El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
sábado, 17 de mayo de 2008
Prolegómeno a las cuestiones éticas: Andreia
Desde el inicio de estas reflexiones se ha presentado al filósofo como emblema del ser humano que asume con radicalidad su condición. De alguna manera cabe decir que filósofo es quien no enmienda ante aquello que radicalmente inquieta. Para designar a la persona que se atreve a mantener la mirada ante lo más temible, y que de tal entereza extrae una suerte de radical exaltación los pensadores griegos, y muy especialmente Aristóteles utilizaban un término específico, del que es conveniente ocuparse ahora:
Todos hemos tenido ocasión de reconocer en una persona aquello que en lengua castellana se designa con la expresión hombría de bien, o a veces meramente hombría. Por contraste se reconocen de inmediato aquellas otras personas que carecen de tal atributo. Una cosa, sin embargo, es tener el sentimiento de hallarnos ante un caso de hombría, o su defecto; otra muy diferente es saber en qué consiste tal atributo. Pues bien: respondiendo a su condición de filósofo (es decir alguien cuya función es poner sobre el tapete, sacar a la luz, o clasificar o distinguir lo encubierto o confundido) Aristóteles se plantea tal interrogante en uno de sus más conocidos libros, la Ética a Nicómaco.
La hombría (andreia en griego) consiste en generar en mantener la entereza ante algo susceptible de provocar miedo (fobós en griego). Supongamos que nos vemos enfrentados a la pobreza, a la enfermedad, a la bajeza de nuestros congéneres e incluso a ciertas pulsiones indeseables provenientes de nosotros mismos. Aquel que, en cualquiera de estas circunstancias, consigue no caer en la angustia paralizante (que, en concordancia con la etimología calificamos de fobia) o en la evitación a cualquier precio, es legítimamente calificado de andreios, poseedor de andreia. Virtud ésta traducible por términos como valentía u hombría (de la cual es -como veremos- susceptible asimismo una mujer; de ahí la conveniencia de evitar el término virilidad).
Aristóteles precisa, sin embargo, que en los casos señalados se trata de una hombría por semejanza (kath' homoióteta) o derivación (katá metaphorán) y como resultado o corolario de una hombría primordial. "En primer lugar, debería atribuirse la hombría al que no es presa de miedo ante la hipótesis de una muerte noble".
En la próxima entrega haré una breve glosa a este texto, tan elemental como profundo (en realidad, profundo precisamente por elemental).
[Publicado el 08/2/2008 a las 11:39]
Dentro del horizonte griego clásico, la muerte noble aún está altamente valorada; en el mundo homérico es el principal valor para el héroe, por encima de la vida. En relación con la andreia, mi cuestión es: ¿En qué medida se puede tener andreia ante una muerte que llega de joven? Estoy reflexionando sobre el discurso que realiza Ippolit, joven nihilista de 18 años, afectado de tisis y a quien le quedan quince días de vida. Tal discurso está en la parte III de "El idiota", caps. 5-7, de Dostoievski. Cuando no queda abierto el camino de la trascendencia, ni de la resignación, ¿en qué medida se puede tener hombría ante la muerte? ¿en qué medida la desesperación y la rebelión son lo único que nos queda? ¿No sería la andreia una areté sólo posible en un mundo donde el hombre está sujetado por la mesura, donde la muerte es coronación o paso a la inmortalidad? ¿Cómo es posible una "muerte noble" en Ippolit? El príncipe Mischkin, figura cristológica de El idiota, a la pregunta de Ippolit ("cuál sería para mí la mejor manera de morir") contesta:"Pase de largo ante nosotros y perdónenos nuestra felicidad". Supongo que en nuestros días, una muerte noble equivale a una muerte digna, y en ese caso ¿cómo es posible en Ippolit y casos semejantes? Un saludo cordial.
Comentado por: v. javier llop el 10/2/2008 a las 19:09
No sé si andare muy equivocada, pero el primer párrafo me viene a recordar la pulsión representada por el mito griego de Atenea. Ella simboliza el enigma evolutivo de la razón vivida con la mayor intensidad, siendo capaz de ver en la oscuridad de la noche, como la lechuza que le acompaña; evolución que sin recurrir al fraude sabe crecer. En nuestro caso, como seres humanos, salvo que estemos inspirados por algún ideal o sueño, puede resultar muy desagradable y difícil de soportar ver las fases del desarrollo que experimentamos, porque todo lo tenemos que aprender.
