El deseo moral de morir

La enferma sufre distrofia muscular desde los once años y sólo mueve los dedos de las manos.
No hay decencia alguna compatible con la imagen de unos humanos homologados por el hecho de que la vida de cada uno se reduce a compartir una antesala de la muerte. Y no hay orden social que amamante tal monstruosidad (y hasta se enorgullezca de ella considerándola un símbolo de ordenada gestión de lo inevitable) que no sea intrínsicamente canallesco.
La indecencia y la canallada se acentúan aun cuando el estado físico de los huéspedes de las evocadas instituciones alcanza tal grado de postración que la artificial prolongación de sus vidas parecería resultar de una explícita voluntad perversa, de no darse la "legitimación" ideológico-religiosa, tan interiorizada en ocasiones que la perversión sólo podría ser atribuida al inconsciente de los detractores de toda forma de eutanasia.
"La eutanasia no es pecado" clamaba hace ya 20 años una persona allegada, cuyas convicciones conservadoras en materia social y religiosa no le impedían ser consciente de la auténtica vejación que para ella y los suyos suponía la inútil prolongación de su agonía.
Hay una vida digna y una vida miserable; una vida que alienta en los demás el sentimiento de pertenecer a una noble condición, y una vida cuya sola percepción provoca en el otro una repulsa que puede legítimamente llegar hasta la fobia. Análogamente hay una agonía digna y una agonía miserable, las cuales eventualmente se prolongan en la muerte misma, entendida como presencia ante los otros de aquello que fue cuerpo humano.
La distinción que precede no puede en modo alguno ser relativizada por la connotación de tragedia que acompaña irremediablemente a la agonía y a la muerte. Pues trágica es, desde luego, la vida misma sin que de ello se infiera que la vida es asimismo miserable. De hecho, cabe que la vida empiece precisamente a ser miserable como resultado de que no se da entereza para enfrentarse con decencia a la muerte. Que la vida empiece a ser miserable o lo que es peor: que la vida se prolongue miserablemente en ausencia de decoro.
Figura trágica de todos aquellos abocados a prolongar su existencia, no tanto por voluntad como por pasividad, por obediencia, e incluso por impotencia, por incapacidad material de efectuar el gesto que los liberaría de lo que consideran como una ignominia.
[Publicado el 07/4/2008 a las 13:15]
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yo como madre que te puedo desir mi hijo tiene distrofia moscular es un niño tan inteligente que sufre por todo lo que esta pasando asu alrededor
Comentado por: roxana patric el 08/10/2009 a las 00:07
"Hay una vida digna y una vida miserable; una vida que alienta en los demás el sentimiento de pertenecer a una noble condición, y una vida cuya sola percepción provoca en el otro una repulsa que puede legítimamente llegar hasta la fobia."¿No cree que hacer "al otro" el sujeto determinante de lo que es digno y lo que no se abre la puerta a ciertos abusos? Tal persona se aferra "indignamente" a una vida precaria y una existencia que Vd. considera indecente. Pero claro, es la vida del otro... Siempre hay casos de voluntad suicida que en condiciones dadas pueden ser respetables. Pero también es respetable el aferrarse a la vida. Es muy fácil hablar de estas dignas liberaciones de la vida cuando es la vida del otro de la que hablamos.
Comentado por: JoseAngel el 08/4/2008 a las 19:26
Me cuesta creer que el sentido tragico de la vida sea algo común a "toda mente pensante",quedan excluidos los animales pues se supone que hablamos de hombres.Cierto que es una creencia,una forma de ver la existencia,muy extendida.El imaginario cristiano y en especial el catolico asi la presenta.No solo esa corriente religiosa,tambien Krisna alecciona a Arjuna en ese sentido,pero eso no le dá,en mi opinión,el caracter de universal.
El misterio que envuelve la existencia no necesariamente ha de ser considerado tragico.La razón ultima de ello,la conciencia de su final inevitable, no es una razón para quienes con un alto grado de andreia han dejado de temerla e incluso la desean,placidamente,como quien quiere despedirse de un sueño.
El, ¡ Estoy harto de Francisco Ayala !,puede servir de ejemplo.
Comentado por: maleas el 07/4/2008 a las 20:24
Victor Gómez Pin estudió Filosofía en la Sorbona dónde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico. Actualmente es Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona dónde ha impartido las asignaturas de Teoría del Conocimiento, Introducción al Pensamiento matemático, Ontología y Filosofía de las ciencias Formales. Ha sido profesor en la VIU (Venice International University), de Venecia, en cuya ciudad recibió en 2009 el Premio Internacional del Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti.
Su transcurso indisociablemente profesional y social está marcado por su incorporación al proyecto de "Zorroaga", en San Sebastian, iniciado en 1979 por el filósofo Ramón Valls Plana, e inmediatamente asumido por Javier Echeverría. Se aspiraba allí a que la Universidad del Pais Vasco se dotara de una sección de Filosofía que respondiera a la exigencia kantiana de ser "un departamento entre otros y sin embargo toda la universidad". La dificultad y previsible fracaso del empeño no impidió que en su día aceptaran incorporarse al proyecto, o jugaran un importante papel puntual, personas de muy diferentes intereses teóricos (incluidas personalidades ajenas a la filosofía en el sentido estricto, como Eduardo Chillida o el Medalla Fields de Matemáticas René Thom). Grande era también la disparidad en posicionamientos políticos, en un momento en el que el problema vasco era absolutamente candente. Pero se pretendía en aquella facultad de Zorroaga (otra cosa es que se consiguiera) que la diversidad en filiación política nunca primara sobre la exigencia de ser cabalmente humanos, es decir, avanzar siempre con la razón por delante.
Victor Gómez Pin trabaja actualmente en una tentativa de establecer el estado de la cuestión sobre las implicaciones que para el concepto heredado de naturaleza tienen ciertas disciplinas científicas contemporáneas. Pero convencido de que el reconocimiento de la pluralidad de intereses de la razón no implica renunciar a explorar los diferentes ámbitos de la misma, se ha introducido en el universo de Marcel Proust y en la apuesta de este escritor por hacer de la palabra matriz exclusiva de redención.
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