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Editado por La Oficina del Autor

sábado, 17 de mayo de 2008

Blog de Víctor Gómez Pin

La difícil 'andreia'

Hace unos días pronuncié en Barcelona una conferencia relativa al legado aristotélico en la que enfaticé una vez más lo importancia de mantener la exigencia de lucidez, con el argumento de que cuando esta aspiración cede... la vida entera puede convertirse en una secuencia de síntomas. Al término de mi exposición una persona sugirió (con explícita mención de que se trataba de poner contrapunto) que en la configuración objetiva de nuestras vidas no pesaba quizás tanto la exigencia de desvelar como la de enmascarar, que no exigíamos tanto una confrontación lúcida como una ficción edulcorante.

Mientras barruntaba algún tipo de respuesta, evocaba lo que un filósofo que tengo por enormemente lúcido había objetado, durante un seminario en la Fundación Juan March, a mi tesis de que los niños darían muestra, en sus interrogaciones ingenuas, de ese deseo de saber que Aristóteles considera natural en la condición humana. La tesis de mi colega, excelentemente argumentada, iba en el sentido de considerar que los niños desean ante todo ser tranquilizados y ello, de alguna manera, a cualquier precio.

La duda respecto a la veracidad de mi tesis se vinculó entonces a lo que en estas mismas páginas he sostenido sobre la andreia o entereza de la que los seres humanos daríamos prueba a poco que se dieran las condiciones sociales de realización de nuestra naturaleza.

Aristóteles sitúa como paradigma de persona entera (andreios) aquella que no es presa de fobós, temor paralizante, ante la hipótesis de la muerte. Aquel que lo consigue responde cabalmente a la primera exigencia de la condición humana, se alza, cabría decir, a la altura de su singularísima especie. Pero el mismo Aristóteles enfatiza en muchos lugares el hecho de que la especie va por un lado (previsible, claro, objeto de ciencia y conocimiento) y el individuo (contingente, oscuro, sometido a la intersección de causas que se ignoran) va por otro.

Responder con entereza es algo que está determinado por el ideal, pero el que tal cosa ha de hacer es un individuo, intrínseca presa del tiempo destructor. No es, pues, azaroso que la andreia, en general, sea sacrificada y con ella sea sacrificada la verdad.

[Publicado el 17/3/2008 a las 11:30]

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Comentarios (2)

  • Vamos, que la mayoría de la gente no está a la altura de los ideales que nos hacen personas filosóficamente respetables... Será que hay que bajar el listón.

    Comentado por: JoseAngel el 20/3/2008 a las 12:47

  • Me gusta mucho su texto de hoy. En cuanto a la exigencia de lucidez creo que conduce más bien a la depresión y que efectivamente la ficción edulcorante y sin mucho análisis, es la que mantiene la ilusión. Hay teorías también que van en ese sentido. Aún así me encanta encontrar gente con ideas tan optimistas como la suya, así es como las considero, el nihilismo ya apenas lo soporto.
    Si le digo la verdad es de suponer que ambas se complementen. Sí, deseamos ser tranquilizados y para ello nos hacemos trampas incluso a nosotros mismos, pero también existe en nosotros ese deseo de encontrar el conocimiento puro aunque nos sintamos amenazados por él (la expulsión del paraíso). Decía Lawrence Durrell, por boca de uno de sus personajes, que todas las opiniones eran para él igualmente válidas y que el hecho de que las dieran era prueba de que alguien las estaba creando.

    Comentado por: alicedd el 17/3/2008 a las 16:30

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Biografía

Desplazado desde muy joven a París, Víctor Gómez Pin estudió en la Sorbona, donde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico (publicada en París por Anthropos y ulteriormente traducida al español por Ariel bajo el título El orden aristotélico). Tras años de docencia en Dijon y París, obtuvo una cátedra en la Universidad del País Vasco con una investigación sobre los aspectos filosóficos del cálculo diferencial. Actualmente es catedrático de la U. A. B., donde enseña Gnoseología e introducción al Pensamiento Matemático. Es coordinador del Congreso Internacional de Ontología, cuyas últimas ediciones se han celebrado bajo el patrocinio de la UNESCO. Es asimismo vicepresidente de la Sociedad Ibérica de Filosofía Griega. Es autor de una veintena de obras y ha obtenido el Premio Anagrama de Ensayo en 1989 por su libro Filosofía, el saber del esclavo y el Premio Espasa de Ensayo en 2006 por su libro Entre lobos y autómatas. Entre sus obras destacan también El drama de la ciudad ideal, Límites de la conciencia, El infinito, Descartes, la exigencia filosófica, La dignidad y La tentación pitagórica. Actualmente es profesor en la Venice Internacional University.

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