo y lugar emblemático en la historia cultural y social de la ciudad. En la plaza de toros de Acho se han fraguado pactos y ajustado cuentas determinantes para el país andino, todo ello con motivo de la fiesta del Señor de los Milagros, mientras los más grandes espadas se enfrentaban a las más seleccionadas reses españolas o americanas.

Las calles que circundan la plaza, prolongación hacia el cerro de la ciudad colonial, tienen casas de color albero y, por un prestigio de la imaginación, cabe ubicar en sus plantas establecimientos de comida, donde, antes de los espectáculos, el pueblo de Lima se congratularía por la simple promesa de una fiesta. Me complazco en la imagen, cuando menos anacrónica, de  una hostería popular, tentadora para cualquier segmento de la población, con profusión de ceviche de carne, de pescado o mixto, tiradito, cocoto, y la cerveza Malta (cuya fábrica se encuentra -o se encontraba hace unos años- en la zona) pisco y hasta vino de Ica; una hostería limpia y alegre, en un barrio cuyas calles de albero tendrían todas matriz en el templo en el que alcanza significado pleno la expresión Señor de los Milagros... Imagen sin duda dolorosamente mirífica:

No hay fiesta compartida en la ciudad de Lima; no hay el análogo de ese teatro en el que  los campesinos áticos contemplaban lo que les unía en destino a los ciudadanos más privilegiados de su ciudad. En Acho, las laderas del cerro San Cristóbal se han llenado (como las laderas de todos los cerros de Lima y prácticamente de todas las ciudades de la América Ibérica) de esas parodias crueles de las cabañas de los indígenas serranos a las que antes me refería, donde el plástico ha sustituido a la arcilla y la rata al lama.

Por las laderas del cerro, quizás un tiempo sobria referencia protectora, desciende sobre el entorno del templo de Acho un desolador caudal de indigencia material, generador, inevitablemente, de penuria espiritual. Y así, durante los festejos del Señor de los Milagros, un policiaco cordón, llamado a proteger a los que asisten al festejo de la amenaza colindante (y de la paranoia a la que sirve de coartada) separa la plaza de toros más vieja de América de las gentes del pueblo que le hubieran dado plenamente vida y para quienes la tauromaquia es hoy día, por la fuerza de la alienación social que no por los argumentos de los anti-taurinos, algo profundamente ajeno.  

[Publicado el 10/7/2008 a las 09:52]

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Comentarios (1)

  • Si es un túnel lo que separa dos humanos,(como gustaba imaginar a E.Sábato)lo que separa a tres es aun peor, lo que nos separa a todos quizás sea el pástico ciertamente, o lo que es lo mismo pero plegado en otro aspecto: una depravada concepción de la diferencia, más visceral que abstracta, inoculada en el marco conceptual del occidentalito de a pié.Víctima, en tal caso sintomàtica, de otras enfermedades, puede que más dañinas.
    Sería pretencioso por nuestra parte presumir de civilización racional y sin fisuras por el mero hecho de dominar las potencialidades del lenguaje.

    Si en la fiesta somos salvos en la ceremonia nos volvemos ciertos. Por lo que no es díficil pensar que la imposibilidad actual de la primera, no es más que un coloraio de la imposibilidad pasada de la segunda. No quedó atisbo de certeza en esos pueblos una vez exterminadas las sociedades precolombinas. Dudo mucho que un teatro griego pueda asemejarse a una plaza de toros y esta extrapolarse al nuevo mundo.Incluso el noble acto de suicidarse con el que el hombre griego burlábase del destino, sería considerado infame por un indio si no ha despilfarrado antes en sacrificios. Su capacidad de perder era superior a la decisión de morir. Para una sociadad del intercambio y la adulación como la nuestra, es imposible reabsorver a los repudiados, lo impide un odio intimo hacia quien no participó del sufrimiento por el proyecto ilustrado por el futuro mejhor para unos pocos.

    Comentado por: Jorge Luque el 10/7/2008 a las 18:38

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Biografía

Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
 
Vinculado  durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja  conjetura de que los hombres sólo quedan  redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.

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