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viernes, 5 de diciembre de 2008

Blog de Demetrio Pin

Del asunto de las sesenta y cinco horas y otras miserias

El alcalde de Roma, Gianni Alemanno, (izqda.) junto al primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi

El alcalde de Roma, Gianni Alemanno, (izqda.) junto al primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi.

El pasado invierno varios diarios europeos recordaban en editoriales la indecencia de aprovechar actos cometidos por un individuo para lanzar un anatema sobre el conjunto de los miembros de la comunidad a la que pertenece. Lo más alarmante del caso era, sin embargo, el origen de esta amalgama entre delincuencia y perteneciente a un colectivo cultural o nacional. Pues las palabras más radicales respecto al asesinato por parte de un ciudadano rumano de una mujer en Roma eran pronunciadas por el alcalde de la ciudad "Roma era la ciudad más segura de Europa antes de la entrada de Rumania en la Comunidad Europea", había dicho textualmente. Posteriormente el entonces ministro del Interior Amato no tenía empacho en declarar que en su país había entre la población un alto grado de hostilidad contra los rumanos. Ante las preguntas del entrevistador precisaba que no se trataba en particular de los "rom" (comunidad gitana), puesto que esta se limitaría a "robos sin violencia", sugiriendo así que había razones para ver en los rumanos como tales potenciales autores de crímenes con violencia.

Ni el alcalde de Roma Veltroni, ni el ministro Amato pertenecían a ninguno de los grupos políticos cuya esencia es canalizar la agresividad de los ciudadanos hacia el abuso del débil. Concretamente Walter Veltroni fue dirigente del Partido Comunista y el 14 de octubre del pasado año había sido elegido secretario general del Partido Demócrata, visto por más de uno como única izquierda viable.

Es en esta misma Europa dónde se ha dado el primer paso hacia una ley por la que sería posible que empleador y empleado acordaran libremente que este último llegara a trabajar hasta 65 horas. No es detalle menor el que un social demócrata como Gordon Brown fuera uno de los mayores impulsores de la misma, de tal manera que Sarkozy y Merkel incluso se libraran del trabajo sucio. Cuando se piensa que la social-democracia europea luchaba hace apenas veinte años por las 35 horas, nos damos cuenta del abismo que supone tener o no tener como polaridad real un sistema (¡y un ejército que lo defendía!) en el que quedaba un rescoldo de la Revolución de Octubre.

Se ha dicho muchas veces, con mayor o menor frivolidad, que la persistencia del régimen soviético, podía ser opresor para gran parte la población del Este, pero que una impagable garantía para los trabajadores de Occidente. Pues bien: todos aquellos que se sumaron a las congratulaciones de los poderosos del mundo con motivo de la caída del muro de Berlín, tienen ahora ocasión de comprobar hasta que punto la promesa de libertad que creyeron ver constituía efectivamente un espejismo.

No puede desgraciadamente ser motivo de sorpresa el que los jerifaltes europeos actuales tengan el desparpajo de proponer leyes tan indecentes como la mencionada de las sesenta y cinco horas, o como la de la expulsión de emigrantes, que han llegado a nuestros países por meras exigencias del sistema productivo y con absoluta complicidad de autoridades que- obedeciendo ahora a exigencias complementarias del mismo sistema- han dejado provisionalmente de abrir la mano. Las medidas se toman obedeciendo a imperativos mayores y el ministro Corbacho (a la vez que tranquiliza su conciencia declarando que lo de las sesenta y cinco horas es un retorno a la esclavitud del siglo diecinueve) ni siquiera estuvo en condiciones de votar en contra. Su vergonzosa abstención es una excelente muestra de obediencia a lo que impera: por ejemplo obediencia a la idea de que hay que estar en condiciones de competir con países como India o Brasil y dejarse de coñas, es decir, dejarse de hablar de trabajar 40 horas.

Ahora que hay crisis del petróleo y puede, en consecuencia, ser muy rentable el carbón un amigo me recordaba que los diminutos cuerpos de niños de siete años eran en el siglo 19 muy útiles para penetrar en las galerías más recónditas...

