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viernes, 21 de noviembre de 2008

Blog de Demetrio Pin

Nostalgia de la filosofía

Hay profesores a los que toca en sus clases hablar de Einstein, Garcilaso o las características del genoma humano, con tanta conciencia respecto a la profundidad del contenido, como con el deprimente sentir de que ellos no han traspasado nunca la capa más superficial. Mas como las reglas del teatro pedagógico impiden que tal ligereza sea reconocida, el pobre hombre vive acompañado en permanencia por un sentimiento de impostura, de usurpar el papel que sólo alguien más verídico podría con legitimidad interpretar.

Tal sentimiento de no autenticidad acompaña también a científicos, artistas o filósofos. Y cabe decir que, en cierto modo, es bueno que así sea. Pues además de evitar confundirse con la miserable imagen del creador fatuo y engolado (o la no menos lastimosa del paranoico que cree haber alcanzado una cima), el hecho de sentir que no se ha medido el abismo, ni se ha confrontado el misterio, ayuda a mantener viva el ansia de efectuar tal radical paso.

Citaba en otro momento de estas reflexiones la frase de Marcel Proust relativa a la consideración del arte no sólo como la escuela de vida más austera, sino también como el "verdadero juicio final". Pues bien, cabe decir que mientras perdure este sentimiento de lo que el arte supone, la ausencia de autoestima en el artista tiene poca importancia. Y desde luego ello es aplicable a la filosofía, esa modalidad paradigmática de tomar como causa sagrada y final la vida del lenguaje, la vida de toda matriz de humana fertilidad.

Pues la disposición filosófica (en eso Hegel, tan exagerado en ocasiones, era absolutamente justo) es simplemente la modalidad suprema de exigencia que el espíritu pueda alcanzar. No se trata de un tipo de tensión que quepa situar en paralelo a la que acompaña al científico o al artista. Simplemente, lo que en estos se da abstracta o separadamente, esa doble tensión, en el filósofo se muestra indisociable. Me atrevo a decir que filósofo es, como Parménides, aquel que a la modalidad de rigor que fragua silogismos... aúna la modalidad de rigor que encadena metáforas.

Por ello es ilegítima toda sociedad que no respalde en los hombres la aspiración filosófica. Pero sobre todo (ya en el plano individual) es miserable el destino de aquel a quien la filosofía ha, simplemente, abandonado; aquel para quién la interrogación alcanza ya tan sólo una dimensión formal, y los elementos que contribuirían a una respuesta son juicios desde hace tiempo archivados y esterilizados en el registro notarial de la erudición.

[Publicado el 10/6/2008 a las 11:00]

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Comentarios (2)

  • Estas transformaciones por lo general sólo se ven después de un viaje iniciático a la India (o dos, a veces). Que aparentemente haya sucedido al escribir en un blog, me parece histórico, tremendo. Nunca participo en su blog (soy demasiado humana), pero sigo con el mayor interés su evolución, sr. Pin.

    Comentado por: escarola el 11/6/2008 a las 10:46

  • Mi piedad no es para ti
    a ti te ofrezco el destino
    Yo quiero vuestras cabezas
    que de ellas me he nutrido
    Quiero oír a vuestras plumas
    rasgar el aire, son sables,
    látigos de siete puntas
    arrancando la maleza
    que amenaza lo que cuido
    Quiero así vuestras cabezas,
    cuando Salomé no viva,
    ellas sabrán como hacer
    y que, gracias al aciago azar,
    sea ahora el destino y no nuestra fatalidad
    lo que vuestras manos bruñan
    A lo mejor es locura
    esto que ahora yo escribo
    Bendita locura esta
    que apacigua mi cabeza
    Claro, imposible que saliera
    la esperanza de la caja de Pandora
    no estaba allí, está aquí
    Yo soy vuestra
    vuestra obra

    Comentado por: Gracias de corazón. Teresa el 10/6/2008 a las 15:40

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Biografía

Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
 
Vinculado  durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja  conjetura de que los hombres sólo quedan  redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.

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