El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
viernes, 5 de diciembre de 2008
El cazador de avispas
En el seno de los estados modernos persisten comunidades reacias a que sus hijos sean inscritos en los registros, civiles o eclesiásticos, que cifran la edad escolar, la responsabilidad penal, la incorporación a filas, la fecha de jubilación y finalmente, como corolario de todo ello, el intervalo estadísticamente acotado en el que, para cada uno de los así consignados, se reduce el intervalo de incertidumbre sobre la hora administrativa de la muerte.
Así todos los esfuerzos de la administración franquista para tener archivada -y por ende controlada- a la entera población toparon con la resistencia tozuda de la comunidad gitana, parte de la cual era poco propensa a plegar el ritmo de sus vidas a los tiempos administrativos de la escolaridad y menos aun de la entonces obligatoria mili. Imagen retrospectiva de muchos de los sin papeles que hoy colorean con nuevos acentos las lenguas peninsulares, intentando conciliar el temor a ser repudiados con el imperativo de no ser meramente absorbidos.
Hace dos meses, amigos de diferentes lugares nos reunimos en San Sebastián para comer y beber evocando a Ferrán, quien había plantado cara a los mandamientos del cambio corruptor (expresión aristotélica para designar al Tiempo) encontrando en el mar, en Kant, en las mujeres, y en los misterios de la biología (disciplina a la que se había dedicado en los llamados años mozos) mayor aliciente a los sesenta años que a los veinte. De tal manera Ferrán pareció en ocasiones ser cada vez menos asentado y maduro, lo que le convertía en impagable compañero de conversas filosóficas, conciliábulos de resistencia a la genuflexión (que se nos predicaba como inevitable) y algunas juergas. Pues bien: en esa reunión de San Sebastián, Agustín García nos recordaba que, de resignarnos a que Ferrán hubiera un día nacido administrativamente... nos haríamos también notarios de su oficial muerte.
Mas la inscripción civil o eclesiástica cristaliza en un hecho esencial: el nacido como potencial ser de razón y palabra, el nacido como potencial "medida de todas las cosas", queda archivado como un nombre, un nombre que aspira a ser unívoco, un nombre propio. Es el portador de tal nombre (cuyo peso inútilmente intentan paliar los motes o nombres cariñosos surgidos en el entorno) el que queda adscrito a etapas fijadas, tanto respecto al enfoque de su vida como al enfoque de su muerte. Es para el portador del nombre propio que la madurez tiene su hora, que la jubilación llega y que se ciñe progresivamente el acotado intervalo en el que la muerte acontece.
Mas es también el portador de tal nombre quien vampiriza y convierte en patrimonio los frutos del ser de palabra, frutos ya desgraciadamente indiscernibles de tal vampirizador. Y así el decir tan modesto como lúcido de Agustín García es atribuido a otro Agustín. Agustín de nombre compuesto y capataz entre otros capataces en el ejército de las jerarquías culturales, que convierte en patrimonio la palabra que no debiera tener dueño, consiguiendo así esterilizarla.
En la prehistoria de cada uno hay un nombre que no necesariamente se confunde con el nombre que ha marcado su historia, no necesariamente se confunde con el nombre propio. Renunciar a este último es quizás abrir la puerta a la restauración de un tiempo en el que no había Dios ni salvación... simplemente porque había plenitud de la palabra y acuidad de la percepción mediatizada por ella. Renunciar al nombre propio es quizás reencontrar un niño cazador de avispas.
Un niño que, cuando el insecto se estabilizaba en una rama, alargaba su brazo con pericia acentuada por la ausencia de toda inquietud. Ya la presa entre sus dedos, la observaba vinculando la curiosidad analítica y comparativa del clasificador al estupor elemental ante la presencia misma del ser y de las formas. Renunciar al nombre propio reabre quizás una ventana a aquel paisaje en el que no había Dios, pero sí duendecillos y divinidades que daban sentido a los pequeños misterios entre los que transcurría una cotidianeidad que el niño sabía ya poblada de inevitables vicisitudes dolorosas... que nunca eran definitivas, pues tras ellas acontecía siempre algo portador de promesa y de fiesta. De ahí que, ante el dolor un día producido por la imprevista reacción del insecto, el niño se armara de prudencia y de juicio, sin quedar paralizado por el miedo y sin caer así en el resentimiento que conduce tanto al repudio de la naturaleza como de la palabra, repudio en suma de la entera y quebrada matriz de la condición humana.
[Publicado el 02/6/2008 a las 11:00]
Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
Vinculado durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja conjetura de que los hombres sólo quedan redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.
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