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viernes, 21 de noviembre de 2008

Blog de Demetrio Pin

Los cuerpos que busca el tiempo

/upload/fotos/blogs_entradas/las_edades_de_la_vida_med.jpgEn El Prado se encuentra la obra de Hans Baldung Grien Las edades de la vida, estremecedora alegoría del Tiempo, donde se presenta la imagen de una muchacha sobre cuya espalda una vieja posa la mano derecha, mientras la mano izquierda tira del velo, con vistas a ocultar su propia desnudez, la parte posterior que cubre a la joven desde los pechos. Traslúcido en el cuerpo de la joven, el velo se oscurece en el cuerpo de la vieja. Al brazo izquierdo de la vieja se anuda el brazo de la figura esquelética que encarna la muerte. En la mano de este mismo brazo de la muerte un reloj de arena sirve de soporte a la bola del mundo. De tal manera, lo único que parece escapar al lazo del cambio destructor es un niño que duerme en tierra delante del trío.

"El tiempo, normalmente invisible, para hacerse visible busca cuerpos y cuando los encuentra proyecta sobre ellos su linterna". Ya he dicho, respecto a esta estremecedora línea de Marcel Proust, que se trata de cuerpos rigurosamente seleccionados, es decir, exclusivamente humanos. No es en absoluto un azar que Hans Baldung Grien no introduzca en su escenario otra representación de la vida que la de seres humanos. No hay en la naturaleza que enmarca (a la cuál cabe con propiedad calificar de muerta) animal alguno. Y el árbol que se erige al fondo, más que seco parece mineralizado por el rayo. Y es que, tratándose del Tiempo, el artista necesariamente se exige a sí mismo depuración, sobriedad rayana en el ascetismo, excluye todo aquello que pudiera distraerle de lo esencial.

Y obviamente no se trata de que los animales, las plantas, y hasta los minerales, no estén afectados por la corrupción, es decir, por esa modalidad de cambio que, desde Aristóteles hasta el Segundo Principio de la Termodinámica, sirve de concepto propio al vocablo Tiempo. Lo fundamental reside en que si del ser humano se trata, el cuerpo es indisociable de lo que denominamos con los términos alma o espíritu y en última instancia indisociable del lenguaje. Mas entonces, la cifra del cambio destructor adquiere tonalidades incomparables, irreductibles a los efectos de la termodinámica en los cuerpos dotados de vida y hasta de sistema nervioso central, pero no provistos de lenguaje. Y esto que digo del Tiempo se traduce, como veremos, en la singular relación que tiene el ser humano con la enfermedad y el dolor.

[Publicado el 28/5/2008 a las 12:00]

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Comentarios (1)

  • Interesante su interpretacion. Como mujer me recuerda lago distinto. Cuando era joven noté que las mujeres mayores en mi familia disfrutaban señalando la frescura de mi juventud a otros; como si se tratara de una obra maestra producida por ellas, o como implicando lo que ellas habían sido. De la misma forma que la joven en el cuadro muestra su desagrado, también yo me sentía incomoda cuando alguien hacia alusión a la tersura de mi piel o lo marcado de mi silueta. Se llama el pudor de la pubertad y la audacia de la vejez.
    Pero me quedo con su interpretación.

    Comentado por: vejez el 28/5/2008 a las 21:57

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Biografía

Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
 
Vinculado  durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja  conjetura de que los hombres sólo quedan  redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.

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