El blog literario latinoamericano
Editado por La Oficina del Autor
viernes, 5 de diciembre de 2008
Evolución según el instinto del habla

Compartimos con otros animales ciertos órganos que tienen una función biológica bien definida. El tórax, la garganta o los dientes son partes del organismo formados en función de las necesidades bio-fisiológicas, y evolucionaron mejorando la capacidad de adaptación del ser humano. Ciertamente la función principal de los pulmones es transformar el oxígeno en dióxido de carbono, y la de los dientes masticar, y no facilitar la articulación de sonidos.
Sin embargo, la forma y la ubicación de algunos órganos no podría explicarse fácilmente si nos remitiéramos tan sólo a la evolución determinada por la lucha en pos de la supervivencia. Esto ya lo habían notado el psicolingüista Eric Lenneberg y sus colegas hace casi 40 años. Lenneberg mostró que, mientras la mayoría de los órganos se desarrollaron para servir a funciones vitales como la respiración o la digestión, algunos de ellos empezaron a ejercer otras funciones, y esto fue aumentando progresivamente. Estas funciones estaban relacionadas con la capacidad de articulación del discurso, aunque ello tuviera un cierto grado de incompatibilidad con las primitivas.
Los órganos que se desarrollaron para posibilitar la articulación se hicieron anatómicamente muy diferentes, comparados con los mismos órganos de cualquier especie, aún estrechamente relacionada con nosotros, como la de los chimpancés. En el próximo texto veremos que la laringe es un caso paradigmático de esta evolución singular.
[Publicado el 23/1/2008 a las 11:29]
Pues lo que dice Lenneberg parece un poco simple. El habla en los humanos es una habilidad impresionante, pero no más que el sistema de orientación de los murciélagos, o el larguísimo pico del colibrí. Si los órganos evolucionan es porque mejoran respecto a la situación anterior. El que podríamos llamar de una forma un tanto esquemática ‘gen del habla’ resultó una ventaja competitiva en la población de primates en un momento dado, y precisamente por ser una ventaja competitiva es por lo que se extendió en la población, primero, y evolucionó después dando lugar a órganos cada vez más perfectos. Nada nuevo. Lo que pasa es que los hombres (y los filósofos especialmente) se empeñan en buscar diferencias cualitativas entre nuestra especie y las demás, no se resignan a ser el resultado de una serie evolutiva concreta, afortunada, sí, pero no distinta en nada a otras que han dado lugar a especies igualmente complejas.
Comentado por: ossa el 23/1/2008 a las 13:58
Sintiéndose próximo más bien a ciudades que a países, Demetrio Pin ha tenido estrecho lazo personal y profesional con Paris, Barcelona, Ronda (ciudad de la que se considera hijo adoptivo), San Sebastián y Venecia. De llevarse a término su proyectada participación en un proyecto interdisciplinar, incluirá en esta lista una gran ciudad portuaria en los confines de Rusia.
Vinculado durante muchos años con la filosofía (que ha enseñado en diferentes universidades europeas) y en consecuencia confrontado a la cuestión de la verdad, Demetrio Pin apunta en estas páginas más bien a desenmascarar los expedientes mediante los cuales la mentira se infiltra en cuerpos, construcciones del espíritu, y sistemas de valores, hasta convertirse en el auténtico lubrificante de la máquina social de los humanos. En contrapunto, tomando como peldaño páginas de Marcel Proust, Melville y otros grandes del verbo, explora la vieja conjetura de que los hombres sólo quedan redimidos cuando esa misma palabra que han repudiado impregna sus vidas hasta reducirlas a materia de un relato.
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