[Publicado el 30/6/2008 a las 07:00]

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Comentarios (5)

  • Maleas, lo que dices de los "treinta gloriosos" tras la SGM es cierto. Pero también es cierto que la Unión Soviética hizo de espejo deformador. Aunque no participaba del juego económico con Europa occidental, su mera presencia tan cercana, su sola existencia fue beneficioso para los trabajadores europeos, porque los gobiernos y las patronales tenían miedo de la fuerza que eventualmente pudiera cobrar una acción revolucionaria (con no descartable apoyo soviético), y de ese miedo salieron buenas negociaciones para la clase trabajadora, garantías laborales importantes (aquello de "démosles vacaciones, cuarenta horas, derecho a la huelga, derechos sindicales... y con un poco de suerte no irán más allá como ocurrió en Rusia"). Ahora ese miedo se ha perdido y por si fuera poco los chinos trabajan ochenta horas o más, sin derechos de ningún tipo, producen barato... con tan fuerte competencia (y tan desleal) se hace cada vez más dificultoso de mantener la Europa del bienestar.

    Comentado por: provoqueen el 01/7/2008 a las 12:12

  • No creo que la existencia de la URRS favoreciese a los trabajadores europeos y americanos en la mejora salarial y condiciones en el trabajo.De hecho,y salvando las distancias de ambos sistemas productivos,la situación de los trabajadores franceses,ingleses o italianos era mejor que las de sus camaradas sovieticos.
    Encuentro otras razones para esa mejoria La reconstrucción de Europa con la incorporación al proceso productivo de los imnumerables avances tecnologicos de aquellos años junto a unos sindicatos de clase que habian salido muy fortalecidos de la guerra precisó de una mano de obra que en aquel momento,era escasa.Fué el nacimiento del Estado de Bienestar.
    ¿ Goza de buena salud ese Estado,como le gusta hacernos creer a Zapatero o negros nubarrones lo amenazan ?.
    Lo mejor puede estar por llegar pero si no se dan las circunstancias apropiadas es posible que no llegue o lo que es peor, nos toque emprender el regreso a la caverna.

    Comentado por: maleas el 30/6/2008 a las 21:42

  • Cuando éramos pequeños los de mi generación contábamos aquellos chistes de chinos (normalmente escatológicos, como corresponde a los serecillos de ocho años que éramos): "Si todos los chinos se pusieran a mear a la vez subiría el nivel del mar" "si en China se generalizase el uso del papel higiénico se acabaría con los bosques" "Si todos los chinos diesen una patada a la vez sacarían a la tierra de su órbita"... Lo decíamos en broma, inconscientes de que eso iba a ocurrir a medio plazo y de que nosotros mismos nos veríamos envueltos en un mundo en reorganización, y no me refiero al mundo posterior al telón de acero (eso ni nos lo imaginábamos; en todo caso, no alcanzábamos a ver y plasmar en chistes las consecuencias), sino el mundo en que China despierta y provoca que la tierra modifique su órbita.

    Comentado por: provoqueen el 30/6/2008 a las 19:45

  • Si se trabaja 13 horas al dia cuando se consume , lo importante es el consumo no el trabajo . Por otro lado cn cinco horas al dia se hace todo lo que hay que hacer el resto solo es viable en trabajos fisicos , un trabajo intelectual no aguanta 13 horas y los trabajos fisicos y mecanicos hay que suprimirlos por maquinaria .

    Comentado por: albert el 30/6/2008 a las 13:52

  • Si al Señor y sus secuaces tan sólo la Revolución de Octubre pudo contenerlos, si hoy la impotencia (o la resaca) constituyen la divisa del resistente y el relegado, si la democracia representativa era esto -y lo que vendrá-, ¿por qué no una pieza acerca de Diógenes, Espartaco y el hombre sin atributos?

    Comentado por: Confuciano el 30/6/2008 a las 12:15

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Biografía

Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
 
Vinculado  durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja  conjetura de que los hombres sólo quedan  redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.

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