Pero ser filósofo tiene sus ventajas y la prueba evidente está en usted, cuya muestra de buen juicio, saber hacer y serenidad a más de uno le hiría bien. No me cabe la menor duda de que en esta sociedad desquiciada por el estrés y la sobrevaloración de lo meramente material, estamos decididos a renunciar a cualquier valor que no cotice en bolsa. Todo para el cuerpo… Y sin reguladores que nos permitan tomar conciencia de ciertas cegueras, dando lugar a posibles alternativas, difícil lo tenemos para no honrar sólo las realizaciones y olvidar las responsabilidades, por lo acomodatícios y dúctiles que somos.
Claro que en la historia existen casos ejemplares, como Sócrates, pero esa cualidad de la que nos habla es tan rara y afecta a tan poca gente que apenas se nota, sean hombres o mujeres. Yo me contentaría con ver algo de sentido común en mis congéneres, pero sé que se trata de un deseo vano pues de momento la tendencia en nuestra existencia es en general y se reduce al ámbito de la estética, hacia conseguir el placer y evitar el dolor, a nivel individual. Con facilidad renunciamos a aquello que en algún momento quizá haya tenido y tenga cierto valor para la dignidad humana. Y digo dignidad por no decir espíritu, término considerado hoy tan ridículo como obsoleto. Menudo anacronismo, por favor…
En realidad, si fuéramos progresistas la razón evolucionaría hacia un mayor refinamiento, pero en algún momento nos equivocamos de camino y así andamos... Así pues no es de extrañar que cada día estén más solicitadas las consultas de psicólogos y psiquiatras. Lástima que la abundancia sea tan arbitraria ¿verdad?
Un saludo cordial
Comentado por: francesca el 10/2/2008 a las 16:47
Comentado por: alicedd el 08/2/2008 a las 19:17
Desplazado desde muy joven a París, Víctor Gómez Pin estudió en la Sorbona, donde obtuvo el grado de Doctor de Estado con una tesis sobre el orden aristotélico (publicada en París por Anthropos y ulteriormente traducida al español por Ariel bajo el título El orden aristotélico). Tras años de docencia en Dijon y París, obtuvo una cátedra en la Universidad del País Vasco con una investigación sobre los aspectos filosóficos del cálculo diferencial. Actualmente es catedrático de la U. A. B., donde enseña Gnoseología e introducción al Pensamiento Matemático. Es coordinador del Congreso Internacional de Ontología, cuyas últimas ediciones se han celebrado bajo el patrocinio de la UNESCO. Es asimismo vicepresidente de la Sociedad Ibérica de Filosofía Griega. Es autor de una veintena de obras y ha obtenido el Premio Anagrama de Ensayo en 1989 por su libro Filosofía, el saber del esclavo y el Premio Espasa de Ensayo en 2006 por su libro Entre lobos y autómatas. Entre sus obras destacan también El drama de la ciudad ideal, Límites de la conciencia, El infinito, Descartes, la exigencia filosófica, La dignidad y La tentación pitagórica. Actualmente es profesor en la Venice Internacional University.
16/5/2008 21:06
Publicado por: alicedd
15/5/2008 18:01
Publicado por: maleas
13/5/2008 20:36
Hoy,trece de mayo, a las 22:30,...
Publicado por: kdhf
13/5/2008 19:17
Publicado por: JoseAngel
13/5/2008 18:53
Publicado por: Imanol Gómez Martín
13/5/2008 17:56
Pues, efectivamente, no todos...
Publicado por: ossa
13/5/2008 00:31
Publicado por: ksj
12/5/2008 19:02
COMO QUE ESTA MEDIO CABIS BAJO
Publicado por: eulalia
12/5/2008 15:26
Publicado por: Imanol Gómez Martín
09/5/2008 09:47
Publicado por: Imanol Gómez Martín
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