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Editado por La Oficina del Autor

viernes, 5 de diciembre de 2008

Blog de Demetrio Pin

Un muro de falacias

Ningún hombre puede realmente llegar a responder a esa suerte de superación de la sexualidad que se atribuye al político, que la habría canalizado exclusivamente hacia el poder. Para ningún hombre la mujer puede dejar de constituir un polo de alteridad constitutiva. Otra cosa es que el hombre se vea conducido a la lúcida asunción de que tal polo de alteridad se ha convertido para él en signo de privación. En tal caso su deber es asumir la carencia y en modo alguno negar el enorme peso de tal quiebra. Ante las desazones provocadas por la quiebra del lazo hombre-mujer, no hay estoicismo que valga. Sólo cabe asumir (¡maldiciendo!) la indigencia que ello supone, y desde luego... intentar superar el asunto.

Pues de ser cierto no ya que un hombre solo no es un hombre, sino también que una de las variables fundamentales en la constitución de una comunidad es la diferencia sexual, resulta que un hombre no confrontado trágicamente a su sexualidad no es realmente un hombre.

Mas ante esta verdad, intuida por todos, un muro de falacias (que tienen por común denominador una suerte de radical nihilismo) se erige. Una de estas falacias pasa por las afirmación de que la sexualidad sólo es digna (y por consiguiente el hombre sólo debe buscarla) cuando el deseo del hombre encuentra reflejo en un deseo simétrico de la mujer.

El aspecto falaz del asunto es corolario de un supuesto más general: la equivalencia salva veritate entre hombre y mujer se concibe en base a una afirmación de simetría; con vistas a no legitimar las tentativas de privilegiar jerárquicamente a uno de los polos se niega la diferencia misma entre ambos. Por lo que al erotismo se refiere, la modalidad de emoción que el hombre experimentaría sería una parte que podría alcanzar redondez o complemento en esa otra parte cualitativamente idéntica que afectaría a la mujer. Mala vía para afirmar la comunidad esencial de hombre y mujer y de radicalísimas implicaciones.

[Publicado el 18/6/2008 a las 07:00]

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Comentarios (4)

  • Un hombre solo no es un hombre y sin embargo el hombre es hijo de una soledad que el espejismo amable no remedia.Ciertamente tragico.Lo contrario sera aceptar que un hombre solo,puede ser un hombre,un dulce continuo sostenido.

    Comentado por: maleas el 19/6/2008 a las 11:51

  • "la sexualidad sólo es digna (y por consiguiente el hombre sólo debe buscarla) cuando el deseo del hombre encuentra reflejo en un deseo simétrico de la mujer."
    El mecanismo del deseo es en mi opinión simétrico en hombres y mujeres. Otra cosa son las respuestas individuales. Vamos,que desear sin ser deseado -sin una respuesta refleja y simétrica- es perfectamente legítimo tanto en hombres como en mujeres. Un deseo sin fondo a fondo perdido.

    Comentado por: pasaje a la india el 18/6/2008 a las 18:26

  • Jajajajaja! Qué bueno, Albert.

    Y si no caen, otra solución es iniciar carrera política. De paso, la comunidad se lo agradecerá (bueno, sólo la mitad masculina pero al fin y al cabo es la que cuenta).

    Comentado por: provoqueen el 18/6/2008 a las 09:10

  • Animo Demetrio que alguna caera !!

    Comentado por: Albert el 18/6/2008 a las 08:15

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Biografía

Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
 
Vinculado  durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja  conjetura de que los hombres sólo quedan  redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.

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