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Editado por La Oficina del Autor

viernes, 5 de diciembre de 2008

Blog de Demetrio Pin

Sobria escuela de vida

/upload/fotos/blogs_entradas/enbuscadeltiempoperdido_med.jpgDesde 1907, con 36 años de edad, y hasta prácticamente su muerte en 1922, Marcel Proust vivió recluido en un apartamento del parisino boulevard Haussmann, entregado, como es bien sabido, casi en exclusiva a la redacción de A la Récherche du Temps Perdu. La determinación es brutal, como lo indica el siguiente párrafo del Narrador (protagonista principal de la obra) en relación a cuál sería su actitud en el caso de que conocidos o amigos le importunaran:

"Cierto es que tenía la intención de volver a vivir en la  soledad desde el día siguiente, aunque esta vez con un fin. Ni en mi casa permitiría que fueran a verme en los momentos de trabajo, pues el deber de hacer mi obra se imponía al de ser cortés y hasta al de ser bueno. Desde luego insistirían...ahora que la labor de la jornada o de sus vidas se había agotado...Pero tendría el valor de contestar a los que vinieran a verme o me llamaran que tenía una cita urgente, capital conmigo mismo...Y sin embargo, como hay poca relación entre nuestro yo verdadero y el otro, por el homónimato y el cuerpo común en ambos, la abnegación que nos hace sacrificar los deberes más fáciles , incluso los placeres, a los demás les parece egoísmo." (Traducción de Pedro Salinas, Alianza Editorial 1998 p.350)

Las cenas mundanas a las que es invitado son denominadas por el Narrador "festín de bárbaros" en el que proliferan las más estériles "conversaciones humanitarias,  patrióticas,  humanísticas y metafísicas".

Tal radicalidad en la denuncia de los falsos deberes, tal identificación de hipocresía y ritual moral convencional, se encuentra en muchos lugares de la Recherche. Marcel Proust parece obsesionado en denunciar la falacia lo puramente aparente de aquellos que "interrumpen su trabajo a fin de recibir a un amigo que sufre, aceptar una función pública o escribir artículos propagandísticos"

Quisiera, respecto de todo esto, formular una sencilla pregunta: ¿qué procura a Marcel Proust la fuerza para entregarse con tal radicalidad a un proyecto que supone prácticamente el abandono de la vida social? La respuesta  es obvia: Marcel Proust tiene en mente un libro, un libro que ha de preparar "con continuos reagrupamientos de fuerzas, como una ofensiva, soportarlo como una fatiga, aceptarlo como una regla construirlo como una iglesia ,seguirlo como un régimen vencerlo como un obstáculo, conquistarlo como una amistad  sobrealimentarlo como a un niño, crearlo como un mundo". (ídem pp.403-404)

Marcel Proust ha de escribir un libro singular, cuya mera proyección constituye la escuela más sobria de vida y en cuyo logro o fracaso reside el criterio del juicio final:

"Un acto de creación en el que nadie puede sustituirnos, ni siquiera colaborar con nosotros por eso ¡cuántos renuncian a escribirlo¡ ¡Cuántas tareas asumen con tal de renunciar a ésa¡ Cada acontecimiento, sea el affaire Dreyfus, sea la guerra proporciona la excusa para no descifrar ese libro; quieren asegurar el triunfo del derecho, quieren rehacer la unidad moral de la nación, no tienen tiempo de pensar en la escritura. Pero no son más que excusas, excusas que en el arte no figuran, pues en el arte no cuentan las intenciones...El arte es lo más real que existe, la escuela más austera dela vida y el verdadero juicio final." (p.277)

La exaltación de Marcel Proust respecto del libro que se dispone a escribir no radica en otra cosa que en una confianza en la capacidad legitimadora y redentora de ese material último de toda construcción humana que es la palabra. Marcel Prosa busca en su apartamento del Boulevard Haussmann el reencuentro con una dimensión de nuestro ser que no se haya marcada por la finitud. Marcel Proust confía, en suma,  en que la fragilidad y la finitud del mundo no son óbice para que, a través de la  admirable potencia del lenguaje haya siempre algo nuevo a expresar. Confía asimismo en que habrá lugar para una recreación de lo ya expresado con intervención de nuevas palabras, palabras que sólo el lenguaje mismo impone y que por consiguiente convierten al escritor en un simple heraldo o mensajero.

[Publicado el 30/5/2008 a las 11:15]

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Comentarios (4)

  • ¿Estás muerto?

    Comentado por: Javi el 13/6/2008 a las 14:28

  • "Que no se halla marcada por la finitud." Suponiendo que la haya.

    Comentado por: JoseAngel el 04/6/2008 a las 16:23

  • TOLERANCIA CERO ANTE LA TORTURA Y EL MALTRATO ANIMAL. Acabemos de una vez con la aberración que son las corridas de toros. Es otra forma de terrorismo.

    Comentado por: Luis el 01/6/2008 a las 09:36

  • um, no entiendo nada, es igual pero no oh! veré el velo donde surge el nombre propio,
    en Rusia .. es tan bella Siberia

    Comentado por: Enea el 30/5/2008 a las 23:08

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Biografía

Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
 
Vinculado  durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja  conjetura de que los hombres sólo quedan  redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.

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