El cazador de avispas
En el seno de los estados modernos persisten comunidades reacias a que sus hijos sean inscritos en los registros, civiles o eclesiásticos, que cifran la edad escolar, la responsabilidad penal, la incorporación a filas, la fecha de jubilación y finalmente, como corolario de todo ello, el intervalo estadísticamente acotado en el que, para cada uno de los así consignados, se reduce el intervalo de incertidumbre sobre la hora administrativa de la muerte.
Así todos los esfuerzos de la administración franquista para tener archivada -y por ende controlada- a la entera población toparon con la resistencia tozuda de la comunidad gitana, parte de la cual era poco propensa a plegar el ritmo de sus vidas a los tiempos administrativos de la escolaridad y menos aun de la entonces obligatoria mili. Imagen retrospectiva de muchos de los sin papeles que hoy colorean con nuevos acentos las lenguas peninsulares, intentando conciliar el temor a ser repudiados con el imperativo de no ser meramente absorbidos.
Hace dos meses, amigos de diferentes lugares nos reunimos en San Sebastián para comer y beber evocando a Ferrán, quien había plantado cara a los mandamientos del cambio corruptor (expresión aristotélica para designar al Tiempo) encontrando en el mar, en Kant, en las mujeres, y en los misterios de la biología (disciplina a la que se había dedicado en los llamados años mozos) mayor aliciente a los sesenta años que a los veinte. De tal manera Ferrán pareció en ocasiones ser cada vez menos asentado y maduro, lo que le convertía en impagable compañero de conversas filosóficas, conciliábulos de resistencia a la genuflexión (que se nos predicaba como inevitable) y algunas juergas. Pues bien: en esa reunión de San Sebastián, Agustín García nos recordaba que, de resignarnos a que Ferrán hubiera un día nacido administrativamente... nos haríamos también notarios de su oficial muerte.
Mas la inscripción civil o eclesiástica cristaliza en un hecho esencial: el nacido como potencial ser de razón y palabra, el nacido como potencial "medida de todas las cosas", queda archivado como un nombre, un nombre que aspira a ser unívoco, un nombre propio. Es el portador de tal nombre (cuyo peso inútilmente intentan paliar los motes o nombres cariñosos surgidos en el entorno) el que queda adscrito a etapas fijadas, tanto respecto al enfoque de su vida como al enfoque de su muerte. Es para el portador del nombre propio que la madurez tiene su hora, que la jubilación llega y que se ciñe progresivamente el acotado intervalo en el que la muerte acontece.
Mas es también el portador de tal nombre quien vampiriza y convierte en patrimonio los frutos del ser de palabra, frutos ya desgraciadamente indiscernibles de tal vampirizador. Y así el decir tan modesto como lúcido de Agustín García es atribuido a otro Agustín. Agustín de nombre compuesto y capataz entre otros capataces en el ejército de las jerarquías culturales, que convierte en patrimonio la palabra que no debiera tener dueño, consiguiendo así esterilizarla.
En la prehistoria de cada uno hay un nombre que no necesariamente se confunde con el nombre que ha marcado su historia, no necesariamente se confunde con el nombre propio. Renunciar a este último es quizás abrir la puerta a la restauración de un tiempo en el que no había Dios ni salvación... simplemente porque había plenitud de la palabra y acuidad de la percepción mediatizada por ella. Renunciar al nombre propio es quizás reencontrar un niño cazador de avispas.
Un niño que, cuando el insecto se estabilizaba en una rama, alargaba su brazo con pericia acentuada por la ausencia de toda inquietud. Ya la presa entre sus dedos, la observaba vinculando la curiosidad analítica y comparativa del clasificador al estupor elemental ante la presencia misma del ser y de las formas. Renunciar al nombre propio reabre quizás una ventana a aquel paisaje en el que no había Dios, pero sí duendecillos y divinidades que daban sentido a los pequeños misterios entre los que transcurría una cotidianeidad que el niño sabía ya poblada de inevitables vicisitudes dolorosas... que nunca eran definitivas, pues tras ellas acontecía siempre algo portador de promesa y de fiesta. De ahí que, ante el dolor un día producido por la imprevista reacción del insecto, el niño se armara de prudencia y de juicio, sin quedar paralizado por el miedo y sin caer así en el resentimiento que conduce tanto al repudio de la naturaleza como de la palabra, repudio en suma de la entera y quebrada matriz de la condición humana.
[Publicado el 02/6/2008 a las 11:00]
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Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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